Mensajes selectos, t.1, pp. 362-364
46. Un Divino Portador de los Pecados

ADÁN cayó por su desobediencia. Había sido quebrantada la ley de Dios. Había sido deshonrado el gobierno divino, y la justicia demandaba que se pagara el castigo de la transgresión.
Para salvar a la raza humana de la muerte eterna, el Hijo de Dios se ofreció como voluntario para llevar el castigo de la desobediencia. Únicamente mediante la humillación del Príncipe del cielo podía eliminarse el deshonor, podía satisfacerse la justicia y ser restaurado el hombre a lo que había perdido por la desobediencia. No había otro camino. No hubiera sido suficiente que viniera un ángel a esta tierra para recorrer el mismo sendero donde Adán tropezó y cayó. Esto no hubiera quitado una sola mancha de pecado ni hubiera dado una sola hora de gracia al hombre.
Cristo, igual a Dios, el brillo de la gloria del Padre "y la misma imagen de su sustancia" (Heb. 1: 3), revistió su divinidad con humanidad , y vino a esta tierra a sufrir y morir por los pecadores. El unigénito Hijo de Dios se 363 humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Llevando en su cuerpo la maldición del pecado, colocó la felicidad y la inmortalidad al alcance de todos.
Uno, honrado por todo el cielo, vino a este mundo para estar en la naturaleza humana a la cabeza de la humanidad, para testificar ante los ángeles caídos y ante los habitantes de los mundos no caídos que, mediante la ayuda divina que ha sido provista, todos pueden caminar por la senda de la obediencia a los mandamientos de Dios. El Hijo de Dios murió por los que no buscaban su amor. Sufrió por nosotros todo aquello con que lo acosó Satanás.
El sacrificio del Salvador por nosotros es maravilloso, casi demasiado maravilloso para que lo comprenda el hombre, y estaba simbolizado en todos los sacrificios del pasado, en todos los servicios del santuario simbólico. Y se demandaba ese sacrificio. Cuando comprendemos que el sufrimiento de Cristo fue necesario a fin de conseguir nuestro bienestar eterno, nuestros corazones son conmovidos y subyugados. El se dio en fianza a sí mismo para realizar nuestra salvación plena en una forma satisfactoria para las demandas de la justicia de Dios, y de acuerdo con la excelsa santidad de su ley.
Nadie menos santo que el Unigénito del Padre podría haber ofrecido un sacrificio que fuera eficaz para limpiar a todos los que acepten al Salvador como a su expiación ­aun a los más pecadores y degradados­ y se hagan obedientes a la ley del Cielo. Nada menos que eso podía haber restaurado al hombre al favor de Dios.
¿Qué derecho tenía Cristo para sacar a los cautivos de las manos del enemigo? El derecho de haber efectuado un sacrificio que satisface los principios de justicia por los cuales se gobierna el reino de los cielos. Vino a esta tierra como el Redentor de la raza perdida para vencer al artero enemigo y, mediante su firme lealtad a lo correcto, para 364 salvar a todos los que lo acepten como a su Salvador. En la cruz del Calvario, pagó el precio de la redención de la raza humana. Y así ganó el derecho de arrebatar a los cautivos de las garras del gran engañador, quien, mediante una mentira fraguada contra el gobierno de Dios, ocasionó la caída del hombre, y así perdió todo derecho a ser llamado súbdito leal del glorioso y eterno Evangelio de Dios.
Nuestro rescate ha sido pagado por nuestro Salvador. Nadie está forzado a ser esclavizado por Satanás. Cristo está ante nosotros como nuestro todopoderoso ayudador. "Debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados" (Heb. 2: 17, 18).
"A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; . . . y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros... lleno de gracia y de verdad... De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia" (Juan 1: 11- 16).
Los que son adoptados en la familia de Dios, son transformados por el Espíritu de Dios. La complacencia propia y el amor supremo por el yo son cambiados por la abnegación y el supremo amor a Dios. Nadie hereda la santidad por nacimiento, ni por método alguno que pueda idear, llega a ser leal a Dios. Dijo Cristo: "Separados de mí nada podéis hacer" (Juan 15: 5). La justicia humana es como "trapo de inmundicia". Pero todas las cosas son posibles con Dios. En la fortaleza del Redentor, el hombre débil y propenso al error puede llegar a ser más que vencedor sobre el mal que lo acosa. 365