Notas de E. G. White
Lección 5 - Abigail: No se permitiˇ ser vÝctima de las circunstancias
AAbigail: No se permitió ser

Sábado 23 de octubre

En el carácter de Abigail, la esposa de Nabal, tenemos una ilustra­ción de lo que debe ser la mujer según la orden de Cristo, mientras que su esposo ilustra lo que un hombre puede llegar a ser al entregarse al dominio de Satanás (Conflicto y valor, p. 168).
La humildad siempre acompaña a la verdadera sabiduría. Los que tienen esta gracia escuchan pacientemente el consejo de los demás y le dan la debida importancia. Su juicio no depende del de los demás, pero si el consejo y las recomendaciones provienen de personas de experien­cia, incorporarán el consejo porque verán la importancia del mismo. No sienten que ya tienen suficiente experiencia o conocimiento como para no recibir nuevas ideas. Por el contrario, consideran que lo que saben es una pequeña porción de lo que pueden obtener si perseveran en aprender y compartir lo aprendido (Manuscript Releases, tomo 19, p. 9).

 

Notas de E. G. White
Lección 5 -Alguien escuchará

Domingo 24 de octubre:

En un momento de necesidad, David envió mensajeros a Nabal con un mensaje cortés, pidiendo alimento para sí y sus hombres; Nabal contestó insolentemente, devolviendo mal por bien, y rehusando com­partir su abundancia con sus prójimos. Ningún mensaje pudo haber sido más respetuoso que el que David envió a ese hombre, pero Nabal acusó falsamente a David y a sus hombres a fin de justificarse en su egoísmo, y representó a David y sus seguidores como siervos fugitivos. Cuando el mensajero volvió con ese insolente vituperio, David se indignó y decidió tomar una rápida venganza. Uno de los jóvenes sirvientes de Nabal, temiendo los malos resultados que seguirían a la insolencia de su amo, fue y declaró el caso a su esposa, sabiendo que ella tenía un espíritu diferente del de su marido, y que era una mujer muy juiciosa (Conflicto y valor, p. 168).
Dios está enseñando, dirigiendo y guiando a su pueblo, para que ellos enseñen, guíen y conduzcan a otros. En la iglesia remanente de estos últimos días habrá, como las hubo en el tiempo del antiguo Israel, personas que desean moverse en forma independiente, que no están dispuestas a someterse a las enseñanzas del Espíritu de Dios, y que no escucharán ninguna amonestación o consejo. Que los tales siempre recuerden que Dios tiene una iglesia en la tierra, en la cual ha delegado el poder. Los hombres ^querrán seguir su propio juicio independiente, despreciando el consejo y el reproche; pero tan seguramente como ellos hacen esto se están apartando de la fe, y la consecuencia será el desastre y la ruina de las almas. Los que trabajan ahora para sostener y edificar la verdad de Dios están alistándose de un lado, firmes y unidos en su corazón, en su mente y con su voz, en defensa de la verdad (Mensajes selectos, tomo 3, p. 24).
Dios ha dado a los jóvenes talentos para que sean aprovechados para su gloria, pero muchos dedican estos dones a propósitos no santi­ficados. Muchos tienen habilidades que, si fuesen cultivadas, darían una rica cosecha de adquisiciones mentales, morales y físicas. Pero no se detienen a considerar. No calculan el precio de su conducta. Estimulan una temeridad e insensatez que no quieren escuchar el consejo o la reprensión. Este error es terrible. Los jóvenes serían sobrios, si se perca­tasen de que la mirada de Dios está sobre ellos, que los ángeles de Dios observan el desarrollo del carácter y pesan el valor moral (Mensajes para los jóvenes, p. 163).
No debéis andar independientemente de todo consejo. Es vuestro deber consultar con vuestros hermanos. Esto puede afectar vuestro orgullo, pero la humildad de una mente enseñada por el Espíritu Santo escuchará el consejo, y disipará toda confianza propia. Cuando se dé un consejo que esté en desacuerdo con vuestros propios deseos personales, no habéis de pensar que vuestra propia sabiduría es suficiente para que vosotros aconsejéis a otros, o que estáis en condiciones de desoír el consejo dado (Testimonios para los ministros, p. 320).

 

Notas de E. G. White
Lección 5 - Las acciones hablan más fuerte que las palabras

Lunes5 de octubre:

Cuando los jóvenes regresaron con las manos vacías, y relataron lo acontecido a David, éste se llenó de indignación. Ordenó a sus hombres que se preparasen para un encuentro; pues había decidido castigar al hombre que le había negado su derecho, y había agregado al daño insul­tos. Este movimiento impulsivo estaba más en armonía con el carácter de Saúl que con el de David; pero el hijo de Isaí tenía que aprender todavía lecciones de paciencia en la escuela de la aflicción (Patriarcas y profetas, p. 722).
Abigail comprendió que debía hacerse algo para impedir los resul­tados de la falta de Nabal, y que debía actuar inmediatamente tomando la responsabilidad sin el consejo de su esposo. Sabía que sería inútil hablarle, porque recibiría su proposición tan solo con insultos y despre­cio. Le recordaría a ella que él era quien mandaba en su casa, que ella era su esposa, y por lo tanto sujeta a él, y debía actuar como él dictara...
Sin su consentimiento, reunió provisiones a discreción para con­ciliar la ira de David; porque sabía que él estaba decidido a vengarse del insulto que había recibido... La conducta de Abigail frente a ese problema fue aprobada por Dios, y las circunstancias revelaron en ella un espíritu y un carácter nobles (Conflicto y valor, p. 168).
Las acciones revelan los principios y los motivos (Joyas de los testimonios, tomo 2, p.15).
Cada uno es llamado a desempeñarse conforme a la capacidad que Dios le ha dado. Debe rendir fielmente su servicio o manchará su conciencia y pondrá su alma en peligro. Nadie puede arriesgarse a per­der el cielo. Recordad las palabras que Cristo dirigió a sus seguidores: "Vosotros sois la luz del mundo". Dios espera que quienes conocen el camino se lo señalen a otros. Ha encomendado a los hombres el tesoro de su verdad. Lo que necesitamos es confianza y fe en Dios. La gracia interior se manifestará en las acciones exteriores. Necesitamos aquel espíritu que demuestre a otros que hemos estado aprendiendo en la escuela de Cristo y que imitamos el modelo que nos ha sido dado. Nos hace falta un corazón que no se enorgullezca vanamente, una mente no asentada en el yo. Cada uno debe sentir un constante deseo de bendecir a otros. Dios toma nota de nuestros humildes esfuerzos que ante su vista son preciosos (Testimonios para la iglesia, tomo 5, pp. 536, 537).

 

Notas de E. G. White
Lección 5 -Tiempo de hablar

Martes 26 de octubre:

Abigail no atribuyó a sí misma el razonamiento que desvió a David de su propósito precipitado, sino que dio a Dios el honor y la alabanza. Luego le ofreció sus ricos abastecimientos como ofrenda de paz a los hombres de David, y aun siguió rogando como si ella misma hubiese sido la persona que había provocado el resentimiento del jefe.
"Yo te ruego —dijo ella— que perdones a tu sierva esta ofensa; pues Jehová de cierto hará casa firme a mi señor por cuanto mi señor hace las guerras de Jehová, y mal no se ha hallado en ti en tus días". Abigail insinuó el curso que David debía seguir. Debía librar las bata­llas del Señor. No debía procurar vengarse por los agravios personales, aun cuando se le perseguía como a un traidor [se cita 1 Samuel 25:29- 31].
Estas palabras solo pudieron brotar de los labios de una persona que participaba de la sabiduría de lo alto. La piedad de Abigail, como la fragancia de una flor, se expresaba inconscientemente en su semblante, sus palabras y sus acciones. El Espíritu del Hijo de Dios moraba en su alma. Su palabra, sazonada de gracia, y henchida de bondad y de paz, derramaba una influencia celestial. Impulsos mejores se apoderaron de David, y tembló al pensar en lo que pudiera haber resultado de su propósito temerario. "Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios" (S. Mateo 5:9) (Patriarcas y profetas, pp. 723, 724).
Podemos pedir al Señor sabiendo que recibiremos. Si tenemos la humildad y la mansedumbre de Cristo, se expresará en una fervien­te caridad entre nosotros que nos hará orar e interceder ante Dios. Entonces se probará la verdad de estas palabras: "La oración eficaz del justo puede mucho" (Santiago 5:16). "La comunión íntima de Jehová es con los que le temen" (Salmo 25:14). Hay peligro en apoyarnos en la fuerza humana; debemos caminar con Dios para saber exactamente lo que debemos hacer.
La oración y la fe harán lo que ningún poder en la tierra puede hacer. No debemos ponernos ansiosos ni pensar que por nosotros mis­mos podemos hacer todo lo que debe ser hecho, e ir a todos los lugares que deben alcanzarse. A pesar de nuestras limitaciones e imperfecciones, si confiamos plenamente en Dios, sin depender de las capacidades y habilidades humanas, la verdad avanzará. Pongamos todas las cosas en las manos de Dios y dejemos que él dirija su obra a su manera, de acuerdo a su voluntad y mediante aquellos a quienes él elija. El puede usar a los que parecen débiles y a los que son humildes, pero no utili­zará la sabiduría humana a menos que sea diariamente controlada por el Espíritu Santo; sería necio intentarlo de otra manera. Debemos tener más fe y confianza en que Dios llevará su obra hacia adelante con éxito (Manuscript Releases, tomo 8, p. 218).

 

Notas de E. G. White
Lección 5
- Lo que Abigail no hará

Miércoles 27 de octubre:

"Y cuando Abigail vio a David, se bajó prontamente del asno, y postrándose sobre su rostro delante de David, se inclinó a tierra; y se echó a sus pies, y dijo: Señor mío, sobre mí sea el pecado" (1 Samuel 25: 23, 24).
David y sus hombres... protegían de los... merodeadores los reba­ños y las manadas de un hombre muy rico llamado Nabal, que tenía grandes posesiones en el Carmelo... pero que poseía un carácter rudo y mezquino.
Al estar en este lugar David y sus hombres se encontraron en una penosa necesidad de provisiones, y cuando el hijo de Isaí oyó que Nabal estaba trasquilando sus ovejas envió a diez jóvenes a quienes les dijo: "Subid a Carmelo e id a Nabal, y saludadle en mi nombre" (1 Samuel 25:5).
David y sus hombres habían sido como un muro protector para los pastores de Nabal mientras cuidaban sus rebaños en las montañas. Y ahora, David cortésmente le pedía al rico varón que lo socorriera con algo de sus abundantes provisiones... "Y Nabal respondió a los jóve­nes enviados por David, y dijo: ¿Quién es David, y quién es el hijo de Isaí?... ¿He de tomar yo ahora mi pan, mi agua, y la carne que he prepa­rado para mis esquiladores y darla a hombres que no sé de dónde son?"
Cuando los jóvenes regresaron chasqueados, disgustados y con sus manos vacías y le informaron a David lo que había ocurrido, éste se indignó profundamente... David ordenó que sus hombres se ciñeran las espadas y se aprestaran para una batalla.
Uno de los siervos de Nabal se apresuró a comunicar a Abigail, esposa de Nabal... lo que había sucedido.
Sin consultar con su esposo, ni comunicarle su intención, Abigail preparó una abundante cantidad de provisiones y salió para encon­trarse con el ejército de David. Los encontró en un oculto camino de la montaña. "Y cuando Abigail vio a David, se bajó prontamente... y postrándose sobre su rostro delante de David, se inclinó a tierra; y se echó a sus pies, y dijo: Señor mío, sobre mí sea el pecado, mas te ruego que permitas que tu sierva hable a tus oídos". Abigail se dirigió a David con mucha reverencia; como si le hablara a un monarca remante... Con palabras suaves procuró calmar la irritación de David... Demostrando un espíritu abnegado, ella le pidió que le imputara toda la culpa de lo ocurrido y que no la cargase sobre su pobre y engañado esposo.
¡Qué espíritu notable! Sin ningún resabio de ostentación ni de orgullo, pero llena de la sabiduría y del amor de Dios, Abigail manifes­tó la fuerza de la devoción que sentía hacia su esposo. Cualquiera que fuera la actitud del esposo, aún era su esposo, y expresó claramente al indignado capitán que el trato descortés de Nabal en ningún modo fue premeditado como una afrenta personal (Reflejemos a Jesús, p. 324).
Abigail se dirigió respetuosamente a David, honrándolo y tra­tándolo con deferencia, y presento su caso elocuentemente y con éxito. Aunque no excusó la insolencia de su esposo, rogó por su vida. También dio muestras de ser no solo juiciosa, sino piadosa, y que estaba al tanto de la intervención divina en la vida de David. Declaró su firme fe, en el hecho de que David era el ungido de Jehová.
Abigail insinuó el curso que David debía seguir. Debía librar las batallas del Señor. No debía procurar vengarse por los agravios perso­nales, aun cuando se le perseguía como a un traidor... Estas palabras solo pudieron brotar de los labios de una persona que participaba de la sabiduría de lo alto. La piedad de Abigail, como la fragancia de una flor, se expresaba inconscientemente en su semblante, sus palabras y sus acciones. El Espíritu del Hijo de Dios moraba en su alma. Su pala­bra, sazonada de gracia, y henchida de bondad y de paz, derramaba una influencia celestial. Impulsos mejores se apoderaron de David, y tembló al pensar en lo que pudiera haber resultado de su propósito temerario (Conflicto y valor, p. 169).
Cristo demanda de nosotros un servicio indiviso; un servicio con todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas. "¿O ignoráis que vues­tro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espí­ritu, los cuales son de Dios"
(1 Corintios 6:19, 20). Cuando nos rendimos a él, Cristo consagra nuestras mentes, corazones y manos a su servicio. Su sabiduría nos da vida espiritual y nos capacita para amar a Dios y a nuestro prójimo. Su vida y su gracia transforman nuestros caracteres. Nos presenta sin man­cha delante del Padre porque somos santificados mediante su sangre. Al tomar posesión de nuestra vida, santifica el alma; renueva, sostiene y guía todos los impulsos y le da vitalidad a todos los propósitos. Así llegamos a ser templos del Espíritu Santo (Review and Herald, 25 de julio, 1899).

 

Notas de E. G. White
Lección 5 - Adentro y afuera

Jueves 28 de octubre:

Cuando Abigail regresó a casa, encontró a Nabal y sus huéspedes gozándose en un gran festín, que habían convertido en una borrachera alborotada. Hasta la mañana siguiente, no relató ella a su marido lo que había ocurrido en su entrevista con David. En lo íntimo de su cora­zón, Nabal era un cobarde; y cuando se dio cuenta de cuán cerca su tontería le había llevado de una muerte repentina, quedó como herido de un ataque de parálisis. Temeroso de que David continuase con su propósito de venganza, se llenó de horror, y cayó en una condición de insensibilidad inconsciente. Diez días después falleció. La vida que Dios le había dado, solo había sido una maldición para el mundo. En medio de su alegría y regocijo, Dios le había dicho, como le dijo al rico de la parábola: "Esta noche vuelven a pedir tu alma" (S. Lucas 12:20) (Patriarcas y profetas, p. 725).
A Nabal no le importaba gastar una exorbitante suma de su riqueza para complacerse y glorificarse a sí mismo, pero le parecía un sacrificio demasiado penoso conceder una compensación —que él nunca echaría de menos— a los que habían sido como un muro para sus rebaños y manadas. Nabal era como el rico de la parábola; solo tenía un pensa­miento: usar las misericordiosas dádivas de Dios para complacer sus apetitos egoístas y animales. No albergaba un pensamiento de gratitud para el Dador. No era rico para con Dios, pues los tesoros eternos no ejercían atracción sobre él. Los lujos y las ganancias del momento eran el único pensamiento de su vida. Esto era su dios...
Cuando David oyó las noticias de la muerte de Nabal dio gracias a Dios porque había tomado la venganza en sus propias manos. Se lo había refrenado para no hacer el mal, y el Señor había hecho que la impiedad del impío cayera sobre su propia cabeza. Por la forma en que Dios trató a Nabal y a David, los hombres pueden sentirse animados a colocar sus casos en las manos de Dios, pues a su debido tiempo él arre­glará las cosas (Comentario bíblico adventista, t. 2, pp. 1015, 1016).
David se casó después con Abigail. Ya era el marido de una espo­sa; pero la costumbre de las naciones de su tiempo había pervertido su juicio e influía en sus acciones. Aun hombres grandes y buenos erraron al seguir prácticas del mundo. Los resultados amargos de casarse con muchas esposas fueron gravemente sentidos por David a través de toda su vida (Patriarcas y profetas, p. 725).