1 LO QUE era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida
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HIJITOS míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiera pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.
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4 Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. |
EL ANCIANO a la señora elegida y a sus hijos, a quienes yo amo en la verdad; y no sólo yo, sino también todos los que han conocido la verdad,
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13 Yo tenía muchas cosas que escribirte pero no quiero escribírtelas con tinta y pluma,
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Notas de Elena G. de White
Caminar la vida Cristian
Lección 9
Para el 30 de mayo de 2009
En la tierra renovada los redimidos se dedicarán a las ocupaciones que brindaban felicidad a Adán y Eva en el principio. se vivirá la vida del Edén en los huertos y el campo. "Edificarán casas, y morarán en ellas; y plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas"...
Allí se desarrollarán todas las facultades y se morarán todos los talentos. Se llevarán a cabo las empresas más formidables, se satisfarán las aspiraciones más elevadas, y se lograrán las ambiciones más nobles. Surgirán nuevas alturas que escalar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos motivos de estudio que exigirán el concurso de las facultades de la mente y el espíritu.
Ciertamente hay y habrá ocupaciones en el cielo. Toda la familia de los redimidos no vivirá en un estado ociosidad y ensueño. Allí descansará el pueblo de Dios. Las actividades no serán cansadoras ni penosas en el cielo: serán un descanso. Toda la familia de los redimidos se deleitará en servir al que es Dueño suyo por creación y redención.
Para los trabajados y cargados, para los que lucharon la batalla de la fe será un incomparable descanso; porque poseerán el vigor y la juventud de la inmortalidad, y no tendrán que contender nunca más con el pecado y Satanás (Meditaciones matinales 1952, p. 369).
¿CUÁNDO LLEGAMOS AL CIELO?
"Porque los que viven saben que han de morir, mas los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor, y su odio y su envidia, feneció ya; ni tiene ya más parte en el siglo, en todo lo que se hace debajo del sol" (Eclesiastés 9:5, 6).
La teoría de la inmortalidad del alma fue una de aquellas falsas doctrinas que Roma tomara del paganismo para incorporarla en el cristianismo...
Según la creencia popular, los redimidos en el cielo están al cabo de todo lo que pasa en la tierra, y especialmente de lo que les pasa a los amigos que han dejado tras sí. ¿Pero cómo podría ser fuente de dicha para los muertos el tener conocimiento de las aflicciones y congojas de los vivos, el ver los pecados cometidos por aquellos a quienes aman y verlos sufrir todas las penas, desengaños y angustias de la vida?... ¡Y qué repulsiva la creencia de que apenas exhalado el último suspiro, el alma del impenitente es arrojada a las llamas del infierno! ¡En qué abismos de dolor no deben sumirse lo que ven a sus amigos bajar a la tumba sin preparación para entrar en una eternidad de pecado y de dolor! Muchos han sido arrastrados a la locura por este horrible pensamiento que los atormenta (La fe por la cual vivo, p. 177).
En ningún pasaje de las Santas Escrituras se encuentra declaración alguna de que los justos reciban su recompensa y los malos su castigo en el momento de la muerte. Los patriarcas y los profetas no dieron tal seguridad. Cristo y sus apóstoles no la mencionaron siquiera. La Biblia enseña a las claras que los muertos no van inmediatamente al cielo. Se les representa como si estuvieran durmiendo hasta el día de la resurrección. (1 Tesalonicenses 4:14; Job 14:10-12). El día mismo en que se corta el cordón de plata y se quiebra el tazón de oro (Eclesiastés 12:6), perecen los pensamientos de los hombres. Los que bajan a la tumba permanecen en el silencio. Nada saben de lo que se hace bajo el sol (Job 14:21). ¡Descanso bendito para los exhaustos justos! Largo o corto, el tiempo no les parecerá más que un momento. Duermen hasta que la trompeta de Dios los despierte para entrar en una gloriosa inmortalidad. "Porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles... Porque es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorrupción, y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorrupción, y este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces será verificado el dicho que está escrito: ¡Tragada ha sido la muerte victoriosamente!" (1 Corintios 15:52-54, V.M.). En el momento en que sean despertados de su profundo sueño, reanudarán el curso de sus pensamientos interrumpidos por la muerte. La última sensación fue la angustia de la muerte. El último pensamiento era el de que caían bajo el poder del sepulcro. Cuando se levanten de la tumba, su primer alegre pensamiento se expresará en el hermoso grito de triunfo: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde está, oh sepulcro, tu victoria?" (Vers. 55) (El conflicto de los siglos, pp. 605, 606).
¿CIELO O INFIERNO?
El temor de hacer aparecer la futura herencia de los santos demasiado material ha inducido a muchos a espiritualizar precisamente aquellas verdades que nos hacen considerar la tierra como nuestra morada. Cristo aseguró a sus discípulos que iba a preparar mansiones para ellos en la casa de su Padre. Los que aceptan las enseñanzas de la Palabra de Dios no ignorarán por completo lo que se refiere a la patria celestial...
En la Biblia se llama a la herencia de los bienaventurados una patria. Allí conduce el divino Pastor a su rebaño a los manantiales de aguas vivas. El árbol de la vida da su fruto cada mes, y las hojas del árbol son para el servicio de las naciones. Allí hay corrientes que manan eternamente, claras como el cristal, y al lado de las cuales árboles se mecen echando sombra sobre los senderos preparados para los redimidos del Señor. Allí las vastas llanuras alternan con bellísimas colinas y las montañas de Dios elevan sus majestuosos picos. En aquellas pacíficas llanuras, al borde de aquellas corrientes vivas, es donde el pueblo de Dios que por tanto tiempo anduvo peregrino y errante, encontrará un hogar (La fe por la cual vivo, p. 370).
Satanás ha atribuido a Dios todos los males que ha heredado la carne. Lo ha presentado como un Dios vengativo e implacable, que se deleita en los sufrimientos de sus criaturas. Satanás fue quien originó la doctrina de los tormentos eternos como castigo para el pecado, porque de esta manera podía llevar a los hombres a la incredulidad y la rebelión, enajenar las almas y destronar la razón humana (Consejos para los maestros, padres y alumnos, p. 28).
Después de la caída, Satanás ordenó a sus ángeles que hicieran un esfuerzo especial para inculcar la creencia de la inmortalidad natural del hombre; y después de haber inducido a la gente a aceptar este error, debían llevarla a la conclusión de que el pecador vivirían en penas eternas. Ahora el príncipe de las tinieblas, obrando por conducto de sus agentes, representa a Dios como un tirano vengativo, y declara que arroja al infierno a todos aquellos que no le agradan, que les hace sentir eternamente los efectos de su ira, y que mientras ellos sufren tormentos indecibles y se retuercen en las llamas eternas, su Creador los mira satisfecho.
Así como el gran enemigo reviste con sus propios atributos al Creador y Bienhechor de la humanidad. la crueldad es satánica. Dios es amor, y todo lo que él creó era puro, santo, y amable, hasta que el pecado fue introducido por el primer gran rebelde. Satanás mismo es el enemigo que tienta al hombre y lo destruye luego si puede; y cuando se ha adueñado de su víctima se alaba de la ruina que ha causado. Si ellos le fuese permitido prendería a toda la raza humana en sus redes. Si no fuese por la intervención del poder divino, ni hijo ni hija de Adán escaparían.
Hoy día Satanás está tratando de vencer a los hombres, como venció a nuestros primeros padres, debilitando su confianza en el Creador e induciéndoles a dudar de la sabiduría de su gobierno y de la justicia de sus leyes. Satanás y sus emisarios representan a Dios como peor que ellos, para justificar su propia perversidad y su rebeldía. El gran seductor se esfuerza en atribuir su propia crueldad a nuestro Padre celestial, a fin de darse por muy perjudicado con su expulsión del cielo por no haber querido someterse a un soberano tan injusto. Presenta al mundo la libertad de que gozaría bajo su dulce cetro, en contraposición con la esclavitud impuesta por los severos decretos de Jehová. Es así como logra sustraer a las almas de la sumisión a Dios (El conflicto de los siglos, pp. 589, 590).
EL REINO - AHORA Y ENTONCES
La ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone ningún remedio.
Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo que le toca al transgresor. Sólo el evangelio de Cristo puede librarle de la condenación o de la mancha del pecado. Debe arrepentirse ante Dios cuya ley transgredió, y tener fe en Cristo y en su sacrificio expiatorio. Así obtiene "remisión de lso pecados cometidos anteriormente", y se hace partícipe de la naturaleza divina. Es un hijo de Dios, pues ha recibido el espíritu de adopción, por el cual exclama: "¡Abba, Padre!" ¿Está entonces libre para violar la ley de Dios? El apóstol Pablo dice. "¿Abrogamos pues la ley por medio de la fe? ¡No por cierto! antes bien, hacemos estable la ley". "Nosotros que morimos al pecado, ¿cómo podremos vivir ya en él?" Y San Juan dice también. "Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos". (Romanos 3:31; 6:2; 1 Juan 5:3, V.M.). En el nuevo nacimiento el corazón viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con su ley. Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad, de la transgresión y rebelión a la obediencia y a la lealtad. Terminó su antigua vida de separación con Dios; y comenzó la nueva vida de reconciliación, fe y amor. Entonces "la justicia que requiere la ley" se cumplirá "en nosotros, los que no andamos según la carne, sino según el espíritu" (Romanos 8:4, V.M.). Y el lenguaje del alma será: "¡Cuánto amo yo tu ley! todo el día es ella mi meditación" (Salmo 119:97) (El conflicto de los siglos, pp. 521, 522).
Cristo ofrece a todos una salvación plena y armoniosa; una salvación que ofrece perdón al transgresor de la ley divina y una justicia que pasa la prueba del Omnisciente. También le ofrece la victoria sobre el enemigo y una recompensa eterna. La plenitud que ofrece la salvación es lo que la hace grande. El ser humano, con percepción finita, no puede medirla; sin embargo puede contemplarla o estudiarla hasta llegar a ser uno con el Infinito; ha pasado de muerte a vida... ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? (Hebreos 2:3) (Review and Herald, julio 19, 1887).
El Príncipe del cielo ha ubicado al hombre en un puesto exaltado.
Se ha apreciado su vida con el costo de la cruz del Calvario... Desde las profundidades de la degradación del pecado, podemos ser exaltados hasta llegar a ser herederos con Cristo, hijos de Dios.
Cuando Cristo se arrodilló en las riberas del Jordán después de su bautismo, los cielos se abrieron, y el Espíritu descendió en forma de paloma, y como oro bruñido lo circundó con su gloria; y se oyó la voz de Dios que debía desde el cielo: "Este es mi hijo amado, en el cual tengo contentamiento" (S. Mateo 3:17). La oración de Cristo en favor del hombre abrió los portales del cielo, y el Padre respondió, aceptando la petición elevada en beneficio de la raza caída. Jesús oró como sustituto y garantía nuestros, y ahora la raza humana tiene acceso al Padre por los méritos de su amado Hijo... Jesús es el "camino, la verdad y la vida" (S. Juan 14:6). Las puertas de los cielos han quedado abiertas de par en par, y el resplandor del trono de Dios irradia hasta los corazones de los hombres que lo aman, aun cuando éstos moren en la tierra maldecida por el pecado.
Las palabras dichas a Jesús a orillas del Jordán... Abarcan a toda la humanidad. Dios habló a Jesús como nuestro representante. No obstante todos nuestros pecados y debilidades, no somos desechados como inútiles... La gloria que descansó sobre Jesús es una prenda del amor de Dios hacia nosotros. Nos habla del poder de la oración, de cómo la voz humana puede llegar al oído de Dios, y ser aceptadas nuestras peticiones en los atrios celestiales. Por el pecado la tierra quedó separada del cielo y enajenada de su comunión; pero Jesús la ha relacionado otra vez con la esfera de gloria. Su amor rodeó al hombre, y alcanzó el cielo mas elevado. la luz que cayó por los portales abiertos sobre la cabeza de nuestro Salvador, caerá sobre nosotros mientras oremos para pedir ayuda con que resistir la tentación. La voz que habló a Jesús dice a toda alma creyente: "Este es mi hijo amado, en el cual tengo contentamiento" (La maravillosa gracia de Dios, p. 83).
MAS ALLÁ DE NUESTRAS MAYORES EXPECTATIVAS
Nuestra identidad personal quedará conservada en la resurrección, aunque no sean las mismas partículas de materia ni la misma sustancia material que fue a la tumba. Las maravillosas obras de Dios son un misterio para el hombre. El espíritu, el carácter del hombre, vuelve a Dios, para ser preservado allí. En la resurrección cada hombre tendrá su propio carácter. A su debido tiempo Dios llamará a los muertos dándoles de nuevo el aliento de vida y ordenando a los huesos secos que vivan. Saldrá la misma forma, pero estará liberada de enfermedades y de todo defecto. Vive otra vez con los mismos rasgos individuales, de modo que el amigo reconocerá al amigo. No hay una ley de Dios en la naturaleza que muestre que Dios devolverá las mismas idénticas partículas de materia que componían el cuerpo antes de la muerte. Dios dará a los justos muertos un cuerpo que será del agrado de él.
Pablo ilustra este tema con la semilla de cereal que se siembra en el campo. La semilla plantada se destruye, pero surge una nueva semilla. La sustancia natural del grano que se destruye nunca surge como antes, pero Dios le da un cuerpo como a él le place. Un material mucho mejor compondrá el cuerpo humano, pues es una nueva creación, un nuevo nacimiento. Se siembra un cuerpo natural, se levanta un cuerpo espiritual (Comentario bíblico adventista, t. 6, pp. 1092, 1093).
El mar divide a los amigos; es una barrera entre nosotros y aquellos a los cuales amamos. Nuestras relaciones son interrumpidas por el ancho e insondable océano. En la tierra nueva no habrá mar ni lugar por donde "andará galera de remos". En lo pasado muchos que han amado y servido a Dios estuvieron atados a sus asientos en las galeras, obligados a servir a los propósitos de hombres crueles y despiadados. El Señor contempló su sufrimiento con simpatía y compasión. Gracias a Dios, en la tierra renovada no habrá torrentes impetuosos, ni profundos océanos, ni murmurantes olas que se mueven sin cesar (Comentario bíblico adventista, t. 7, pp. 998, 999).
No puede haber dolor en la atmósfera del cielo. En el hogar de los redimidos no habrá lágrimas, ni cortejos fúnebres, ni indicios de luto. "No dirá el morador. Estoy enfermo; el pueblo que morare en ella será "absuelto de pecado" (Isaías 33:24). Nos invadirá una grandiosa ola de felicidad que irá ahondándose a medida que transcurra la eternidad (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 228).
Vamos hacia la patria. El que nos amó al punto de morir por nosotros, nos ha edificado una ciudad. Las Nueva Jerusalén es nuestro lugar de descanso. No habrá tristeza en la ciudad de Dios. Nunca más se oirá el llanto ni la endecha de las esperanzas destrozadas y de los afectos tronchados. Pronto las vestiduras de pesar se trocarán por el manto de bodas. Pronto presenciaremos la coronación de nuestro Rey. Aquellos cuya vida quedó escondida con Cristo, aquellos que en esta tierra pelearon la buena batalla de la fe, resplandecerán con la gloria del Redentor en el reino de Dios (¡Maranata. El Señor viene!, p. 350).
ENCONTRAR AL SEÑOR EN EL AIRE
Por cierto que tiene que mirar a Jesús, manteniendo su vista fija en la gloria que está en la parte superior de la escalera. Sólo por medio de Cristo podrá estar seguro del cielo, donde todo es pureza, santidad, paz y bendición; donde hay cosas sublimes que los labios mortales no alcanzas a describir. Lo más que nos podemos aproximar a una descripción del premio que espera a los vencedores es decir que es un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. Será una eternidad de felicidad, una eternidad bendecida que va desplegando nuevas maravillas conforme van corriendo los siglos sin fin (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 143).
Todas las clases, todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas estarán ante el trono de Dios y del Cordero con sus vestidos inmaculados y sus coronas adornadas con piedras preciosas. Dijo el ángel: Estos son los que han venido de la grande tribulación, y han lavado sus ropas y las han emblanquecido, mientras los amadores de los placeres más que de Dios, los sensuales y desobedientes han perdido ambos mundos. No tienen las cosas de esta vida ni la vida inmortal.
Aquella multitud triunfante, con cantos de victoria, coronas y arpas, ha pasado por el horno ígneo de la aflicción terrena cuando aquél estaba caldeado y ardía intensamente. Vienen de la miseria, del hambre y la tortura, de la abnegación profunda y los amargos desengaños. Miradlos ahora como vencedores, no ya pobres, ni apenados, ni afligidos y odiados de todos por causa de Cristo. Contemplad sus atavíos celestiales, blancos y resplandecientes, más preciosos que cualquier vestido real. Mirad por fe sus coronas adornadas con piedras preciosas; nunca una diadema semejante engalanó la frente de ningún monarca terreno.
Escuchad sus voces cuando cantan potentes hosannas mientras agitan las palmas de la victoria. Una música hermosa llena el cielo cuando sus voces entonan estas palabras. "Digno, digno es el Cordero que fue inmolado y resucitó para siempre. Salvación a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero". Y la hueste angélica, ángeles y arcángeles, querubines cubridores y gloriosos serafines repiten el estribillo de aquel canto gozoso y triunfal diciendo: "Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 7:12) (En los lugares celestial, p. 371).
Pensemos en los placeres que esperan a los fieles. Cuando esta peregrinación terrenal termine, tendremos la continua presencia del Salvador con nosotros. Él nos llevará a contemplar las hermosas escenas de la tierra renovada; nos hablará de los asuntos más preciosos y nos enseñará más plenamente sus caminos. La educación que recibimos en esta vida en las cosas de Dios, no terminará aquí sino que podremos llevarla a la vida futura, donde Cristo, como nuestro Maestro, continuará educándonos por las edades eternas. Nuestro amor por él se ampliará y se profundizará al comprender más plenamente el sacrificio mediante el cual nos ha comprado (The Youth's Instructor, abril 28, 1908).
Viernes 15 de mayo
La historia de la redención, pp. 438-453.
64. LA SEGUNDA RESURRECCIÓN
ENTONCES Jesús, acompañado de su comitiva de ángeles y de los santos redimidos, salió de la ciudad. Los ángeles rodearon a su Comandante y lo escoltaron durante el viaje, y el cortejo de los rescatados los seguía. Después, con terrible y pavorosa majestad, el Señor llamó a los impíos muertos, que resucitaron con los mismos cuerpos débiles y enfermizos con que habían descendido al sepulcro. ¡Qué espectáculo! ¡Qué escena! En la primera resurrección todos surgieron revestidos de inmortal lozanía, pero en la segunda se veían en todos los estigmas de la maldición. Los reyes y los nobles de la tierra, los ruines y los miserables, los eruditos y los ignorantes, todos resucitaron juntos. Todos contemplaron al Hijo del hombre; y los mismos que lo despreciaron y escarnecieron, los que riñeron con corona de espinas su santa frente y lo golpearon con la caña, lo vieron entonces revestido de toda su regia majestad. Los que le escupieron el rostro en ocasión de su juicio rehuyeron entonces su penetrante mirada y el resplandor de su semblante. Los que traspasaron con clavos sus manos y sus pies vieron en ese momento las marcas de la crucifixión. Los que introdujeron la lanza en su costado vieron en su cuerpo la señal de su crueldad. Y sabían que era el mismo a quien ellos crucificaron y escarnecieron durante su agonía. Se escuchó entonces un prolongado 439 gemido de angustia, cuando huyeron a esconderse de la presencia del Rey de reyes y Señor de señores.
Todos trataron de ocultarse tras las rocas o escudarse de la terrible gloria de Aquel a quien una vez despreciaron. Y abrumados y afligidos por su majestad y su excelsa gloria, alzaron unánimemente la voz y exclamaron con terrible claridad: "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!"
Después Jesús y los santos ángeles, acompañados por todos los santos, regresaron a la ciudad mientras los amargos lamentos y el llanto de los impíos condenados saturaba el aire. Vi que Satanás reanudaba entonces su obra. Recorrió las filas de sus súbditos y fortaleció a los débiles diciéndoles que él y sus ángeles eran poderosos. Señaló los incontables millones que habían resucitado. Había entre ellos poderosos militares y reyes expertos en el arte de la guerra, que habían conquistado reinos. Había también gigantes fornidos y hombres valientes que nunca habían perdido una batalla. Allí estaba el soberbio y ambicioso Napoleón, cuya presencia había hecho temblar reinos. Allí había hombres de destacada estatura y digno porte que murieron en medio de la batalla sedientos de conquistas.
Al salir de la tumba reanudaron el curso de sus pensamientos donde lo había interrumpido la muerte. Conservaban el mismo afán de vencer que los había dominado cuando cayeron. Satanás consultó a sus ángeles, y después con esos reyes, conquistadores y hombres poderosos. Entonces contempló ese vasto ejército, y les dijo que los habitantes de la ciudad eran pocos y débiles, por lo que podían subir contra ella y tomarla, arrojar a sus habitantes y adueñarse de sus riquezas y su gloria. 440
Satanás logró engañarles, e inmediatamente todos se dispusieron para la batalla. En aquel vasto ejército había muchos hombres hábiles que construyeron toda clase de pertrechos de guerra. Entonces, con Satanás a la cabeza, la multitud se puso en marcha. Reyes y guerreros iban muy cerca de Satanás, y la multitud seguía formando grupos. Cada grupo tenía su jefe, y marchaba en orden sobre la fragmentada superficie de la tierra en dirección a la Santa Ciudad. Jesús cerró las puertas y el vasto ejército la rodeó y se dispuso para la batalla a la espera del fiero conflicto. 441
DE NUEVO apareció Cristo a la vista de sus enemigos. Por encima de la ciudad, sobre fundamentos de oro bruñido, había un trono alto y sublime. Sobre ese trono se sentó el Hijo de Dios, y a su alrededor estaban los súbditos de su reino. No hay lengua ni pluma que puedan describir el poder y la majestad de Cristo. La gloria del Padre eterno envolvía a su Hijo. El resplandor de su presencia invadía la ciudad de Dios y trasponía sus puertas, inundando toda la tierra con sus rayos.
Junto al trono estaban los que antes habían sido celosos promotores de la causa de Satanás pero que, rescatados como tizones arrebatados del incendio, habían seguido al Salvador con profunda e intensa devoción. Detrás estaban los que perfeccionaron caracteres cristianos en medio de la falsedad y la infidelidad, los que honraron la ley de Dios cuando el mundo cristiano la declaró nula, y los millones de todas las épocas que cayeron como mártires por causa de su fe. Y más atrás aún estaba la "gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas... estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos" (Apoc. 7: 9). Su lucha había concluido, su victoria ya había sido lograda. Habían corrido la carrera y habían alcanzado el premio. La palma que 442 tenían en la mano era el símbolo de su triunfo, la vestidura blanca era un emblema de la justicia inmaculada de Cristo, que entonces les pertenecía.
Los redimidos elevaron un himno de alabanza que sonó y resonó por la bóveda celeste: "La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero". Los ángeles y los serafines unieron sus voces en adoración. Puesto que los redimidos habían experimentado el poder y la maldad de Satanás, se dieron cuenta, como nunca antes, que sólo el poder de Cristo podía darles la victoria. En toda esa resplandeciente multitud nadie se adjudicó la salvación a sí mismo, ni creyó que había triunfado gracias a su propio poder y su voluntad. Nada dijeron con respecto a lo que hicieron o sufrieron; por el contrario, el tema de cada cántico, la nota tónica de cada himno era: "La salvación pertenece a nuestro Dios... y al Cordero" (Apoc. 7: 10).
Ante la presencia de los habitantes del cielo y la tierra reunidos, se llevó a cabo finalmente la coronación del Hijo de Dios. Y entonces, investido de majestad y poder supremos, el Rey de reyes pronunció su sentencia sobre los que se rebelaron contra su gobierno, y la ejecutó contra los que transgredieron su ley y oprimieron a su pueblo. El profeta de Dios dice: "Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras" (Apoc. 20: 11, 12).
Tan pronto como los libros fueron abiertos, y los ojos de Jesús contemplaron a los impíos, éstos fueron 443 conscientes de cada pecado que alguna vez cometieron. Vieron con exactitud dónde se apartaron sus pies del camino de la pureza y la santidad, y cuán lejos los llevaron el orgullo y la rebelión en la violación de la ley de Dios. Las seductoras tentaciones que ellos alentaron por su complacencia con el pecado, las bendiciones pervertidas, las ondas de gracia rechazadas por el corazón obstinado e impenitente, todo apareció como si estuviera escrito con letras de fuego.
Panorama del gran conflicto
Sobre el trono apareció la cruz; y como en una escena panorámica aparecieron también las escenas de la tentación y la caída de Adán, y los pasos sucesivos del gran plan de redención. El humilde nacimiento del Salvador; sus primeros años señalados por la sencillez y la obediencia; su bautismo en el Jordán; el ayuno y las tentaciones en el desierto; su ministerio público, mediante el cual presentó a la humanidad preciosas bendiciones celestiales; los días repletos, de actos de amor y misericordia; las noches de oración y vigilia en la soledad de las montañas; las maquinaciones de la envidia, el odio y la maldad con que se pagaron sus beneficios; la horrenda y misteriosa agonía del Getsemaní, bajo el peso aplastante de los pecados de todo el mundo; su traición a manos de la turba asesina; los temibles acontecimientos de aquella noche de horror: el pacífico Prisionero, abandonado hasta por sus más amados discípulos, arrastrado violentamente por las calles de Jerusalén; el Hijo de Dios presentado con voces de júbilo ante Anás, llevado al palacio del sumo sacerdote, ante el tribunal de Pilato, frente al cobarde y cruel Herodes, escarnecido, 444 insultado, torturado y condenado a muerte todo eso apareció con nitidez.
Y entonces, delante de la agitada multitud aparecieron las escenas finales: la paciente Víctima que recorre el camino del Calvario; el Príncipe del cielo colgado de la cruz; los altivos sacerdotes y la plebe bullanguera que se burla de su agonía mortal; las tinieblas sobrenaturales; la tierra que tiembla, las rocas que se parten, las tumbas abiertas que señalan el momento cuando el Redentor del mundo entregó su vida.
El terrible espectáculo apareció exactamente como fue. Satanás, sus ángeles y sus súbditos no pudieron apartarse de la descripción de su propia obra Cada actor recordó la parte que desempeñó. Herodes, que mató a los niños inocentes de Belén para destruir al Rey de Israel; la vil Herodías, sobre cuya alma culpable reposa la sangre de Juan el Bautista; el débil Pilato, siervo de las circunstancias; los soldados burlones; los sacerdotes y gobernantes y la multitud furiosa que clamaba: "¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" Todos consideraron la enormidad de su crimen. En vano trataron de ocultarse de la divina majestad de su rostro, más resplandeciente que el sol, mientras los redimidos depositaban sus coronas a los pies del Salvador exclamando: "¡El murió por mí!"
Entre la multitud de rescatados se encontraban los apóstoles de Cristo, el heroico Pablo, el ardoroso Pedro, el amado y amante Juan y sus fieles hermanos, y con ellos el vasto ejército de los mártires; mientras fuera de los muros, con todo lo que es vil abominable, estaban los que los persiguieron, encarcelaron y dieron muerte. Allí estaba Nerón, ese monstruo de crueldad y vicio, considerando la alegría y la exaltación de los que torturó, y en cuyas terribles aflicciones 445 encontró deleite satánico. Su madre también estaba allí para verificar el resultado de su propia obra; para ver cómo los malos rasgos de carácter transmitidos a su hijo, las pasiones alentadas y desarrolladas por su influencia y ejemplo, dieron como fruto una cantidad de crímenes que hicieron estremecer al mundo.
Había sacerdotes y prelados, que pretendieron ser embajadores de Cristo, y que emplearon la tortura, la mazmorra y la hoguera para dominar la conciencia del pueblo de Dios. Estaban los orgullosos pontífices que se exaltaron por sobre Dios y pretendieron cambiar la ley del Altísimo. Esos pretendidos padres de la iglesia tenían una cuenta que dar ante Dios de la cual de buena gana habrían querido librarse. Demasiado tarde se dieron cuenta que el Omnisapiente es celoso de su ley, y que de ninguna manera justificará al culpable. Entonces entendieron que para Cristo los intereses de su pueblo sufriente son suyos; y experimentaron la fuerza de sus palabras: "En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mat. 25: 40).
Ante el tribunal
Todo el mundo impío compareció ante el tribunal de Dios, acusado de alta traición contra el gobierno del Cielo. No tenían quien defendiera su causa; estaban sin excusa; y la sentencia de muerte eterna se pronunció contra ellos.
Entonces fue evidente para todos que la paga del pecado no es noble independencia y vida eterna, sino esclavitud, ruina y muerte. Los impíos vieron lo que perdieron por causa de su vida rebelde. Despreciaron el más excelente y eterno peso de gloria 446 cuando éste les fue ofrecido; pero cuán deseable les parecía entonces. "Todo esto -clamaba el alma perdida- habría sido mío, pero decidí poner lejos de mí todas estas cosas. ¡Oh, qué extraña infatuación! He entregado la paz, la felicidad y el amor a cambio de la miseria, la infamia y la desesperación". Todos se dieron cuenta de que su exclusión del cielo era justa. Mediante sus vidas manifestaron que no querían que Jesús reinara sobre ellos.
Como en trance, los impíos fueron testigos de la coronación del Hijo de Dios. Vieron en sus manos las tablas de la ley divina, los estatutos que despreciaron y transgredieron. Fueron testigos de las explosiones de admiración, éxtasis y adoración de los salvados, y cuando la onda melodiosa se propagó hasta la multitud que estaba fuera de la ciudad, todos exclamaron a una voz: "Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los Tantos" (Apoc. 15: 13), y cayeron postrados para adorar al Príncipe de la vida. 447
66. LA SEGUNDA MUERTE
SATANÁS causaba la impresión de estar paralizado al contemplar la gloria y la majestad de Cristo. Quien fue una vez un querubín cubridor recordaba de dónde había caído. Era un serafín resplandeciente, "hijo de la mañana" ¡Cómo cambió! ¡Cuánto se degradó!
Se dio cuenta de que su rebelión voluntaria lo había inhabilitado para el cielo. Adiestró sus facultades para guerrear contra Dios; la pureza, la paz y la armonía del cielo serían para él supremas torturas. Sus acusaciones contra la misericordia y la justicia de Dios habían sido silenciadas. El vituperio que se esforzó por lanzar contra Jesús recayó plenamente sobre él. Y entonces se inclinó y reconoció que su sentencia era justa.
Quedó aclarada toda duda relativa a la verdad y error en el largo conflicto. La justicia de Dios el quedó plenamente vindicada. Ante todo el mundo se presentó claramente el gran sacrificio hecho por el Padre y el Hijo en favor del hombre. Llegó el momento cuando Cristo ocupó el lugar que le correspondía y se le glorificó por encima de los principados y las potestades, y sobre todo nombre que se nombra.
A pesar de que Satanás se había visto obligado a reconocer la justicia de Dios y a inclinarse ante la supremacía de Cristo, su carácter no cambió. El 448 espíritu de rebelión, como un torrente poderoso nuevamente explotó. Lleno de frenesí se decidió a no capitular en el gran conflicto. Había llegado el momento de lanzar un último y desesperado ataque contra el Rey del cielo. Se lanzó en medio de sus súbditos y trató de inspirarles con su propia furia e incitarlos a librar batalla inmediatamente. Pero de todos los incontables millones que indujo a rebelarse, nadie reconoció entonces su supremacía. Su poder había llegado a su fin. Los impíos estaban llenos del mismo odio a Dios que inspiró a Satanás; pero se dieron cuenta de que su caso era desesperado, que no podían prevalecer contra Jehová. Su ira se encendió contra el ángel caído y los que fueron sus instrumentos de engaño. Con furia demoníaca se volvieron contra ellos, y se produjo en ese momento una escena de conflicto universal.
Fuego del cielo
Entonces se cumplieron las palabras del profeta: "Porque Jehová está airado contra todas las naciones, e indignado contra todo el ejército de ellas; las destruirá y las entregará al matadero" (Isa. 34: 2). "Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos" (Sal. 11: 6). Descendió fuego del cielo. La tierra se resquebrajó. Aparecieron las armas escondidas en sus profundidades. Llamas devoradoras irrumpieron de los abismos. Hasta las rocas ardieron. Había llegado el día "ardiente como un horno" (Mal. 4: 1). Los elementos se fundieron por el calor, y también se quemaron la tierra y las obras que había en ella. (2 Ped. 3: 10.) El fuego de Tofet estaba preparado para el rey, el jefe de la rebelión; su pira era profunda y ancha, y "el soplo de Jehová, como 449 torrente de azufre, la enciende" (Isa. 30: 33). La superficie de la tierra parecía una masa fundida, un vasto e hirviente lago de fuego. Era el momento del juicio y la perdición de los hombres impíos, "es día de venganza de Jehová, año de retribuciones en el pleito de Sión" (Isa. 34: 8).
Los impíos recibieron su recompensa en la tierra. "Serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Mal. 4: 1). Algunos fueron destruidos en un momento, mientras que otros sufrieron muchos días. Todos fueron castigados según sus acciones. Los pecados de los justos fueron transferidos a Satanás, el originador del mal, quien debió sufrir su castigo.* Tuvo que sufrir entonces, no solamente por su propia rebelión, sino por todos los pecados que hizo cometer a los hijos de Dios. Su castigo, entonces, será mucho mayor que el de aquellos a quienes engañó. Después que perezcan todos los que cayeron por causa de sus engaños, deberá seguir viviendo y sufriendo. Las llamas purificadoras finalmente destruyeron a los impíos, raíz y ramas, Satanás la raíz, sus seguidores las ramas. La justicia de Dios fue satisfecha, y los santos y toda la hueste angélica dijeron en alta voz. "¡Amén!"
Mientras la tierra quedará envuelta por el fuego de la venganza de Dios, los justos morarán seguros en la Santa Ciudad. Para los que tuvieron parte en la primera resurrección, la segunda muerte no tendrá poder alguno. (Apoc. 20: 6.) Mientras Dios será para los impíos un fuego consumidor, para su pueblo será un sol y un escudo. (Sal. 84: 11.) 450
67. LA TIERRA NUEVA
"VI UN cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron" (Apoc. 21: 1). El fuego que consume a los malvados purifica la tierra. Todo rasgo de maldición desaparece. Ningún infierno eterno mostrará a los redimidos las terribles consecuencias del pecado. Sólo queda un recuerdo: nuestro Redentor llevará siempre las marcas de su crucifixión. En su frente herida, sus manos y sus pies, se encuentran los únicos vestigios de la cruel obra que el pecado realizó.
"Oh torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sión, hasta ti vendrá el señorío primero" (Miq. 4: 8). El reino perdido por el pecado fue recuperado por Cristo, y los redimidos lo poseerán juntamente con él. "Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella" (Sal. 37: 29). El temor de materializar demasiado la herencia de los santos ha inducido a muchos a espiritualizar las mismas verdades que nos permiten considerar que la nueva tierra es nuestro hogar. Cristo aseguró a sus discípulos que había ido a preparar moradas para ellos. Los que aceptan las enseñanzas de la Palabra de Dios no serán totalmente ignorantes acerca de las mansiones celestiales. Y sin embargo el apóstol Pablo declaró: "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman" (1 Cor. 2: 9). El lenguaje 451 humano es inadecuado para describir la recompensa de los justos. Sólo podrá ser conocida por los que la contemplen. Ninguna mente finita puede comprender la gloria del paraíso de Dios.
En la Biblia a la heredad de los salvados se la llama patria. (Heb. 11: 14-16.) Allí el gran Pastor conduce a su rebaño a fuentes de aguas vivas. El árbol de vida da su fruto cada mes, y las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones. Hay ríos de aguas corrientes, claras como el cristal, y en sus márgenes los árboles que siempre se mecen proyectan su sombra sobre los senderos preparados para los redimidos del Señor. Allí las amplias planicies desembocan en colinas hermosas, y las montañas de Dios yerguen sus elevados picos. En esas pacíficas planicies, junto a las corrientes vivas, el pueblo de Dios, por tanto tiempo peregrino y errante, encontrará un hogar.
Allí está la nueva Jerusalénque tiene: "la gloria de Dios", y su fulgor "semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal" (Apoc. 21: 11). Dijo el Señor: "Y me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo" (Isa. 65: 19). "El tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron" (Apoc. 21: 3, 4).
En la ciudad de Dios ya no habrá noche. Nadie necesitará descansar ni deseará hacerlo. Nadie se cansará de hacer la voluntad de Dios ni de ofrecer alabanzas a su nombre. Siempre sentiremos la frescura 452 de la mañana, y siempre estaremos lejos de su terminación. "Y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará" (Apoc. 22: 5). La luz del sol será sobrepujada por un resplandor que no causará daño, pero que sobrepasará inconmensurablemente al fulgor de nuestro sol al mediodía. La gloria de Dios y del Cordero inundará la Santa Ciudad con luz inextinguida. Los redimidos caminarán a la luz de un día perpetuo en el cual no habrá sol.
"Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios, Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero" (Apoc. 21: 22). El pueblo de Dios tendrá el privilegio de mantener estrecha comunión con el Padre y el Hijo. "Ahora vemos por espejo, oscuramente" (1 Cor. 13: 12). Contemplamos la imagen de Dios reflejada, como en un espejo, en las obras de la naturaleza y en su trato con los hombres; pero entonces lo veremos cara a cara, sin un velo oscurecedor de por medio. Estaremos ante su presencia y contemplaremos la gloria de su rostro.
Allí las mentes inmortales estudiarán con deleite inextinguible las maravillas del poder creador, los misterios del amor redentor. No habrá ningún adversario cruel y engañador para tentarnos a olvidarnos de Dios. Toda facultad será desarrollada, toda capacidad aumentada. La adquisición de conocimientos no cansará la mente ni desgastará las energías. Se llevarán a cabo las más grandes empresas, se alcanzarán las más elevadas aspiraciones, se realizarán las más elevadas ambiciones; y aún surgirán nuevas alturas que alcanzar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos propósitos para ocupar las facultades de la mente, el alma y el cuerpo. 453
Y al transcurrir los años de la eternidad, ofrecerán más ricas y gloriosas revelaciones de Dios y de Cristo. Así como el conocimiento es progresivo, también el amor, la reverencia y la felicidad aumentarán. Cuanto más aprendan los hombres acerca de Dios, más admirarán su carácter. Al revelarles Jesús las riquezas de la redención y las sorprendentes realizaciones logradas en el gran conflicto con Satanás, los corazones de los redimidos latirán con más ferviente devoción, y tañerán las arpas de oro con mano segura. Y entonces diez mil, y miles de miles de voces se unirán para incrementar el poderoso coro de alabanza.
"Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y en todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos" (Apoc. 5: 13).
El pecado y los pecadores no existen más. Todo el universo de Dios está purificado. El gran conflicto ha terminado para siempre.