Notas de E. G. White
Lección 6
Planes para el futuro

Sábado 31 (Audio

La compasión de Dios no tiene límites: Nos dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda mas tenga vida eterna. El amor de nuestro Salvador tampoco tiene límites: Mientras aún éramos pecadores murió por nosotros para salvarnos de la muerte eterna. Este gran amor con que Cristo nos ha amado debe despertar nuestra gratitud; debe llevarnos a traerle una ofrenda de acción de gracias; la ofrenda de nosotros mismos, de nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros afectos, para que el influjo de su amor llegue al mundo perdido para salvarlo. Y así como Jesús hizo posible que nos alcanzara su amor, debemos cooperar alegremente con él, ofreciéndole nuestras posesiones y nuestro servicio, para que su fragante influencia pueda alcanzar a las almas y salvarlas. Nos pide que ofrezcamos sin reservas nuestras energías en su servicio. Tener nuestros nombres en los libros de la iglesia no nos transforma en cristianos; lo que nos hace sus seguidores es poner todos nuestros dones sobre el altar del servicio y cooperar con él con todas nuestras habilidades para revelar la belleza de su verdad. Démosle todo a él porque todo es suyo. Nada tendríamos, si no fuera porque él primero nos ha dado todo lo que tenemos (Review and Herald, diciembre 10, 1901).

Nuestros labios debieran expresar el aprecio que sentimos en nuestros corazones por la bondad de Dios, y ese sentimiento debiera inspirarnos a traer ofrendas de gratitud. Pero esa no es la única manera en que podemos alabar a Dios; podemos alabarlo mediante nuestro servicio, haciendo todo lo que esté de nuestra parte para avanzar la gloria de su nombre. Al mejorar constantemente los talentos que él nos ha confiado también le expresamos nuestra gratitud (Review and Herald, noviembre 20, 1900).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 6
GRATITUD

Domingo 1 (Audio.

Hay muchas personas a quienes llevar al conocimiento salvador de la verdad. El hijo pródigo se encuentra lejos de la casa de su Padre y perece de hambre. Tenemos que hacerlo objeto de nuestra compasión. ¿Os preguntáis: "Cómo considera Dios a los que perecen en sus pecados?"
Dirijo vuestra atención hacia el Calvario. Dios "ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino tenga vida eterna" (S. Juan 3:16). Pensad en el amor sin parangón del Salvador. Mientras éramos aún pecadores, Cristo murió para salvarnos de la muerte eterna. A cambio del gran amor con el que Cristo nos ha amado, tenemos que llevarle nuestras ofrendas de agradecimiento. Tenemos que presentarle una ofrenda gratitud de nuestra propia persona. Nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros recursos: todo debe fluir hacia el mundo en una ola de amor por la salvación de los perdidos. Jesús ha hecho posible que aceptemos su amor y que trabajemos en feliz colaboración con él bajo su fragante influencia. Él requiere que usemos nuestras posesiones en servicio generoso para que su plan para la salvación de la gente se lleve a cabo con poder. Él espera que entreguemos a su obra nuestras energías indivisas (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 41).
La ternura de Dios para su pueblo, su incesante cuidado, las riquezas de la sabiduría de los métodos que empleó para conducirlos hacia él, demandan nuestras ofrendas de gratitud, expresadas en la más ferviente dedicación para servirle con toda la humildad de la mente y contrición del alma. El Señor es bondadoso y quiere que su pueblo represente su bondad amante, reconociendo a Dios en felices acciones de gracias. Todos los que aprecien los favores de Dios serán un pueblo feliz (A fin de conocerle, p. 129).

Cristo es la fuente de toda luz y eficiencia y es él quien debe recibir todo el honor, toda la adoración y todas las ofrendas de gratitud, pues él es el dador de todo don perfecto. Si deseamos alcanzar las mayores alturas espirituales inspirémonos en él. No busquemos la gloria o el éxito propios sino consagremos todo a aquel que nos ha amado y limpiado de nuestros pecados con su más preciosa sangre. Exaltemos al Hombre del Calvario (Manuscript Releases, t. 6, p. 203).

 

 

 

Notas de E. G. White
Lección 6
EL EXTRANJERO QUE ESTÁ DENTRO DE TUS PUERTAS

Lunes 2 (Audio)

"Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Gálatas 3:26).
Nunca encontramos a dos personas exactamente iguales. Entre los seres humanos como en las cosas del mundo natural existe la diversidad. La unidad en la diversidad entre los hijos de Dios, la manifestación de amor y tolerancia, a pesar de las diferencias existe la diversidad. La unidad en la diversidad entre los hijos de Dios, la manifestación de amor y tolerancia, a pesar de las diferencias de disposición, éste es el testimonio de que Dios envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores.
La unidad que existe entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de uno ni otro. Son uno en mente, propósito y carácter, pero no en persona. El hombre, al someterse a la ley de Dios y participar de su Espíritu, llega a ser participante de la naturaleza divina. Cristo conduce a sus discípulos a una unión viva consigo mismo y con el Padre. El hombre se completa en Cristo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en su mente. La unidad con Cristo establece un vínculo de unión de los unos con los otros. Esta unidad es para el mundo la prueba más convincente de la majestad y la virtud de Cristo, y de su poder para quitar el pecado.
Los poderes de las tinieblas tienen poca ocasión contra los creyentes que se aman mutuamente como Cristo los amó, que rehúsan crear desunión y contienda, que permanecen juntos, que son bondadosos, corteses y compasión, fomentando la fe que obra por amor y purifica el alma. Debemos poseer el Espíritu de Cristo, o no somos suyos.
En la unidad está la fortaleza; en la división está la debilidad (Hijos e hijas de Dios, p. 288).

Bajo la ley mosaica los extranjeros y los eunucos no podían gozar de todos los privilegios concedidos a Israel. Sin embargo el profeta declara que llegaría un tiempo en el que estas restricciones cesarían. Los santos oráculos daban privilegios especiales a los judíos y el que no era israelita no pertenecía al pueblo favorecido por Dios. Por ello los judíos comenzaron a sentirse más y más superiores a los otros pensando que tenían la autoridad divina de sentirse mejores que los demás, aunque no se mantuvieran separados y santos en carácter por guardar los mandamientos de Dios. Ahora el profeta declara que el extranjero que ame y obedezca a Dios gozará de los mismos privilegios que pertenecían exclusivamente al pueblo elegido. La circuncisión y la estricta observancia de las leyes ceremoniales -condiciones bajo las cuales eran admitidos los gentiles a la congregación de Israel- serían abolidas por el evangelio. "Porque así dijo Jehová: A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá. Y a los hijos de los extranjeros que sigan a Jehová para servirle, y que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos" (Isaías 56:4-7).

Para Dios no hay castas. Él ignora cuanto se asemeje a ello. Todas las almas tienen valor para él. El trabajar por la salvación de las almas es un empleo digno del más alto honor. No importa cuál sea la forma de nuestra labor; ni entre qué clase se verifique, ora sea elevada o humilde. A los ojos de Dios estas distinciones no afectan su verdadero valor. El alma sincera, ferviente y contrita, por ignorante que sea, es preciosa a la vista del Señor. Él pone su propia señal sobre los hombres, juzgándolos, no por su jerarquía, ni por su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino por su unidad con Cristo. El ignorante, el paria, el esclavo, si ha aprovechado hasta el máximo grado sus oportunidades y privilegios, si ha apreciado la luz que Dios le dio, ha hecho todo cuanto se pedía de él. El mundo puede llamarlo ignorante, pero Dios lo llama sabio y bueno, y así su nombre queda registrado en los libros del cielo. Dios lo hará idóneo para que le reporte honor, no sólo en el cielo, sino también en la tierra.
La reprensión divina descansa sobre aquel que rechaza la compañía de aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero, simplemente porque no son ricos, sabios ni honrados en este mundo. Cristo, el Señor de gloria, está satisfecho con aquellos que son mansos y humildes de corazón, por humilde que sea su vocación, cualquiera que sea su jerarquía o grado de inteligencia (Obreros evangélicos, p. 347).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 6
PECADOS DE IGNORANCIA

Martes 3 (Audio )

Nadie será condenado por no haber prestado atención a la luz y al conocimiento que nunca tuvo y que no pudo obtener. Pero muchos se niegan a obedecer la verdad que les es presentada por los embajadores de Cristo, porque desean amoldarse a las normas del mundo. La verdad que ha llegado hasta su entendimiento, la luz que ha brillado en el alma, los condenarán en el juicio.
Los que tienen una oportunidad de oír la verdad, y sin embargo no se esfuerzan por oírla ni comprenderla, pensando que si no oyen no serán responsables, serán considerados culpables ante Dios lo mismo como si la hubieran oído y rechazado. No habrá excusa para los que elijan caminar en el error cuando podrían haber entendido lo que es la verdad. Jesús, en sus sufrimientos y muerte, ha hecho expiación para todos los pecados de ignorancia; pero no se ha preparado remedio para la ceguera voluntaria.
No seremos considerados como responsables por la luz que no ha llegado a nuestra percepción, sino por la que hemos resistido y rechazado. Un hombre no puede posesionarse de la verdad que nunca se le ha presentado, y por lo tanto no podrá ser condenado por la luz que nunca tuvo (Eventos de los últimos días, pp. 221, 222).

Algunos dirán que han vivido a la altura de la luz que tenían, sin saber que eran  pecadores ante Dios y por lo tanto no pueden ser culpados ni necesitan arrepentirse. Pero la Palabra de Dios es clara y cualquiera que pida en oración por entendimiento conocerá lo que es verdad. En cuanto a los pecados de ignorancia, el Señor demandará una ofrenda como en el tiempo de Moisés: la ofrenda de un corazón contrito y quebrantado. Con la Biblia en la mano todos podemos conocer y practicar la verdad; pero algunos no desean cambiar sus creencias o su curso de acción y argumentan que si son honestos consigo mismos, serán salvos. Los tales están en el grave peligro de cometer el pecado de presunción, o de no vivir de acuerdo a la luz que han recibido. Un estudio diligente de las Escrituras hecho con ferviente oración, junto con un honesto examen de la vida, son esenciales para conocer la verdad y aceptarla aunque parezca que requiere demasiada abnegación e inconveniencia.
Los pecados de ignorancia no pueden ser usados como excusa para no arrepentirse. Nadie puede argumentar que debido a que Jesús murió y llevó la culpa de todos los pecadores, lo único que necesita es aceptar el perdón sin necesidad de arrepentirse por pecados por largo tiempo cometidos. Pero la paciencia de Dios tiene límites, y aunque vivimos en un tiempo cuando el castigo por la transgresión no se ejecuta inmediatamente, no por eso dejará de cumplirse. Al no verse un castigo inmediato, el pecado es menos evitado y el corazón de los hijos de los hombres se torna hacia el mal (Signs of the Times, julio 22, 1880).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 6

PECADOS DE PROVOCACIÓN

Miércoles 4 (Audio )

La "multitud mixta" que acompañaba a los israelitas desde Egipto daba continuamente origen a dificultades y tentaciones. Los que la componían decían haber renunciado a la idolatría y profesaban adorar al Dios verdadero; pero su educación y disciplina anteriores habían moldeado sus hábitos y sus caracteres, de modo que en mayor o menos medida estaban corrompidos por la idolatría y la irreverencia hacia Dios. Ellos eran los que más a menudo suscitaban contiendas; eran los primeros en quejarse, y corrompían el campamento con sus prácticas idólatras y sus murmuraciones contra Dios. Poco después del regreso al desierto, ocurrió un ejemplo de violación del sábado, en circunstancias que dieron especial culpabilidad al caso. Al enunciar el Señor que desheredaría a Israel, se despertó un espíritu de rebelión. Un hombre del pueblo, airado por haber sido excluido de Canaán, resolvió desafiar abiertamente la ley de Dios, y se atrevió a violar públicamente el cuarto mandamientos, saliendo a recoger leña en sábado. Se había prohibido terminantemente encender fuego el séptimo día durante la estada en el desierto. La prohibición no había de extenderse a la tierra de Canaán, donde la severidad del clima haría a menudo necesario que se tuviese fuego; pero éste no se necesitaba en el desierto para calentarse. El acto llevado a cabo por este hombre era una violación voluntaria y deliberada del cuarto mandamiento. Era un pecado, no de negligencia, sino de presunción.
Se le sorprendió mientras lo cometía, y se lo llevó ante Moisés. Ya se había declarado que la violación del sábado sería castigada de muerte; pero aun no se había revelado como debía ejecutarse la pena. Moisés presentó el caso al Señor, y se le dio la orden: "Irremisiblemente muerte aquel hombre; apedréelo con piedras toda la congregación fuera del campo" (Números 15:35). Los pecados de blasfemia y violación voluntaria del sábado recibieron el mismo castigo, pues eran ambos una expresión de menosprecio por la autoridad de Dios (Patriarcas y profetas, p. 433).

Aunque sea poco lo que un discípulo de Cristo, bien educado y disciplinado, pueda hacer para reflejar la luz al mundo y atraer a otros a la fuente de luz, de todas maneras cada uno debe hacer algo. Cada día se nos presenta la oportunidad y el privilegio de hacer alguna cosa para la gloria de Dios y la salvación de otros. Y una de esas oportunidades cotidianas es presentar un buen ejemplo, considerando fielmente cuál será el resultado de nuestras acciones. Cuando pensemos que cierta actividad no nos dañará personalmente, también debemos pensar en cómo afectará a otros. Hay pecados de omisión y pecados de comisión y de alguna manera todos ellos pueden afectar a los demás. Dejar de hacer lo que deberíamos haber hecho es tan malo como cometer un acto pecaminoso, pues al ser negligentes con nuestro deber quebramos un eslabón de la cadena de la gran obra de Dios y no hacemos avanzar su causa (The Ellen G. White 1888 Materials, pp. 425, 426).

Todos deberían comprender que sin Cristo nada pueden hacer. Los que no recogen con él, derraman en contra de él. Si sus pensamientos y acciones no son correctos, su influencia será destructiva en contra del bien. Nuestras acciones siempre tienen una doble influencia: afectan a otros y nos afectan a nosotros; pueden ser una bendición o una maldición para aquellos con quienes nos asociamos. Las acciones forman hábitos y éstos se forman el carácter. Si no cuidamos nuestros hábitos no estaremos calificados para unirnos a las agencias celestiales en la obra de salvación ni estaremos preparados para entrar a las mansiones que Cristo fue a preparar. Para llegar allí debemos aceptar los caminos y la voluntad de Dios en lugar de los nuestros, a fin de que nuestro carácter pase la prueba y lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina. Entonces Cristo nos declarará "benditos de mi Padre" (Review and Herald, diciembre 8, 1891).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 6
FRANJAS AZULES

Jueves 5 (Audio ).

"Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul. Y os servirá de franja, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis. Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios. Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Yo Jehová vuestro Dios" (Números 15:38-41). En este pasaje Dios expresamente ordenó un arreglo sencillo de vestir para los hijos de Israel a fin de distinguirlos de las naciones idólatras que los rodeaban. Al mirar su forma peculiar de vestir, debían recordar que eran el pueblo observador de los mandamientos de Dios, y que él había obrado de manera milagrosa para sacarlos del cautiverio egipcio a fin de servirle, para serle un pueblo santo. No debían servir a sus propios deseos, o imitar las naciones idólatras alrededor de ellos, sino permanecer siendo un pueblo distinto, separado, para que todos los que se fijaran en ellos pudieran decir: Estos son los que Dios sacó de la tierra de Egipto, que guardan la ley de los Diez Mandamientos. Tan pronto se veía a un israelita, era reconocido como tal porque Dios lo había distinguido como suyo por medios sencillos.
La orden dada por Dios a los hijos de Israel de colocar una cinta azul en su vestuario no debían tener influencia sobre su salud, excepto en la medida en que Dios los bendijera por la obediencia. La cinta mantendría en sus mentes el elevado derecho de Dios y les ayudaría a no mezclarse con otras naciones, uniéndose en sus fiestas embriagadoras, y comiendo carne de cerdo y alimentos refinados en detrimento de la salud (Testimonios para la iglesia, t. 1, pp. 458, 459).

Los hijos de Israel, después que fueron sacados de Egipto, recibieron la orden de colocar una sencilla cinta azul en el borde de sus vestiduras, para distinguirlos de las naciones circundantes y para dar a entender que eran el pueblo peculiar de Dios. En la actualidad no se requiere que el pueblo de Dios coloque un distintivo especial sobre sus vestiduras. Pero en el Nuevo testamento con frecuencia se nos señala el Israel de la antigüedad como ejemplo. Si Dios dio instrucciones tan definidas a su pueblo de la antigüedad concernientes a su manera de vestir, ¿no tomará en cuenta el vestido de su pueblo en esta época? ¿No debería el pueblo de Dios, que es su especial tesoro, procurar glorificar a Dios aun en su vestimenta? ¿Y no deberían sus hijos ser ejemplos en lo que concierne a su manera de vestir, y con su estilo sencillo reprochar el orgullo, la vanidad y la extravagancia de los profesos cristianos que son mundanos y amantes del placer? Dios requiere esto de su pueblo. El orgullo es censurado en su Palabra (Mensajes selectos, t. 2, pp. 538, 539).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 6

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