Notas de Elena G. de White

Lección 7

 

Sábado 8 de noviembre

 Detrás del segundo velo estaba el arca del testimonio, y una hermosa y rica cortina se extendía delante de ella. Esta cortina no llegaba hasta el cielo raso del edificio. La gloria de Dios, que se manifestaba sobre el propiciatorio, podía ser vista desde ambos compartimientos, pero en un grado mucho menor en el primero de ellos.

 Directamente delante del arca, pero separado por la cortina, estaba el altar de oro del incienso. El fuego que ardía en ese altar había sido encendido por Dios mismo, y se lo cuidaba reverentemente alimentándolo con tanto incienso, que llenaba el santuario con su humo fragante de día y de noche. Su perfume se extendía por kilómetros a la redonda en torno del tabernáculo. Cuando el sacerdote ofrecía el incienso delante del Señor, miraba hacia el propiciatorio. Aunque no lo veía, sabía que estaba allí, y cuando el incienso se elevaba como una nube, la gloria del Señor descendía sobre el propiciatorio y llenaba el lugar santísimo y era visible también en el lugar santo, y esa gloria a menudo llenaba de tal modo ambos compartimientos, que el sacerdote se veía impedido de oficiar y obligado a mantenerse de pie junto a la puerta del tabernáculo.

El sacerdote que en el lugar santo dirigía sus plegarias por fe hacia el propiciatorio, que no podía ver, representa al pueblo de Dios que dirige sus plegarias a Cristo quien se encuentra frente al propiciatorio del Santuario celestial. No puede ver a su Mediador con sus ojos naturales, pero mediante el ojo de la fe puede ver a Cristo frente al propiciatorio, y le dirige sus oraciones, y con seguridad suplica los beneficios de su obra mediadora.

Estos sagrados compartimientos no tenían ventanas que permitieran entrar la luz. El candelabro hecho de puro oro se mantenía encendido de noche y de día, y proporcionaba luz para ambos compartimientos. La luz de las lámparas del candelabro se reflejaba en las tablas recubiertas de oro que se hallaban a ambos lados del edificio, como asimismo sobre los muebles sagrados y sobre las cortinas de hermosos colores con querubines bordados con hilos de oro y plata, cuyo aspecto era tan glorioso que no se lo puede describir. No hay lengua capaz de expresar la sagrada hermosura, el encanto y la gloria que se veían en esos compartimientos. El oro del santuario reflejaba los diferentes matices de las cortinas, que parecían ostentar los colores del arco iris.

Sólo una vez al año el sumo sacerdote podía entrar en el lugar santísimo después de preparativos sumamente solemnes y cuidadosos. Y ningún ojo mortal, salvo el del sumo sacerdote, podía contemplar la sagrada grandiosidad de este compartimiento, porque era la morada especial de la gloria visible de Dios. El sumo sacerdote siempre entraba temblando, mientras la gente aguardaba su regreso en medio del más solemne silencio. Sus más fervientes deseos eran que Dios los bendijera. Frente al propiciatorio Dios mantenía comunión con el sumo sacerdote. Si éste permanecía más tiempo del que parecía conveniente, la gente a menudo comenzaba a aterrorizarse, temerosa de que por causa de sus pecados o algún pecado del sacerdote la gloria del Señor le hubiera quitado la vida. Pero cuando oían el sonido de las campanillas que llevaba en su vestimenta, sentían un profundo alivio. Salía entonces el sumo sacerdote y bendecía al pueblo (La historia de la redención, pp. 158, 159).

 

Domingo 9 de noviembre

El Santuario y la expiación

Dios ordenó a Moisés respecto a Israel. "Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos", y moraba en el santuario en medio de pueblo. Durante todas sus penosas peregrinaciones en el desierto, estuvo con ellos el símbolo de su presencia. Así Cristo levantó su tabernáculo en medio de nuestro campamento humano. Hincó su tienda al lado de la tienda de los hombres, a fin de morar entre nosotros y familiarizarnos con su vida y carácter divinos. "Aquél Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad".

Desde que Jesús vino a morar con nosotros, sabemos que Dios conoce nuestras pruebas y simpatiza con nuestros pesares. Cada hijo e hija de Adán puede comprender que nuestro Creador es el amigo de los pecadores. Porque en toda doctrina de gracia, toda promesa de gozo, todo acto de amor, toda atracción divina presentada en la vida del Salvador en la tierra, vemos a "Dios con nosotros".

Satanás representa la divina ley de amor como una ley de egoísmo. Declara que nos es imposible obedecer sus preceptos. Imputa al Creador la caída de nuestros primeros padres, con toda la miseria que ha provocado, e induce a los hombres  a considerar a Dios como autor del pecado, del sufrimiento y de la muerte. Jesús había de desenmascarar este engaño. Como uno de nosotros, había de dar un ejemplo de obediencia. Para esto tomó sobre sí nuestra naturaleza, y pasó por nuestras vicisitudes. "Por lo cual convenía que en todo fuese semejante a sus hermanos". Si tuviésemos que soportar algo que Jesús no soportó, en este detalle Satanás representaría el poder de Dios como insuficiente para nosotros. Por lo tanto, Jesús fue "tentado en todo punto, así como nosotros". Soportó toda prueba a la cual estemos sujetos. Y no ejerció en favor suyo poder alguno que no nos sea ofrecido generosamente. Como hombre, hizo frente a la tentación, y venció en la fuerza que Dios le daba. El dice: "Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón". Mientras andaba haciendo bien y sanando a todos los afligidos de Satanás, demostró claramente a los hombres el carácter de la ley de Dios y la naturaleza de su servicio. Su vida testifica que para nosotros también es posible obedecer la ley de Dios (El Deseado de todas las gentes, pp. 15, 16).

"Y hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos" (Éxodo 25:8).

En cuanto a la construcción del santuario como morada de Dios, Moisés recibió instrucciones para hacerlo de acuerdo con el modelo de las cosas que estaban en los cielos. Dios lo llamó al monte y le reveló las cosas celestiales; y el tabernáculo, con todo lo perteneciente a él, fue hecho a semejanza de ellas.

 

Así reveló Dios a Israel, al cual deseaba hacer morada suya, su glorioso ideal de carácter...

Pero por sí mismos, eran impotentes para alcanzar ese ideal. La revelación del Sinaí sólo podía impresionarlos con su necesidad e impotencia. Otra lección debía enseñar el tabernáculo mediante su servicio de sacrificios: la lección del perdón del pecado y el poder de obedecer para vida, por medio del Salvador.

Por medio de Cristo se había de cumplir el propósito simbolizado por el tabernáculo: ese glorioso edificio, cuyas paredes de oro brillante reflejaban en matices del arco iris las cortinas bordadas con figuras de querubines, la fragancia del incienso que siempre ardía y compenetraba todo, los sacerdotes vestidos con ropas de blancura inmaculada, y en el profundo misterio del recinto interior, sobre el propiciatorio, entre las formas de los ángeles inclinados en adoración, la gloria del lugar santísimo. Dios deseaba que en todo leyese su pueblo su propósito para con el alma humana (La fe por la cual vivo, p. 194).

 


Lunes 10 de noviembre

 La obra del sacerdote y la expiación

Todos los que servían en relación con el santuario eran educados constantemente acerca de la intervención de Cristo a favor de la raza humana. Ese servicio tenía el propósito de crear en cada corazón amor por la ley de Dios, que es la ley del reino divino. Las ofrendas de sacrificios habían de ser una lección objetiva del amor de Dios revelado en Cristo: en la víctima doliente, moribunda, que tomó sobre sí el pecado del cual era culpable el hombre, haciéndose pecado el Inocente por nosotros (Mensajes selectos, tomo 1, p. 274).

La ley de Dios existía antes de la creación del hombre, o de lo contrario Adán no podría haber pecado. Después de la transgresión de Adán, los principios de la ley no fueron cambiados, sino que fueron definidamente ordenados y expresados para responder a las necesidades del hombre en su condición caída. Cristo, en consejo con su Padre, instituyó el sistema de ofrendas de sacrificio para que la muerte, en vez de recaer inmediatamente sobre el transgresor, fuera transferida a una víctima que prefiguraba la ofrenda, grande y perfecta, del Hijo de Dios.

Los pecados de la gente eran transferidos simbólicamente al sacerdote oficiante, que era mediador del pueblo. El sacerdote no podía por sí mismo convertirse en ofrenda por el pecado y hacer expiación con su vida, porque también era pecador. Por lo tanto, en vez de sufrir él mismo la muerte, sacrificaba un cordero sin defecto. El castigo del pecado era transferido al animal inocente, que así llegaba a ser su sustituto inmediato y simbolizaba la perfecta ofrenda de Jesucristo. Mediante la sangre de esta víctima, el hombre veía por fe en el porvenir al sangre de Cristo que expiaría los pecados del mundo (Mensajes selectos, tomo 1, p. 270).

Con referencia al templo de Jerusalén, las palabras del Salvador: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré", tenían un significado más profundo que el percibido por los oyentes. Cristo era el fundamento y la vida del templo. Sus servicios típicos del sacrificio del Hijo de Dios. El sacerdocio había sido establecido para representar el carácter y la obra mediadora de Cristo. Todo el plan del culto de los sacrificios era una predicción de la muerte del Salvador para redimir al mundo. No habría eficacia en estas ofrendas cuando el gran suceso al cual señalaran durante siglos fuese consumado.

Puesto que toda la economía ritual simbolizaba a Cristo, no tenía valor sin él. Cuando los judíos sellaron su decisión de rechazar a Cristo entregándole a la muerte, rechazaron todo lo que daba significado al templo y sus ceremonias. Su carácter sagrado desapareció. Quedó condenado a la destrucción. Desde ese día los sacrificios rituales y las ceremonias relacionadas con ellos dejaron de tener significado. Como la ofrenda de Caín, no expresaban fe en el Salvador. Al dar muerte a Cristo, los judíos destruyeron virtualmente su templo. Cuando Cristo fue crucificado, el velo interior del templo se rasgó en dos de alto a bajo, indicando que el gran sacrificio final había sido hecho, y que el sistema de los sacrificios rituales había terminado para siempre (El Deseado de todas las gentes, p. 137).

Martes 11 de noviembre

El Día de la expiación - I

En el servicio ritual típico el sumo sacerdote, hecha la propiciación por Israel, salía y bendecía a la congregación. Así también Cristo, una vez terminada su obra de mediador, aparecerá "sin pecado... para la salvación" (Hebreos 9:28, V.M.), para bendecir con el don de la vida eterna a su pueblo que le espera. Así como, al quitar los pecados del santuario, el sacerdote los confesaba sobre la cabeza del macho cabrío emisario, así también Cristo colocará todos estos pecados sobre Satanás, autor e instigador del pecado. El macho cabríos emisario, que cargaba con los pecados de Israel, era enviado "a tierra inhabitada" (Levítico 16:22); así también Satanás, cargado con la responsabilidad de todos los pecados que ha hecho cometer al pueblo de Dios, será confinado durante mil años en la tierra entonces desolada y sin habitantes, y sufrirá finalmente la entera penalidad del pecado habitantes, y sufrirá finalmente la entera penalidad del pecado en el fuego que destruirá a todos los impíos. Así el gran plan de la redención alcanzará su cumplimiento en la extirpación final del pecado y la liberación de todos los que estuvieron dispuestos a renunciar al mal (El conflicto de los siglos, pp. 539, 540).

Estamos viviendo ahora en el gran día de la expiación. Cuando en el servicio simbólico el sumo sacerdote hacía la propiciación por Israel, todos debían afligir sus almas arrepintiéndose de sus pecados y humillándose ante el Señor, si no querían verse separados del pueblo. De la misma manera, todos los que desean que sus nombres sean conservados en el libro de la vida, deben ahora, en los pocos días que les quedan de este tiempo de gracia, afligir sus almas ante Dios con verdadero arrepentimiento y dolor por sus pecados. Hay que escudriñar honda y sinceramente el corazón. Hay que deponer el espíritu liviano y frívolo al que se entregan tantos cristianos de profesión. Empeñada lucha espera a todos aquellos que quieran subyugar las malas inclinaciones que tratan de dominarlos. La obra de preparación es obra individual. No somos salvados en grupos. La pureza  la devoción de uno no suplirá la falta de estas cualidades en otros. Si bien todas las naciones deben pasar en juicio ante Dios, sin embargo él examinará el caso de cada individuo de un modo tan rígido y minucioso como si no hubiese otro en la tierra. Cada cual tienen que ser probado y encontrado sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante (Exaltad a Jesús, p. 324).

En este gran día de expiación, nuestra obra consiste en escudriñar nuestro corazón, confesar nuestros pecados, humillar nuestras almas ante el Señor y buscar individualmente el perdón. En la antigüedad, aquel que no afligía su alma en el día de la expiación era cortado del pueblo. Dios desea que nos ocupemos de nuestra salvación con temor y temblor. Si cada uno tratara de buscar en su propio corazón los pecados que cierran la puerta a Jesús, estaría más listo a estimar a los demás más que a sí mismo; no estaría buscando la mota en el ojo de su hermano mientras tiene una viga en su propio ojo (Historial Sketches, p. 213).

 

 

Miércoles 12 de noviembre

El Día de la expiación - II

Una vez al año, en el gran día de la expiación, el sacerdote entraba en el lugar santísimo para purificar el santuario. El servicio que se realizaba allí completaba la serie anual de los servicios. En el día de las expiaciones se llevaban dos machos cabríos a la entrada del tabernáculo y se echaban suertes sobre ellos, "la una suerte para Jehová y la otra para Azazel". El macho cabrío sobre el cual caía la suerte para Jehová debía ser inmolado como ofrenda por el pecado del pueblo. Y el sacerdote debía llevar velo adentro la sangre de aquél y rociarla sobre el propiciatorio y delante de él. También había que rociar con ella el altar del incienso, que se encontraba delante del velo.

"Y pondrá Aarón entrambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas sus transgresiones, a causa de todos sus pecados, cargándolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y le enviará al desierto por mano de un hombre idóneo. Y el macho cabrío llevará sobre sí las iniquidades de ellos a tierra inhabitada" (Levítico 16:21, 22, V.M.). El macho cabrío emisario no volvía al real de Israel, y el hombre que lo había llevado afuera debía lavarse y lavar sus vestidos con agua antes de volver al campamento.

Toda la ceremonia estaba destinada a inculcar a los israelitas una idea de la santidad de Dios y de su odio al pecado; y además hacerles ver que no podían ponerse en contacto con el pecado sin contaminarse. Se requería de todos los que afligiesen sus almas mientras se celebraba el servicio de expiación. Toda ocupación debía dejarse a un lado, y toda la congregación de Israel debía pasar el día en solemne humillación ante Dios, con oración, ayuno y examen profundo del corazón.

El servicio típico enseña importantes verdades respecto a la expiación. Se aceptaba un substituto en lugar del pecador; pero la sangre de la víctima no borraba el pecado. Sólo proveía un medio para transferirlo al santuario. Con la ofrenda de sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba su culpa, y expresaba su deseo de ser perdonado mediante la fe en un Redentor por venir; pero no estaba aún enteramente libre de la condenación de la ley. El día de la expiación, el sumo sacerdote, después de haber tomado una víctima ofrecida por la congregación, iba al lugar santísimo con la sangre de dicha víctima y rociaba con ella el propiciatorio, encima mismo de la ley, para dar satisfacción a sus exigencias. Luego, en calidad de mediador, tomaba los pecados sobre sí y los llevaba fuera del santuario. Poniendo sus manos sobre la cabeza del segundo macho cabrío, confesaba sobre él todos esos pecados, transfiriéndolos así figurativamente de él sobre al macho cabrío emisario. Éste los llevaba luego lejos y se los consideraba como si estuviesen para siempre quitados y echados lejos del pueblo (El conflicto de los siglos, pp. 471-473).

Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo, será concluida quitando el pecado del Santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así en el servicio simbólico, el ciclo anual del ministerio de completaba con la purificación del santuario y la confesión de los pecados sobre la cabeza del macho cabríos símbolo de Azazel.

De este modo, en el servicio del tabernáculo, y en el del templo que posteriormente ocupó su lugar, se enseñaban diariamente al pueblo las grandes verdades relativas a la muerte y al ministerio de Cristo, y una vez al año sus pensamientos eran llevados hacia los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y Satanás, y hacia la purificación final del universo, que lo limpiará del pecado y de los pecadores (Patriarcas y profetas, p. 372).


Jueves 13 de noviembre

¿Qué es la expiación?

Como resultado de la desobediencia de Adán, cada ser humano es un transgresor de la ley, vendido al pecado. A menos que se arrepienta y convierta está bajo las ataduras de la ley, sirviendo a Satanás, cayendo en los engaños del enemigo y llevando testimonio contra los preceptos de Jehová. Pero por la perfecta obediencia a los requerimientos de la ley, el hombre es justificado. Solamente mediante la fe en Cristo es posible una obediencia tal. Los hombres pueden comprender la espiritualidad de la ley, pueden reconocer su poder como revelador del pecado, pero son incapaces de hacer frente al poder y los engaños de Satanás a menos que acepten la expiación hecha por ellos en el sacrificio vicario de Cristo quien es nuestra expiación.

Los que creen en Cristo y guardan sus mandamientos no están bajo las ataduras de la ley de Dios; porque para los que creen y obedecen, su ley no es una ley de servidumbre sino de libertad... Todo el que por fe obedece los mandamientos de Dios alcanzará la condición sin pecado en que vivía Adán antes de su transgresión. Todo el que cree en Cristo, que confía en el poder protector del Salvador resucitado... que resiste la tentación e imita aun en medio del mal el modelo dado por Cristo, por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo llegará a participar de la naturaleza divina, porque habrá escapado de la corrupción que hay en el mundo debido a la concupiscencia (En lugares celestiales, p. 146).

Nuestro gran Sumo Sacerdote completó la ofrenda expiatoria de sí mismo cuando sufrió fuera de la puerta. Entonces se hizo una perfecta expiación por los pecados de la gente. Jesús es nuestro Abogado, nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Intercesor; por lo tanto, nuestra situación actual es como la de los israelitas que estaban en el atrio exterior, esperando y buscando esa bendita esperanza, el glorioso aparecimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo... El símbolo se encontró con la realidad simbolizada en la muerte de Cristo, el Cordero muerto por los pecados del mundo. El gran Sumo Sacerdote ha hecho el único sacrificio que es de valor (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 925).

Los pecados del pueblo eran transferidos en figura al sacerdote oficiante, quien era un mediador para el pueblo. El sacerdote no podía convertirse a sí mismo en ofrenda por el pecado y hacer expiación con su vida, porque también era pecador. Por lo tanto, en vez de sufrir la muerte él mismo, mataba un cordero sin defecto; el castigo del pecado era transferido a la bestia inocente, la que así se convertía en su sustituto inmediato y simbolizaba la ofrenda perfecta de Jesucristo. Mediante la sangre de esa víctima, el hombre por fe miraba en el porvenir la sangre de Cristo que expiaría los pecados del mundo (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1125).

 
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