Notas de Elena G. de White

Caminar la vida Cristian

Lección 3

Para el 18 de abril de 2009

Sábado 11 de abril

La Biblia es el jardín de Dios. ¿Estamos desanimados o enlutados? La Palabra de Dios nos dice que no debemos entrar en desesperación como aquellos que no tienen esperanza, porque habrá un reencuentro familiar. Cuando despedimos a nuestros queridos, debemos pensar en la mañana cuando se escuchará la final trompeta y lso muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Frente al sepulcro prestado por José, Cristo mostró que él es "la resurrección y la vida". Aún un poquito, y veremos al Rey en su hermosura. Aún un poquito, y todas las lágrimas serán enjugadas de nuestros ojos. Aún un poquito, y seremos revestidos del manto blanco de pureza, más blanco que lo que ningún blanqueador pueda lograr. Es el manto tejido en el telar del Cielo que no tiene como propósito cubrirnos en nuestros pecados, sino quitar el pecado y vestirnos con la justicia de Cristo. Y mientras contemplamos ese día, y hablamos de la corona de la vida y de las bendiciones celestiales que esperan a los fieles, somos transformados a su semejanza. Que Dios nos ayude a ganar la batalla y llegar a las puertas de la ciudad celestial, donde al recibir nuestras coronas exclamaremos: "El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder y riquezas y sabiduría, y fortaleza, y honra, y gloria y alabanza... Al que está sentado en el trono, y al Cordero; sea la bendición, y la honra, y la gloria, y el poder, para siempre jamás" (Apocalipsis 5:12, 13) (Signs of the Times, abril 23, 1894).

La resurrección de Cristo fue una figura de la resurrección final de todos los que duermen en él. El semblante del Salvador resucitado, sus modales y su habla eran familiares para sus discípulos. Así como Jesús resucitó de los muertos, han de resucitar los que duermen en él. Conoceremos a nuestros amigos como los discípulos conocieron a Jesús. Pueden haber estado deformados, enfermos o desfigurados en esta vida mortal, pero se levantarán con perfecta salud y simetría; sin embargo, en el cuerpo glorificado su identidad será perfectamente conservada.

Saldrá la misma forma, pero estará liberada de enfermedades y de todo defecto. Vive otra vez con los mismos rasgos individuales, de modo que el amigo reconocerá al amigo.

Allí conoceremos como somos conocidos. Allí hallarán aplicación más dulce y verdadera el amor y las simpatías que Dios ha implantado en el alma (Eventos de los últimos días, p. 295).

 

Domingo 12 de abril

ESPERANZA EN MEDIO DE NUESTRO MUNDO

Juan y los demás profetas también fueron testigos de las terribles escenas que sucederían como señales de la venida de Cristo. Vieron a los ejércitos preparándose para la guerra; vieron la tierra moviéndose de su lugar y las montañas echadas en el medio del mar. Sintieron el bramido del mar y de las olas, y a la gente desfalleciendo del temor. Presenciaron las manifestaciones de la ira de Dios y vieron cómo las pestilencias, el hambre y la muerte caían sobre los habitantes de la tierra...

La crisis está sobre nosotros, pero los siervos de Dios no deben confiar en sí mismos para enfrentar esta emergencia. En las visiones dadas a Isaías, Ezequiel y Juan, podemos ver cuánto tiene que ver el Cielo en los eventos que ocurren en la tierra, y cómo cuida Dios de aquellos que le son leales. Los eventos terrenales están en las manos del Señor, así como el destino de las naciones y las preocupaciones de su iglesia (The Watchman, diciembre 25, 1906).

Todo el mundo alrededor nuestro manifiesta intensa actividad. Hay un sentimiento de preocupación entre la gente; esperan que ocurra un gran evento pero no saben lo que será... Las naciones están llenas de ansiedad, descontento y tumultos. Si hubo un tiempo en el que deberíamos conocer las circunstancias es ahora. Nadie puede seguir a ciegas por el camino que está transitando para darse cuenta, recién al final, que le espera un desastre. Aquellos que no aprecian suficientemente la vida eterna como para prepararse con todo cuidado, nunca la obtendrán. Los que andan tras placeres, ganancias y honores terrenales, no llegarán a la vida eterna, a menos que se arrepientan y busquen a Dios con todo su corazón (Review and Heral, mayo 26, 1891).

Jesús viene; viene en las nubes con grande gloria. Lo acompañarán una multitud de ángeles resplandecientes. Vendrá para honrar a los que lo han amado y han guardado sus mandamientos, y para llevarlos consigo.

No los ha olvidado, ni ha olvidado sus promesas. Se unirán de nuevo los eslabones de la cadena familiar (Conducción del niño, p. 535).

 


Lunes 13 de abril

ESPERANZA AQUÍ Y AHORA

Los escribas y fariseos escucharon con asombro las palabras: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (S. Juan 5:24). La conversión del alma se asemeja a una resurrección de los muertos. Es una nueva creación para quienes, mediante el poder transformador de la gracia de Dios, han pasado de muerte a vida. Pero los que escuchaban al Salvador no podían creer sus palabras porque pensaban que era imposible que eso ocurriera. Jesús, que era consciente de su incredulidad, agregó: "De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y lo que la oyeren vivirán" (S. Juan 5:25) (Bible Echo, enero 15, 1889).

[Se cita S. Juan 5:24, 25] Cristo se refiere aquí a la ocasión cuando resucitaría de los muertos. Pero sus palabras tenían significado más profundo. Él no solamente habría de devolver la vida a los que estaban físicamente muertos, sino a los que estaban espiritualmente muertos en sus delitos y pecados. Sus corazones volverían a palpitar como resultado de la obra del Espíritu Santo (Review and Herald, marzo 12, 1901).

Todos los seres creados viven por la voluntad y el poder de Dios. Son recipientes de la vida del Hijo de Dios. No importa cuán capaces y talentosos sean, cuán grandes sus facultades, reciben la vida de la Fuente de toda vida. Él es el manantial, el origen de la vida. Solo Aquel que es el único que tiene inmortalidad, que mora en luz y vida, podría decir: "Tengo poder para ponerla [su vida] y tengo poder para volverla a tomar" (S. Juan 10:18).

Cristo tenía la facultad de dar inmortalidad. La vida que había puesto en su humanidad, la tomó de nuevo y la dio para la humanidad...

Cristo se hizo uno con la humanidad, para que la humanidad pudiera volverse una en espíritu y vida con él. Por virtud de esa unión, en obediencia con la Palabra de Dios, su vida se convierte en la vida de la humanidad. Dice al penitente: "Yo soy la resurrección y la vida" (S. Juan 11:25) (A fin de conocerle, p. 73).

Qué plenitud se expresa en las siguientes declaraciones: "Yo soy la luz del mundo", "Yo soy el pan de vida", "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida", "Yo soy el buen pastor", "Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia". Esta es la vida que debemos tener, y él nos la ofrece abundantemente. Dios dará este aliento de vida a todo el que muere al yo y vive en Cristo. Pero se requiere renunciar al yo porque es el que produce el mal que destruye nuestra felicidad.

¡Cuánto desearía que todos pudiéramos llegar a ser luces en el Señor! Pero para alcanzar ese ideal tan elevado debemos colocar el yo en el altar y permitir que el Espíritu Santo nos controle, nos modele y perfeccione a la semejanza divina. Al recibirse la verdad en la vida, nuestras palabras testificarán que el Espíritu de Cristo está obrando, viviendo y reinando en nosotros. Acerquémonos a Dios, aprendamos del gran Maestro, entreguémonos a él (Signs of the Times, octubre 11, 1899).

 

Martes 14 de abril

ESPERANZA MÁS ALLÁ DE LA TUMBA

Nuestra esperanza no carece de fundamento; nuestra herencia no es corruptible. No es un producto de la imaginación.

Leemos en la Biblia acerca de la resurrección de Cristo de los muertos; pero, ¿actuamos como creyendo en ello? ¿Creemos que Jesús es un Salvador viviente, que no está en la tumba nueva de José, sellada con la gran piedra, sino que se levantó de entre los muertos y ascendió al cielo para llevar cautiva a la cautividad y para dar dones a los hombres? Él está allí para interceder por nosotros en el tribunal del cielo. Él está allí porque necesitamos un amigo en la corte celestial, Alguien que sea nuestro abogado e intercesor. Regocijémonos por esto. Tenemos todos los motivos para alabar a Dios... La cruz del Calvario es una garantía eterna para cada uno de nosotros, de que Dios quiere que seamos felices, no solamente en la vida futura sino también en esta vida (En los lugares celestiales, p. 45).

"Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros" (1 Pedro 1:3, 4).

¿Hay alguna razón por la cual esta esperanza viviente no debiera darnos tanta confianza y tanto gozo en este tiempo, como lo hizo con los discípulos en la iglesia primitiva? Cristo no está encerrado en la tumba nueva de José. El resucitó, ascendió al cielo, y debemos ejercer nuestra fe para que el mundo pueda ver que tenemos una esperanza viviente (En los lugares celestiales, p. 45).

El cristiano está sujeto a la enfermedad, a los chascos, a la pobreza, a los vituperios y a las dificultades. Sin embargo, en medio de todo esto, ama a Dios, elige hacer su voluntad, y ninguna cosa aprecia tanto como su aprobación. En las pruebas contradictorias y escenas cambiantes de esta vida, él sabe que hay un Ser que conoce todas las cosas; un Ser que escuchará con oídos atentos el clamor de los afligidos y perturbados; un Ser que puede simpatizar con toda tristeza, y mitigar la penetrante angustia de todo corazón...

En medio de toda esta aflicción, el cristiano tiene un poderoso consuelo. Y si Dios permite que sufra una enfermedad larga y perturbadora, antes de cerrar los ojos en la muerte, puede soportar todo con gozo... Contempla el futuro con satisfacción celestial. n corto reposo en la tumba, y luego el Dador de la vida romperá los sellos del sepulcro, libertará al cautivo y lo levantará de su lecho de polvo, vestido de inmortalidad, para nunca más sufrir dolor, tristeza o muerte. ¡Oh, cuán admirable es la esperanza del cristiano! Quiero que esta esperanza del cristiano sea la mía. Que también sea la vuestra (Nuestra elevada vocación, p. 11).

 

Miércoles 15 de abril

ESPERANZA ETERNA

Cristo reclama como suyos a todos los que han creído en su nombre. El poder vitalizador del Espíritu de Cristo que mora en el cuerpo mortal, vincula a cada alma creyente a Jesucristo. Los que creen en Jesús son sagrados para su corazón, porque su vida está oculta con Cristo en Dios. el Dador de la vida pronunciará esta orden: "¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos" (Isaías 26:19).

El Dador de la vida llamará a su posesión adquirida en la primera resurrección, y hasta esa hora triunfante, cuando resuene la trompeta final y el vasto ejército avance hacia la victoria eterna, cada santo que duerme será mantenido en seguridad y guardado como una joya preciosa, como quien es conocido por Dios por su nombre. Resucitarán por el poder del Salvador que moró en ellos mientras vivieron y porque fueron participantes de la naturaleza divina (Mensajes selectos, t. 2, pp. 309, 310).

Conoceremos a nuestros amigos como los discípulos conocieron a Jesús. Pueden haber estado deformados, enfermos o desfigurados en esta vida mortal, y levantarse con perfecta salud y simetría; sin embargo, en el cuerpo glorificado su identidad será perfectamente conservada. Entonces conoceremos así como somos conocidos. En la luz radiante que resplandecerá del rostro de Jesús, reconoceremos los rasgos de aquellos a quienes amamos (¡Maranata: El Señor viene!, p. 301).

Y al transcurrir los años de la eternidad, ofrecerán más ricas y gloriosas revelaciones de Dios y de Cristo. Así como el conocimiento es progresivo, también el amor, la reverencia y la felicidad aumentarán. Cuanto más aprendan los hombres acerca de Dios, más admirarán su carácter. Al revelarles Jesús las riquezas de la redención y las sorprendentes realizaciones logradas en el gran conflicto con Satanás, los corazones de los redimidos latirán con más ferviente devoción, y tañerán las arpas de oro con mano segura. Y entonces diez mil veces diez mil, y miles de miles de voces se unirán para incrementar el poderoso coro de alabanza (La historia de la redención, p. 453).

Cristo vino al mundo para que pudiéramos llegar a ser nuevas criaturas, transformadas en la semejanza de su propio carácter, con la misma pureza y la misma perfección que las suyas. En la obra de regeneración comienza a restaurarse el amor original; los atributos del carácter de Cristo son impartidos al alma, y la imagen de lo divino comienza a reflejarse. "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Corintios 3:18). Resulta plenamente claro que hay un cambio en el carácter del ser humano.

En la vida cristiana no se nos asegura que estaremos libres de pruebas, pero se nos promete la gracia para soportarlas. Todos somos llamados a enfrentar tentaciones y pruebas con el propósito de que seamos perfeccionados en la gracia y el amor, a fin de que el egoísmo pueda desaparecer y la imagen de Cristo pueda aparecer en nuestros caracteres. El propósito es hacernos avanzar de gloria en gloria, de un carácter a otro carácter, hasta que el alma contaminada por el pecado sea recreada mediante el poder divino y refleje la imagen de Dios en justicia y verdadera santidad.

Entonces la vida del cristiano no se desarrollará más en las tinieblas pues tendrá consigo la luz de la vida y el gozo que Cristo prometió a todos los que permanecen en él. "Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido" (S. Juan 15:11). En lugar de manifestar menos amor, éste se incrementará hasta llegar a ser perfecto. Y el perfecto amor produce pleno gozo. Al ver a Dios en todas las cosas, tendremos consuelo y solaz en medio de las penas y aflicciones; y si la prosperidad nos sonríe, reconoceremos que esa bendición fluye de la fuente de la vida. Comprenderemos entonces que tanto la luz como las sombras se necesitan para perfeccionar el carácter del creyente, y la plena confianza en Dios producirá gozo, porque la fe le permitirá ver más allá de las cosas que se ven, a las que no se ven. El apóstol dice: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1 Juan 3:2) (Signs of the Times, agosto 21, 1893).

 


Jueves 16 de abril

CRISTO, NUESTRA ESPERANZA

"Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:13).

Jesús dijo que iría a preparar mansiones para nosotros, y que podríamos también estar donde él estuviere. Habitaremos siempre con él y gozaremos de la luz de su precioso semblante. Mi corazón salta de gozo ante tan alentadora perspectiva. Estamos casi en el hogar. ¡Cielo, dulce cielo! Es nuestro eterno hogar. Cada instante me regocijo de que Jesús viva, y porque él vive, nosotros también viviremos. Dice mi alma: Alaba al Señor. En Jesús hay plenitud, hay provisión para cada uno, para todos, ¿por qué habríamos de morir por falta de pan?...

Tengo hambre y sed de salvación, y de una completa armonía con la voluntad de Dios. Tenemos una buena esperanza por medio de Jesús. Es segura y firme y entra hasta dentro del velo. Nos da consuelo en la aflicción y gozo en medio de la angustia; dispersa la lobreguez que nos rodea y nos permite contemplar a través de todo esto la inmortalidad y la vida eterna... Las riquezas terrenales ya no nos atraen, porque tenemos esta esperanza que se eleva por encima de los tesoros de esta tierra y se aferra de la herencia inmortal, los tesoros que son durables, incorruptibles, incontaminados e inmarcesibles...

Nuestros cuerpos mortales pueden morir y ser depositados en la tumba. No obstante, la bendita esperanza vive hasta la resurrección, cuando la voz de Jesús llame a los que duermen en el polvo. Gozaremos entonces la plenitud de la bendita y gloriosa esperanza. Sabemos en quién hemos creído. No hemos corrido ni trabajado en vano. Una rica y gloriosa recompensa nos espera; es el premio por el cual corremos, y si perseveramos con valor, ciertamente lo obtendremos...

Hay salvación para nosotros, ¿por qué nos quedamos alejados de la fuente? ¿Por qué no vamos y bebemos para que nuestras almas puedan refrescarse, vigorizarse y florecer para Dios? ¿Por qué nos aferramos tanto a la tierra? Hay para nosotros algo mejor que lo terrenal para pensar y hablar. Podemos encontrarnos en un estado de ánimo celestial. ¡Oh, espaciémonos en el carácter amoroso e inmaculado de Jesús, y mediante la contemplación llegaremos a transformarnos a su imagen! Tengamos buen ánimo. Tengamos fe en Dios (¡Maranata: El Señor viene!, p. 302).

Una de las verdades más solemnes y aun más gloriosas reveladas en la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar la gran obra de la redención... La doctrina del segundo advenimiento es la verdadera llave de las Sagradas Escrituras... Ese es el día que todos los creyentes deberían desear con ansias por ser el día en que habrá de quedar consumada toda la obra de su redención, cumplidos todos los deseos y esfuerzos de sus almas (La fe por la cual vivo, p. 350).

El Señor desea que apreciemos el gran plan de la redención, que comprendamos nuestro elevado privilegio como hijos de Dios, y que caminemos delante de él en obediencia y agradecimiento. Desea que le sirvamos en novedad de vida, con alegría cada día. Anhela que la gratitud brote de nuestro corazón porque nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero, porque podemos poner todos nuestros cuidados sobre Aquel que cuida de nosotros. Él nos ordena que nos regocijemos porque somos la herencia del Señor, porque la justicia de Cristo es el manto blanco de sus santos, porque tenemos la bendita esperanza de la pronta venida de nuestro Salvador (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 240, 241).