Lección 5

26 de Enero al 1º de Febrero de 2008

GÉNERO Y DISCIPULADO

 

Sábado 26 de enero

En este tiempo cada talento de cada obrero debiera ser considerado como un sagrado depósito para ser usado en extender la obra de reforma. El Señor me ha instruido que nuestras hermanas que han recibido una preparación que las ha capacitado para puestos de responsabilidad han de servir con fidelidad y discernimiento en su vocación, usando sabiamente su influencia y, junto con sus hermanos en la fe, obteniendo una experiencia que las capacite para un mayor servicio...

En los tiempos antiguos, el Señor obró de un modo maravilloso a través de mujeres consagradas, a quienes unió en su trabajo con hombres a los que él había elegido para permanecer como sus representantes. Él usó a mujeres para ganar grandes y decisivas victorias. Más de una vez, en tiempos de emergencia, él las puso al frente y obró a través de ellas para la salvación de muchas vidas ( El ministerio de la bondad , p. 165 ).

Domingo 27 de enero

“Hágase conmigo”

En los concilios del cielo se decidió que la madre del Redentor debía ser una virgen pura y piadosa, aunque pobre en lo que a riquezas terrenales concernía. Se eligió el despreciado villorrio de Nazaret para que fuera su hogar. José, su padre terrenal, era un carpintero, y quien dispuso que cada joven en Israel aprendiera un oficio, él mismo aprendió el oficio de carpintero ( Alza tus ojos , p. 92 ).

La única esperanza de redención para nuestra especie caída está en Cristo; María podía hallar salvación únicamente por medio del Cordero de Dios. En sí misma, no poseía méritos. Su relación con Jesús no la colocaba en una relación espiritual con él diferente de la de cualquier otra alma humana. Así lo indicaron las palabras del Salvador. Él aclara la distinción que hay entre su relación con ella como Hijo del hombre y como Hijo de Dios. El vínculo de parentesco que había entre ellos no la ponía de ninguna manera en igualdad con él...

Al decir a María que su hora no había llegado todavía, Jesús contestaba al pensamiento que ella no había expresado, la expectativa que acariciaba en común con su pueblo. Esperaba que se revelase como Mesías, y asumiese el trono de Israel. Pero el tiempo no había llegado. Jesús había aceptado la suerte de la humanidad, no como Rey, sino como Varón de dolores, familiarizado con el pesar.

Pero aunque María no tenía una concepción correcta de la misión de Cristo, confiaba implícitamente en él. Y Jesús respondió a esta fe. El primer milagro fue realizado para honrar la confianza de María y fortalecer la fe de los discípulos ( El Deseado de todas las gentes , pp. 120, 121 ).

Desde el día en que oyera el anuncio del ángel en su hogar de Nazaret, María había atesorado toda evidencia de que Jesús era el Mesías. Su vida de mansedumbre y abnegación le aseguraba que él no podía ser otro que el enviado de Dios. Sin embargo, también a ella la asaltaban dudas y desilusiones, y anhelaba el momento de la revelación de su gloria. La muerte la había separado de José, quien había compartido con ella el conocimiento del misterio del nacimiento de Jesús. Ahora no había nadie a quien pudiese confiar sus esperanzas y temores. Los últimos dos meses habían sido de mucha tristeza. Ella había estado separada de Jesús, en cuya simpatía hallaba consuelo; reflexionaba en las palabras de Simeón: "Una espada traspasará tu alma"; recordaba los tres días de agonía durante los cuales pensaba que había perdido para siempre a Jesús, y con ansioso corazón anhelaba su regreso ( El Deseado de todas las gentes , pp. 118, 119 ).

María... aunque creía que su hijo había de ser el Mesías de Israel, no comprendía su misión ( El Deseado de todas las gentes , p. 61 ).

En su vida, Cristo demostró respeto, devoción y amor por su madre. A menudo ella lo reconvenía por no conceder los deseos de sus hermanos, quienes trataban de cambiar sus hábitos de vida, los que se manifestaban en contemplar las obras de Dios en la naturaleza, en mostrar simpatía hacia los pobres, los sufrientes y los desafortunados, y en tratar de aliviar los sufrimientos tanto de los seres humanos como de los animales. Cuando los sacerdotes y gobernantes trataron de persuadir a María que obligara a Jesús a aceptar sus ceremonias y tradiciones, ella quedó muy preocupada. Pero una vez que su hijo le mostró, por las Escrituras, que sus prácticas eran las correctas, nuevamente su turbado corazón se llenó de paz y confianza. En ocasiones, María tenía que mediar entre Jesús y sus hermanos, quienes no creían que fuera un enviado de Dios, aunque había abundantes y poderosas evidencias de su divino carácter ( Signs of the Times , 6 de agosto, 1896 ).

Lunes 28 de enero

Seguidoras femeninas de Jesús

Durante los años del ministerio de Cristo en la tierra, mujeres piadosas ayudaron en la obra que el Salvador y sus discípulos llevaban a cabo. Si los que se oponían a esta obra hubieran podido encontrar alguna cosa anormal en la conducta de esas mujeres, eso habría hecho terminar la obra de inmediato. Pero mientras las mujeres trabajaban con Cristo y los apóstoles, toda la obra se llevaba a cabo en un plano tan elevado, que se situaba por encima de toda sospecha. No fue posible encontrar ninguna ocasión para acusarlos. Las mentes de todos eran dirigidas hacia las Escrituras y no a los individuos. Se proclamaba la verdad inteligentemente y en forma tan sencilla que todos podían comprenderla ( Mensajes selectos , tomo 2, p. 50 ).

La madre [de Santiago y Juan] era discípula de Cristo y le había servido generosamente con sus recursos.

El registro bíblico declara que "Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes" (Lucas 8:1-3). Tanto Cristo como sus discípulos ministraban en las villas y ciudades. Y aquellos que habían estado en la verdad por más tiempo que los nuevos conversos, colaboraban con sus bienes materiales.

Entre los creyentes a quienes se les había dado la comisión, había muchos que provenían de los caminos más humildes de la vida; hombres y mujeres que habían aprendido a amar a su Señor, y que habían determinado seguir su ejemplo de renunciación. A estas personas de limitado talento y humilde origen, les fue dada la comisión "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura", tanto como a los discípulos que habían estado con el Salvador durante su ministerio en la tierra. Estos humildes seguidores de Jesús compartieron con los apóstoles la reconfortante promesa del Señor: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20).

Las mujeres que habían seguido humildemente a Jesús en vida, no quisieron separarse de él hasta verlo sepultado en la tumba y ésta cerrada con una pesadísima losa de piedra, para que sus enemigos no viniesen a robar el cuerpo. Pero no necesitaban temer, porque vi que las huestes angélicas vigilaban solícitamente el sepulcro de Jesús, esperando con vivo anhelo la orden de cumplir su parte en la obra de librar de su cárcel al Rey de gloria.

María se dirigió presurosa a los discípulos para informarles que Jesús no estaba en el sepulcro donde había sido colocado. Mientras tanto, las otras mujeres que habían quedado esperándola, hicieron una inspección más minuciosa del interior del sepulcro, para cerciorarse de que en verdad no estaba allí. Repentinamente, un hermoso joven vestido en ropas resplandecientes apareció ante su vista sentado junto al sepulcro. Era el ángel que había removido la piedra, y que ahora asumía una presencia humana para no aterrorizar a aquellas mujeres que habían seguido a Jesús y lo habían apoyado en su ministerio público. Sin embargo, a pesar de que el ángel disminuyó su brillo, las mujeres quedaron sorprendidas y aterrorizadas de la gloria del Señor que lo rodeaba. Se disponían a huir del sepulcro, cuando el mensajero celestial se dirigió a ellas con estas suaves y consoladoras palabras: "No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a los discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho" (Mateo 28:5-7) ( Hijas de Dios , pp. 71, 72 ).

 

Martes 29 de enero

“Si tocare su manto”

...Al abrirse paso por entre el gentío, llegó el Salvador cerca de donde estaba la mujer enferma. Ella había procurado en vano una y otra vez acercarse a él. Ahora había llegado su oportunidad, pero no veía cómo hablar con él. No quería detener su lento avance. Pero había oído decir que con sólo tocar su vestidura se obtenía curación, y temerosa de perder su única oportunidad de alivio, se adelantó diciendo entre sí: "Si tocare tan solamente su vestido, seré salva".

Cristo conocía todos los pensamientos de ella, y se dirigía hacia ella. Comprendía él la gran necesidad de la mujer, y le ayudaba a ejercitar su fe.

Al pasar él, se le adelantó la mujer, y logró tocar apenas el borde de su vestido. En el acto notó que había sanado. En aquel único toque habíase concentrado la fe de su vida, e inmediatamente desaparecieron su dolor y debilidad. Al instante sintió una conmoción como de una corriente eléctrica que pasara por todas las fibras de su ser. La embargó una sensación de perfecta salud. "Y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote".

La mujer agradecida deseaba expresar su gratitud al poderoso Médico que con su solo toque acababa de hacer con ella lo que no habían logrado los médicos en doce largos años; pero no se atrevía. Con corazón agradecido procuró alejarse de la muchedumbre. De pronto Jesús se detuvo, y mirando en torno suyo preguntó: "¿Quién es el que me ha tocado?"...

Él podía distinguir entre el toque de la fe y el contacto con la muchedumbre indiferente. Alguien le había tocado con un propósito bien definido, y había recibido respuesta.

Cristo no hizo la pregunta para obtener información. Quería dar una lección al pueblo, a sus discípulos y a la mujer, infundir esperanza al afligido y mostrar que la fe había hecho intervenir el poder curativo. La confianza de la mujer no debía ser pasada por alto sin comentario. Dios tenía que ser glorificado por la confesión agradecida de ella. Cristo deseaba que ella comprendiera que él aprobaba su acto de fe. No quería dejarla ir con una bendición incompleta. Ella no debía ignorar que él conocía sus padecimientos. Tampoco debía desconocer el amor compasivo que le tenía ni la aprobación que diera a la fe de ella en el poder que había en él para salvar hasta lo sumo a cuantos se allegasen a él.

Mirando a la mujer, Cristo insistió en saber quién le había tocado. Viendo que no podía ocultarse, la mujer se adelantó temblando, y se postró a sus pies. Con lágrimas de gratitud, le dijo, en presencia de todo el pueblo, por qué había tocado su vestido y cómo había quedado sana en el acto. Temía que al tocar su manto hubiera cometido un acto de presunción; pero ninguna palabra de censura salió de los labios de Cristo. Sólo dejo palabras de aprobación, procedentes de un corazón amoroso, lleno de simpatía por el infortunio humano. Con dulzura le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado: ve en paz". ¡Cuán alentadoras le resultaron esas palabras! El temor de que hubiera cometido algún agravio ya no amargaría su gozo ( El ministerio de curación , pp. 38-40 ).

 

Miércoles 30 de enero

Turbada con muchas cosas

Marta... estaba tan ansiosa por el debido honor que correspondía a Cristo que, en sus activos preparativos para procurar el alimento, perdió los momentos más preciosos y áureos de escuchar las instrucciones de sus labios divinos. María se sentó a sus pies para no perder ninguna palabra. Consideraba este hecho de la mayor importancia. Esto ofendió a Marta, y le preguntó al Señor Jesús si no le importaba que ella sirviera sola mientras María se desentendía de sus responsabilidades. Jesús le dijo a Marta que María había elegido la mejor parte, la cual nunca le sería quitada. ¿Cuál era la mejor parte? Aprender de Jesús, apreciar sus palabras. Al prestar atención a las palabras que pronunciaban sus labios estaba manifestando su amor por el Salvador.

Cada palabra pronunciada por los labios de Jesús era preciosa. Él se llenaba de gozo al ver que María apreciaba su instrucción. Mientras más frecuentemente se escuchen las palabras de Jesús, tanto más profundamente influirán en la mente, se comprenderán mejor y se obedecerán más fácilmente y en forma más perfecta ( Nuestra elevada vocación , p. 283 ).

Todas las que trabajan para Dios deben reunir los atributos de Marta y los de María: una disposición a servir y un sincero amor a la verdad. El yo y el egoísmo deben ser eliminados de la vida. Dios pide obreras fervientes, que sean prudentes, cordiales, tiernas y fieles a los buenos principios. Llama a mujeres perseverantes, que aparten su atención del yo y la conveniencia personal, y la concentren en Cristo, hablando palabras de verdad, orando con las personas a las cuales tienen acceso, trabajando por la conversión de las almas ( Joyas de los testimonios , tomo 2, p. 405 ).

Mientras Cristo daba sus lecciones maravillosas, María se sentaba a sus pies, escuchándole con reverencia y devoción. En una ocasión, Marta, perpleja por el afán de preparar comida, apeló a Cristo diciendo: "Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile, pues, que me ayude". Esto sucedió en ocasión de la primera visita de Cristo a Betania. El Salvador y sus discípulos acababan de hacer un viaje penoso a pie desde Jericó. Marta anhelaba proveer a su comodidad, y en su ansiedad se olvidó de la cortesía debida a su huésped. Jesús le contestó con palabras llenas de mansedumbre y paciencia: "Marta, Marta, cuidadosa estás, y con las muchas cosas estás turbada: empero una cosa es necesaria; y María escogió la buena parte, la cual no le será quitada". María atesoraba en su mente las preciosas palabras que caían de los labios del Salvador, palabras que eran más preciosas para ella que las joyas más costosas de esta tierra.

La "una cosa" que Marta necesitaba era un espíritu de calma y devoción, una ansiedad más profunda por el conocimiento referente a la vida futura e inmortal, y las gracias necesarias para el progreso espiritual. Necesitaba menos preocupación por las cosas pasajeras y más por las cosas que perduran para siempre. Jesús quiere enseñar a sus hijos a aprovechar toda oportunidad de obtener el conocimiento que los hará sabios para la salvación. La causa de Cristo necesita personas que trabajen con cuidado y energía. Hay un amplio campo para las Martas con su celo por la obra religiosa activa. Pero deben sentarse primero con María a los pies de Jesús. Sean la diligencia, la presteza y la energía santificadas por la gracia de Cristo; y entonces la vida será un irresistible poder para el bien ( El Deseado de todas las gentes , p. 483 ).

Jueves 31 de enero

La mujer junto al pozo

El bienestar eterno de los pecadores era la prioridad en la conducta de Jesús. La benevolencia era la vida de su alma. Iba haciendo bienes no sólo a los que se acercaban a él pidiéndole misericordia, sino que buscaba con perseverancia a los que no se allegaban. Ni el aplauso ni la censura desanimaban, y estaba de buen ánimo a pesar de encontrar gran oposición cruel trato. El discurso más importante que la inspiración ha registrado, le fue dado a una sola persona. Una mujer samaritana vino a sacar agua del pozo junto al cual se había sentado Jesús para descansar. Él vio allí una oportunidad para alcanzar su mente y, mediante ella, alcanzar a los samaritanos que estaban sumidos en error y oscuridad. Aunque estaba cansado, le presentó las verdades de su reino espiritual de tal manera que la mujer quedó encantada y admirada y se fue a publicar las buenas nuevas a sus vecinos: "Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?" Su testimonio llevó a muchos a aceptar a Cristo, porque a través de sus declaraciones muchos vinieron a escucharlo y se convencieron por sí mismos de que era el Mesías ( Testimonies , tomo 3, p. 217 ).

No debemos limitar la invitación del evangelio y presentarla solamente a unos pocos elegidos, que, suponemos nosotros, nos honrarán aceptándola. El mensaje ha de proclamarse a todos. Cuando Dios bendice a sus hijos, no es tan sólo para beneficio de ellos, sino para el mundo. Cuando nos concede sus dones, es para que los multipliquemos compartiéndolos con otros.

Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana que habló con Jesús junto al pozo de Jacob, trajo otros a él. Así dio pruebas de ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos no vieron en Samaria indicios de que fuera un campo alentador. Fijaban sus pensamientos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír a Jesús. Ella llevó en seguida la luz a sus compatriotas.

Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. Apenas llega a conocer al Salvador, desea hacerlo conocer a otros. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón. El que bebe del agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe se transforma en un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos, e infunde a quienes están por perecer avidez de beber del agua de la vida. Al hacer esta obtenemos mayor bendición que si trabajáramos únicamente en nuestro provecho. Es al trabajar para difundir las buenas nuevas de la salvación como somos llevados más cerca del Salvador ( El ministerio de curación , pp. 69, 70 ).

¡Cuánto interés manifestó Cristo en esta mujer sola! ¡Cuán ferviente y elocuentes fueron sus palabras! Conmovieron el corazón de la que escuchaba, y olvidándose de lo que había venido a hacer, volvió a la ciudad y dijo a sus amigos: "Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizás es éste el Cristo?"

Muchos dejaron su trabajo para ir a ver el forastero que estaba junto al pozo de Jacob. Le acosaron a preguntas, y ávidamente recibieron explicación de muchas cosas que habían sido oscuras para su entendimiento. Eran como gente que siguiera un repentino rayo de luz hasta hallar el día.

El resultado de la obra de Jesús, mientras estaba sentado, cansado y hambriento al lado del pozo, fue muy extenso en bendiciones. El alma a quien trató de ayudar vino a ser un medio de alcanzar a otros y traerlos al Salvador. Tal fue siempre la manera en que la obra de Dios progresó en la tierra. Dejad resplandecer vuestra luz y otras luces se encenderán ( Obreros evangélicos , p. 204 ).