Notas de E. G. White |
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Sábado 14 (Audio Cuando Dios libró a Israel desde Egipto para que fuera un tesoro especial para él, le enseñó a dedicar el diezmo de sus posesiones al servicio del Tabernáculo. Esto era una ofrenda especial dedicada a un trabajo especial. Todo lo que quedaba de sus bienes pertenecía a Dios y debía ser usado para su gloria. Pero el diezmo era apartado para el sostenimiento de los que ministraban en el Santuario. Debía darse de las primicias de los productos agrícolas, y juntamente con los donativos y las ofrendas, proveía abundantes recursos para sostener el ministerio del evangelio para ese tiempo.
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| Notas de E. G. White Lección 8 DIVISIÓN DE LABORES |
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Domingo 15 (Audio. En virtud de las instrucciones divinas, se apartó a la tribu de Leví para el servicio del Santuario. En tiempos anteriores, cada hombre era sacerdote de su propia casa. En los días de Abrahán, por derecho de nacimiento, el sacerdocio recaía en el hijo mayor. Ahora, en vez del primogénito de todo Israel, el Señor aceptó a la tribu de Leví para la obra del Santuario. Mediante este señalado honor, Dios manifestó su aprobación por la fidelidad de los levitas, tanto por haberse adherido a su servicio como por haber ejecutado sus juicios cunado Israel apostató al rendir culto al becerro de oro. El sacerdocio, no obstante, se restringió a la familia de Aarón. Aarón y sus hijos fueron los únicos a quienes se les permitía ministrar ante el Señor; al resto de la tribu se le encargó el cuidado del Tabernáculo y su mobiliario; además debían ayudar a los sacerdotes en su ministerio, pero no podían ofrecer sacrificios, ni quemar incienso, ni mirar los santos objetos hasta que estuviesen cubiertos (Patriarcas y profetas, p. 362). Cuando el Tabernáculo debía construirse en el desierto, ciertos hombres escogidos fueron especialmente dotados por Dios con habilidad y sabiduría para la construcción del sagrado edificio. Y cuando la construcción fue terminada, otros hombres fueron elegidos para ocuparse de diferentes partes del servicio santo. Moisés, Aarón y sus hijos habrían de ministrar ante el Tabernáculo del testimonio. "Tú y tus hijos, y la casa de tu padre contigo, llevaréis el pecado del Santuario; y tú y tus hijos contigo llevaréis el pecado de vuestro sacerdocio. Y a tus hermanos también, la tribu de Leví, la tribu de tu padre, haz que se acerquen a ti y se junten contigo, y te servirán, y tú y tus hijos contigo serviréis delante del Tabernáculo del testimonio... Porque he aquí, yo he tomado a vuestros hermanos los levitas de entre los hijos de Israel, dados a vosotros en don de Jehová, para que sirvan en el ministerio del Tabernáculo de reunión. Mas tú y tus hijos contigo guardaréis vuestro sacerdocio en todo lo relacionado con el altar, y del velo adentro, y ministraréis. Yo os he dado en don el servicio de vuestro sacerdocio; y el extraño, que se acercare, morirá" (Números 18:1, 2, 6, 7). Tan definido fue el Señor que este sagrado trabajo fuera realizado únicamente por aquellos que él había designado, que si un extraño se acercaba, debía morir. Cada obrero conocía su tarea y debía cumplirla fielmente, no debía entrar en las tareas que otros debían hacer.
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| Notas de E. G. White Lección 8 LOS DONES DEL SERVICIO DIVINO |
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Lunes 16 (Audio) Dios no anula sus leyes. No obra contrariamente a ellas. No deshace la obra del pecado: la transforma. Por medio de su gracia, la maldición se convierte en bendición. Además tanto el primogénito de los hombres como el de las bestias, había de ser del Señor, si bien podía ser redimido mediante un rescate con el cual reconocían que, al perecer los primogénitos de Egipto, los de Israel, que fueron guardados bondadosamente, habrían sufrido la misma suerte de no haber sido por el sacrificio expiatorio. "Mío es todo primogénito -declaró el Señor- desde el día que yo maté todos los primogénitos en la tierra de Egipto, yo santifiqué a mí todos los primogénitos de Israel, así de hombres como de animales: míos serán" (Números 3:13). Después de la institución del culto en el Tabernáculo, el Señor escogió para sí la tribu de Leví, para la obra del Santuario, en vez de los primogénitos de Israel. Dijo: "Me son a mí dados los Levitas de entre los hijos de Israel... helos tomado para mi en lugar de los primogénitos de todos los hijos de Israel" (Números 8:16). Sin embargo, todo el pueblo debía pagar, en reconocimiento de la gracia de Dios, un precio por el rescate del primogénito (Números 18:15, 16) (Patriarcas y profetas, p. 281). Dios otorga sus dones según le agrada. Concede un don a una persona, y otro don a otra, pero todos son para el beneficio de todo el cuerpo. Está de acuerdo con el designio de Dios que unos sirvan en un ramo de trabajo y otros en otros ramos, sirviendo todos bajo el mismo Espíritu. El reconocimiento de este plan será una salvaguardia contra la emulación, el orgullo, la envidia o el desprecio recíproco. Fortalecerá la unidad y el amor mutuo (Consejos para los maestros, padres y alumnos, p. 298). Se le han confiado talentos, no para que los malgaste, sino para ponerlos en manos de los cambiadores, de manera que cuando venga el Maestro pueda recibir lo suyo con usura. Dios no ha distribuido estos talentos indiscriminadamente. Ha otorgado estos sagrados cometidos de acuerdo con la capacidad reconocida de sus siervos. "A cada uno su obra" (S. Marcos 13:34). Da a todos imparcialmente, y espera la ganancia correspondiente. Si todos cumplen su deber de acuerdo con la medida de su propia responsabilidad, la cantidad que se les ha confiado, se grande o pequeña, será duplicada. Su fidelidad es sometida a prueba, y ella misma es positiva evidencia de su sabia mayordomía, y del hecho de que era digno de que se le confiaran las verdaderas riquezas, inclusive el don de la vida eterna (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 226). En las leyes que dio Dios para el cultivo del suelo, estaba dando al pueblo la oportunidad de vencer su egoísmo y tener inclinación por las cosas celestiales. Canaán sería como el Edén si obedecían la Palabra del Señor. Mediante ellos, el Señor tenía el propósito de enseñar a todas las naciones del mundo cómo cultivar el suelo para que diera frutos sanos y libres de enfermedad. La tierra es la viña del Señor, y ha de ser tratada de acuerdo con su plan. Los que cultivaban el suelo habían de comprender que estaban haciendo el servicio de Dios. Estaban tan ciertamente en su destino y lugar como lo estaban los hombres nombrados para ministrar en el sacerdocio y en la obra relacionada con el Tabernáculo. Dios dijo al pueblo que los levitas eran una dádiva para ellos, y no importa cuál fuera su oficio, habían de ayudar a sostenerlos (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 1126).
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| Notas de E. G. White Lección 8 SOSTÉN DEL SANTUARIO |
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Martes 17 (Audio ) Aun antes de que se pudiera reservar el diezmo, había que reconocer los derechos de Dios. Se le consagraban los primeros frutos que maduraban entre todos los productos de la tierra. Se apartaban para Dios las primicias de la lana cuando se trasquilaban las ovejas, del trigo cuando se trillaba, del aceite y del vino. De idéntica manera se apartaban los primogénitos de los animales; y se pagaba rescate por el hijo primogénito. Las primicias debían presentarse ante el Señor en el Santuario, y luego se dedicaban al uso de los sacerdotes. Hemos de alabar a Dios mediante un servicio tangible, haciendo todo lo que podamos para aumentar la gloria de su nombre. Dios nos imparte sus dones para que podamos también dar, y hacer así que el mundo conozca su carácter. En el sistema judío, las ofrendas formaban una parte esencial del culto de Dios. Se enseñaba a los israelitas a destinar una décima parte de todas sus entradas al servicio del Santuario. Además de esto habían de traer ofrendas por el pecado, ofrendas voluntarias, y ofrendas de gratitud. Estos eran los medios para sostener el ministerio del evangelio en aquel tiempo. Dios no espera menos de nosotros de lo que esperaba de su pueblo antiguamente. Debe llevarse adelante la gran obra de la salvación de las almas. Él ha hecho provisión para esa obra por medio del diezmo y las ofrendas. Él espera que así se sostenga el ministerio del evangelio. Reclama el diezmo como suyo, y siempre debería ser considerado como una reserva sagrada, a fin de ser colocado en su tesorería para beneficio de la causa de Dios. Él nos pide también ofrendas voluntarias y ofrendas de gratitud. Todo esto ha de ser dedicado para la propagación del evangelio hasta los confines de la tierra (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 241, 242).
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| Notas de E. G. White Lección 8 EL PLAN DEL DIEZMO |
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Miércoles 18 (Audio ) Los diezmos y las ofrendas dedicados a Dios son un reconocimiento de su derecho sobre nosotros por la creación, y son también un reconocimiento de su derecho por la redención. Por cuanto todo nuestro poder deriva de Cristo, esas ofrendas han de fluir de nosotros a Dios. Deben recordarnos siempre lo que por la redención Dios tiene derecho a pedirnos, pues ese derecho abarca todo lo demás. La comprensión del sacrificio hecho en nuestro favor se ha de conservar siempre fresca en nuestra mente y debe influir siempre sobre nuestros pensamientos y planes. Cristo debe estar entre nosotros como quien fue en verdad crucificado (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 77). A fin de fomentar las reuniones del pueblo para los servicios religiosos y también para suplir las necesidades de los pobres, se le pedía a Israel que diera un segundo diezmo de todas sus ganancias. Con respecto al primer diezmo de todas sus ganancias. Con respecto al primer diezmo el Señor había dicho. "He aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel" (Números 18:21). Y acerca del segundo diezmo mandó. "Y comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiera para hacer habitar allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino, y de tu aceite, y los primerizos de tus manadas, y de tus ganados, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días" (Deuteronomio 14:23). Por orden de Dios, Moisés estableció los límites de la tierra de Canaán y seleccionó un príncipe por cada tribu con el propósito de dividir la tierra que cada una de ellas tendría cuando llegaran a poseerla. Pero la tribu de Leví no estaba incluida en la distribución; habían sido elegidos para un servicio sagrado y no tendrían herencia entre sus hermanos. No obstante, cuarenta y ocho ciudades en diferentes partes del territorio serían su lugar para vivir (Signs of the Times, enero 20, 1881).
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| Notas de E. G. White Lección 8 LA VACA ROJA |
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Jueves 19 (Audio ). A los hijos de Israel se les ordenó antiguamente que trajesen una ofrenda para toda la congregación, a fin purificarla de la contaminación ceremonial. Este sacrificio era una vaquillona roja que representaba la ofrenda más perfecta que debía redimirlos de la contaminación del pecado. Era un sacrificio que se ofrecía circunstancialmente para purificar a todos los que habían llegado, por necesidad o accidente, a tocar muertos. A todos los que habían tenido algo que ver con la muerte es consecuencia del pecado, y por lo tanto representa al mismo. La vaquillona, el archa y la serpiente de bronce. cada una de estas cosas señalaba en forma impresionante a la única gran ofrenda: el sacrificio de Cristo. Después de rociar con hisopo la tienda, sobre la puerta de aquellos que habían sido purificados se escribía: "No soy mío, Señor; soy tuyo". Así debe ser con los que profesan ser purificados por la sangre de Cristo. Dios no es menos exigente ahora que en tiempos antiguos. En su oración, el salmista se refiere a esta ceremonia simbólica cuando dice: "Purifícame con hisopo, y seré limpio: lávame y seré emblanquecido más que la nieve". "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; y renueva un espíritu recto dentro de mí". "Vuélveme el gozo de tu salud; y el espíritu libre me sustente" (Salmo 51:7, 10, 12). ... Si en la antigüedad los que eran impuros debían purificarse con la sangre aspergida, tanto más necesitan los que viven en los peligros de los últimos días y están expuestos a las tentaciones de Satanás que la sangre de Cristo se aplique a sus corazones. "Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más las sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?" (Hebreos 9:13, 14) (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 124).
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