EL DESAFÍO DE SUS DICHOS

Lección 6

Para el 10 de mayo de 2008

Sábado 3 de mayo

Al joven príncipe que le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?", Jesús le respondió: "Vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, y sígueme" (S. Mateo 19:16, 21). Esto no era un requerimiento difícil pues el joven no tenía que manejar sus propios negocios; sin embargo todo le había sido confiado por el Señor y él debía decidir por sí mismo: ¿Aceptaría los tesoros eternos, o en su afán por gozar de los tesoros terrenales los rechazaría? Al oír la invitación de Cristo, el joven "se fue triste, porque tenía muchas posesiones". Eligió los bienes terrenales y perdió el eterno peso de gloria.

Todos nosotros, como individuos, somos probados de la misma manera que el joven rico. Dios nos examina para saber si se nos pueden confiar con seguridad las riquezas eternas. ¿Haremos como el joven príncipe y retendremos los tesoros terrenales que Dios nos ha confiado? ¿Seguiremos los dictados del corazón natural y rehusaremos usar nuestras posesiones como Dios espera? ¿O tomaremos nuestra cruz y seguiremos a nuestro Salvador en el sendero de la abnegación? (Review and Herald, diciembre 14, 1897).

Todos los que quieran ser soldados de la cruz de Cristo, deben cubrirse con la armadura y prepararse para el conflicto. No debieran intimidarse por las amenazas o aterrorizarse por los peligros. Deben ser cautelosos en el peligro, y sin embargo firmes y valientes al enfrentar al adversario y presentar batalla por Dios. La consagración del seguidor de Cristo debe ser completa. Padre, madre, esposa, hijos, casas, tierras, todo debe ser dejado en segundo lugar por la obra y la causa de Dios. Debe estar dispuesto a soportar pacientemente, con alegría, con gozo, todo lo que sea llamado a sufrir por la providencia de Dios. Su recompensa final será compartir con Cristo el trono de gloria inmortal (Conflicto y valor, p. 128).

Domingo 4 de mayo: Acerca del matrimonio y la abstinencia

Entre los judíos se permitía que un hombre repudiase a su mujer por las ofensas más insignificantes, y ella quedaba en libertad para casarse otra vez. Esta costumbre era causa de mucha desgracia y pecado. En el Sermón del Monte, Jesús indicó claramente que el casamiento no podía disolverse, excepto por infidelidad a los votos matrimoniales. "El que repudia a su mujer -dijo él- a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio”...

Como todas las demás excelentes dádivas que Dios confió a la custodia de la humanidad, el matrimonio fue pervertido por el pecado; pero el propósito del evangelio es restablecer su pureza, y hermosura. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se emplea el matrimonio para representar la unión tierna y sagrada que existe entre Cristo y su pueblo, los redimidos a quienes él adquirió al precio del Calvario...

La gracia de Cristo, y sólo ella, puede hacer de esta institución lo que Dios deseaba que fuese: un medio de beneficiar y elevar a la humanidad. Así las familias de la tierra, en su unidad, paz y amor, pueden representar a la familia de los cielos.

Ahora, como en el tiempo de Cristo, la condición de la sociedad merece un triste comentario, en contraste con el ideal del cielo para esta relación sagrada. Sin embargo, aun a los que encontraron amargura y desengaño donde habían esperado compañerismo y gozo, el evangelio de Cristo ofrece consuelo. La paciencia y ternura que su Espíritu puede impartir endulzará la suerte más amarga. El corazón en el cual mora Cristo estará tan henchido, tan satisfecho de su amor que no se consumirá con el deseo de atraer simpatía y atención a sí mismo. Si el alma se entrega a Dios, la sabiduría de él puede llevar a cabo lo que la capacidad humana no logra hacer. Por la revelación de su gracia, los corazones que eran antes indiferentes o se habían enemistado pueden unirse con vínculos más fuertes y más duraderos que los de la tierra, los lazos de oro de un amor que resistirá cualquier prueba (El discurso maestro de Jesucristo, p. 58).

Jesús vino a nuestro mundo para rectificar errores y restaurar la imagen moral de Dios en el hombre. En la mente de los maestros de Israel habían hallado cabida sentimientos erróneos acerca del matrimonio. Ellos estaban anulando la sagrada institución del matrimonio. El hombre estaba endureciendo de tal manera su corazón que por la excusa más trivial se separaba de su esposa, o si prefería, la separaba a ella de los hijos y la despedía. Esto era considerado como un gran oprobio y a menudo imponía a la repudiada sufrimientos agudísimos.

Cristo vino para corregir estos males, y cumplió su primer milagro en ocasión de un casamiento. Anunció así al mundo que cuando el matrimonio se mantiene puro y sin contaminación es una institución sagrada (El hogar cristiano, p. 310).

Lunes 5 de mayo: Acerca del perdón (S. Mateo 18:21, 22)

Que no rehúsen perdonar a un pecador arrepentido los que en sí mismos hayan pecado contra Dios. En la misma forma en que traten a sus semejantes que en espíritu o de hecho los hayan perjudicado y se hayan arrepentido después, Dios los tratará a ellos por sus defectos de carácter. El que no demuestre misericordia con sus semejantes no puede esperar ser amparado por la misericordia de Dios ... Si rehúsa cultivar esta gracia divina en sí mismo, sufrirá los resultados de su negligencia ...

Debemos recordar que todos cometen equivocaciones. Aun hombres y mujeres que han tenido años de experiencia, a veces yerran. Pero Dios no los abandona a causa de sus errores: a cada descarriado hijo o hija de Adán, les da el privilegio de otra oportunidad. El verdadero seguidor de Jesús manifiesta un espíritu como el de Cristo hacia su descarriado hermano. En lugar de hablar condenando, recuerda las palabras: "El que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados" (Santiago 5:20).

En la iglesia militante siempre habrá hombres que necesitan la restauración de los resultados del pecado. El que en algunos aspectos sea superior a otro, en otros será inferior al mismo. Todo ser humano está sujeto a tentación y tiene necesidad de un interés y de una simpatía fraternal. La manifestación de misericordia en nuestras relaciones mutuas constituye uno de los medios más eficaces para lograr la perfección del carácter; pero sólo los que caminan con Cristo pueden ser verdaderamente misericordiosos (En lugares celestiales, p. 390).

Pero no se deben aplicar mallas enseñanzas de esta parábola [de los dos deudores]. El perdón de Dios hacia nosotros no disminuye en lo más mínimo nuestro deber de obedecerle. Así también el espíritu de perdón hacia nuestros prójimos no disminuye la demanda de las obligaciones justas. En la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, dijo:

"Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores". Con esto no quiso decir que para que se nos perdonen nuestros pecados no debemos requerir las deudas justas de nuestros deudores (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 193).

Si queremos ofrecer oraciones aceptables, tenemos que realizar una obra de confesión mutua de nuestros pecados. Si he faltado contra mi vecino de palabra o acción, debo confesárselo. Si él me ha agraviado, debería confesármelo. Hasta donde sea posible, el que ha agraviado a otro debe hacer restitución. Luego, arrepentido, debe confesar su pecado a Dios, cuya ley ha transgredido. Al pecar contra nuestro hermano, pecamos contra Dios, y debemos buscar su perdón. Cualquiera que sea nuestro pecado, si nos arrepentimos y creemos en la sangre expiatoria de Cristo, seremos perdonados (A fin de conocerle, p. 262).

El que no perdona, obstruye el mismo conducto por el cual solamente puede recibir la misericordia de Dios. No debemos pensar que a menos que aquellos que nos han hecho daño confiesen su culpa, tenemos razón en no perdonarlos. Sin duda, es su deber humillar sus corazones por el arrepentimiento y la confesión; pero hemos de tener un espíritu compasivo para los que han pecado contra nosotros, confiesen o no sus faltas (La fe por la cual vivo, p. 133).

Martes 6 de mayo: Acerca de la riqueza y el dar (S. Lucas 12:32¬34)

Aquellos a quienes el Señor ha dado el talento de los recursos están bajo una pesada responsabilidad. No han de invertir el dinero meramente para la gratificación de los deseos egoístas, porque todo lo que gasten de esa manera es restado de los tesoros del Señor. Por la soberana bondad de Dios, el Espíritu Santo obra a través del agente humano, y le impulsa a hacer pequeñas o grandes inversiones para la causa del Señor, haciendo que redunden para la gloria de Dios.

Siempre que piense usar el dinero del Señor para gratificarse egoístamente, recuerde que hay muchos sumidos en una profunda pobreza, que ni siquiera tienen para comprar alimento o ropa, y son herencia del Señor. Debemos hacer el bien a todos los hombres, especialmente a los que son de la fe. Si los que poseen abundantes recursos son agentes de Dios para comunicar la verdad, usarán sus tesoros sabiamente, de modo que ninguno de la familia de la fe pase hambre o desnudez (Alza tus ojos, p. 27).

Cristo señala la forma como los que poseen riquezas y sin embargo no son ricos delante de Dios pueden obtener las riquezas verdaderas. El ha dicho: "Vended lo que poseéis y dad limosna" (S. Lucas 12:33), y haceos tesoros en el cielo. El remedio que él propone es una transferencia de sus afectos a la herencia eterna. Al invertir sus recursos en la causa de Dios para ayudar en la salvación de las almas y aliviar a los necesitados, se enriquecen en buenas obras y atesoran "para sí buen fundamento para lo por venir" para "que echen mano de la vida eterna" (1 Timoteo 6: 19). Esto resultará una inversión segura.

Pero muchos muestran mediante sus obras que no se atreven a confiar en el banco del cielo. Prefieren confiar sus recursos financieros al mundo antes que enviarlos delante de ellos al cielo. Éstos tienen que realizar una gran obra para vencer la codicia y el amor al mundo. Los ricos pobres, que profesan servir a Dios, son dignos de compasión. Mientras profesan conocer a Dios sus obras lo niegan. ¡Cuán grandes son las tinieblas que rodean a los tales! Profesan fe en la verdad, pero sus obras no corresponden con su profesión. El amor a las riquezas hace a los hombres egoístas, exigentes y despóticos (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 157).

Es Dios quien da a los hombres el poder de conseguir riquezas, y él ha otorgado esta capacidad, no como medio de complacer al yo, sino como un medio de devolver a Dios lo suyo. Con este objeto no es pecado adquirir recursos. El dinero ha de ser ganado por el trabajo. Cada joven ha de cultivar costumbres de laboriosidad. La Biblia no condena a nadie por ser rico, si ha adquirido sus riquezas honradamente. Es el amor egoísta al dinero mal empleado, la raíz de todo mal. La riqueza resultará una bendición si la consideramos como del Señor, para ser recibida con agradecimiento, y devuelta con agradecimiento al Dador (Testimonios selectos, t. 4, p. 418).

Miércoles 7 de mayo: Acerca de la perfección (S. Mateo 5:48)

La obra de consagración debe ir hacia adelante y hacia arriba, elevando la mente y el habla para tener pensamientos del cielo y estar mejor preparados para vivir allí. "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (S. Mateo 5:48). El ser humano debe llegar a ser perfecto en su esfera como Dios es perfecto en la suya. ¿Cómo podemos alcanzar tan elevado ideal? La perfección que se requiere está basada en la perfección de Cristo. Él es nuestra justicia. Nació como ser humano pero ligado a la divinidad. Y él ofrece todo lo necesario para que el ser humano llegue a ser participante de la naturaleza divina. Dios nunca requiere algo sin conceder las gracias esenciales para lograrlo. "Separados de mí -dice él- nada podéis hacer" (Manuscript Releases, t. 6, p. 5).

El plan de redención tiene como meta nuestra completa recuperación del poder satánico. La orden, "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto", es también una promesa. El ideal de Dios para sus hijos excede el más elevado pensamiento humano (Signs of the Times, marzo 29, 1910).

La religión de Jesucristo nunca degrada a quien la recibe, nunca lo hace rudo o torpe, descortés o presumido, apasionado o duro de corazón. Al contrario, refina el gusto, santifica el juicio, purifica y ennoblece los pensamientos llevándolos en cautividad a Jesucristo.

El ideal de Dios para sus hijos excede el más elevado pensamiento humano. El Dios viviente ha dado en su santa ley un trasunto de su carácter. El mayor Maestro que el mundo haya conocido alguna vez es Jesucristo. ¿Y cuál es la norma que ha dado para que la alcancen todos los que creen en él? "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (S. Mateo 5:48). Así como Dios es perfecto en su elevada esfera de acción, el hombre puede ser perfecto en su esfera humana. El ideal del carácter cristiano es la semejanza con Cristo. Ante nosotros se abre una senda de progreso continuo. Tenemos un objeto que alcanzar, una norma que lograr la cual incluye todo lo que es bueno, puro, noble y elevado. Debe haber una lucha continua y progreso constante hacia adelante y hacia arriba, hacia la perfección de carácter (Dios nos cuida, p. 173).

Es el deseo de Cristo que sus hijos alcancen el ideal, y para ello está dispuesto a revelarles todos los tesoros de su gracia. Les dice: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto". Y lo dice porque sabe que es posible para ellos alcanzar la perfección; pueden vivir en el mundo la vida que él vivió y enfrentar al enemigo como él lo hizo. Pueden recibir el poder que él recibió para llegar a ser vencedores en el conflicto. Los mismos ángeles que ministraron a Cristo están al servicio de aquellos que serán herederos de salvación (Signs of the Times, agosto 12, 1908).

Jueves 8 de mayo: Acerca de la familia (S. Juan 19:25-27)

Debemos amar en primer lugar a Dios y el amor a nuestros amigos debe ocupar el segundo lugar. Nuestro amor por el esposo, la esposa, hermanos, hermanas, padre o madre, debe estar por debajo de nuestro amor a Dios. El amor por nuestros queridos no debe ser ciego ni egoísta de tal manera que nos lleve a olvidar a Dios. Si esos lazos de relación nos conducen a rechazar la verdad, estamos colocándolos por encima de Cristo y no somos dignos de él. Cuando llegue el tiempo de prueba en que necesitemos un escudo y un brazo para protegemos; un brazo más fuerte que todo brazo humano; más fuerte que el del padre, del hermano o del cónyuge, estaremos lejos de Aquel que hubiera podido escuchamos y socorremos, porque hemos hecho nuestra elección en favor de los que amamos en este mundo y que no estuvimos dispuestos a abandonar por él. El Señor puede decir: "Que ellos los libren; que ellos los salven. Les he dado prueba de mi amor. Dejé la gloria, la majestad y el esplendor del Padre para venir a este mundo maldito por el pecado y la contaminación. Me hice pobre para que por mi pobreza fuesen enriquecidos. Soporté el insulto y las burlas y morí la vergonzosa muerte de cruz para salvarlos de la miseria y de la muerte. Sin embargo su amor no fue tan grande como para obedecerme, ni para preferirme por encima de sus amigos mundanos que les han dado tan pocas pruebas de su amor". "No os conozco -dirá- apartaos de mí" (Review and Herald, septiembre 16, 1862).

¡Qué promesa grandiosa se hace aquí basada en la obediencia! ¿Tenéis que separaros de vuestros amigos y parientes cuando decidís obedecer las exaltadas verdades de la Palabra de Dios? Animaos porque Dios ha hecho provisión para vosotros y sus brazos están abiertos para recibiros. Salid de en medio de ellos y separaos, y no toquéis lo inmundo, y él os recibirá. Él promete ser un Padre para vosotros. ¡Qué admirable relación es ésta! Es más elevada y santa que cualquier vínculo terrenal. Si hacéis el sacrificio, si tenéis que olvidar padre, madre, hermanas, hermanos, esposa e hijos por amor de Cristo, no quedaréis sin amigos. Dios os adopta en su familia; llegáis a ser miembros de la familia real, hijos e hijas del Rey que gobierna los cielos de los cielos.

¿Podéis desear una posición más elevada que la que aquí se promete? ¿No basta esto? El ángel dijo: "¿Qué más podría hacer Dios por los hijos de los hombres que lo que ya ha hecho? Si tal amor, si tales promesas tan exaltadas no son apreciados, ¿podría él concebir alguna otra cosa más excelente, más preciosa y admirable? Todo lo que Dios podía hacer fue hecho para la salvación de los seres humanos. Ya pesar de ello los corazones de los hijos de los hombres se han endurecido. Debido a la multiplicidad de bendiciones con las que Dios los ha rodeado, las reciben como si fueran cosas comunes y olvidan a su bondadoso Benefactor" (Testimonios para la iglesia, 1. 1, p. 447).