- IV Trimestre de 2009 -
Una nación en marcha: El libro de números
Introducción General (Audio) -

Frank Holbrook

En el libro de Éxodo, Dios describe el nacimiento de una nación. Éxodo y Levítico detallan las reglas y las leyes para esta nación. En el libro de Números (el tema de este trimestre), vemos otra dimensión de esta nación, la del pueblo de Dios en marcha.
Pero no marchan a cualquier parte. Han de ir y tomar posesión de la tierra que les fuera prometida; prometida no por causa de su santidad inherente, no por causa de su bondad propia, sino por causa de las palabras dadas por Dios a su padre Abraham siglos antes: “Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada. Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré” (Gén. 13:15-17).
Directamente vinculado a esta promesa, hay otro aspecto de esta nación: el de la nación como un ejército, un poderoso ejército de Dios, un ejército conquistador, que no puede ser derrotado por enemigos ex­ternos por causa de que Dios, el Creador del cielo y la tierra, está en medio de ellos.
Y, por causa de la presencia de Dios, no solo eran un ejército, sino un ejército santo, y de este modo también se esperaba que actuara como tal.
Lamentablemente, esto no es ex­actamente lo que sucedió. Este ejército formidable, poderoso y conquistador, mientras rondaba en los bordes de la Tierra Prometida, fue derrotado, no por los cananeos sino desde adentro. Satanás sabía que mientras obedecieran a Dios, mientras confiaran en Dios y vivieran por fe, en obediencia a sus mandamientos, sería impotente contra ellos. Por lo tanto, todo lo que él podía hacer era usarlos contra sí mismos.
Y resultó. No sorprende la advertencia de Elena de White: “Tenemos mucho más que temer de enemigos internos que de ex­ternos. Los impedimentos para el vigor y el éx­ito provienen mucho más de la iglesia misma que del mundo” (MS 1:142).
Por eso, debería ser obvio que nosotros, como pueblo en marcha, como pueblo que procura alcanzar la Tierra Prometida, como pueblo llamado por Dios, podemos aprender del libro de Números. Podemos aprender de cómo Dios organizó el campamento, y asignó tareas a los sacerdotes y a los levitas. Podemos aprender de las fiestas y las ordenanzas de los servicios del Santuario. Podemos aprender de sus clamores acerca de volver a Egipto, que ellos llamaron “una tierra que destila leche y miel” (Núm. 16:13). Podemos aprender de la lepra de María, de los doce espías, de la fe de Caleb, de la intercesión de Moisés, de la rebelión de Coré y aun del asno terco de Balaam.
Y nosotros también deberíamos aprender. “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Cor. 10:11-13). Estas palabras contienen no solo una advertencia, sino también una promesa.
A pesar de las demoras, las derrotas y los juicios devastadores, tal vez la lección más importante de Números es que Dios cumplirá sus promesas. Si las cumplirá por medio de nosotros, a pesar de nosotros o sin nosotros es otra cuestión enteramente diferente. Pero se cumplirán, y eso es seguro.
Leído en el contexto de la Cruz y del Nuevo Pacto, el libro de Números revela que Dios ya ha hecho su elección con respecto a nosotros. La única pregunta que queda es: ¿Cuál será nuestra elección con respecto a él?