Notas de E. G. White
Lección 1 -
Relatos e historia

Sábado 25 de septiembre

La Biblia es la historia más antigua y abarcante que poseen los hombres. Nació de la fuente de la verdad eterna y una mano divina ha preservado su pureza a través de los siglos. Ilumina el lejano pasado en el cual en vano trata de penetrar la investigación humana. Solamente en la Palabra de Dios contemplamos el poder que puso los cimientos de la tierra y extendió los cielos. Solo en ella hallamos un relato auténtico del origen de las naciones. Solo en ella se da una historia de nuestra raza, libre de prejuicios u orgullo humanos.
En los anales de la historia humana, el crecimiento de las naciones, el levantamiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y las proezas del hombre. Los sucesos parecen ser determina­dos, en gran parte, por su poder, su ambición o su capricho. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y contemplamos detrás, encima y entre la trama y la urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres, los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios (La educación, p. 173).
Solemnes son las lecciones que nos enseña el fracaso sufrido por Israel en aquellos años durante los cuales tanto el gobernante como el pueblo se apartaron del alto propósito que habían sido llamados a cumplir. En aquello precisamente en que fueron débiles y fracasaron, el moderno Israel de Dios, los representantes del cielo que constitu­yen la verdadera iglesia de Cristo, deben ser fuertes; porque a ellos les incumbe la tarea de terminar la obra confiada a los hombres y de apresurar el día de las recompensas finales. Sin embargo, es necesario hacer frente a las mismas influencias que prevalecieron contra Israel cuando reinaba Salomón. Las fuerzas del enemigo de toda justicia están poderosamente atrincheradas; y solo por el poder de Dios puede obtenerse la victoria. El conflicto que nos espera exige que ejercite­mos un espíritu de abnegación; que desconfiemos de nosotros mismos y dependamos de Dios solo para saber aprovechar sabiamente toda oportunidad de salvar almas. La bendición del Señor acompañará a su iglesia mientras sus miembros avancen unidos, revelando a un mundo postrado en las tinieblas del error la belleza de la santidad según se manifiesta en un espíritu abnegado como el de Cristo, en el ensalza­miento de lo divino más que de lo humano, y sirviendo con amor e incansablemente a aquellos que tanto necesitan las bendiciones del evangelio (Profetas y reyes, p. 54).

 

Notas de E. G. White
Lección 1 - PERSONAS Y ARGUMENTOS

Domingo 26 septiembre

Nada puede suceder en parte alguna del universo sin que lo sepa Aquel que es omnipresente. Ni un solo suceso de la vida humana es desconocido para nuestro Hacedor. Mientras que Satanás trama cons­tantemente el mal, el Señor nuestro Dios lo rige todo de modo que nada dañe a sus hijos obedientes y confiados. El mismo poder que domina las turbulentas olas del océano puede refrenar todo el poder de la rebelión y del crimen: "Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante" (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1159).
La Biblia revela la verdadera filosofía de la historia. En las palabras de belleza inmaculada y ternura que el apóstol Pablo dirigió a los filóso­fos de Atenas, se expone el propósito que tenía Dios al crear y distribuir las razas y naciones. El "de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle". Dios declara que cualquiera que lo desee puede "entrar en los vínculos del pacto". Al crear la tierra, su propósito era que fuese habitada por seres cuya existencia fuese una bendición para sí mismos y para los demás, y un honor para su Creador. Todos los que quieran pueden identificarse con este propósito. De los tales se dirá: "Este pueblo he creado para mí, mis alabanzas publicará".
Dios ha revelado en su ley los principios básicos de toda prosperi­dad verdadera, tanto de las naciones como de los individuos. "Porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia", declaró Moisés a los israelitas, refiriéndose a la ley de Dios. "Porque no os es cosa vana; es vuestra vida". Las bendiciones así aseguradas a Israel, se prometen en las mismas condiciones y en el mismo grado a toda nación y a todo individuo que existe debajo del amplio cielo.
El poder que ejerce todo gobernante en la tierra, se lo otorga el cielo, y su éxito depende de cómo lo ejerce. El atalaya divino dice a cada cual: "Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste". Y para todos constituyen una lección de vida las palabras dirigidas a Nabucodonosor: "Tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericor­dias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad" (La educación, pp. 173, 174).

 

Notas de E. G. White
Lección 1 - ¿DÓNDE Y CÓMO?

Lunes 27 de septiembre:

La fortaleza de las naciones y los individuos no se funda en las oportunidades ni los elementos que parecen hacerlos invencibles; no se la halla tampoco en su pregonada grandeza; lo único que puede hacer­las grandes o fuertes es el poder y el propósito de Dios. Ellas mismas, mediante su actitud hacia su propósito, deciden su propio destino.
La historia humana relata los logros del hombre, sus victorias en la guerra, su éxito en su propósito de escalar las alturas de la grandeza mundanal. La historia, tal como Dios la ve, presenta al hombre desde el punto de vista del cielo. En los registros divinos todo su mérito consiste en obedecer los requerimientos de Dios. Se anota su desobediencia con toda fidelidad, como merecedora del castigo que seguramente recibirá...
Cientos de años antes que un pueblo haya aparecido sobre el esce­nario, la pluma profética, bajo la dirección del Espíritu Santo, bosqueja su historia...
La voz de Dios, escuchada en las épocas pretéritas, ha resonado siglo tras siglo, a través de generaciones que subieron al escenario y descendieron de él. ¿Hablará Dios, y no se respetará su voz? ¿Qué poder trazó toda esta historia, es a saber, que nación tras nación ocupara su lugar y existiera de acuerdo con la predicción divina, dando testimo­nio inconscientemente de la verdad acerca de la cual nada sabían?...
Dios le ha asignado un lugar a cada hombre en su gran plan. Ya sea mediante la verdad o la mentira, mediante la insensatez o la sabiduría, cada cual está cumpliendo un propósito, cada cual está produciendo ciertos resultados...
A los ojos del mundo, los que sirven a Dios pueden parecer débiles. Aparentemente se pueden estar hundiendo bajo las ondas, pero cuando viene la próxima ola se los ve aparecer de nuevo más cerca de la orilla. "Yo les doy vida eterna —dice nuestro Señor—... nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:28). Aunque caigan los reyes y las naciones desaparezcan, las almas que por fe se vinculen con los propósitos divinos, vivirán para siempre. "Los entendidos resplandecerán como el resplan­dor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad" (Daniel 12:3) (Cada día con Dios, p. 352).
La conducta de David puso de manifiesto que tenía un Soberano a quien obedecía. No podía permitir que sus pasiones naturales lo ven­cieran, pues sabía que el que se enseñorea de su espíritu, es más fuerte que el que toma una ciudad. Si hubiese sido guiado y controlado por sentimientos humanos, habría razonado que el Señor había colocado a su enemigo bajo su poder a fin de que pudiera matarlo y para que se apoderara del gobierno de Israel. La mente de Saúl estaba en tal condi­ción que no se respetaba su autoridad, y el pueblo se estaba volviendo irreligioso y corrompido. Con todo, el hecho de que Saúl hubiese sido elegido divinamente como rey de Israel lo mantenía a salvo, pues David servía concienzudamente a Dios y en ninguna forma hubiera hecho daño al ungido de Jehová (Comentario bíblico adventista, tomo 2, p. 1015).


 

Notas de E. G. White
Lección 1 - DE LA VICTORIA A LA" EDAD OSCURA"

Martes 28 de septiembre:

Dios quería demostrar a los israelitas que no podían atribuirse la conquista de Canaán. El Capitán de las huestes de Jehová venció a Jericó. Él y sus ángeles estaban implicados en esa victoria. Cristo orde­nó a los ejércitos del cielo que derribaran los muros de Jericó y prepa­raran así una entrada para Josué y los ejércitos de Israel. Dios, mediante este maravilloso milagro, no solamente fortaleció la fe de su pueblo en su capacidad de subyugar a su enemigos, sino que los reprendió por su anterior incredulidad (La historia de la redención, p. 185).
Los israelitas no habían ganado la victoria por sus propias fuerzas; la victoria había sido totalmente del Señor; y como primicias de la tierra, la ciudad, con todo lo que ella contenía, debía dedicarse como sacrificio a Dios. Debía recalcarse en la mente de los israelitas que en la conquista de Canaán ellos no habían de pelear por sí mismos, sino como simples instrumentos para ejecutar la voluntad de Dios; no habían de procurar riquezas o exaltación personal, sino la gloria de Jehová su Rey. Antes de la toma de Jericó se les había dado la orden: "La ciu­dad será anatema a Jehová, ella con todas las cosas que están en ella". "Guardaos vosotros del anatema, que ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, porque no hagáis anatema el campo de Israel, y lo turbéis" (Patriarcas y profetas, p. 524).
Dios había puesto a su pueblo en Canaán como un poderoso valla­dar para contener la ola de la inmoralidad, a fin de que no inundara al mundo. Si Israel le era fiel, Dios quería que fuera de conquista en con­quista. Entregaría en sus manos naciones aún más grandes y más pode­rosas que las de los cananeos. Les prometió: "Porque si guardarais cui­dadosamente todos estos mandamientos que yo os prescribo... Jehová también echará todas estas gentes de delante de vosotros, y poseeréis gentes grandes y más fuertes que vosotros. Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie, será vuestro: desde el desierto y el Líbano, desde el río, el río Eufrates, hasta la mar postrera será vuestro término. Nadie se sostendrá delante de vosotros: miedo y temor de vosotros pondrá Jehová vuestro Dios sobre la haz de toda la tierra que hollareis, como él os ha dicho" (Deuteronomio 11:22-25).
Pero, despreciando su elevado destino, escogieron el camino del ocio y de la complacencia, dejaron pasar las oportunidades de comple­tar la conquista de la tierra; y por consiguiente, durante muchas genera­ciones fueron afligidos y molestados por un residuo de estos idólatras, que fue, según antaño lo predijera el profeta, como "aguijones" en sus ojos, y "por espinas" en sus "costados" (Números 33:55)...
Mientras no se extinguió la generación que había recibido instruc­ción de Josué, la idolatría hizo poco progreso; pero los padres habían preparado el terreno para la apostasía de sus hijos. La desobediencia y el menosprecio que tuvieron por las restricciones del Señor los que habían entrado en posesión de Canaán sembraron malas semillas que continuaron produciendo su amargo fruto durante muchas generacio­nes. Los hábitos sencillos de los hebreos los habían dotado de buena salud física; pero sus relaciones con los paganos los indujeron a dar rienda suelta al apetito y las pasiones, lo cual redujo gradualmente su fuerza física y debilitó sus facultades mentales y morales. Por sus peca­dos fueron los israelitas separados de Dios; su fuerza les fue quitada y no pudieron ya prevalecer contra sus enemigos. Así fueron sometidos a las mismas naciones que ellos pudieron haber subyugado con la ayuda de Dios (Patriarcas y profetas, pp. 586, 587).

 

Notas de E. G. White
Lección 1
- DE REYES Y PRÍNCIPES

Miércoles 29 de septiembre:

Los israelitas no querían seguir teniendo gobernantes piadosos que mantuvieran los propósitos, la voluntad y el honor divinos siempre delante de ellos, como había sido la instrucción del Señor. Querían una religión distinta que permitiera que por su prosperidad externa fueran estimados grandemente a la vista de las naciones circundantes. Y así como habían murmurado por la falta de cebollas y puerros que tenían en Egipto, lo que no les permitía gratificar sus apetitos, y declararon que preferían volver a la esclavitud antes de negarse a sí mismos, ahora insultaron a Dios expresando su inconformidad con su sabio gobier­no. Preferían tener las riquezas y el esplendor de las naciones que los rodeaban.
Dios sintió pesar por la ingratitud de su pueblo elegido. Cuando Samuel derramó su alma ante el Señor en oración, Dios le dijo que el pueblo no se rebelaba contra él como su dirigente sino contra la auto­ridad divina, porque era Dios mismo que elegía a sus jueces. Si éstos no conducían bien, si no tenían una conducta piadosa o confiaban en su propia sabiduría, el pueblo tenía la oportunidad de expresarse sin rebelarse contra la autoridad del cielo. Pero esta rebelión no era otra cosa que la continuación de la rebeldía que había llevado a la muerte a sus antecesores en el desierto.
Satanás influyó en los corazones de los israelitas para que siguie­ran su maligno consejo. Engañados por el enemigo, decidieron llevar adelante sus propósitos a pesar de las advertencias del anciano profeta, a quien debían haber respetado, sabiendo que sus palabras le habían sido dadas por Dios mismo. El Señor deseaba salvarlos de futuros problemas, manteniéndolos bajo su conducción en lugar de dejarlos en manos de hombres de juicio cambiable que manejarían los asuntos del gobierno de acuerdo a sus propias intenciones, fuera del control divino.
Toda esta historia ha sido escrita como admonición para nosotros, en quienes los fines de los siglos han parado. Una y otra vez se me ha declarado que no es seguro para quienes integran el pueblo de Dios en estos últimos días confiar en los hombres y buscar su fuerza en la carne. El poder de la verdad de Dios los ha sacado de la cantera del mundo y los ha traído al taller divino para tallarlos y cincelarlos, para quitarles los defectos y malformaciones, a fin de prepararlos para su edificio. Y los profetas, con sus reproches, advertencias, amonestaciones y conse­jos, ayudan al escultor celestial a capacitarlos para seguir el modelo que Cristo ha dejado. Su carácter y corazón deben ser transformados para que puedan seguir el camino del Señor (Ellen G. White 1888 Materials, pp. 922-924).


 

Notas de E. G. White
Lección 1 - LA LOCURA DE ROBOAN

Jueves 30 de septiembre:

Si Roboam y sus inexpertos consejeros hubiesen comprendido la voluntad divina con referencia a Israel, habrían escuchado al pueblo cuando pidió reformas decididas en la administración del gobierno. Pero durante la hora oportuna, en la asamblea de Siquem, no razonaron de la causa al efecto, y así debilitaron para siempre su influencia sobre gran número del pueblo. La resolución que expresaron de perpetuar e intensificar la opresión iniciada durante el reinado de Salomón, estaba en conflicto directo con el plan de Dios para Israel, y dio al pueblo amplia ocasión de dudar de la sinceridad de sus motivos. En esa tenta­tiva imprudente y cruel de ejercer el poder, el rey y los consejeros que eligió revelaron el orgullo que sentían por su puesto y su autoridad.
El Señor no permitió a Roboam que llevase a cabo su política. Entre las tribus había muchos millares a quienes habían irritado las medidas opresivas tomadas durante el reinado de Salomón, y les pareció que no podían hacer otra cosa que rebelarse contra la casa de David...
La brecha creada por el discurso temerario de Roboam resultó irre­parable. Desde entonces las doce tribus de Israel quedaron divididas. La de Judá y la de Benjamín constituyeron el reino inferior o meridional, llamado de Judá, bajo el gobierno de Roboam; mientras que las diez tribus septentrionales formaron y sostuvieron un gobierno separado, conocido como reino de Israel, regido por Jeroboam. Así se cumplió la predicción del profeta concerniente a la división del reino...
Durante tres años Roboam procuró sacar provecho del triste expe­rimento con que inició su reinado; y fue prosperado en este esfuerzo. "Edificó ciudades para fortificar a Judá... fortificó también las fortale­zas, y puso en ellas capitanes, y vituallas, y vino, y aceite... Fortificólas pues en gran manera" (2 Crónicas 11:5, 11, 12). Pero el secreto de la prosperidad de Judá durante los primeros años del reinado de Roboam no estribaba en estas medidas. Se debía a que el pueblo reconocía a Dios como el Gobernante supremo, y esto ponía en terreno ventajoso a las tribus de Judá y Benjamín...
En la continuación de esta política residía la oportunidad que tenía Roboam para redimir en gran medida los errores pasados y restau­rar la confianza en su capacidad de gobernar con discreción. Pero la pluma inspirada nos ha dejado la triste constancia de que el sucesor de Salomón no ejerció una influencia enérgica en favor de la lealtad a Jehová. A pesar de ser por naturaleza de una voluntad fuerte y egoísta, lleno de fe en sí mismo y propenso a la idolatría, si hubiese puesto toda su confianza en Dios habría adquirido fuerza de carácter, fe constante y sumisión a los requerimientos divinos. Pero con el transcurso del tiem­po, el rey puso su confianza en el poder de su cargo y en las fortalezas que había creado. Poco a poco fue cediendo a las debilidades que había heredado, hasta poner su influencia por completo del lado de la idola­tría. "Y como Roboam hubo confirmado el reino, dejó la ley de Jehová, y con él todo Israel." (2 Crónicas 12:1).
¡Cuán tristes y rebosantes de significado son las palabras "y con él todo Israel"! El pueblo al cual Dios había escogido para que se destacase como luz de las naciones circundantes, se apartaba de la fuente de su fuerza y procuraba ser como las naciones que le rodeaban. Así como con Salomón, sucedió con Roboam: la influencia del mal ejemplo extravió a muchos. Y lo mismo sucede hoy en mayor o menor grado con todo aquel que se dedica a hacer el mal: no se limita al tal la influencia del mal proceder. Nadie vive para sí. Nadie perece solo en su iniquidad. Toda vida es una luz que alumbra y alegra la senda ajena, o una influencia sombría y desoladora que lleva hacia la desesperación y la ruina. Conducimos a otros hacia arriba, a la felicidad y la vida inmor­tal, o hacia abajo, a la tristeza y a la muerte eterna. Y si por nuestras acciones fortalecemos o ponemos en actividad las potencias que tienen para el mal los que nos rodean, compartimos su pecado (Profetas y reyes, pp. 67-69).


 

Notas de E. G. White
Lección 1

Viernes