Notas de E. G. White
Lección 12 - Giezi: Erró el blanco

Sábado 11 de diciembre

"Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Je-hová" (Jeremías 9:23, 24).
Hay una educación que es esencialmente mundanal. Su fin es dar éxito en el mundo, satisfacer la ambición egoísta. Para conseguir esta educación muchos estudiantes dedican tiempo y dinero y llenan su mente de conocimientos inne-cesarios. El mundo los tiene por sabios; pero no tienen a Dios en sus pensa-mientos...
Hay otra clase de educación que es muy diferente. Su principio fundamental, según lo declaró el mayor de los maestros que el mundo haya conocido, es: "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia" (Mateo 6:33). Su fin no es egoísta; su propósito es honrar a Dios, y servirle en el mundo... Dios es la fuen-te de toda sabiduría. Él es infinitamente sabio, justo y bueno. Aparte de Cristo, los hombres más sabios que jamás hayan vivido no pueden comprenderlo. Pue-den profesar ser sabios; pueden gloriarse de sus adquisiciones; pero el simple conocimiento intelectual, aparte de las grandes verdades que se concentran en Cristo, es como nada...
Si los hombres pudiesen ver por un momento más allá del alcance de la visión finita, si pudiesen discernir una vislumbre de lo eterno, toda boca dejaría de jactarse. Los hombres que viven en este mundo que es un pequeño átomo del universo son finitos; Dios tiene mundos innumerables que obedecen a sus le-yes, y son conducidos para gloria suya. Cuando en sus investigaciones científi-cas los hombres han ido hasta donde se lo permiten sus facultades limitadas, queda todavía más allá un infinito que no pueden comprender.
Antes que los hombres puedan ser verdaderamente sabios, deben comprender que dependen de Dios, y deben estar henchidos de su sabiduría. Dios es la fuente tanto del poder intelectual como del espiritual. Los mayores hombres, que han llegado a lo que el mundo considera como admirables alturas de la ciencia, no pueden compararse con el amado Juan o el apóstol Pablo. La más alta norma de virilidad se alcanza cuando se combina el poder intelectual con el espiritual (En lugares celestiales, p. 143).

 

Notas de E. G. White
Lección 12 -Calidad de siervo

Domingo 12 de diciembre

Cuántos profesan ser siervos de Cristo, pero cuán indispuestos se manifiestan a soportar críticas y vergüenza por amor de él. La cruz no fue diseñada para complacer al yo; está directamente opuesta a la senda del amador de placeres, y se enfrenta a nuestros deseos carnales, inclinaciones egoístas y pasiones no san-tificadas. La cruz reprueba cualquier infidelidad en nuestras labores. Llevar la cruz de Cristo significa no evitar las cargas y responsabilidades. Si moramos en Cristo y aprendemos en su escuela, no seremos rudos, deshonestos o infieles, sino que llevaremos los principios de Cristo en cualquier tarea que nos toque realizar. Nos identificaremos con los intereses de nuestro empleador no siendo descuidados o extravagantes, ni perderemos el tiempo, ya que si se nos paga por hacer el trabajo, el tiempo no nos pertenece a nosotros sino al que nos em-plea. Si no somos diligentes y esforzados, quedaremos registrados en los libros del cielo como siervos infieles (Review and Herald, 22 de
Hay muchos que profesan ser cristianos y no están unidos con Cristo. Su vida diaria, su espíritu, dan testimonio de que Cristo, la esperanza de gloria, no mora en ellos. No se puede depender de ellos ni confiar en ellos. Están ansiosos de reducir su servicio al mínimo de esfuerzo y al mismo tiempo obtener el máxi-mo de salario. El nombre "siervo" se aplica a todos los hombres, pues todos lo somos, y nos convendrá ver a qué molde nos conformamos. ¿Es el de la infide-lidad o el de la fidelidad? septiembre, 1891).
¿Están los siervos generalmente dispuestos a hacer todo lo que pueden? ¿No es más bien costumbre prevaleciente deslizarse por el trabajo tan rápida y fácil-mente como sea posible y obtener el salario al menor costo posible? El fin no es ser tan cabal como se pueda, sino obtener una remuneración. Los que profe-san ser siervos de Cristo no deberían olvidar el precepto del apóstol Pablo: "Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, co-
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mo los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor, y no pa-ra los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la compensación de la heren-cia, porque a Cristo el Señor servís".
Los que entran en la obra como "siervos del ojo" hallarán que su trabajo no puede resistir la inspección de los hombres o de los ángeles. Lo esencial para el éxito en el trabajo es el conocimiento de Cristo; pues este conocimiento dará sanos principios de rectitud, e impartirá un espíritu noble, abnegado, como el de nuestro Salvador a quien profesamos servir. La fidelidad, la economía, el cuidado, la prolijidad, debieran caracterizar todo nuestro trabajo, ya sea en la cocina, el taller, las oficinas de las casas editoras, el sanatorio, el colegio o dondequiera estemos ubicados en la viña del Señor. "El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto" (Mensajes para los jóvenes, pp. 227, 228).

 

Notas de E. G. White
Lección 12 - Aprender de primera mano

Lunes 13 de diciembre

La iglesia de Cristo está organizada para servir. Tal es su consigna. Sus miem-bros son soldados que han de ser adiestrados para combatir bajo las órdenes del Capitán de su salvación. Los ministros, médicos y maestros cristianos tienen una obra más amplia de lo que muchos se imaginan. No solo han de servir al pueblo, sino también enseñarle a servir. No solo han de instruir a sus oyentes en los buenos principios, sino también educarlos para que sepan comunicar es-tos principios. La verdad que no se practica, que no se comunica, pierde su po-der vivificante, su fuerza curativa. Su beneficio no puede conservarse sino compartiéndolo.
Hay que romper la monotonía de nuestro servicio a Dios. Todo miembro de la iglesia debe empeñarse en alguna manera de servir al Maestro. Unos no pueden hacer tanto como otros, pero todos deben esforzarse cuanto les sea posible por hacer retroceder la ola de enfermedad y angustia que azota al mundo. Muchos trabajarían con gusto si se les enseñara cómo empezar. Necesitan instrucción y aliento.
Cada iglesia debe ser escuela práctica de obreros cristianos. Sus miembros de-berían aprender a dar estudios bíblicos, a dirigir y enseñar clases en las escuelas sabáticas, a auxiliar al pobre y cuidar al enfermo, y trabajar en pro de los in-conversos. Debería haber escuelas de higiene, clases culinarias y para varios ramos de la obra caritativa cristiana. Debería haber no solo enseñanza teórica, sino también trabajo práctico bajo la dirección de instructores experimentados. Abran los maestros el camino trabajando entre el pueblo, y otros, al unirse con ellos, aprenderán de su ejemplo. Un ejemplo vale más que muchos preceptos (El ministerio de curación
Para que los seres humanos pudieran llegar a ser reyes y sacerdotes para Dios, el Comandante de los ángeles tomó la posición de siervo, dejándonos un per-fecto ejemplo para que aprendamos de él. En su vida ejemplificó la ley;-ningún acto pecaminoso malogró su conducta; todas sus palabras y acciones fueron sin mancha (, pp. 107, 108). Review and Herald,
Los que entran en esta obra deben primeramente entregarse sin reservas a Dios; deben aprender de Cristo y seguir su ejemplo. Él los invita, diciéndoles: "Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de co-razón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y lige-ra mi carga" (Mateo 11:28-30). Los ángeles son comisionados a acompañar a quienes entran en la obra con verdadera humildad ( 29 de abril, 1902).
Review and Herald, 6 de
Todos los que profesamos llevar el nombre de Cristo y deseamos recibir la herencia eterna viviendo en la ciudad de Dios donde no habrá más impurezas, debemos mostrar al mundo, por precepto y por ejemplo, los principios del ver-dadero vivir. Todo el cielo está observando cómo peleamos la batalla contra la tentación (mayo, 1902). Signs of the Times, 10 de agosto, 1915).

 

Notas de E. G. White
Lección 12 - Una cuestión de fe

Martes 14 de diciembre:

Naamán el sirio consultó al profeta de Dios acerca de cómo podía curarse de una enfermedad repugnante: la lepra. Se le ordenó ir y bañarse en el Jordán siete veces. ¿Por qué no siguió inmediatamente las instrucciones de Eliseo, el profeta de Dios?... A causa de su mortifica­ción y decepción tuvo un rapto de cólera, y furiosamente rehusó seguir el humilde procedimiento que le había señalado el profeta de Dios. "He aquí", dijo, "yo decía para mí: Saldrá él luego y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sana­rá la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado". Su criado dijo: "Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio? Sí, ese gran hombre consideraba que estaba por debajo de su dignidad ir al humilde río Jordán y lavarse. Los ríos que había mencionado y deseado se veían embellecidos por los árboles y sotos de sus riberas y había ídolos en esos sotos. Muchos acudían a esos ríos para adorar las estatuas de sus dioses; por lo tanto, eso no hubiera significado ninguna humillación para él. Pero el cumplimiento de las directivas específicas del profeta hubiera humillado su espíritu orgu­lloso y altivo. La obediencia voluntaria traería el resultado deseado. Se lavó y quedó sano.
Nuestros planes no son siempre los de Dios... En su amante cui­dado e interés por nosotros, muchas veces Aquel que nos comprende mejor de lo que nos comprendemos a nosotros mismos, se niega a permitirnos que procuremos con egoísmo la satisfacción de nuestra ambición... Nos pide él que le cedamos muchas cosas; pero al hacerlo no nos despojamos más que de lo que nos impide avanzar hacia el cielo (Conflicto y valor, p. 228).
... Naamán, noble pagano que había sido fiel a sus convicciones de lo recto y había sentido su gran necesidad de ayuda, estaba en condición de recibir los dones de la gracia de Dios. No solamente fue limpiado de su lepra, sino también bendecido con un conocimiento del verdadero Dios.
Nuestra situación delante de Dios depende, no de la cantidad de luz que hemos recibido, sino del empleo que damos a la que tenemos. Así, aun los paganos que eligen lo recto en la medida en que lo pue­den distinguir, están en una condición más favorable que aquellos que tienen gran luz y profesan servir a Dios, pero desprecian la luz y por su vida diaria contradicen su profesión de fe (El Deseado de todas las gentes, p. 206).
Los siervos de Naamán le rogaron que cumpliese las instrucciones de Elíseo. Le dijeron: "Si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la hicieras? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?" Se esta­ba probando la fe de Naamán, mientras que su orgullo contendía para obtener la victoria. Por fin venció la fe, y el altanero sirio dejó de lado el orgullo de su corazón, y se sometió a la voluntad revelada de Jehová. Siete veces se sumergió en el Jordán, "conforme a la palabra del varón de Dios". El Señor honró su fe; "y su carne se volvió como la carne de un niño, y fue limpio" (Profetas y reyes, p. 186).

 

Notas de E. G. White
Lección 12
- La caída de Giezi

Miércoles 15 de diciembre:

Con el transcurso de los años, el siervo de Elíseo, Giezi, había tenido oportunidad de desarrollar el mismo espíritu de abnegación que caracterizaba la obra de su amo. Había tenido el privilegio de llegar a ser noble portaestandarte en el ejército del Señor. Durante mucho tiempo habían estado a su alcance los mejores dones del cielo; y sin embargo, apartándose de ellos, había codiciado en su lugar el vil metal de las riquezas mundanales. Y ahora los anhelos ocultos de su espíritu avariento le indujeron a ceder a la tentación abrumadora (Profetas y reyes, p. 187).
Son muy pocos los que comprenden el poder de su amor por el dinero hasta que se los pone a prueba. Entonces es cuando muchos que profesan ser seguidores de Cristo muestran que no están preparados para el cielo. Sus obras testifican que aman más el dinero que a su pró­jimo o a Dios. Tal como el joven rico, preguntan por el camino de la vida, pero cuando éste les es señalado y cuando calculan el costo, y ven que se exige de ellos el sacrificio de las riquezas mundanales, deciden que el cielo cuesta demasiado. Cuanto mayores son los tesoros hechos en la tierra, tanto más difícil resulta para sus poseedores comprender que éstos no les pertenecen sino que les han sido prestados para que los utilizasen para gloria de Dios (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 156).
La Biblia no condena a nadie por rico, si adquirió honradamente su riqueza. La raíz de todo mal no es el dinero, sino el amor al dinero. Dios da a los hombres la facultad de enriquecerse; y en manos del que se porta como administrador de Dios, empleando generosamente sus recursos, la riqueza es una bendición, tanto para el que la posee como para el mundo. Pero muchos, absortos en su interés por los tesoros mundanos, se vuelven insensibles a las demandas de Dios y a las nece­sidades de sus semejantes. Consideran sus riquezas como medio de glo­rificarse. Añaden una casa a la otra, y una tierra a otra tierra; llenan sus mansiones de lujos, mientras que alrededor de ellos hay seres humanos sumidos en la miseria y el crimen, en enfermedades y muerte. Los que así dedican su vida al egoísmo no desarrollan los atributos de Dios, sino los del maligno (El ministerio de curación, p. 163).
Los tesoros acumulados en la tierra no perduran: los ladrones entran y los roban; los arruinan el orín y la polilla; el incendio y la tempestad pueden barrer nuestros bienes. Y "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón". Lo que se atesora en el mundo absorberá la mente y excluirá aun las cosas del cielo.
El amor al dinero era la pasión dominante en la época de los judíos. La mundanalidad usurpaba en el alma el lugar de Dios y de la religión. Así ocurre ahora. La ambición avarienta de acumular riquezas tiene tal ensalmo sobre la vida, que termina por pervertir la nobleza y corromper toda consideración de los hombres para sus semejantes hasta ahogar­los en la perdición. La servidumbre bajo Satanás rebosa de cuidados, perplejidades y trabajo agotador; los tesoros que los hombres acumulan en la tierra son tan solo temporales (El discurso maestro de Jesucristo, p. 76).



 

Notas de E. G. White
Lección 12 - Vivir de las sobras

Jueves 16 de diciembre:

...La verdad es de Dios; el engaño en sus miles de formas proviene de Satanás; y quienquiera que se desvíe de la línea recta de la verdad, se entrega al poder del maligno. Los que han aprendido de Cristo seguirán el consejo del apóstol: "No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas" (Efesios 5:11). Tanto en sus palabras como en su vida, serán sencillos, sinceros y veraces; porque se están preparando para alternar con los santos en cuyas "bocas no ha sido hallado engaño" (Apocalipsis 14:5).
Siglos después que Naamán regresara a su hogar en Siria, con el cuerpo curado y el espíritu convertido, su fe admirable fue mencionada y elogiada por el Salvador como lección objetiva para todos los que dicen servir a Dios. Declaró el Salvador: "Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; mas ninguno de ellos fue limpio, sino Naamán el Sirio" (Lucas 4:27). Dios pasó por alto a los muchos leprosos que había en Israel, porque su incredulidad les cerraba la puerta del bien. Un noble pagano que había sido fiel a sus convicciones relativas a la justicia, y sentía su necesidad de ayuda, fue a los ojos de Dios más digno de su bendición que los afligidos de Israel, que habían despreciado los privilegios que Dios les había dado. Dios obra en pro de aquellos que aprecian sus favores y responden a la luz que les ha dado el cielo.
En todos los países hay ahora personas sinceras de corazón, sobre las cuales brilla la luz del cielo. Si perseveran con fidelidad en lo que comprenden como deber suyo, recibirán más luz, hasta que, como Naamán antiguamente, se vean constreñidas a reconocer que "no hay Dios en toda la tierra", excepto el Dios vivo, el Creador (Profetas y reyes, pp. 188, 189).
Cuán pocos reconocen sus debilidades hasta que llega el día de la prueba. Piensan que son sabios pero son necios, porque no hay nada en ellos de lo cual enorgullecerse. Aun aquellos que están en posiciones de responsabilidad y rodeados de los mejores privilegios religiosos, pueden caer. Puede ser de valor estudiar el caso de Giezi: vivía en la casa del piadoso profeta Elíseo; escuchaba sus fervientes oraciones y veía una vida guiada por principios correctos, y sin embargo todo eso no le ayudó a mejorar su propia vida. Engañó a Naamán para recibir una recompensa pero lo que recibió fue la lepra que aquel tenía (Ellen G. White 1888 Materials, p. 1529).