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I Trimestre de 2009 Introducción general |
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“Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él” (Luc. 7:28). ¿Ningún profeta mayor que Juan? Aparentemente, eso incluiría a Isaías, Jeremías, Amós, y hasta Moisés. No obstante, de acuerdo con Jesús, ¿Juan fue el mayor de todos ellos? Eso es fascinante, especialmente porque, a diferencia de Isaías, Jeremías, Amós y Moisés, Juan el Bautista no escribió nada en la Biblia, y sin embargo Juan fue un profeta mayor que todos aquellos que, por lo menos, fueron antes que él, pero sí escribieron. ¿Qué quiere decir esto? El don profético no estuvo limitado solamente a los profetas cuyos escritos llegaron a ser las Escrituras. No, el don profético incluía a aquellos cuya obra por el Señor involucraba otra cosa que escribir libros de la Biblia. Todo el asunto del don profético, y de la inspiración en general, ha sido una fuente de discusión y debate a lo largo de toda la historia de la iglesia. ¿Cómo fueron inspirados los profetas? ¿De qué manera operan la inspiración y la revelación? ¿Cuánto de la cultura y de los conceptos personales de los profetas aparecen en sus escritos? Si estas preguntas todavía generan discusiones dentro de la cristiandad, después de siglos de debate, difícilmente podremos resolverlas todas en esta Guía de Estudio de la Biblia, para adultos este trimestre. Pero podemos asegurarles que haremos lo mejor posible. Los problemas con respecto a la naturaleza del don profético y la inspiración han sido especialmente importantes para los adventistas del séptimo día. En el libro del Apocalipsis, Dios prometió que habría una manifestación especial del don profético en el tiempo del fin (Apoc. 12:17; 19:10; 22:8, 9). Los Adventistas del Séptimo Día creen que el don de profecía se manifestó en el ministerio de la Sra. Elena G. de White (1827-1915). Durante siete décadas, ella dio mensajes de consejo y advertencia a nuestra iglesia y, aunque ella murió en 1915, sus libros, llenos de vislumbres y consejos espirituales, han sido una fuente de extraordinarias bendiciones para incontables millones de personas cuyas vidas han sido, y siguen siendo, enriquecidas teológica y espiritualmente por medio de ellos. Realmente se nos ha dado un don. Sin embargo, permanecen preguntas: ¿Cuál es el lugar (el papel) del don profético? Si pretendemos que la Biblia es nuestra autoridad final, ¿qué autoridad debería tener el Espíritu de Profecía? ¿Cómo deberían interpretarse estos escritos? Aunque este don ha sido una bendición, ¿de qué modos puede usárselo mal? Han pasado más de tres décadas desde que estudiamos por última vez, en la Escuela Sabática, el tema del don de profecía. Desde entonces, la iglesia ha crecido desde 2,5 millones de feligreses hasta más de 14 millones (al escribir esto). Y, aunque hay preguntas acerca del Espíritu de Profecía (junto con el don profético en general) que quedan todavía sin respuesta, creemos que se nos han dado suficientes razones para creer en esta manifestación especial de la profecía entre nosotros. Sin embargo, el punto central de estas lecciones no es solo el don, sino el Dador del don. Al estudiar la cuestión de la inspiración y la revelación, aprenderemos más acerca del Señor, que amó tanto a este mundo que se dio a sí mismo, en la persona de Jesús, como el sacrificio por nuestros pecados. Si bien es cierto, Dios, aunque es el Creador mismo, sin pecado, llegó a ser un ser humano, y en esa humanidad tomó sobre sí mismo el castigo de nuestro mal como la única manera en que nosotros, como pecadores, podríamos ser perdonados y justificados delante de él. Ese es el Dios a quien servimos, y ese es el Dios que deseamos revelar en las lecciones de este trimestre.
Gerhard Pfandl, nacido en Austria, ha sido director asociado del Instituto de Investigaciones Bíblicas de la Asociación General desde 1999.