- IV Trimestre de 2009 - |
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En el libro de Éxodo, Dios describe el nacimiento de una nación.
Éxodo y Levítico detallan las reglas y las leyes para esta nación. En el
libro de Números (el tema de este trimestre), vemos otra dimensión
de esta nación, la del pueblo de Dios en marcha.
Pero no marchan a cualquier parte. Han de ir y tomar posesión
de la tierra que les fuera prometida; prometida no por causa de su
santidad inherente, no por causa de su bondad propia, sino por causa
de las palabras dadas por Dios a su padre Abraham siglos antes:
“Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para
siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si
alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia
será contada. Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su
ancho; porque a ti la daré” (Gén. 13:15-17).
Directamente vinculado a esta promesa, hay otro aspecto de
esta nación: el de la nación como un ejército, un poderoso ejército
de Dios, un ejército conquistador, que no puede ser derrotado por
enemigos externos por causa de que Dios, el Creador del cielo y la
tierra, está en medio de ellos.
Y, por causa de la presencia de Dios, no solo eran un ejército,
sino un ejército santo, y de este modo también se esperaba que
actuara como tal.
Lamentablemente, esto no es exactamente lo que sucedió. Este
ejército formidable, poderoso y conquistador, mientras rondaba en
los bordes de la Tierra Prometida, fue derrotado, no por los cananeos
sino desde adentro. Satanás sabía que mientras obedecieran a Dios,
mientras confiaran en Dios y vivieran por fe, en obediencia a sus
mandamientos, sería impotente contra ellos. Por lo tanto, todo lo que
él podía hacer era usarlos contra sí mismos.
Y resultó. No sorprende la advertencia de Elena de White:
“Tenemos mucho más que temer de enemigos internos que de
externos. Los impedimentos para el vigor y el éxito provienen mucho
más de la iglesia misma que del mundo” (MS 1:142).
Por eso, debería ser obvio que nosotros, como pueblo en marcha,
como pueblo que procura alcanzar la Tierra Prometida, como pueblo
llamado por Dios, podemos aprender del libro de Números. Podemos
aprender de cómo Dios organizó el campamento, y asignó tareas a los sacerdotes y a los levitas. Podemos aprender de las fiestas y las
ordenanzas de los servicios del Santuario. Podemos aprender de sus
clamores acerca de volver a Egipto, que ellos llamaron “una tierra
que destila leche y miel” (Núm. 16:13). Podemos aprender de la lepra
de María, de los doce espías, de la fe de Caleb, de la intercesión de
Moisés, de la rebelión de Coré y aun del asno terco de Balaam.
Y nosotros también deberíamos aprender. “Y estas cosas les
acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a
nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que,
el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido
ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os
dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también
juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1
Cor. 10:11-13). Estas palabras contienen no solo una advertencia,
sino también una promesa.
A pesar de las demoras, las derrotas y los juicios devastadores,
tal vez la lección más importante de Números es que Dios cumplirá
sus promesas. Si las cumplirá por medio de nosotros, a pesar de
nosotros o sin nosotros es otra cuestión enteramente diferente. Pero
se cumplirán, y eso es seguro.
Leído en el contexto de la Cruz y del Nuevo Pacto, el libro de
Números revela que Dios ya ha hecho su elección con respecto a
nosotros. La única pregunta que queda es: ¿Cuál será nuestra elección
con respecto a él?