| Notas de E. G. White Lección 11 LA NECESIDAD DE JUSTICIA |
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Los que tienen hambre y sed de justicia se llenarán de un deseo de poseer un carácter similar al de Cristo, contemplar su imagen para ser transformados a su semejanza, andar en los caminos del Señor y hacer justicia y juicio. Y esto significa cultivar un ferviente deseo de recibir la justicia de Cristo. Nada de las cosas temporales debiera desviar la mente de tal manera que dejemos de experimentar el hambre del alma por tener los atributos del Señor. Su mandato es: "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Signs of the Times, agosto 29, 1895). "Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados" (1 Pedro 2:24). | |||
| Notas de E. G. White Lección 11 JUSTICIA CASERA |
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La justicia propia no es verdadera justicia, y los que se adhieran a ella tendrán que sufrir las consecuencias de haberse atenido a un fatal engaño. Muchos pretenden hoy día obedecer los mandamientos de Dios, pero no tienen en sus corazones el amor de Dios que fluye hacia otros. Cristo los llama a unirse con él en su obra por la salvación del mundo, pero ellos se contentan diciendo: "Yo, señor, voy". Pero no van. No cooperan con los que están realizando el servicio de Dios. Son perezosos. Como el hijo infiel, hacen a Dios promesas falsas. Al encargarse del solemne pacto de la iglesia se han comprometido a recibir y obedecer la Palabra de Dios, a entregarse al servicio de Dios; pero no lo hacen. Profesan ser hijos de Dios, pero en su vida y carácter niegan su relación con él. No se rinden a la voluntad de Dios. Están viviendo una mentira (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 221, 222). Se ha pensado que una religión legalista era la religión adecuada para este tiempo. Pero es un error. El reproche de Cristo para los fariseos es aplicable a los que han perdido su primer amor en su corazón. Una religión fría y legalista nunca puede conducir las almas a Cristo, pues es una religión sin amor y sin Cristo. Cuando el ayuno y la oración se practican con un espíritu de justicia propia, esto resulta algo abominable para Dios. La reunión solemne para el culto, la rutina de las ceremonias religiosas, la humillación externa, el sacrificio impuesto, todos proclaman al mundo el testimonio de que quien realiza esas cosas se considera justo. Esas cosas llaman la atención al que observa esos rigurosos deberes y dice. Este hombre tiene derecho al cielo. Pero todo es un engaño. Las obras no nos comprarán la entrada en el cielo. La única gran ofrenda que ha sido hecha es amplia para todos los que crean. El amor de Cristo animará al creyente con nueva vida. El que bebe del agua de la fuente de la vida, estará lleno con el vino nuevo del reino. La fe en Cristo será el medio por el cual es espíritu y los motivos correctos moverán al creyente, y toda bondad e inclinación celestial procederán de aquel que contempla a Jesús, el autor y consumador de su fe. Confiad en Dios, no en los hombres. Dios es vuestro Padre celestial que está dispuesto a sobrellevar pacientemente vuestras debilidades, y a perdonarlas y curarlas. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (S. Juan 17:3). Contemplando a Cristo, seréis transformados hasta el punto de que aborreceréis vuestro orgullo anterior, vuestra vanidad y vuestro amor propio anteriores, vuestra justicia propia e incredulidad. Os desprenderéis de esos pecados como de una carga inútil y caminaréis humilde, mansa y confiadamente delante de Dios. Os ejercitaréis en el amor la paciencia, la delicadeza, la bondad, la misericordia y en toda gracia que mora en el hijo de Dios y que al fin encontrará un lugar entre los santificados y puros (Mensajes selectos, t. 1, pp. 454, 455). Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto, y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios que han manchado todos los actos de nuestra vida. Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza (Conflicto y valor, p. 292). | |||
| Notas de E. G. White Lección 11 CRISTO, NUESTRA JUSTICIA (Rom. 5:17) |
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La posibilidad de vencer está en nuestras manos, pero no lo lograremos en nuestro propio nombre o con nuestras propias fuerzas. Por nosotros mismos no podemos guardar los mandamientos de Dios; su Espíritu debe ayudarnos en nuestra debilidad. Cristo ha llegado a ser nuestro sacrificio; se hizo pecado por nosotros para que nosotros podamos llegar a ser justicia de Dios en él. Mediante la fe, su justicia nos es imputada y llega a ser un principio viviente en nuestra vida. El apóstol nos muestra cuál es el privilegio del cristiano. "Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda plenitud de Dios" (Efesios 3:14-19). Dios tiene abundancia de gracia y poder esperando que los pidamos. Pero la razón por la cual no sentimos nuestra gran necesidad de él es que nos miramos a nosotros mismos en lugar de mirar a Jesús. No exaltamos a Jesús ni reposamos plenamente en sus méritos. | |||
| Notas de E. G. White Lección 11 JUSTICIA Y OBEDIENCIA (1 Juan 2:29) |
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No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. "Sabéis que él fue manifestado para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo aquel que mora en él no peca; todo aquel que peca no le ha visto, ni le ha conocido" (1 Juan 3:5, 6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios mora en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, tienen que estar en armonía con la voluntad de Dios como se expresa en los preceptos de su santa ley. "¡Hijitos míos, no dejéis que nadie os engañe! el que obra justicia es justo, así como él es justo" (1 Juan 3:7). Sabemos lo que es justicia por el modelo de la santa ley de Dios, como se expresa en los Diez Mandamientos dados en el Sinaí. | |||
| Notas de E. G. White7 Lección 11 LA VIDA JUSTA |
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El amor puro es sencillo en su obra, y separado de todo otro principio de acción. Cuando se combina con motivos terrenales e intereses egoístas, deja de ser puro. Dios considera más con cuánto amor trabajamos, que cuánta cantidad de trabajo hacemos. El amor es un atributo celestial. El corazón natural no puede originarlo. Esta planta celestial solamente florece donde Cristo reina en forma suprema. Donde existe amor, allí hay poder y verdad en la vida. Dios hace el bien y sólo el bien. Los que tienen amor llevan fruto de santidad, y finalmente reciben la vida eterna (Hijos e hijas de Dios, p. 51). Se necesita orar mucho y velar para no caer en tentación. Nadie puede guardar los mandamientos de Dios si no tiene amor en su corazón, porque sin amor no existe verdadera obediencia. Cuando el amor a Dios es el principio supremo en el alma, se manifestará en palabras y actos amantes hacia los que nos rodean (Signs of the Times, febrero 24, 1898). La gracia es un favor inmerecido y el creyente es justificado sin ningún mérito de su parte, sin ningún derecho que presentar ante Dios. Es justificado mediante la redención que es en Cristo Jesús, quien está en las cortes del cielo como el sustituto y la garantí del pecador. Pero si bien es cierto que es justificado por los méritos de Cristo, no está en libertad de proceder injustamente. La fe obra por el amor y purifica el alma. La fe brota, florece y da una cosecha de precioso fruto. Donde está la fe, aparecen las buenas obras. Los enfermos son visitados, se cuida de los pobres, no se descuida a los huérfanos ni a las viudas, se viste a los desnudos, se alimenta a los desheredados. Cristo anduvo haciendo bienes, y cuando los hombres se unen con él, aman a los hijos de Dios, y la humildad y la verdad guían sus pasos. La expresión del rostro revela su experiencia y los hombres advierten que han estado con Jesús y que han aprendido de él. Cristo y el creyente se hacen uno, y la belleza del carácter de Cristo se revela en los que están vitalmente relacionados con la fuente de poder y de amor. Cristo es el gran depositario de la rectitud que justifica y de la gracia santificante (Mensaje selectos, T. 1, pp. 465, 466). | |||
| Notas de E. G. White Lección 10 |
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