Notas de E. G. White
Lección 11 -
La viuda de Sarepta: el salto de fe

Sábado 4 de diciembre

Aunque Cristo es la verdad, los seres humanos no lo escucharán ni aceptarán ser guiados por él, porque no pueden discernir las cosas espirituales; no pueden ver lo invisible. En cambio sus discípulos, que ven en él el camino, la verdad y la vida, gozarán de su presencia y tendrán un conocimiento experimental de Dios y de Jesucristo a quien él ha enviado. Ya no dirán: "no puedo compren-der", porque ya no verán a través de un espejo, oscuramente, sino que serán "plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la anchura, y de conocer el amor de Cristo, que ex-cede a todo conocimiento" (Efesios 3:18, 19). Y aquel que "comenzó en voso-tros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo"(Filipenses 1:6). El honor de Dios y el honor de Cristo están envueltos en la perfección de nues-tro carácter. Nuestro trabajo es cooperar con Cristo para llegar a estar comple-tos en él. Al estar unidos con él por la fe, al creer y recibir, llegamos a ser par-ticipantes de él. Su gloria se revela en nuestro carácter, y cuando él aparezca escucharemos su bendición, diciéndonos: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (S. Mateo 25:23) (The Southern Review, 25 de octubre, 1898).

 

Notas de E. G. White
Lección 11 - A Sarepta

Domingo 5 de diciembre:

La oración de Elías fue contestada. Las súplicas, reprensiones y amonestacio-nes que habían sido repetidas a menudo no habían inducido a Israel a arrepen-tirse. Había llegado el momento en que Dios debía hablarle por medio de los castigos. Por cuanto los adoradores de Baal aseveraban que los tesoros del cie-lo, el rocío y la lluvia, no provenían de Jehová, sino de las fuerzas que regían la naturaleza, y que la tierra era enriquecida y hecha abundantemente fructífera mediante la energía creadora del sol, la maldición de Dios iba a descansar gra-vosamente sobre la tierra contaminada. Se iba a demostrar a las tribus apóstatas de Israel cuán insensato era confiar en el poder de Baal para obtener bendicio-nes temporales. Hasta que dichas tribus se volviesen a Dios arrepentidas y le reconociesen como fuente de toda bendición, no descendería rocío ni lluvia so-bre la tierra...
Fue tan solo por su fe poderosa en el poder infalible de la palabra de Dios como Elías entregó su mensaje. Si no le hubiese dominado una confianza implícita en Aquel a quien servía, nunca habría comparecido ante Acab. Mientras se dirigía a Samaria, Elías había pasado al lado de arroyos inagotables, colinas verdean-tes, bosques imponentes que parecían inalcanzables para la sequía. Todo lo que veía estaba revestido de belleza. El profeta podría haberse preguntado cómo iban a secarse los arroyos que nunca habían cesado de fluir, y cómo podrían ser quemados por la sequía aquellos valles y colinas. Pero no dio cabida a la incre-dulidad. Creía firmemente que Dios iba a humillar al apóstata Israel, y que los castigos inducirían a éste a arrepentirse. El decreto del cielo había sido dado; no podía la palabra de Dios dejar de cumplirse; y con riesgo de su vida Elías cumplió intrépidamente su comisión. Como un rayo que bajará de un cielo des-pejado, el anuncio del castigo inminente llegó a los oídos del rey impío; pero antes que Acab se recobrase de su asombro o formulara una respuesta, Elías desapareció tan abruptamente como se había presentado, sin aguardar para ver el efecto de su mensaje (Profetas y reyes,
El mundo material se halla bajo el dominio de Dios. Las leyes de la naturaleza son obedecidas por la naturaleza. Todo expresa y obra la voluntad del Creador. La nube y la luz del sol, el rocío y la lluvia, el viento y la tormenta, todo se halla bajo la vigilancia divina, y rinde implícita obediencia a su mandato. Es en obediencia a la ley de Dios como el tallo del grano sube a través de la tierra, "primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga". El Señor de-sarrolla estas etapas a su debido tiempo porque no se oponen a su obra. ¿Y será posible que el hombre, hecho a la imagen de Dios, dotado del raciocinio y del habla, sea el único que no aprecie sus dones y desobedezca su voluntad?

 

Notas de E. G. White
Lección 11 - Un instrumento inusual (1 Reyes 17:7-12)

Lunes 6 de diciembre: pp. 59, 60).

Por un tiempo Elías permaneció escondido en las montañas donde corría el arroyo Cherit. Durante muchos meses se le proveyó milagrosamente de alimen-to. Más tarde, cuando, debido a la prolongada sequía, se secó el arroyo, Dios ordenó a su siervo que hallase refugio en una tierra pagana. Le dijo: "Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y allí morarás: he aquí yo he mandado allí a una mujer viuda que te sustente".
Esa mujer no era israelita. Nunca había gozado de los privilegios y bendiciones que había disfrutado el pueblo escogido por Dios; pero creía en el verdadero Dios, y había andado en toda la luz que resplandecía sobre su senda. De modo que cuando no hubo seguridad para Elías en la tierra de Israel, Dios le envió a aquella mujer para que hallase asilo en su casa...
En ese hogar azotado por la pobreza, el hambre apremiaba; y la escasa pitanza parecía a punto de agotarse. La llegada de Elías en el mismo día en que la viuda temía verse obligada a renunciar a la lucha para sustentar su vida, probó has-ta lo sumo la fe de ella en el poder del Dios viviente para proveerle lo que ne-cesitaba. Pero aun en su extrema necesidad, reveló su fe cumpliendo la petición del forastero que solicitaba compartir con ella su último bocado...
No podría haberse exigido mayor prueba de fe. Hasta entonces la viuda había tratado a todos los forasteros con bondad y generosidad. En ese momento, sin tener en cuenta los sufrimientos que pudiesen resultar para ella y su hijo, y confiando en que el Dios de Israel supliría todas sus necesidades, dio esta prueba suprema de hospitalidad obrando "como le dijo Elías" (Profetas y reyes,
... Dios dirige a sus hijos por senderos que ellos desconocen; pero no olvida ni desecha a los que depositan su confianza en él. Permitió que Job fuese atribula-do pero no le abandonó. Consintió en que el amado Juan fuese desterrado a la solitaria isla de Patmos, pero el Hijo de Dios le visitó allí, y pudo ver escenas de gloria inmortal. pp. 94, 95).
Dios permite que las pruebas asedien a los suyos, para que mediante su cons-tancia y obediencia puedan enriquecerse espiritualmente, y para que su ejemplo sea una fuente de poder para otros. "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal" (Jeremías 29:11). Los mismos sufrimientos que prueban más severamente nuestra fe, y que nos hacen pensar que Dios nos ha olvidado, sirven para llevarnos más cerca de Cristo, para que echemos todas nuestras cargas a sus pies, y para que sintamos la paz que nos ha de dar en cambio (Patriarcas y profetas, pp 122)
Pero muchos misterios permanecen todavía sin ser revelados. ¡Cuánto que es reconocido como verdad es misterioso e inexplicable para la mente humana! ¡Cuán oscuros parecen los designios de la Providencia! ¡Cuánta necesidad hay de fe implícita y confianza en el gobierno moral de Dios! Estamos listos para decir con Pablo: "¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!" p. 122).
No hemos avanzado todavía lo suficiente en prendas morales para comprender los misterios de Dios; pero cuando formemos parte de la familia del cielo esos misterios serán revelados ante nosotros. De los miembros de esa familia escribe Juan: "Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos... Y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes".
Entonces se revelará mucho mediante explicaciones de asuntos en los cuales Dios guarda ahora silencio, porque no hemos atesorado ni apreciado lo que se ha dado a conocer de los misterios eternos. Serán aclarados los caminos de la Providencia; se revelarán los misterios de la gracia mediante Cristo. Será explicado lo que la mente ahora no puede captar, que es difícil de entender. Vere-mos orden en lo que ha parecido inexplicable; sabiduría en todo lo encubierto; bondad y bondadosa misericordia en todo lo impartido. La verdad será revelada en una sola línea ante la mente libre de oscuridad, y su brillo será perdurable. Se hará que el corazón cante de gozo. Terminarán para siempre los conflictos, y se resolverán todas las dificultades (Comentario bíblico adventista, tomo 6 p. 1091)

 

Notas de E. G. White
Lección 11 - Entrega total

Martes 7 de diciembre

Admirable fue la hospitalidad manifestada al profeta de Dios por esta mujer fe-nicia, y admirablemente fueron recompensadas su fe y generosidad. "Y comió él, y ella y su casa, muchos días. Y la tinaja de la harina no escaseó, ni menguó la botija del aceite, conforme a la palabra de Jehová que había dicho por Elías (Profetas y reyes
El privilegio concedido a Abrahán y Lot no nos es negado. Manifestando hos-pitalidad a los hijos de Dios, nosotros también podemos recibir a sus ángeles en nuestras moradas. Aun en nuestro tiempo los ángeles entran en forma humana en los hogares de las gentes, y son agasajados por ellas. Y los cristianos que vi-ven a la luz del rostro de Dios están siempre acompañados por ángeles invisible, y estos seres santos dejan tras sí una bendición en nuestros hogares (Joyas de los testimonios tomo 2 p 569)
En la parábola, la perla no es presentada como dádiva. El tratante la compró a cambio de todo lo que tenía. Muchos objetan el significado de esto, puesto que Cristo es presentado en las Escrituras como un don. El es un don, pero única-mente para aquellos que se entregan a él sin reservas, en alma, cuerpo y espíri-tu. Hemos de entregarnos a Cristo para vivir una vida de voluntaria obediencia a todos sus requerimientos. Todo lo que somos, todos los talentos y facultades que poseemos son del Señor, para ser consagrados a su servicio. Cuando de es-ta suerte nos entregamos por completo a él, Cristo, con todos los tesoros del cielo, se da a sí mismo a nosotros. Obtenemos la perla de gran precio. tomo 2, p. 569).
La salvación es un don gratuito, y sin embargo ha de ser comprado y vendido. En el mercado administrado por la misericordia divina, la perla preciosa se re-presenta vendiéndose sin dinero y sin precio. En este mercado, todos pueden obtener las mercancías del cielo. La tesorería que guarda las joyas de la verdad está abierta para todos. "He aquí he dado una puerta abierta delante de ti decla-ra el Señor, la cual ninguno puede cerrar". Ninguna espada guarda el paso por esa puerta. Las voces que provienen de los que están adentro y de los que están a la puerta dicen: Ven. La voz del Salvador nos invita con amor fervoroso: "Yo te amonesto que de mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico" (Palabras de vida del Gran Maestro, p 88)
Dios no aceptará nada menos que una entrega sin reservas. Los cristianos indi-ferentes y pecaminosos nunca podrán entrar en el cielo. No encontrarían felici-dad en él, porque no saben nada de los principios elevados y santos que gobier-nan a los miembros de la familia real. El verdadero cristiano mantiene abiertas hacia el cielo las ventanas del alma. Vive en compañerismo con Cristo. Su vo-luntad se conforma a la de Cristo. Su mayor deseo es llegar a ser más y más semejante a él. p. 88).
No podemos emplear al Espíritu Santo. El Espíritu ha de emplearnos a noso-tros. Por el Espíritu obra Dios en su pueblo "así el querer como el hacer, por su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Pero muchos no quieren someterse a eso. Quieren manejarse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el don celestial. Únicamente a aquellos que esperan humildemente en Dios, que velan para tener su dirección y gracia, se da el Espíritu (Eventos de los últimos días,p196)

 

Notas de E. G. White
Lección 11
- Recordar mis iniquidades (1 Reyes 17:17,18)

Miércoles 8 de diciembre: p. 196).

La verdadera santidad y humildad son inseparables. Mientras más cerca esté el alma de Dios, más completamente se humillará y someterá. Cuando Job oyó la voz desde el torbellino, exclamó: "Me aborrezco y me arrepiento en polvo y ceniza" (Job 42:6). Cuando Isaías vio la gloria del Señor, y oyó a los querubi-nes que clamaban: "Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos", exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto" (Isaías 6:3, 5). Cuando fue visitado por el mensajero celestial, Daniel dijo: "Mi fuerza se cambió en desfallecimiento" (Daniel 10:8). Pablo después de haber sido arrebatado al tercer cielo y haber oído cosas que no es lícito que diga el hombre, habla de sí como menor "que el más pequeño de todos los santos" (Efesios 3:8). Fue el amado Juan, que se reclinaba sobre el regazo de Jesús, y contemplaba su gloria, quien cayó como muerto ante el ángel. Mientras más íntima y continuamente contemplemos a nuestro Salvador, menos procuraremos aprobarnos a nosotros mismos.
El que capta un destello del incomparable amor de Cristo, computa todas las otras cosas como pérdida, y considera al Señor como el principal entre diez mil... Cuando los serafines y querubines contemplan a Cristo, cubren su rostro con sus alas. No despliegan su perfección y belleza en la presencia de la gloria de su Señor. ¡Cuán impropio es, pues, que los hombres se exalten a sí mismos! (A fin de conocerle,
Los serafines moran en la presencia de Jesús, no obstante cubren sus rostros y sus pies con sus alas; al ver al Rey en su hermosura, se cubren a sí mismos. Cuando Isaías vio la gloria de Dios, su alma se inclinó hasta el polvo, porque la clara visión que se le permitió presenciar también le mostró su verdadera con-dición. Cuando los rayos del Sol de justicia brillan sobre el alma tienen un efecto sobre la mente humana, porque la luz de la gloria de Dios revela todos los males escondidos y conducen al alma a una confesión humilde. Y cuanto más se revela la gloria de Cristo, tanto menos gloria encuentra el ser humano en sí mismo. Cuando se revela la deformidad del alma, la estima y la glorifica-ción propias desaparecen. Muere el yo y vive Cristo ( p. 177).
The Bible Echo
"Que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta gene-ración, de aquellos, digo, que me aborrecen". Es inevitable que los hijos sufran las consecuencias de la maldad de sus padres, pero no son castigados por la culpa de sus padres, a no ser que participen de los pecados de éstos. Sin embar-go, generalmente los hijos siguen los pasos de sus padres. Por la herencia y por el ejemplo, los hijos llegan a ser participantes de los pecados de sus progenito-res. Las malas inclinaciones, el apetito pervertido, la moralidad depravada, además de las enfermedades y la degeneración física, se transmiten como un legado de padres a hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Esta terrible ver-dad debiera tener un poder solemne para impedir que los hombres sigan una conducta pecaminosa (, 3 de diciembre, 1894).
Patriarcas y profetas, pp. 313, 314).

 

Notas de E. G. White
Lección 11 - Fe puesta a prueba

Jueves 9 de diciembre:

En los días de Elías, Israel se había separado del Dios viviente. En vano el Se-ñor había hablado mediante sus profetas a ese pueblo rebelde y apóstata; en va-no había reprobado sus pecados y amenazado con sus juicios. El mensaje que debía haber tenido sabor de vida para vida, se transformó para ellos en sabor de muerte para muerte. En lugar de llevarlos al arrepentimiento y a una vida de humildad y fe, las palabras del profeta despertaron su orgullo y su odio contra el mensajero del Señor. De esa manera, multiplicaron sus pecados y agravaron la culpa que ya había traído los juicios de Dios sobre la tierra. Deseaban encon-trar y destruir a Elías, como sí el silenciar al mensajero evitaría el cumplimien-to de sus palabras. Pero Dios buscó un lugar secreto entre los paganos para es-conder a su siervo.
A través de esta secuencia de eventos en la vida del profeta, el Señor reveló, como en un cuadro vivo, las dudas, cuestionamientos y apostasía de Israel en los días de Elías. Debido a la incredulidad y exaltación de la nación judía, fue necesario que Dios buscara asilo para su siervo entre los paganos. Pasando por alto a muchas viudas en Israel, lo confió al cuidado, la bondad y la liberalidad de una mujer pagana. Pero esa viuda que fue tan favorecida, había vivido de acuerdo a la luz que había recibido (Signs of the Times
Se creía generalmente entre los judíos que el pecado era castigado en esta vida. Se consideraba que cada aflicción era castigo de alguna falta cometida por el mismo que sufría o por sus padres. Es verdad que todo sufrimiento es resultado de la transgresión de la ley de Dios, pero esta verdad había sido falseada. Sa-tanás, el autor del pecado y de todos sus resultados, había inducido a los hom-bres a considerar la enfermedad y la muerte como procedentes de Dios, como un castigo arbitrariamente infligido por causa del pecado. Por lo tanto, aquel a quien le sobrevenía una gran aflicción o calamidad debía soportar la carga adi-cional de ser considerado un gran pecador... , 6 de junio, 1887).
Dios había dado una lección destinada a prevenir esto. La historia de Job había mostrado que el sufrimiento es infligido por Satanás, pero que Dios predomina sobre él con fines de misericordia. Pero Israel no entendía la lección. Al recha-zar a Cristo, los judíos repetían el mismo error por el cual Dios había reprobado a los amigos de Job (El Deseado de todas las gentes, p. 436)