Martes 3 de agosto:
Cristo podía ver todo lo que le traería aparejado su sacrificio: La traición por parte de uno de sus profesos seguidores debido a su orgullo y su amor al dinero. El juicio, las burlas, su muerte cruel. Había librado a los hijos de Israel de la esclavitud egipcia y los había conducido a la tierra prometida. Ahora había venido para librarlos de la esclavitud espiritual y para conducirlos hacia la Ciudad de Dios. Pero lo rechazarían y lo matarían. Había venido a su viña para recibir su fruto, pero los que debían recibirlo dijeron: "Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad".
Al mirar hacia el futuro cercano, Cristo vio lo que recibiría a cambio de su amor: Se vio condenado a sufrir el castigo reservado para los criminales más empedernidos; se vio humillado, colgado de la cruz, escuchando las burlas de los sacerdotes y gobernantes, diciendo: "A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él" (Mateo 27:42).
Al mirar a través de las edades, Cristo vio que las sucesivas generaciones seguirían humillándolo. Escuchó el falso testimonio que se daría, de que había muerto para abolir la ley, y que las multitudes aceptarían ese error porque les resultaría más agradable que la verdad, porque "la mente camal no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede" (Romanos 8:7). También vio que hasta el fin de la historia de esta tierra las escenas del Calvario serían repetidas, no solo por la indiferencia y desprecio hacia la ley divina, sino por el odio hacia ella, que llevaría a intentar destruirla con falsedades y argumentos ingeniosos, hasta que Dios se levantara para castigar a los habitantes de la tierra.
Sin embargo, a pesar de ver todo lo que vendría en el futuro, Cristo estuvo dispuesto a llevar sobre sí la penalidad del pecado; fue crucificado y sepultado. No obstante, quebró las ataduras de su tumba, y sobre el sepulcro prestado por José, proclamó: "Yo soy la resurrección y la vida", porque poseía en sí mismo el gran don de la vida eterna, el que también puede ofrecer a toda la humanidad. Su mensaje de misericordia y perdón llega a todos los que le reciben como el Redentor del mundo. "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12). Pagó el precio de la salvación para cada hijo e hija de Adán que lo acepta como su Salvador (Signs of the Times, 13 de junio, 1900).
Con cuán intenso interés observó todo el universo el conflicto que había de decidir la posición de Adán y Eva. Cuán atentamente escucharon los ángeles las palabras de Satanás... ¡Cuán ansiosamente esperaron para ver si la santa pareja sería engañada por el tentador y se rendiría a sus artificios! Se preguntaban, ¿entregará a Satanás la santa pareja su fe y amor al Padre y al Hijo? ¿Aceptarán su falsedad como verdad?
Adán y Eva se persuadieron de que un asunto tan pequeño como comer del fruto del árbol prohibido no podría resultar en una consecuencia tan terrible como Dios había declarado. Pero ese asunto pequeño era el pecado, la transgresión de la inmutable y santa ley de Dios y abría las compuertas de la muerte y de indecibles penalidades para nuestro mundo... No estimemos al pecado como algo trivial (A fin de conocerle, p. 16).
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