Martes 17 de agosto
No basta comprender la bondad amorosa de Dios, ni percibir la benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando ex-clamó: "Consiento en que la ley es buena", "la leyes santa, y el mandamiento, santo y justo y bueno". Mas él añadió en la amargura de su alma agonizante y desesperada: "Soy camal, vendido bajo el poder del pecado" (Romanos 7:12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí mismo, y dijo: "¡Oh hombre infeliz que soy! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?" (Romanos 7:24). La misma exclama-ción ha subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay más que una contestación para todos: "¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el peca-do del mundo!" (Juan 1:29) (El camino a Cristo, pp. 17, 18).
La ley de Dios, tal como se presenta en las Escrituras, es amplia en sus requerimien-tos. Cada principio es santo, justo y bueno. La ley impone a los hombres obligaciones frente a Dios. Alcanza hasta los pensamientos y sentimientos, y producirá una convic-ción de pecado en todo el que esté persuadido de haber transgredido sus requerimien-tos. Si la ley abarcara solo la conducta externa, los hombres no serían culpables de sus pensamientos; deseos y designios erróneos. Pero la ley requiere que el alma misma sea pura y la mente santa, que los pensamientos y sentimientos estén de acuerdo con la norma de amor y justicia.
En sus enseñanzas, Cristo mostró cuán abarcantes son los principios de la ley pronun-ciados desde el Sinaí. Hizo una aplicación viviente de aquella ley cuyos principios per-manecen para siempre como la gran norma de justicia: la norma por la cual serán juz-gados todos en aquel gran día, cuando el Juez se siente y se abran los libros. Él vino para cumplir toda justicia y, como cabeza de la humanidad, para mostrarle al hombre que puede hacer la misma obra, haciendo frente a cada especificación de los requeri-
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mientos de Dios. Mediante la medida de su gracia proporcionada al instrumento huma-no, nadie debe perder el cielo. Todo el que se esfuerza, puede alcanzar la perfección del carácter. Esto se convierte en el fundamento mismo del nuevo pacto del evangelio. La ley de Jehová es el árbol. El evangelio está constituido por las fragantes flores y los frutos que lleva.
Cuando el Espíritu de Dios le revela al hombre todo el significado de la ley, se efectúa un cambio en el corazón. La fiel descripción de su verdadero estado, hecha por el pro-feta Natán, movió a David a comprender sus pecados y lo ayudó a desprenderse de ellos. Aceptó mansamente el consejo y se humilló delante de Dios. "La ley de Jehová –dijo él– es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sa-bio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón. ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocul-tos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; enton-ces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión. Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío" (Salmo 19:7-14) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 248, 249).
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