Notas de E. G. White
Lección 1 -
Las emociones

Sábado 25 de diciembre

No debes sucumbir al desaliento. El corazón débil será forta­lecido; el abatido tendrá esperanza. Dios cuida tiernamente de su pueblo. Sus oídos están abiertos a su clamor. No tengo temores por la causa de Dios. Él cuidará dé su causa. Nuestro deber es cumplir con nuestra parte, en nuestro lugar, y vivir... con humildad al pie de la cruz y ser fieles, viviendo píamente delante de él. Al hacerlo no seremos avergonzados, sino que nuestras almas confiarán en Dios con santa osadía.

Dios nos ha liberado de las cargas; nos ha dado libertad... Nuestros enemigos pueden triunfar. Pueden hablar palabras mentirosas, y sus lenguas calumniadoras pueden idear fraudes, calumnias y estratagemas; pero no lograrán movernos. Sabemos a quién hemos creído. No hemos trabajado ni corrido en vano. Jesús nos conoce... El día del ajuste de cuentas se aproxima y todos serán juzgados de acuerdo con las obras que se han hecho en el cuerpo...

Es cierto que el mundo está en tinieblas. La oposición puede acrecentarse. Los frívolos y los escarnecedores pueden envalento­narse y endurecerse en sus iniquidades. Pero nada de esto nos con­moverá. No hemos andado en la incertidumbre. No, no. Mi corazón está determinado en su confianza, en Dios. Tenemos un Salvador poderoso. Podemos regocijamos en su rica plenitud. Anhelo ser más devota y consagrada a Dios. Este mundo es demasiado oscuro para mí. Jesús dijo que él iría a prepararnos mansiones, para que donde él esté nosotros también podamos estar. Alabado sea Dios por esto. Mi corazón salta de alegría ante la gozosa perspectiva (Reflejemos a Jesús, p. 343).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 1 - Emociones negativas

Domingo 26 de diciembre

Las continuas tentaciones de Satanás están diseñadas para debilitar el gobierno del hombre sobre su propio corazón, para minar su poder de dominio propio. Conduce al hombre a romper los lazos que lo conec­tan con una unión santa y feliz con su Hacedor. Entonces, cuando está desconectado de Dios, la pasión obtiene el control sobre la razón, y el impulso sobre los principios, y llega a ser pecaminoso en pensamiento y actos, se pervierte su juicio, su razón parece estar debilitada, y nece­sita volver a ser él mismo para regresar a Dios por medio de una visión correcta de sí mismo a la luz de la Palabra de Dios (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, p. 234).

Como a otros de los hijos de David, a Amnón se le había permi­tido acostumbrarse a satisfacer sus gustos y apetitos egoístas. Había procurado conseguir todo lo que pensaba en su corazón, haciendo caso omiso de los mandamientos de Dios. A pesar de su gran pecado, Dios lo había soportado mucho tiempo. Durante dos años, le había dado oportunidad de arrepentirse; pero continuó en el pecado, y car­gado con su culpa fue abatido por la muerte, a la espera del terrible tribunal del juicio.

David había descuidado su obligación de castigar el crimen de Amnón, y a causa de la infidelidad del rey y padre, y por la impeni­tencia del hijo, el Señor permitió que los acontecimientos siguieran su curso natural, y no refrenó a Absalón. Cuando los padres o los gober­nantes descuidan su deber de castigar la iniquidad, Dios mismo toma el caso en sus manos. Su poder refrenador se desvía hasta cierta medida de los instrumentos del mal, de modo que se produzca una serie de circunstancias que castigue al pecado con el pecado.

Los resultados funestos de la injusta complacencia de David hacia Amnón no terminaron con esto; pues entonces principió el desafecto de Absalón con su padre. Cuando el joven príncipe huyó a Gesur, David, creyendo que el crimen de su hijo exigía algún castigo, le negó permiso para regresar. Pero esto tendió a aumentar más bien que disminuir los males inexplicables que enredaban al rey. Absalón, hombre enérgico, ambicioso y sin principios, al quedar, por su destierro, impedido de par­ticipar en los asuntos del reino, no tardó en entregarse a maquinaciones peligrosas (Patriarcas y profetas, pp. 787, 788).

Se le permitió a Absalón que volviera a Jerusalén pero no que se presentara en la corte ni ante su padre. David había comenzado a ver los efectos de su complacencia hacia sus hijos; y aunque amaba tierna­mente a este hijo hermoso y tan bien dotado, creyó necesario manifestar su aborrecimiento por su crimen, como una lección tanto para Absalón como para el pueblo. Absalón vivió durante dos años en su propia casa, pero alejado de la corte. Su hermana vivía con él, y la presencia de ella mantenía vivo el recuerdo del agravio irreparable que ella había sufri­do. En opinión del pueblo, el príncipe era un héroe más bien que un delincuente. Y teniendo esta ventaja, se puso a ganarse el corazón del pueblo. Su aspecto personal era tal que conquistaba la admiración de todos los que le veían. "Y no había en todo Israel hombre tan hermoso como Absalón, de alabar en gran manera: desde la planta de su pie hasta la mollera no había en él defecto".

No fue prudente de parte del rey dejar a un hombre del carácter de Absalón, ambicioso, impulsivo y apasionado, para que cavilara durante dos años sobre supuestos agravios. Y la acción de David, al permitirle regresar a Jerusalén, y sin embargo, negarse a admitirle en su presencia, le granjeó al hijo la simpatía del pueblo (Patriarcas y profetas, pp. 789, 790).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 1 - Emociones positivas

Lunes 27 de diciembre:

"Y sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección" (Colosenses 3:14).

El siguiente paso en la escalera es la caridad. Poned "en el amor fraternal caridad", que es amor. El amor a Dios, y el amor a nuestros semejantes, constituye el todo del hombre. Sin el amor fraternal no podemos manifestar la gracia del amor de Dios a nuestros semejantes.

Este último peldaño de la escalera le da a la voluntad un nuevo motivo de acción. Cristo ofrece un amor que sobrepasa el conocimien­to. Este amor no es una cosa que se mantiene afuera de nuestra vida, sino que se posesiona de todo nuestro ser. El cielo, hacia el cual el cris­tiano va subiendo, será alcanzado únicamente por aquellos que poseen esta gracia, que corona a todas las demás. Este es el nuevo afecto que llena el alma. El antiguo ha quedado atrás. El amor es el gran poder controlador. Cuando el amor guía, todas las facultades de la mente y del espíritu se alistan. El amor a Dios y el amor al hombre proporcionarán el título necesario para el cielo.

Nadie puede amar supremamente a Dios, y transgredir uno de sus mandamientos. El corazón suavizado y subyugado por la belleza del carácter de Cristo, y controlado por las puras y elevadas normas que él nos ha dado, pondrá en práctica lo que ha aprendido del amor, y seguirá a Jesús en humilde obediencia. El poder vivo de la fe se revelará a sí mismo en actos de amor.

¿Qué evidencia tenemos de que poseemos el amor puro, sin mez­cla? Dios ha establecido una norma: sus mandamientos. "El que tiene mis mandamientos y los guarda, es el que me ama" (S. Juan 14:21). Las palabras de Dios deben tener una morada en nuestros corazones.

Debemos amar a nuestros hermanos como Cristo nos amó a noso­tros. Debemos ser pacientes y bondadosos, y sin embargo hay otra cosa que falta: debemos amar. Cristo nos dice que debemos perdonar a los que yerran setenta veces siete... Cuando se ha perdonado mucho, el corazón ama mucho. El amor es una planta tierna. Necesita ser cons­tantemente activada, o si no se agostará y morirá.

Debemos poseer todas estas gracias. Debemos subir toda la escale­ra (Nuestra elevada vocación, p. 75).

"El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor" (Romanos 13:10).

El atributo que Cristo aprecia más en el hombre es la caridad (el amor) proveniente de un corazón puro. Este es el fruto que produce el árbol cristiano. "Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios" (1 Juan 4:7). El Señor Jesús dijo: "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13:34, 35) (Cada día con Dios, p. 365).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 1 - Manifestaciones emocionales de Jesús —parte 1

Martes 28 de diciembre:

En ocasiones Cristo se encontró en lugares desiertos rodeado por multitudes que lo habían seguido para escuchar sus palabras. "Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor" (Mateo 9:35, 36). El alma del Redentor se compadecía de esa gente que padecía sufrimien­tos y debilidades físicas. Manifestaba interés y simpatía por quienes tenían tal hambre y sed que los hacía desmayarse y caer en el camino. Ningún pensamiento que pudiera llegar a ese corazón de amor infinito podía tornarlo indiferente y desviarlo de ayudar a aquellos que tenían necesidades

El Salvador compasivo, cuyo corazón era tocado con sentimientos por aquellos que sufrían enfermedades, veía también una necesidad mayor que el sufrimiento corporal: veía síntomas de una enfermedad más profunda. El sufrimiento físico era el resultado de una enferme­dad del corazón cuya causa producía ese efecto. Y eran justamente las enfermedades del alma lo que había llevado al gran Médico a venir a esta tierra como restaurador. Los sufrimientos físicos despertaban su compasión, pero sentía mayor compasión aun por las necesidades del alma. Por eso, después de sanar a los que sufrían físicamente, tomaba cuidado de sus almas. Muchos, en esas multitudes, nunca olvidarían las experiencias vividas ese día. Mientras eran alimentados y curados de sus dolencias físicas, se despertaba en ellos la conciencia de su necesi­dad espiritual, y comenzaban a vivir una nueva vida.

De la misma manera deben trabajar los hijos de Dios por la huma­nidad sufriente. Al obrar por aquellos que necesitan nuestra ayuda para aliviarlos de sus dolencias físicas, también debemos mostrarles su nece­sidad de ser limpiados de sus dolencias del corazón.

La compasión que Cristo manifestaba por las multitudes no era un sentimiento extraño en él, pues es el mismo amor y la misma compa­sión que llenan el corazón del Padre. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). Era una compasión que Cristo traía del cielo; la misma compasión que lo había llevado a revestir su divinidad con humanidad para poder alcanzar a la humanidad. Por eso manifestaba tal compasión y simpatía por los seres humanos caídos (Signs of the Times, 25 de agosto, 1898).

Permitidme señalaros la vida de Cristo, su compasión, su humildad y amor, su inexplicable ternura. Debéis imitar su ejemplo. Dios os ha dado vida y todas las ricas bendiciones que la hacen agradable, y en cambio requiere vuestro servicio, gratitud, amor y obediencia a su ley. Estos requerimientos son muy importantes, y no se pueden pasar por alto livianamente; pero no requiere nada de vosotros que no os haga más felices, aun en esta vida (Hijos e hijas de Dios, p. 150).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 1
- Manifestaciones emocionales de Jesús —parte 2

Miércoles 29 de diciembre:

Jesús contempla la escena y la vasta muchedumbre acalla sus gri­tos, encantada por la repentina visión de belleza. Todas las miradas se dirigen al Salvador, esperando ver en su rostro la admiración que sen­tían. Pero en vez de esto, observan una nube de tristeza. Se sorprenden y chasquean al ver sus ojos llenos de lágrimas, y su cuerpo estremecién­dose de la cabeza a los pies como un árbol ante la tempestad, mientras sus temblorosos labios prorrumpen en gemidos de angustia, como nacidos de las profundidades de un corazón quebrantado. ¡Qué cuadro ofrecía esto a los ángeles que observaban! ¡Su amado Jefe angustiado hasta las lágrimas! ¡Qué cuadro era para la alegre multitud que con aclamaciones de triunfo y agitando palmas le escoltaba a la gloriosa ciudad, donde esperaba con anhelo que iba a reinar! Jesús había llorado junto a la tumba de Lázaro, pero era con tristeza divina por simpatía con el dolor humano. Pero esta súbita tristeza era como una nota de lamen­tación en un gran coro triunfal. En medio de una escena de regocijo, cuando todos estaban rindiéndole homenaje, el Rey de Israel lloraba; no silenciosas lágrimas de alegría, sino lágrimas acompañadas de gemidos de irreprimible agonía. La multitud fue herida de repentina lobreguez. Sus aclamaciones fueron acalladas. Muchos lloraban por simpatía con un pesar que no comprendían.

Las lágrimas de Jesús no fueron derramadas porque presintiera su sufrimiento... Su tristeza no era egoísta. El pensamiento de su propia agonía no intimidaba a aquella alma noble y abnegada. Era la visión de Jerusalén la que traspasaba el corazón de Jesús: Jerusalén, que había rechazado al Hijo de Dios y desdeñado su amor, que rehusaba ser convencida por sus poderosos milagros y que estaba por quitarle la vida. El vio lo que era ella bajo la culpabilidad de haber rechazado a su Redentor, y lo que hubiera podido ser si hubiese aceptado a Aquel que era el único que podía curar su herida. Había venido a salvarla; ¿cómo podía abandonarla? (El Deseado de todas las gentes, pp. 528, 529).

A menudo Jesús había venido con los doce al Getsemaní para meditar y orar, pero nunca había visitado ese lugar con el corazón tan cargado de tristeza como esa noche de su traición. Mientras camina­ban hacia el lugar, había estado conversando animadamente con sus discípulos, pero al acercarse al jardín, se había tornado extrañamente silencioso. Los discípulos estaban perplejos y miraban su rostro con ansiedad, esperando encontrar alguna explicación para el cambio que le había ocurrido a su Maestro. Aunque frecuentemente lo habían visto en una actitud similar, nunca lo habían encontrado tan triste y silencioso. Al seguir avanzando, también aumentaba su tristeza, pero ninguno de ellos se atrevió a preguntarle la razón...

Cada paso que daba el Salvador le requería un gran esfuerzo. Gemía en alta voz como si estuviera bajo la presión de una terrible carga; sin embargo se refrenaba de explicar a sus tres discípulos elegi­dos la causa de su agonía. Dos veces tuvieron que sostenerlo para que no cayese en tierra; no obstante él deseaba estar solo en ese momento. Le dijo a sus tres favorecidos: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo" (Mateo 26:38). Sus discípulos nunca lo habían escuchado expresar tan desconsoladoras palabras, ni lo habían visto sufrir tal angustia que convulsionaba todo su cuerpo, y que se reflejaba en las expresiones indescriptibles de su rostro.

Se retiró a corta distancia de sus compañeros, lo suficiente para que ellos pudieran verle y oírle, y cayó postrado con su rostro en tierra. Su agonía se debía a un terrible temor de que Dios retirara su presencia de su lado. Se sentía separado de su Padre por un abismo de pecado, tan ancho, tan negro y tan profundo, que su espíritu tembló. En medio de sus convulsiones se sostuvo del terreno frío e inerte, como si quisiera evitar que fuera separado aun más lejos de Dios (The Present Truth, 19 de noviembre, 1885).

 


 

Notas de E. G. White
Lección 1 - El plan de Dios para las emociones dolorosas

Jueves 30 de diciembre:

El Señor no permitirá que sus afligidos y probados hijos sean juguete de las tentaciones de Satanás. Es nuestro privilegio confiar en Jesús. Los cielos están llenos de ricas bendiciones, y es nuestro privi­legio tener el gozo de Cristo para que nuestro gozo sea completo. No lo tenemos porque no pedimos, o porque no oramos con fe, creyendo que seremos bendecidos con la influencia especial del Espíritu Santo. Mediante la intercesión de Cristo, se le imparte al auténtico investiga­dor la bondadosa influencia del Espíritu Santo para que los que la reci­ben puedan transmitir a otros el conocimiento de la verdad salvadora.

¿Por qué no creemos el sencillo "Así dice el Señor"? No cesen de orar bajo ninguna circunstancia. El Espíritu puede estar dispuesto, pero la carne enferma. Sin embargo, Jesús lo sabe todo. En su debilidad usted no debe estar ansioso, porque la ansiedad implica dudas y descon­fianza. Sencillamente tiene que creer que Cristo es capaz de salvar hasta lo sumo a todos los que vienen a Dios por medio de él, siendo que vive siempre para interceder por nosotros.

¿Qué abarca la intercesión? Es la cadena de oro que une al cre­yente finito con el trono del Dios infinito. El agente humano, por quien Cristo murió para salvarlo, importuna el trono de Dios, y su petición es asumida por Jesús, quien lo compró con su propia sangre. Nuestro gran Sumo Sacerdote coloca su justicia del lado del que implora con sinceridad, y la oración de Cristo se une con la del suplicante humano (Recibiréis poder, p. 307).

Dios desea que sus hijos e hijas sean felices, llenos de paz y obe­dientes... Si andamos apesadumbrados, dejamos en otras mentes la impresión de que Dios no se agrada de vernos felices, y con ello damos un falso testimonio acerca de nuestro Padre celestial. Satanás se alegra cuando puede hacer que los hijos de Dios caigan en la incredulidad y el desaliento. Se deleita en vernos desconfiar y dudar de la voluntad y el poder de Dios para salvarnos. Se regocija en hacernos pensar que las providencias de Dios nos traen sufrimiento. ¡Cambiemos esa actitud de duda! El Cristo del Antiguo Testamento es el mismo del Nuevo Testamento. Sus órdenes y promesas son idénticas. Cuando él ordenó a su pueblo que se regocijara delante de él, lo hizo también para nuestro beneficio. Si se busca la felicidad mediante motivos egoístas y fuera de la senda del deber, será una felicidad transitoria, incierta y desbalancea­da; cuando se acaba, deja al alma llena de tristeza y soledad. En cambio, al entrar en el servicio a Dios, el corazón rebozará de agradecimiento, porque el cristiano no es llevado por caminos inciertos ni es dejado para que se lamente y se desanime. Si no podemos gozar de los placeres de esta vida, aún podemos gozarnos en la esperanza de la vida venidera. Nunca dudemos de Dios; él nos ha creado, nos ama, y ha derramado todo el cielo en un solo Don para nosotros. "El que no escatimó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" (Romanos 8:32).

Dios conoce nuestras necesidades y ha hecho provisión para suplirlas. Los recursos celestiales tienen todo lo que necesitamos bajo cualquier circunstancia. ¿Por qué no habríamos de confiar en él? Nos ha hecho preciosas promesas con tal que seamos fieles y obedientes a sus preceptos. No hay carga que él no pueda aliviar, oscuridad que no pueda disipar, debilidad que no pueda cambiar en fortaleza, ni temores que no pueda tranquilizar. Todas nuestras dignas aspiraciones las puede aceptar y guiar (Review and Herald, 14 de enero, 1890).