Notas de E. G. White
Lección 11
Temas importantes de 1 Juan

Sábado 5 (Audio )

Por fe en Cristo nos convertimos en miembros de la familia real, herederos de Dios y coherederos de Dios y coherederos con Cristo. En Cristo somos unos. Al llegar a la vista del Calvario, y al ver al Sufriente Real, que en la naturaleza humana llevó la maldición de la ley en lugar del hombre, son raídas todas las distinciones nacionales, todas las diferencias sectarias; se pierden todo honor de rango, todo orgullo de casta. La luz que brilla desde el trono de Dios sobre la cruz del Calvario da fin para siempre a las separaciones hechas por los hombres entre clase y raza. Los hombres de todas las clases se convierten en miembros de una familia, hijos del Rey celestial, no mediante un poder terrenal, sino por medio del Rey celestial, no mediante un poder terrenal, sino por medio del amor de Dios que dio a Jesús una vida de pobreza, aflicción y humillación, permitió que muriera en la vergüenza y la agonía, para que pudiera traer muchos hijos e hijas a la gloria (A fin de conocerle, p. 105).

Con gracia en el corazón los creyentes deben hacer las obras de Cristo, colocándose de su lado con alma, cuerpo y espíritu, como su mano humana, al compartir su amor con los que están fuera del redil. Los creyentes deben unirse en una comunidad cristiana, considerándose entre ellos como hermanos y hermanas en el Señor. Deben amarse mutuamente como Cristo los amó. Debe ser luces para Dios, que brillen en la iglesia y en el mundo, recibiendo gracia tras gracia al impartirla a los demás. De este modo son guardados constantemente en cercanía espiritual a Dios. Reflejan la imagen de Cristo (El ministerio médico, p. 421).

 

Notas de E. G. White
Lección 11
LA DEIDAD

Domingo 6 (Audio )

La gloria del evangelio consiste en que se encuentra fundado sobre el principio de restauración, en la humanidad caída, de la imagen divina por medio de una manifestación constante de benevolencia. Esta obra comenzó en las cortes celestiales. Allí Dios decidió dar a los seres humanos evidencia inequívoca del amor que sentía por ellos. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (S. Juan 3:16).
La Divinidad se conmovió de piedad por la humanidad, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dieron a sí mismos a la obra de formar un plan de redención. Con el fin de llevar a cabo plenamente ese plan, se decidió que Cristo, el Hijo unigénito de Dios, se entregara a sí mismo como ofrenda por el pecado. ¿Con qué se podría medir la profundidad de este amor? Dios quería hacer que resultara imposible para el hombre decir que hubiera podido hacer más. Con Cristo, dio todos los recursos del cielo, para que nada faltara en el plan de la elevación de los seres humanos. Este es amor, y su contemplación debiera llenar el alma con gratitud inexpresable. ¡Oh, cuánto amor, cuánto amor incomparable! La contemplación de este amor limpiará el alma del egoísmo. Hará que el discípulo se niegue a sí mismo, tome su cruz y siga al Redentor (Consejos sobre la salud, pp. 219, 220).

Los que salen del mundo en espíritu y en todas sus prácticas, pueden considerarse como hijos e hijas de Dios; pueden creer en la Palabra del Señor como un niño cree cada palabra de sus padres. Para el que cree, toda promesa es segura. Los que se unen con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que demuestran con su vida que no siguen más el camino que seguían antes de que se unieran con sus agentes divinos, recibirán la sabiduría de lo alto; no dependerán de la sabiduría humana. Los cristianos, como miembros de la familia real e hijos del Rey celestial, para tratar correctamente con el mundo deben sentir la necesidad de un poder que sólo se origina en los instrumentos celestiales que se han comprometido a trabajar en favor de ellos.
Después de que hemos formando una unión con el gran triple poder, consideraremos nuestro deber para con los miembros de la familia de Dios con un temor reverente, muchos más sagrado que el que hemos sentido antes. Este es un aspecto de la reforma religiosa que muy pocos aprecian. Los que procuran contestar la oración, "hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra", mediante vidas puras y santificadas buscarán mostrar al mundo cómo se cumple la voluntad de Dios en el cielo (Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 1102).
En nuestro bautismo nos comprometimos a romper con Satanás y sus agentes y a poner alma, mente y corazón en la obra de extender el reino de Dios. Todo el cielo está trabajando para este fin. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están empeñados en cooperar con los instrumentos humanos santificados. Si somos fieles a nuestros votos, está abierta para nosotros una puerta de comunicación con el cielo: una puerta que ninguna mano humana o agente satánico podrá cerrar (En lugares celestiales, p. 61).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 11
LA IGLESIA

Lunes 7 (Audio)

Cuando nos unimos con la iglesia asumimos una gran responsabilidad, porque la iglesia es la familia de Dios, y los miembros de esta familia deben apartarse del egoísmo y buscar el interés de los demás; deben orar y trabajar por la salvación de todos (Review and Herald, enero 19, 1905).

Aquellos que profesan ser miembros de la familia de Dios y esperan estar en pie alrededor del trono, deben cultivar aquí en la tierra el espíritu que prevalece en el cielo. "El amor es el cumplimiento de la ley", y el amor de Jesús en el corazón unirá a los miembros de la iglesia con lazos semejantes a los que existen en las cortes celestiales. Tenemos un ejemplo perfecto en la vida de Jesús, y el hecho de que nosotros mismos lo representamos tan pobremente, debiera hacernos sentir humildes frente a otros que también cometen errores. Si no cultivamos la humildad, nos tornaremos duros y ásperos, características que son satánicas. La frialdad, la desunión y las críticas en la iglesia, anulan el trabajo del Espíritu de Dios (Signs of the Times, mayo 18, 1888).

Creemos que al perfeccionar un carácter cristiano estaremos entre aquellos que formarán la familia de Dios en las mansiones que él ha ido a preparar para nosotros. Y nuestro Padre celestial nos lleva a su iglesia para que obtengamos un conocimiento que nos capacite para participar de la comunidad del cielo. "Bueno -dirán algunos- todo l oque yo quiero es que podamos mirar las cosas con nuestros propios ojos; pero están los quieren que todos vean como ellos ven". Todos tenemos características que deben ser cambiadas para estar listos para esperar al Señor en las nubes de los cielos. Debemos humillarnos ante Dios y aceptar el consejo: "Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado (1 Pedro 1:13).
El Señor no ha colocado en la iglesia a ningún individuo para que arregle las deficiencias de otros. Cada uno debe sentir que es su responsabilidad ante Dios ser una bendición para los demás con quienes se asocia, recordando que cada hermana y hermano ha sido comprado con la sangre de Cristo. Todos somos piedras vivas sacadas de la cantera, tenemos que hacer un trabajo por nosotros mismos. No debemos tenernos en alta estima sino estimar a los demás como mejores que nosotros. Debemos elevar nuestras almas a Dios y pedir su ayuda, no sea que caigamos. Algunos son muy diligentes en buscar las faltas en otros, mientras se olvidan de trabajar por su propia alma (Sermons and Talks, t. 1, pp. 39, 40).

 

Notas de E. G. White
Lección 11
LA SALVACIÓN

Martes 8 (Audio ).

Ven a Jesús, y recibe descanso y paz. Ahora mismo puedes tener la bendición. Satanás te sugiere que seres impotente y que no puedes bendecirte a ti mismo. Es verdad; eres impotente. Pero exalta a Jesús delante de él: "Tengo un Salvador resucitado. En él confío y él nunca permitirá que yo sea confundido. Él es mi justicia y mi corona de regocijo". En lo que respecta a esto, nadie piense que su caso es sin esperanza, pues no es así. Quizá te parezca que eres pecador y que estás perdido, pero precisamente por eso necesitas un Salvador. Si tienes pecados que confesar, no pierdas tiempo. Los momentos son de oro. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). Serán saciados los que tienen hambre y sed de justicia, pues Jesús lo ha prometido. ¡Precioso Salvador! Sus brazos están abiertos para recibirnos, y su gran corazón de amor espera para bendecirnos.
Algunos parecen sentir que deben ser puestos a prueba y deben demostrar al Señor que se han reformado, ante de poder demandar sus bendiciones. Sin embargo, esas queridas almas pueden pedir ahora mismo la bendición. Deben tener la gracia de Cristo, el Espíritu de Cristo que les ayude en sus debilidades, o no podrán formar un carácter cristiano. Jesús anhela que vayamos a él tal como somos: pecadores, impotentes, desvalidos (Fe y obras, p. 37).

Sería algo terrible estar delante de Dios, vestidos con la ropa del pecado, con su ojo que escudriña cada secreto de nuestras vidas. Pero mediante la eficacia del sacrificio de Cristo podemos aparecer delante de Dios puros y sin mancha, habiendo sido expiados y perdonados nuestros pecados. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). El pecador redimido, ataviado con las vestiduras de la justicia de Cristo, puede estar en la presencia de un Dios que odia el pecado, hecho perfecto por los méritos del Salvador.
Solamente por la fe en el nombre de Cristo puede ser salvo el pecador... La fe en Cristo no es obra de la naturaleza, sino la obra de Dios en las mentes humanas, realizada en la misma alma por el Espíritu Santo, que revela a Cristo, como Cristo reveló al Padre. La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que no se ven. Con su poder justificador y santificador, está por encima de lo que los hombres llaman ciencia. Es la ciencia de las realidades eternas. La ciencia humana a menudo es engañosa, pero esta ciencia celestial nunca induce a engaño. Es tan simple que un niño puede entenderla, y sin embargo los hombres más sabios no pueden explicarla. Es inexplicable e inconmensurable, y está más allá de toda expresión humana (En lugares celestiales, p. 51).

Si alguien alcanza a cumplir con alguna cosa, es en cooperación con su Hacedor. Pero en lo que atañe a la salvación de las almas, Dios hace todo el trabajo. El ser humano es sólo su instrumento. Éste no puede hacer la obra de Dios a su manera, puesto que cualquier actividad externa es vana a menos que Dios intervenga. Para ser obreros juntamente con Dios, el poder divino debe combinarse con el esfuerzo humano; la capacidad humana debe cooperar con las agencias celestiales puestas a su disposición. El instrumento humano debe orar, investigar las Escrituras y tener fe en ellas; y debe saber que Cristo es la propiciación por sus pecados y por los de todo el mundo (Review and Herald, mayo 6, 1890).

Cuando, como consecuencia de la transgresión, Adán y Eva fueron privados de toda esperanza, y la justicia exigió la muerte del pecador, Cristo se dio a sí mismo como sacrificio por sus pecados. Todos los seres humanos cayeron bajo condenación, pero Cristo se ofreció para ser su sustituto y garantía. Daría su vida por la única oveja perdida que se había extraviado del redil, y que no tenía ninguna esperanza de retornar si no recibía ayuda. "En esto consiste el amor. no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados". "Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros" (1 Juan 4:10; Isaías 53:6). Cada hijo e hija de Dios, si tiene a Cristo en su corazón, actuará como él; pero si no mora en Cristo, tampoco reflejará su carácter. Debemos exaltar a Jesús en nuestras palabras, en nuestras acciones, y en la forma de tratar a los que yerran (Fundamentals of Christian Education, pp. 283, 284).

 

Notas de E. G. White
Lección 11

CONDUCTA CRISTIANA

Miércoles 9 (Audio )

Toda alma que acepta a Jesús como su Salvador personal anhelará el privilegio de servir a Dios, y aprovechará ávidamente la oportunidad de señalar su gratitud dedicando sus capacidades al servicio de Dios. Anhelará manifestar su amor por Jesús y por su posesión comprada. Codiciará el trabajo, las prisiones, el sacrificio. Considerará un privilegio negarse a sí mismo, tomar la cruz, y seguir en las pisadas de Cristo, manifestando así su lealtad y su amor. Sus obras santas y benéficas testificarán de su conversión, y darán al mundo la evidencia de que no es un cristiano espurio, sino fiel y consagrado (Testimonios para los ministros, pp. 400, 401).

La fe genuina se manifestará en buenas obras, pues las buenas obras son frutos de la fe. Cuando Dios actúa en el corazón y el hombre entrega su voluntad a Dios y coopera con Dios, efectúa en la vida lo que Dios realiza mediante el Espíritu Santo y hay armonía entre el propósito del corazón y la práctica de la vida. Debe renunciarse a cada pecado como a lo aborrecible que crucificó al Señor de la vida y de la gloria, y el creyente debe tener una experiencia progresiva al hacer continuamente las obras de Cristo. La bendición de la justificación se retiene mediante la entrega continua de la voluntad y la obediencia continua.
Los que son justificados por la fe deben tener un corazón que se mantenga en la senda del Señor. Una evidencia de que el hombre no está justificador por la fe es que sus obras no correspondan con su profesión. Santiago dice: "¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?" (Santiago 2:22).
La fe que no produce buenas obras no justifica al alma. "Vosotros veis, pues, que el hombre es justificador por las obras, y no solamente por la fe" (Santiago 2:24). "Creyó Abrahán a Dios, y le fue contado por justicia" (Romanos 4:3) (Mensajes selectos, t. 1, pp. 464, 465).

La justicia es la práctica del bien, y es por sus hechos por lo que todos han de ser juzgados. Nuestros caracteres se revelan por lo que hacemos. Las obras muestran si la fe es genuina o no.
No es suficiente que creamos que Jesús no es un impostor, y que la religión de la Biblia no consiste en fábulas arteramente compuestas. Podemos creer que el nombre de Jesús es el único nombre debajo del cielo por el cual el hombre puede ser salvo, y sin embargo, no hacer de él, por la fe, nuestro Salvador personal. No es suficiente creer la teoría de la verdad. No es suficiente profesar fe en cristo y tener nuestros nombres registrados en el libro de la iglesia. "El que guarda sus mandamientos, está en él, y él en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado". "Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos". Esta es la verdadera evidencia de la conversión. No importa cuál sea nuestra profesión de fe, no nos vale de nada a menos que Cristo se revele en obras de justicia (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 254).

La religión de la Biblia es para guiar la conducta de todo aquel que cree sinceramente en Cristo. La Biblia debe guiarnos en nuestros deberes diarios de la vida. Podemos profesar ser seguidores de cristo y, con todo, si no somos hacedores de su Palabra, seremos como la moneda falsa. No tendremos el sonido verdadero. Cada uno de nosotros es un miembro de la familia humana. Debemos amar a Dios y manifestar devoción por él mediante nuestras palabras y acciones. Nos debemos a cada miembro de la familia humana, sea blanco o negro, encumbrado o humilde, y debemos tratarlo con bondad y manifestar interés por su alma. Como miembros de una familia, somos todos hermanos (En lugares celestiales, p. 293).

 

 

Notas de E. G. White
Lección 11
LA VERDAD Y LAS MENTIRAS

Jueves 10 (Audio )

El apóstol Juan escribe: "No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo" (1 Juan 2:21, 22). Están aquellos que dicen tener gran luz; que afirman tener comunicación con los espíritus de los muertos, pero niegan la divinidad de Cristo, y al hacerlo, niegan al padre a quien Cristo representó en la tierra. "Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre" (vers. 23). Son más y más los que niegan al Padre y al Hijo, pero la Biblia los describe claramente como anticristos. Muchos cuyos nombres están registrados en las iglesias y que dicen poseer gran piedad, si Cristo apareciera en medio de ellos lo rechazarían. Incluso hay profesos ministros del evangelio que enseñan herejías, engañan a muchos y llevan a miles por el camino de la apostasía.
Pero el apóstol escribe a los verdaderos seguidores de Cristo, diciéndoles: "Lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna" (1 Juan 2:24, 25). Esta es una preciosa promesa que se cumplirá en todos aquellos que permanecen en la verdad y no permiten ser desviados por las artimañas del engañador. "Os he escrito esto sobre los que os engañan. Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él. Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados. Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él" (1 Juan 2:26-29). Nuestro carácter debe ser modelado por el carácter de Cristo; y así como él vivió una vida de obediencia a los mandamientos de Dios, nos ha dejado el ejemplo para que sigamos sus pisadas. Al contemplar su carácter, seremos transformados a su semejanza. Debemos esperar que Dios revele sus planes para nosotros y entonces obedecer la verdad que nos santificará. Desobedecerle conscientemente, sería estar en el camino hacia la perdición (Signs of the Times, julio 4, 1895).

 

Notas de E. G. White
Lección 11
Los hechos de los apóstoles, pp. 436-442

Viernes 11 (Audio )

DESPUÉS de la ascensión de Cristo, Juan se destaca como fiel y ardoroso obrero del Maestro. Juntamente con los otros discípulos disfrutó del derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y con renovado celo y poder continuó hablando a la gente las palabras de vida, procurando llevar sus pensamientos hacia el Invisible. Era un predicador poderoso, ferviente y profundamente solícito. Con hermoso lenguaje y una voz musical, relataba las palabras y las obras de Cristo; hablaba en una forma que impresionaba los corazones de aquellos que le escuchaban. La sencillez de sus palabras, el poder sublime de la verdad que enunciaba, y el fervor que caracterizaba su enseñanza, le daban acceso a todas las clases sociales.
La vida del apóstol estaba en armonía con su enseñanza. El amor de Cristo que ardía en su corazón, le indujo a realizar una fervorosa e incansable labor en favor de sus semejantes, especialmente por sus hermanos en la iglesia cristiana.
Cristo había mandado a los primeros discípulos que se amasen unos a otros como él los había amado. Así debían testificar al mundo que Cristo, la esperanza de gloria, se había desarrollado en ellos. "Un mandamiento nuevo os doy -había dicho:- Que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros." (Juan 13: 34.) Cuando se dijeron esas palabras, los discípulos no las pudieron entender; pero después de presenciar los sufrimientos de Cristo, después de su crucifixión, resurrección y ascensión al cielo, y después que el Espíritu Santo descendió sobre ellos en Pentecostés, tuvieron un claro concepto del amor de Dios y de la naturaleza 437 del amor que debían tener el uno con el otro. Entonces Juan pudo decir a sus condiscípulos:
"En esto hemos conocido el amor, porque él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos."
Después que descendió el Espíritu Santo, cuando los discípulos salieron a proclamar al Salvador viviente, su único deseo era la salvación de las almas. Se regocijaban en la dulzura de la comunión con los santos. Eran compasivos, considerados, abnegados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio por la causa de la verdad. En su asociación diaria, revelaban el amor que Cristo les había enseñado. Por medio de palabras y hechos desinteresados, se esforzaban por despertar ese sentimiento en otros corazones.
Los creyentes habían de cultivar siempre un amor tal. Tenían que ir adelante en voluntaria obediencia al nuevo mandamiento. Tan estrechamente debían estar unidos con Cristo que pudieran sentirse capacitados para cumplir todos sus requerimientos. Sus vidas magnificarían el poder del Salvador, quien podía justificarlos por su justicia.
Pero gradualmente sobrevino un cambio. Los creyentes comenzaron a buscar defectos en los demás. Espaciándose en las equivocaciones, y dando lugar a una crítica dura, perdieron de vista al Salvador y su amor. Llegaron a ser más estrictos en relación con las ceremonias exteriores, más exactos en la teoría que en la práctica de la fe. En su celo por condenar a otros, pasaban por alto sus propios errores. Perdieron el amor fraternal que Cristo les había encomendado, y lo más triste de todo, era que no se daban cuenta de su pérdida. No comprendían que la alegría y el regocijo se retiraban de sus vidas, y que, habiendo excluido el amor de Dios de sus corazones, pronto caminarían en tinieblas.
Comprendiendo Juan que el amor fraternal iba mermando en la iglesia, se esforzaba por convencer a los creyentes de la necesidad constante de ese amor. Sus cartas a las iglesias están 438 llenas de este pensamiento. "Carísimos, amémonos unos a otros -escribe;- porque el amor es de Dios. Cualquiera que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos ha amado, debemos también nosotros amarnos unos a otros."
Tocante al sentido especial en que ese amor debería manifestarse por los creyentes, el apóstol dice: "Os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros; porque las tinieblas son pasadas, y la verdadera luz ya alumbra. El que dice que está en luz, y aborrece a su hermano, el tal aun está en tinieblas todavía. El que ama a su hermano, está en luz, y no hay tropiezo en él. Mas el que aborrece a su hermano, está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a donde va; porque las tinieblas le han cegado los ojos." "Porque éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros." "El que no ama a su hermano, está en muerte. Cualquiera que aborrece a su hermano, es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permaneciente en sí. En esto hemos conocido el amor, porque él puso su vida por nosotros: también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos."
El mayor peligro de la iglesia de Cristo no es la oposición del mundo. Es el mal acariciado en los corazones de los creyentes lo que produce el más grave desastre, y lo que, seguramente, más retardará el progreso de la causa de Dios. No hay forma más segura para destruir la espiritualidad que abrigar envidia, sospecha, crítica o malicia. Por otro lado, el testimonio más fuerte de que Dios ha enviado a su Hijo al mundo, es la armonía y unión entre hombres de distintos caracteres que forman su iglesia. El privilegio de los seguidores de Cristo es 439 dar ese testimonio. Pero para poder hacerlo, deben colocarse bajo las órdenes de Cristo. Sus caracteres deben conformarse a su carácter, y sus voluntades a la suya.
"Un mandamiento nuevo os doy -dijo Cristo:- Que os améis unos a otros: como os he amado, que también os améis los unos a los otros." (Juan 13: 34.) ¡Qué maravillosa declaración! Pero, ¡cuán poco se la practica! Hoy día en la iglesia de Dios, el amor fraternal falta, desgraciadamente. Muchos que profesan amar al Salvador, no se aman unos a otros. Los incrédulos observan para ver si la fe de los profesos cristianos ejerce una influencia santificadora sobre sus vidas; y son prestos para discernir los defectos del carácter y las acciones inconsecuentes. No permitan los cristianos que le sea posible al enemigo señalarlos diciendo: Mirad cómo esas personas, que se hallan bajo la bandera de Cristo, se odian unas a otras. Todos los cristianos son miembros de una familia, hijos del mismo Padre celestial, con la misma esperanza bienaventurada de la inmortalidad. Muy estrecho y tierno debe ser el vínculo que los une.
El amor divino dirige sus más conmovedores llamamientos al corazón cuando nos pide que manifestemos la misma tierna compasión que Cristo mostró. Solamente el hombre que tiene un amor desinteresado por su hermano, ama verdaderamente a Dios. El verdadero cristiano no permitirá voluntariamente que un alma en peligro y necesidad camine desprevenida y desamparada. No podrá mantenerse apartado del que yerra, dejando que se hunda en la tristeza y desánimo, o que caiga en el campo de batalla de Satanás.
Los que nunca experimentaron el tierno y persuasivo amor de Cristo, no pueden guiar a otros a la fuente de la vida. Su amor en el corazón es un poder competente, que induce a los hombres a revelarlo en su conversación, por un espíritu tierno y compasivo, y en la elevación de las vidas de aquellos con quienes se asocian. Los obreros cristianos que tienen éxito en sus esfuerzos deben conocer a Cristo, y a fin de conocerle, 440 deben conocer su amor. En el cielo se mide su idoneidad como obreros por su capacidad de amar como Cristo amó y trabajar como él trabajó.
"No amemos de palabra," escribe el apóstol, "sino de obra y en verdad." La perfección del carácter cristiano se obtiene cuando el impulso de ayudar y beneficiar a otros brota constantemente de su interior. Cuando una atmósfera de tal amor rodea el alma del creyente, produce un sabor de vida para vida, y permite que Dios bendiga su trabajo.
Un amor supremo hacia Dios y un amor abnegado hacia nuestros semejantes, es el mejor don que nuestro Padre celestial puede conferirnos. Tal amor no es un impulso, sino un principio divino, un poder permanente. El corazón que no ha sido santificado no puede originarlo ni producirlo. Únicamente se encuentra en el corazón en el cual reina Cristo. "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero." En el corazón que ha sido renovado por la gracia divina, el amor es el principio dominante de acción. Modifica el carácter, gobierna los impulsos, controla las pasiones, y ennoblece los afectos. Ese amor, cuando uno lo alberga en el alma, endulza la vida, y esparce una influencia ennoblecedora en su derredor.
Juan se esforzó por hacer comprender a los creyentes los eminentes privilegios que podían obtener por el ejercicio del espíritu de amor. Cuando ese poder redentor llenara el corazón, dirigiría cualquier otro impulso y colocaría a sus poseedores por encima de las influencias corruptoras del mundo. Y a medida que este amor llegara a dominar completamente y a ser la fuerza motriz de la vida, su fe y confianza en Dios y en el trato del Padre para con ellos serían completas. Podrían llegar a él con plena certidumbre y fe, sabiendo que el Señor supliría cada necesidad para su bienestar presente y eterno. "En esto es perfecto el amor con nosotros -escribió,- para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En amor no hay temor; mas el perfecto 441 amor echa fuera el temor." "Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si demandaremos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye,. . . sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéramos demandado."
"Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo." "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados y nos limpie de toda maldad." Las condiciones para obtener la misericordia de Dios son sencillas y razonables. El Señor no requiere que hagamos algo doloroso a fin de obtener el perdón. No necesitamos hacer largas y cansadoras peregrinaciones o ejecutar penitencias penosas para encomendar nuestras almas a él o para expiar nuestra transgresión. El que "confiesa y se aparta" de su pecado "alcanzará misericordia." (Prov. 28: 13.)
En los atrios celestiales, Cristo intercede por su iglesia, intercede por aquellos para quienes pagó el precio de la redención con su sangre. Los siglos de los siglos no podrán menoscabar la eficiencia de su sacrificio expiatorio. Ni la vida ni la muerte, ni lo alto ni lo bajo, pueden separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús; no porque nosotros nos asimos de él tan firmemente, sino porque él nos sostiene con seguridad. Si nuestra salvación dependiera de nuestros propios esfuerzos, no podríamos ser salvos; pero ella depende de Uno que endosa todas las promesas. Nuestro asimiento de él puede parecer débil, pero su amor es como el de un hermano mayor; mientras mantengamos nuestra unión con él, nadie podrá arrancarnos de su mano.