Había sido un monje muy diligente: “Fui un monje piadoso, y
seguía las reglas de mi orden más estrictamente de lo que puedo expresar.
Si alguna vez un monje pudiese obtener el cielo por sus obras
monásticas, ciertamente yo habría tenido el título para ello. Si hubiera
seguido así por más tiempo, me habría mortificado hasta morir”.
Sin embargo, a pesar de sus obras y mortificaciones, el monje
nunca sentía la aceptación de Dios, nunca creía que era suficientemente
bueno para ser salvo. Su desesperación personal era tan grande
que lo estaba destruyendo física y mentalmente, por cuanto, al
creer en la realidad de la ira de Dios, él temía la perspectiva de tener
que afrontarla.
Después de todo, ¿quién no habría estado en esa condición?
Entonces, un día, en su estudio de la Biblia, saltó a su conciencia
un texto que cambió no solo su vida, sino también la historia del
mundo: “El justo por la fe vivirá” (Rom. 1:17).
Sus ojos se habían abierto: su aceptación de Dios no se basaba
en sus obras, ni en sus mortificaciones corporales, ni en sus actos,
sino en los méritos de Cristo. Nunca más estaría abierto a los engaños
de una teología que ponía la esperanza de salvación en otra cosa que
no fuera la justicia de Cristo dada al creyente solamente por medio
de la fe.
El monje, por supuesto, era Martín Lutero, a quien Dios usó para
iniciar la revolución religiosa más grande de la historia cristiana: la
Reforma protestante.
Para Lutero, todo comenzó en el libro de Romanos, el tema del
estudio de este trimestre. No sorprende que esta revuelta protestante
contra Roma comenzara en Romanos (suficientemente irónico),
porque este libro ha desempeñado un papel clave en la historia del
pensamiento cristiano. Todos los grandes movimientos del cristianismo
para volver al evangelio puro y al tema de la “justificación por
la fe” han hallado su punto de partida en la Epístola de Pablo a los
Romanos. La epístola contiene una presentación teológica completa
del evangelio y de la esperanza que este presenta a la humanidad
caída.
Al estudiar Romanos, seguiremos una regla importantísima:
procuraremos descubrir qué significaban las palabras de la Escritura
para quienes fueron dirigidas originalmente; las consideraremos en
su contexto inmediato. Luego, procuraremos descubrir qué significan
para nosotros hoy. Esto no quiere decir que los textos mismos cambian
su significado; implica, en cambio, que las verdades enseñadas
por las Escrituras necesitan ser aplicadas a las circunstancias actuales
de quienes leen los textos.
Por lo tanto, necesitamos descubrir primero qué querían decir
las palabras de Pablo para los cristianos de Roma. ¿Qué les estaba
diciendo a ellos y por qué? Pablo tenía una razón específica para
escribir a esa congregación. Había ciertos problemas que él deseaba
clarificar, pero las grandes verdades que él enseñó mientras clarificaba
esos problemas no se limitan solo a sus primeros lectores. Por
el contrario, estas palabras han repercutido a lo largo de los siglos,
enseñando a millones de personas las maravillosas noticias del evangelio
y su doctrina fundamental, la justificación por la fe. Esta luz del
libro de Romanos dispersó la oscuridad que había envuelto a Lutero
y a millones de otros, luz que les reveló no solo la gran verdad de que
Cristo perdona a los pecadores, sino también que Cristo tiene poder
para limpiarnos del pecado. Y es la luz que, en este trimestre, procuraremos
descubrir por nosotros mismos al estudiar el gran tema de la
salvación por la fe sola, como se revela en el libro de Romanos.
Este trimestre está basado en trabajos anteriores de Don Neufeld
(1914-1980), que actuó como editor asociado de la Adventist Review
[Revista Adventista, en inglés] durante 13 años (1967-1980), y como
uno de los editores de la serie del Comentario bíblico adventista.
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