Notas de Elena G. de White

Caminar la vida Cristian

Lección 2 "La Fe "

Para el 11 de abril de 2009

Sábado 4 de abril

 Tenéis el privilegio de crecer siempre en la gracia, avanzando en el conocimiento del amor de Dios, si conserváis la dulce comunión con Cristo, de la cual podéis disfrutar. Con la sencillez de una fe humilde pedid al Señor que abra vuestro entendimiento, para que podáis discernir y apreciar las preciosas cosas que hay en su Palabra. Así creceréis en la gracia, creceréis en una fe sencilla y confiada...

 La fe genuina siempre obra por el amor. Cuando contempláis el Calvario no debéis hacerlo para tranquilizar vuestras almas en el no cumplimiento del deber, ni prepararos para dormir, sino para crear fe en Jesús, fe que ha de obrar purificando el alma del cieno del egoísmo. Cuando nos aferramos de Cristo por fe, nuestra obra recién comienza. Todo hombre tiene hábitos corrompidos y pecaminosos que deben ser vencidos por medio de una lucha vigorosa. A cada alma se le requiere que libre el combate de la fe. Si alguien es seguidor de Cristo no puede usar un lenguaje áspero. No puede estar lleno de pomposidad y estima propia. No puede ser despótico ni usar palabras duras de censura y condenación.

 Que la fe, como la palmera, introduzca sus penetrantes raíces por debajo de lo visible para obtener refrigerio espiritual de las fuentes vivas de la gracia y la misericordia de Dios. Hay una fuente de aguas que surge para vida eterna. Debéis obtener vuestra vida de esta fuente oculta. Si os despojáis del egoísmo y fortalecéis vuestras almas mediante constante comunión con Dios, podéis promover la felicidad de todos aquellos que se relacionan con vosotros (La maravillosa gracia de Dios, p. 292).

.

Domingo 5 de abril

La fe: un don de Dios

La fe consiste en confiar en Dios, en creer que nos ama y sabe lo que es mejor para nuestro bien. Así, en vez de nuestro camino, nos induce a preferir el suyo. En vez de nuestra ignorancia, acepta su sabiduría; en vez de nuestra debilidad, su fuerza; en vez de nuestro pecado, su justicia. Nuestra vida, nosotros mismos, somos ya suyos; la fe reconoce su derecho de posesión y acepta su bendición. Se indican la verdad, la integridad y la pureza como secretos del éxito de la vida. La fe es la que nos pone en posesión de estar virtudes. Todo buen impulso o aspiración provienen de Dios; la fe recibe de Dios la vida que es lo único que puede producir crecimiento y eficiencia verdaderos.

Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una distinción. Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun Satanás y sus huestes no pueden negar de corazón. La Biblia dice que "los demonios creen y tiemblan", pero ésta no es fe. Donde no sólo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de la voluntad a él, allí hay fe, fe que obra por el amor y purifica el alma. Mediante esta fe el corazón se renueva, conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su estado carnal no se sujetaba a la ley de Dios ni tampoco podía, se deleita después en sus santos preceptos... Y la justicia de la ley se cumple en nosotros, los que no andamos "conforme a la carne, más conforme al espíritu" (Romanos 8:1). (La fe por la cual vivo, p. 92).

La fe también es un don de Dios. La fe es el asentimiento de la comprensión humana a las palabras de Dios, lo que liga el corazón a su servicio. ¿Y de quién es la comprensión humana, si no es de Dios? ¿De quién es el corazón, si no es de Dios? Tener fe significa entregarle a Dios el intelecto y la energía que hemos recibido de él; por lo tanto, los que ejercitan la fe no merecen ningún crédito. Los que confían firmemente en un Padre celestial pueden creer en él con una confianza ilimitada; los que por la fe pueden mirar más allá de la tumba a las realidad eternas, deben confesar a su Hacedor: "Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos" (1 Crónicas 29:14) (Recibiréis poder, p. 197).

Es imposible agradar a Dios sin el ejercicio de una fe genuina y santificadora por la que somos individualmente responsables. La verdadera fe es aquella que no fracasa frente a las pruebas y tribulaciones. Esa clase de fe es el don de Dios para su pueblo (Review and Herald, 30 de septiembre, 1909).

 

Lunes 6 de abril

La base de nuestra fe

 Las profecías deben ser estudiadas y la vida de Cristo comparada con los escritos de los profetas. Una y otra vez el Señor se identificaba con las profecías, diciendo: "Ellas testifican de mí". En la Biblia encontramos una descripción positiva de la vida de Cristo, y si cada ser humano la estudiase y obedeciese, ni una sola alma se perdería.

 Todos los rayos de luz que brillan de las Escrituras se enfocan en Cristo y testifican de él; de esa manera vinculan el Antiguo con el Nuevo Testamento. Se lo presenta como el autor y consumador de nuestra fe, y el único en el cual se centran nuestras esperanzas de vida eterna. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). (Spalding and Magan Collection, p. 11).

 El deber de estudiar las Escrituras no debe ser considerado como un asunto opcional de poca importancia. El Señor desea positivamente que cada creyente estudie su Palabra para que pueda tener una fe inteligente, basada en el conocimiento de la palabra de verdad. Debe cavar en la verdad como alguien que busca un tesoro escondido. Debe investigar las Escrituras, comparando un texto con otro, a fin de estar capacitado para realizar un trabajo más amplio para Dios. Y cada uno debe hacerlo individualmente porque todos debemos ocuparnos en nuestra salvación "con temor y temblor", sabiendo que Dios es el que obra en nosotros, "tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad".

 Y de nuestro conocimiento de la Palabra no solamente depende nuestra salvación sino la de otros, ya que en un alto grado muchos dependen de nuestra fidelidad en compartirla. La Palabra de Dios es llamada la espada del Espíritu, y nuestro conocimiento de la verdad revelada es el arma poderosa con la cual podemos derribar las murallas del enemigo. Es mediante el poder de la Palabra que las almas son llevadas de las tinieblas a la luz. Como representantes y seguidores de Cristo debemos hablar la verdad con amor mostrando que hemos estado con Jesús y aprendido de él. Al acercarnos a otros con bondad, afecto y compasión, los ganaremos para Cristo porque estaremos representado su amor y poder (The Medical Missionary, 1º de mayo, 1892).

 La fe que acepta a Cristo como Aquel que puede salvar hasta lo sumo a los que se allegan a él, es una fe que cree y confía. No es suficiente estar mentalmente convencido. El apóstol Santiago declara: "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan" (Santiago 2:19). Muchos creen que Cristo murió por los pecados del mundo, pero no se apropian de esa verdad para sus almas, no reforman sus vidas ni ofrecen su servicio a Dios. No han sido santificados por la verdad que profesan creer ni tienen la fe que obra por amor y purifica el alma. "Cuando nuestro padre Abrahán ofreció a su hijo Isaac sobre el altar, ¿no fue justificado por las obras? Ya ves que la fe actuó junto con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras. Así se cumplió la Escritura que dice: "Abrahán creyó a Dios, y eso le fue contado por justicia", y "fue llamado amigo de Dios" (Santiago 2:21-23) (The Youth's Instructor, 1º de marzo, 1900).

 Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una distinción. Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun Satanás y sus huestes no pueden negar de corazón. La Biblia dice que "los demonios lo creen y tiemblan", pero ésta no es fe. Donde no sólo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de la voluntad a él; donde se le da a él el corazón, y los afectos se fijan en él, allí hay fe, fe que obra por amor y purifica el alma. Mediante esta fe el corazón se renueva, conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su estado carnal no se sujetaba a la ley de Dios ni tampoco podía, se deleita después en sus santos preceptos... Y la justicia de la ley se cumple en nosotros, los que no andamos "conforme a la carne, mas conforme al espíritu" (La fe por la cual vivo, p. 92).

 

Martes 7 de abril

Ejercer fe

 ¿Por qué los seres humanos no creen aunque tengan suficiente evidencia? Simplemente porque no quieren convencerse; no quieren abandonar los deseos de su propia voluntad para seguir la voluntad de Dios, ni quieren reconocer que están resistiendo la luz que Dios les ha dado. Están perseguidos por las dudas y buscan excusas para justificar su incredulidad. Están más dispuestos a aceptar testimonios cuyas evidencias son débiles e insuficientes, y que no tienen respaldo en la Palabra, sencillamente porque les agradan y porque están en armonía con sus propias ideas y disposición. Estas almas están en gran peligro.

 Si quebrantaran su orgullo y se allegaran con corazones contritos creyendo que hay luz para ellos, verían la luz, porque el ojo sincero discierne la luz que viene de Dios; verían las evidencias de la autoridad divina y de las verdades espirituales que brillan en la Palabra. Pero el corazón debe abrirse para la recepción de la verdad y cerrarse a la influencia de Satanás que siempre está listo para oscurecer las preciosas verdades que los harían sabios para la salvación. Si no se acepta la luz, siempre permanecerá como el ministerio de los misterios (Review and Herald, 23 de diciembre, 1890).

 Muchos pasan largos años en las tinieblas y la duda, debido a que no sienten como quisieran. Pero el sentimiento no tiene nada que ver con la fe. Esa fe que obra por el amor y purifica el alma no es cuestión de impulso. Se arriesga a salir, basada en las promesas de Dios, creyendo firmemente que lo que él ha dicho es capaz de realizarlo. Nuestras almas deben ser enseñadas a creer, a confiar en la Palabra de Dios. Esa palabra declara que "el justo vivirá por la fe" (Romanos 1:17), y no por el sentimiento.

 Desechemos todo lo que sea parecido a la desconfianza y a la falta de fe en Jesús. Comencemos una vida de confianza sencilla e infantil, no confiando en los sentimientos sino en la fe. No deshonremos a Jesús dudando se sus preciosas promesas. Él quiere que creamos en él con fe inconmovible (Nuestra elevada vocación, p. 121).

 Es la fe la que nos injerta como pámpanos en la Vid viviente. La fe que depende de Cristo recibe de su vida, así como las ramas reciben la savia de la raíz. Dice el profeta: "El justo por la fe vivirá". Y esa verdad, entretejida en la experiencia religiosa de cada cristiano, le permitirá vivir una vida justa. La fe verdadera crece más y más en fortaleza y perseverancia, así como la justicia de Dios se revela por fe y para fe (Signs of the Times, 5 de agosto, 1889).

 La fe y el amor son los elementos esenciales y poderosos que obran en el carácter cristiano. Los que los poseen son uno con Cristo, y están cumpliendo su misión. Debemos sentarnos a los pies de Cristo como alumnos constantes y obrar con sus dones de fe y amor. Entonces llevaremos el yugo de Cristo, y llevaremos sus cargas, y Cristo nos reconocerá como uno con él; en el Cielo se dirá: "Son colaboradores de Cristo"...

 No podemos sobreestimar el valor de una fe sencilla y una obediencia confiada. El carácter obtiene perfección siguiendo el camino de la obediencia con una fe sencilla (Dios nos cuida, p. 16).

 La obra de vencer el mal debe ser hecha por la fe. Los que salgan al campo de batalla encontrarán que deben revestirse de toda la armadura de Dios. Es escudo de la fe será su defensa, y los habilitará a ser más que vencedores. Ninguna otra cosa tendrá valor sino la fe en Jehová de los ejércitos, y la obediencia a sus órdenes. Los vastos ejércitos pertrechados con todas las otras cosas no tendrán valor alguno en el último gran conflicto. Sin fe, una hueste angélica no podría ayudar. Solamente la fe viva los hará invencibles, y los habilitará para subsistir en el día malo, manteniéndose firmes, inconmovibles, y conservando firme hasta el fin el comienzo de su confianza (Consejos para los maestros, padres y alumnos, p. 174).

 

Miércoles 8 de abril

Crecer en la fe

 …Es el privilegio de cada alma progresar. Los que están relacionados con Cristo crecerán en la gracia y en el conocimiento del Hijo de Dios hasta llegar a la plena estatura de hombres y mujeres. Si todos los que aseveran creer la verdad hubiesen sacado el mejor partido de su capacidad y oportunidad de aprender y obrar, podrían haber llegado a ser fuertes en Cristo. Cualquiera que sea su ocupación -agricultores, mecánicos, maestros o pastores-, si se hubiesen consagrado completamente a Dios habrían llegado a ser obreros eficientes para el Maestro celestial (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 57).

 El mejor modo de impedir el desarrollo del mal consiste en adelantarse en la ocupación del terreno. Es necesario ejercer el mayor cuidado y la mayor vigilancia para cultivar la mente y sembrar en ella las preciosas semillas de la verdad bíblica (Mensajes para los jóvenes, pp. 279, 280).

 El Señor, en su gran misericordia, nos ha revelado en las Escrituras sus reglas para una vida santa, sus mandamientos y sus leyes. En ellos nos dice los pecados que debemos evitar; nos explica le plan de salvación y nos señala el camino al cielo. Si obedecemos su mandato de "escudriñar las Escrituras", ninguno necesita ignorar estas cosas.

 El progreso real del alma en la virtud y el conocimiento divino se realiza mediante el plan de la adición, añadiendo constantemente las gracias que Cristo vino a poner al alcance de todos haciendo un sacrificio infinito. Nosotros somos finitos, pero hemos de tener un sentido de lo infinito.

 Debemos someter la mente a un esfuerzo, contemplando a Dios y su maravilloso plan, para nuestra salvación. El alma se elevará así por sobre las cosas comunes y se fijará en las eternas.

 El pensamiento de que estamos en el mundo de Dios y en la presencia del gran Creador del universo, quien hizo al hombre a su propia imagen y semejanza, elevará la mente a campos más amplios y elevados para la meditación que lo que puede lograr cualquier historia ficticia. El pensamiento de que el ojo de Dios nos vigila, que él nos ama y se interesó tanto por el hombre caído como para dar a su muy amado Hijo a fin de redimirnos para que no perezcamos miserablemente, es un pensamiento admirable, y todo el que abre su corazón a la aceptación y a la contemplación de estos grandes temas nunca se satisfará con temas triviales y sensacionalistas (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, pp.96, 97).

 "Debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás" (2 Tesalonicenses 1:3).

 Para aquellos que creen en la verdad, es de positiva necesidad efectuar continuos progresos, creciendo en toda la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús. No hay tiempo para reincidir en los errores ni para la indiferencia. Cada cual debe tener una experiencia viva en las cosas de Dios. Tengan raíces en ustedes mismos. Fúndense sobre la fe, de modo que habiendo hecho todo, puedan permanecer con confianza inconmovible en Dios, en el tiempo que probará la obra y el carácter de cada hombre.

 Ejerciten sus facultades en las cosas espirituales, hasta que puedan apreciar las cosas profundas de la Palabra de Dios, y avanzar de fortaleza en fortaleza (Hijos e hijas de Dios, p. 334).

 Se debería explicar claramente cómo se puede ejercer fe.

 Toda promesa de Dios tiene ciertas condiciones. Si estamos dispuestos a hacer su voluntad, toda su fuerza nos pertenece. Cualquier don que nos prometa se encuentra en la promesa misma. "La semilla es la palabra de Dios" (Lucas 8:11). Tan ciertamente como se encuentra la semilla del roble en la bellota, se encuentra el don de Dios en su promesa. Si recibimos la promesa, recibimos el don.

 La fe que nos capacita para recibir los dones de Dios es en sí misma un don del cual se imparte una porción a cada ser humano. Aumenta a medida que se la usa para asimilar la Palabra de Dios. A fin de fortalecer la fe debemos ponerla a menudo en contacto con la Palabra. Al estudiar la Biblia, el estudiante debería ser inducido a ver el poder de la Palabra de Dios. En ocasión de la creación, "él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió" (Salmos 33:9). (Reflejemos a Jesús, p.118).

 


Jueves 9 de marzo

La fe en una persona

Los dones de su gracia mediante Cristo son gratuitos para todos. No hay elección, excepto la propia, por la cual alguien haya de perecer. Dios ha expuesto en su Palabra las condiciones de acuerdo con las cuales se elegirá a cada alma para la vida eterna: la obediencia a sus mandamientos, mediante la fe en Cristo. Dios ha elegido un carácter que está en armonía con su ley, y todo el que alcance la norma requerida, entrará en el reino de la gloria (Hijos e hijas de Dios, p. 25).

Para poder hacer frente a los requerimientos de la ley, nuestra fe debe aferrarse de la justicia de Cristo, aceptándola como su justicia. Mediante la unión con Cristo, mediante la aceptación de su justicia por la fe, podemos ser hechos idóneos para realizar las obras de Dios, para ser colaboradores con Cristo. Si estáis dispuestos a ser llevados a la deriva con la corriente del mal y a no cooperar con los instrumentos celestiales para restringir la transgresión en vuestras familias en la iglesia, a fin de que pueda enseñorearse la justicia eterna, no tenéis fe. La fe obra por el amor y purifica el alma. Mediante la fe, el Espíritu Santo obra en el corazón para producir allí la santidad. Pero esto no puede hacer, a menos que el instrumento humano colabore con la obra del Espíritu Santo en el corazón, pues debemos tener la justicia de Cristo como nuestro salvoconducto si hemos de tener acceso al Padre. A fin de que tengamos la justicia de Cristo, necesitamos ser trasformados diariamente por la influencia del Espíritu para ser participantes de la naturaleza divina. La obra del Espíritu Santo es elevar los gustos, santificar el corazón, ennoblecer a todo el hombre (Mensajes selectos, tomo 1, p. 439).

No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La única fe que nos beneficiará es la que le acepta a él como Salvador personal; que nos pone en posesión de sus méritos. Muchos estiman que la fe es una opinión. La fe salvadora es una transacción por la cual los que reciben a Cristo se unen con Dios mediante un pacto. La fe genuina es vida. Una fe viva significa un aumento de vigor, una confianza implícita por la cual el alma llega a ser una potencia vencedora (Exaltad a Jesús, p. 79).

 

 

 

Bendiciones<
RDCh
 
Compilación:
RECURSOS ESCUELA SABATICA