Miércoles 22 de septiembre:
En el Sinaí, Dios repitió su santa ley, precepto tras precepto, para que su pueblo no lo deshonrara al desobedecer sus estatutos sino que viviera por ellos. Sin embargo, el mundo cristiano declara que Cristo murió en la cruz del Calvario para abolir la ley de Dios. Las leyes ceremoniales, con sus sacrificios, tipos y sombras, revelaban el hecho de que Cristo vendría a nuestro mundo. Pero cuando el tipo se encontrara con el antiti-po y el símbolo con la realidad en la muerte de Cristo, los sacrificios no tendrían más valor. Por el contrario, la ley real de Dios no tendría cambio. Jesús les declaró a los discípulos y a los fariseos: ''No penséis que he venido para abrogar la ley o los profe-tas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos" (Mateo 5:17-19).
En el día del juicio retributivo, estas palabras de Cristo serán suficientes para condenar al transgresor. No habrá necesidad de otras evidencias acerca de la perpetuidad de la ley de Jehová. No hay sombras o símbolos en el Decálogo, porque los Diez Manda-mientos no son un tipo de lo que habría de venir. Y el cuarto mandamiento es el sába-do, el día cuando dejamos los negocios temporales, para observarlo como un recorda-torio de la creación de los cielos y la tierra. Y mientras éstos perduren, también perdu-rará la ley para todos los que viven sobre la tierra. Los estatutos y preceptos que Moisés dio a los hijos de Israel no los originó él sino el Dios del cielo. El mismo Cristo que daba sombra a su pueblo mediante la columna de nube, y luz durante la noche en la columna de fuego, puede iluminar a los seres humanos envueltos en las tinieblas. Si se trata de oponer el Cristo del Antiguo Testamento con el Cristo del Nuevo Testamen-to, solo se muestra falta de sabiduría. Los israelitas eran salvos por el mismo Cristo que nos salva hoy. Y la misma señal también nos distingue: "Y diles también mis días de reposo, que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico" (Ezequiel 20:12) (Review and Herald, 15 de julio, 1890).
Muchos confunden estos dos sistemas y se valen de los textos que hablan de la ley ce-remonial para tratar de probar que la ley moral fue abolida; pero esto es pervertir las Escrituras. La distinción entre los dos sistemas es clara. El sistema ceremonial se com-ponía de símbolos que señalaban a Cristo, su sacrificio y su sacerdocio. Esta ley ritual, con sus sacrificios y ordenanzas, debían los hebreos seguirla hasta que el símbolo se
Recursos Escuela Sabática ©
cumpliera en la realidad de la muerte de Cristo, el Cordero de Dios que quita los peca-dos del mundo. Entonces debían cesar todas las ofrendas de sacrificio. Tal es la ley que Cristo quitó de en medio y clavó en la cruz (Colosenses 2:14).
Pero acerca de la ley de los diez mandamientos el salmista declara: "Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos" (Salmo 119:89.) Y Cristo mismo dice: "No penséis que he venido para abrogar la ley... De cierto os digo –y recalca en todo lo po-sible su aserto– que hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde pere-cerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas" (Mateo 5:17,18). En estas pala-bras Cristo enseña, no solo cuáles habían sido las demandas de la ley de Dios, y cuá-les eran entonces, sino que además ellas perdurarán tanto como los cielos y la tierra. La ley de Dios es tan inmutable como su trono. Mantendrá sus demandas sobre la humanidad a través de todos los siglos...
Si bien la muerte del Salvador puso fin a la ley de los símbolos y sombras no disminuyó en lo más mínimo la obligación del hombre hacia la ley moral. Muy al contrario, el mis-mo hecho de que fuera necesario que Cristo muriera para expiar la transgresión de la ley, prueba que ésta es inmutable.
Los que alegan que Cristo vino para abrogar la ley de Dios y eliminar el Antiguo Testa-mento, hablan de la era judaica como de un tiempo de tinieblas, y representan la reli-gión de los hebreos como una serie de meras formas y ceremonias. Pero éste es un error. A través de todas las páginas de la historia sagrada, donde está registrada la re-lación de Dios con su pueblo escogido, hay huellas vivas del gran YO SOY. Nunca dio el Señor a los hijos de los hombres más amplias revelaciones de su poder y gloria que cuando fue reconocido como único soberano de Israel y dio la ley a su pueblo, Había allí un cetro que no era empujado por manos humanas; y las majestuosas manifesta-ciones del invisible Rey de Israel fueron indeciblemente grandiosas y temibles (Patriar-cas y profetas, pp. 380, 381).
|