LEVÍTICOS

CAPÍTULO 4
1 Ofrenda por el pecado cometido por ignorancia, 3 para el sacerdote, 13 para la congregación, 22 para el jefe, 27 para los del pueblo.
1HABLO Jehová a Moisés, diciendo:
2 Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas;
3 si el sacerdote ungido pecare según el pecado del pueblo, ofrecerá a Jehová, por su pecado que habrá cometido, un becerro sin defecto para expiación.
4 Traerá el becerro a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová, y pondrá su mano sobre la cabeza del becerro, y lo degollará delante de Jehová.
5 Y el sacerdote ungido tomará de la sangre 740 del becerro, y la traerá al tabernáculo de reunión;
6 y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario.
7 Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová; y echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión.
8 Y tomará del becerro para la expiación toda su grosura, la que cubre los intestinos, y la que está sobre las entrañas,
9 los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado,
10 de la manera que se quita del buey del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar del holocausto.
11 Y la piel del becerro, y toda su carne, con su cabeza, sus piernas, sus intestinos y su estiércol,
12 en fin, todo el becerro sacará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se echan las cenizas, y lo quemará al fuego sobre la leña; en donde se echan las cenizas será quemado.
13 Si toda la congregación de Israel hubiere errado, y el yerro estuviera oculto a los ojos del pueblo, y hubieren hecho algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y fueren culpables;
14 luego que llegue a ser conocido el pecado que cometieron, la congregación ofrecerá un becerro por expiación, y lo traerán delante del tabernáculo de reunión.
15 Y los ancianos de la congregación pondrán sus manos sobre la cabeza del becerro delante de Jehová, y en presencia de Jehová degollarán aquel becerro.
16 Y el sacerdote ungido meterá de la sangre del becerro en el tabernáculo de reunión,
17 y mojará el sacerdote su dedo en la misma sangre, y rociará siete veces delante de Jehová hacia el velo.
18 Y de aquella sangre pondrá sobre los cuernos del altar que está delante de Jehová en el tabernáculo de reunión, y derramará el resto de la sangre al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión.
19 Y le quitará toda la grosura y la hará arder sobre el altar.
20 Y hará de aquel becerro como hizo con el becerro de la expiación; lo mismo hará de él; así hará el sacerdote expiación por ellos, y obtendrán perdón.
21 Y sacará el becerro fuera del campamento, y lo quemará como quemó el primer becerro; expiación es por la congregación.
22 Cuando pecare un jefe, e hiciere por yerro algo contra alguno de todos los mandamientos de Jehová su Dios sobre cosas que no se han de hacer, y pecare;
23 luego que conociera su pecado que cometió, presentará por su ofrenda un macho cabrío sin defecto.
24 Y pondrá su mano sobre la cabeza del macho cabrío, y lo degollará en el lugar donde se degüella el holocausto, delante de Jehová; es expiación.
25 Y con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar del holocauto,
26 y quemará toda su grosura sobre el altar, como la grosura del sacrificio de paz; así el sacerdote hará por él la expiación de su pecado, y tendrá perdón.
27 Si alguna persona del pueblo pecare por yerro, haciendo algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y delinquiera;
28 luego que conociera su pecado que cometió, traerá por su ofrenda una cabra, una cabra sin defecto, por su pecado que cometió.
29 Y pondrá su mano sobre la cabeza de la ofrenda de la expiación, y la degollará en el lugar del holocausto.
30 Luego con su dedo el sacerdote tomará de la sangre, y la pondrá sobre los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar.
31 Y le quitará toda su grosura, de la manera que fue quitada la grosura del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar en olor grato a Jehová; así hará el sacerdote expiación por él, y será perdonado.
32 Y si por su ofrenda por el pecado trajere cordero, hembra sin defecto traerá.
33 Y pondrá su mano sobre la cabeza de la 741 ofrenda de expiación, y la degollará por expiación en el lugar donde se degüella el holocausto.
34 Después con su dedo el sacerdote tomará de la sangre de la expiación, y la pondrá sobe los cuernos del altar del holocausto, y derramará el resto de la sangre al pie del altar.
35 Y le quitará toda su grosura, como fue quitada la grosura del sacrificio de paz, y el sacerdote la hará arder en el altar sobre la ofrenda encendida a Jehová; y le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y será perdonado.
COMENTARIO BIBLICO ADVENTISTA
2.
Pecare.
Las ofrendas por el pecado se mencionan por primera vez en relación con la consagración de Aarón y sus hijos (Exo. 29: 14), pero en esa ocasión no fueron prescritas para todo el pueblo. Tanto la palabra "pecado" como la expresión "ofrenda por el pecado" se derivan de la palabra hebrea jatta'th, hecho que permite inferir la estrecha relación existente entre ambos. El "pecado" implicaba la necesidad de presentar una ofrenda por el pecado. La presentación de una ofrenda tal indicaba que se había cometido pecado. Al traer una "ofrenda por el pecado" al santuario, la persona literalmente presentaba el pecado que esa ofrenda representaba, y por el cual debía hacer expiación. Las ofrendas por el pecado aparecen por primera vez en relación con la erección del santuario y el comienzo del sacerdocio. Hasta ese momento solamente se ofrecían holocaustos. Las diversas palabras usadas en la Biblia para definir y describir el pecado presentan los siguientes conceptos:
1.El pecado es una desviación de una norma definida, una violación de la ley de Dios (1 Juan 3: 4). Si concebimos la ley como una línea recta que debe ser seguida, cualquier desviación de esa línea sería pecado. Tal desviación puede ser accidental o intencional, pero siempre es pecado.
2.El pecado es quedarse corto; no alcanzar la meta de la perfección. El pecado es como una flecha que no alcanza el blanco. El arquero puede haber hecho todo lo que estaba de su parte, pero no tuvo fuerza para que el arco despidiera la flecha con suficiente fuerza como para alcanzar el blanco. No llega al blanco.
3.El pecado es desobediencia. La desobediencia no es posible sino cuando hay conocimiento de la ley y transgresión de la misma. Hay diferentes grados de culpa en la desobediencia, y Dios tiene recursos para esto, pero toda transgresión es grave. El que persiste en su impenitencia, finalmente cometerá el pecado imperdonable.
4.El pecado es ofensa contra Dios. El hombre puede pecar contra otros hombres, pero su primera y principal ofensa es contra Dios. Por lo tanto, la confesión debe hacerse siempre en primer lugar a Dios. Aunque el hijo pródigo había pecado gravemente contra su padre, cuando regresó, sus primeras palabras fueron: "He pecado contra el cielo y contra ti" (Luc. 15: 21). Hizo una declaración acertada. Aunque sus transgresiones contra los hombres habían sido grandes, su primera ofensa era contra Dios. Así es con todo pecado.
Por yerro.
"Por inadvertencia" (BJ), sin malas intenciones, inadvertidamente, descuidadamente, sin pensar.
En alguno de los mandamientos de Jehová.
Esto se refiere especialmente a los Diez Mandamientos, pero también incluye las otras órdenes divinas.
Todo el santuario, incluyendo sus enseres, su sacerdocio y su ritual, tenía que ver con el pecado. Los servicios giraban en torno de la desobediencia del hombre y de la necesidad de salvación. Si no hubiese sido por el pecado, no se hubiera necesitado tener un altar sobre el cual colocar las víctimas. Hubiera sido innecesario matar animales, derramar la sangre y realizar el ministerio de la expiación. Sin duda habría existido un lugar donde el hombre pudiera encontrarse con Dios, pero el servicio hubiera sido de una naturaleza enteramente diferente.
La pecaminosidad del pecado no depende necesaria ni exclusivamente de lo que se hace. No siempre son igualmente culpables dos personas que cometen el mismo pecado. La luz siempre trae consigo la responsabilidad. El mismo pecado, cometido por un salvaje ignorante y por un hombre civilizado, debe ser considerado y juzgado en cada caso desde un punto de vista diferente. Dios toma todo esto en consideración y, en el capítulo que ahora estudiamos, toma medidas para ello. Según esto, hay cierta gradación en los castigos 742 impuestos por pecados cometidos por quienes están en niveles diferentes. De aquel que ha recibido más luz, se espera más que de aquel que vive en la ignorancia. En este capítulo se consideran cuatro clases de transgresores; cada uno recibe el castigo según su posición. El pecado de una persona prominente afecta a más personas que el de una persona menos distinguida; por lo tanto, debe recibir un castigo más severo.
3.
El sacerdote ungido.
Todos los sacerdotes eran ungidos, pero sólo el sumo sacerdote era ungido en la cabeza; por lo tanto, por su preeminencia se lo llama "el sacerdote ungido" (Exo. 29: 7-9; Lev. 8: 12, 13). Se lo designa como "el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción" (Lev. 21: 10). Generalmente se lo llama simplemente "el sacerdote". Sólo cuatro veces aparece como "sumo sacerdote" en los libros de Moisés y en cada caso la traducción literal del hebreo sería "gran sacerdote" o "principal sacerdote" (ver Lev. 21: 10; Núm. 35: 25, 28).
Según el pecado del pueblo.
Mejor, "haciendo culpable al pueblo" (BJ). El sumo sacerdote representaba al pueblo (Lev. 16: 15, 16; Zac. 3: 1-4). En armonía con este principio, los profetas siempre se identificaban con los pecados del pueblo. Aunque, como mensajeros de Dios, reprendían al pueblo por sus transgresiones, cuando oraban a Dios se acercaban a él como si fuesen uno con el pueblo en los pecados que habían merecido el reproche. Es por esto por lo que repetidas veces encontramos la expresión "hemos" pecado y no "han" pecado; "pecamos", "nuestros pecados", "pecamos contra Jehová nuestro Dios", "contra ti hemos pecado" (Neh. 1: 6; Isa. 64: 5, 7; Jer. 3: 25; 8: 14; 14: 7; Dan. 9: 5, 8, 11, 15).
Debe resaltar el carácter vicario del sumo sacerdote. Era el representante del hombre, el que actuaba por el pueblo en todo lo que tenía que ver con el santuario. Todo el sacerdocio se resumía en la persona del sumo sacerdote.
Cuando Adán pecó, "la muerte pasó a todos los hombres" (Rom. 5: 12), porque por "la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores" (Rom. 5: 19). Adán representaba al hombre. Cristo también representaba al hombre. Adán, el "primer hombre", era la cabeza de la humanidad; Cristo, el "segundo hombre", el "Postrer Adán", el "Señor ... del cielo", es la cabeza de la nueva humanidad (1 Cor. 15: 45-47). "Como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida" y "por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos" (Rom. 5: 18, 19). "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Cor. 15: 22).
El sumo sacerdote, que en un sentido especial era un símbolo de Cristo, representaba al hombre. Representaba a todo Israel. Llevaba las cargas y pecados del pueblo. Llevaba la iniquidad de las cosas sagradas. Llevaba sobre sí el juicio de Israel. Cuando él pecaba, Israel pecaba. Cuando el sumo sacerdote entraba en el santuario, lo hacía en nombre del pueblo. Cuando él comparecía ante Dios, ellos comparecían. Representaba al pueblo; era el pueblo. Cuando él pecaba, el pueblo pecaba, y se le exigía presentar por su pecado el mismo sacrificio requerido cuando toda la nación pecaba.
Un becerro sin defecto.
Machos o hembras podían usarse para la ofrenda del pecado, pero los animales debían ser "sin defecto". El sumo sacerdote debía ofrecer un becerro por su pecado, tanto como por el pecado del pueblo (Lev. 4: 14).
4.
Pondrá su mano.
Esta era la misma ceremonia como en todos los otros sacrificios, salvo el de las aves. La imposición de manos no sólo indicaba la dedicación del animal a Dios sino que, al apoyarse en su cabeza, quien ofrecía el sacrificio se identificaba con el animal, y éste se transformaba en su sustituto (ver com. cap. 1: 4).
La imposición de la mano iba acompañada de la confesión del pecado que había ocasionado la presentación del sacrificio (cap. 5: 5). Este principio se aplicaba a todos los sacrificios por el pecado. La acción de imponer la mano era pues significativa porque el pecador, al confesar su pecado y apoyarse sobre la víctima, declaraba su fe en Dios, quien proporcionaría un sustituto para que llevara la culpa de su pecado. El castigo no era traer un sacrificio. El castigo era la muerte, y era el animal el que la sufría.
6.
Rociará de aquella sangre.
Puesto que no había ningún sacerdote de más jerarquía que el sumo sacerdote, que pudiese oficiar 743 por él, él mismo debía ministrar la sangre. En los sacrificios ya considerados, la sangre era rociada en el altar del holocausto en el atrio o puesta sobre sus cuernos. Cuando el sacerdote ungido pecaba, la sangre era llevada dentro del tabernáculo. Sin duda esto se debía a que su pecado era considerado como más grave que el de cualquier otra persona, o de mayor importancia ante Dios. El sacerdote mojaba su dedo en la sangre y la rociaba siete veces delante del velo, "delante de Jehová". También ponía parte de la sangre sobre los cuernos del altar del incienso, y asimismo "delante de Jehová" (vers. 7).
Debiera notarse que el sacerdote no rociaba la sangre sobre el velo, sino delante de él. También es de interés que no usaba más que un dedo para rociar esa sangre. Además esta aspersión se hacía sólo cuando el sacerdote ungido o la congregación entera pecaba. No tenemos registro de cuán a menudo pecaba el sumo sacerdote y debía presentar un becerro como ofrenda, pero suponemos que esto no acontecía con frecuencia. Tampoco sabemos cuán a menudo pecaba todo el pueblo y tenía que presentar un becerro, pero suponemos que esto no era frecuente. Es evidente que el pueblo pecaba a menudo en forma individual, pero tenemos pocos incidentes registrados de pecados nacionales, como los que se consideran aquí. El único registro concreto de un incidente tal, es el caso del becerro de oro. Es cierto que hubo otras apostasías nacionales, pero siendo que se debía presentar el sacrificio sólo cuando se hubiesen arrepentido de sus pecados, no puede haber habido muchos casos.
La aspersión de la sangre tenía relación con la ley que estaba directamente detrás del velo. Sin embargo, la sangre no llegaba hasta la ley; el velo se interponía. En el servicio diario no había llegado el momento cuando el pecador debía enfrentarse con la ley. Eso quedaba para el día de la expiación, que figuradamente era el día de juicio de Israel (ver com. Heb. 10: 19, 20).
7.
Sobre los cuernos del altar.
Además de asperjar la sangre delante del velo, el sacerdote ponía parte de la sangre sobre los cuernos del altar del incienso. Al hacerlo, tocaba cada cuerno y dejaba la huella de la sangre con su dedo, registrando así el hecho de que se había cometido un pecado y que se había ofrecido el sacrificio. La sangre que colocaba sobre los cuernos era de un animal que llevaba la culpa del pecado y por lo tanto era sangre cargada de pecado. Esto exigía que se hiciese "sobre sus cuernos ... expiación una vez al año" (Exo. 30: 10). La parte de la sangre que no se usaba era vertida en la base del altar del holocausto,
8.
Toda su grosura.
Ver com. cap. 3: 31 5. No se hace mención de que fuera "olor grato para Jehová". Sin embargo, el hecho de que se la pusiese sobre el altar, indica que era agradable a Dios.
12.
Fuera del campamento.
Todo el becerro era llevado fuera del campamento y quemado en un lugar limpio, no simplemente para deshacerse de él, ni porque se lo considerase inmundo, porque claramente se lo designa "cosa santísima" (cap. 6: 25). El libro de Hebreos le da un sentido simbólico al hecho de que la víctima fuese quemada fuera del campamento. Dice Pablo: "También Jesús ... padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio" (Heb. 13: 12, 13). El hecho de que el cuerpo fuese quemado fuera del campamento era pues un símbolo de Cristo, crucificado fuera de la ciudad de Jerusalén, "para santificar al pueblo mediante su propia sangre" (Heb. 13: 12). Algunos han opinado que esto indica también que murió no sólo por los judíos, sino también por el mundo. Aunque el cuerpo era considerado santísimo, no se le daba ningún uso ceremonial. Puesto que no era quemado sobre el altar, no había en ese cuerpo ningún valor redentor inherente. Por lo tanto, no era el cuerpo el que hacía la expiación, sino que "la misma sangre hará expiación de la persona" (Lev. 17: 11).
Sin embargo, no era la sangre como tal la que hacía la expiación, sino la sangre derramada y aplicada. No podía efectuarse expiación matándose al animal y derramando su sangre en el suelo. La sangre debía ser recogida en una vasija, tras lo cual el sacerdote la ministraba, rociándola y de otras formas. Era la sangre rociada la que efectuaba la expiación, no la parte sobrante que era vertida en el suelo (ver com. cap. 4: 7). Se hacía expiación con la sangre aplicada a los cuernos del altar, no con la que era vertida en el suelo (Exo. 29: 12; 30: 10; Lev. 4: 7, 18, 25, 30, 34).
Lamentablemente hay cristianos que hablan de la "sangre derramada", expresión que no aparece en la Biblia, y se olvidan de la 744 sangre "rociada", que era la única que podía efectuar la expiación. La sangre derramada era la sangre no utilizada, que se vertía al pie del altar luego de haberse completado la expiación. Pablo habla de la "sangre rociada" (Heb. 12: 24), es decir, la sangre usada para ministrar. Cuando fue instituida la pascua, se le ordenó a Israel que matara un cordero y pusiera su sangre en las jambas y el dintel de la puerta (Exo. 12: 7, 22, 23). Dios no prometió que los primogénitos se salvarían por haberse dado muerte al cordero. La salvación ocurría porque se había aplicado esa sangre.
En todas las ofrendas rige el mismo principio. No basta traer la víctima y degollarla; la sangre debe ser aplicada. Luego de su ascensión, Cristo "por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención" (Heb. 9: 12), y allí como "sumo sacerdote ... ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo" (Heb. 8: 1-3), ministra en nuestro favor. Esta fase del ministerio de Cristo es tan necesaria para nuestra salvación como lo fuera el ministerio de la sangre del cordero en ocasión de la primera pascua, como sucedía también con todas las ofrendas en las cuales se derramaba sangre.
El ministerio de la sangre en el gran día de la expiación era el punto culminante del servicio anual. Era muy importante degollar la víctima -sin ello no habría sangre para ministrar- pero se alcanzaba la culminación de la ceremonia cuando el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo con la sangre del macho cabrío del Señor (ver Heb. 9: 25). En forma similar, Cristo "por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo" (Heb.9: 12). Su muerte en el Calvario fue esencial -sin ella no hubiera tenido nada "que ofrecer" (Heb. 8: 3)- pero sin el continuo ministerio de la sangre en el santuario celestial, el sacrificio del Calvario no hubiera valido de nada.
La mayoría de los cristianos no entienden el ministerio de Cristo como nuestro gran Sumo Sacerdote, ni le dan a ese ministerio todo su valor. Ciertamente, creen en la sangre derramada; pero no comprenden que debe haber un ministerio o una aplicación de la sangre para que sea efectiva. Es hora de que se llame la atención del mundo, y de los profesos cristianos en especial, a la obra que Cristo está realizando ahora. Muchos preguntan por qué Cristo demora tanto en volver. Saben que se fue, pero no saben nada de su obra mediadora. Como no han seguido al Cordero, no saben dónde está ni qué está haciendo. Es nuestro deber y privilegio, nuestra tarea como pueblo, restaurar las antiguas calzadas (ver Isa. 58: 12) y presentar a Cristo al mundo como nuestro mediador y Sumo Sacerdote. Su obra está casi terminada, y cuando concluya, Cristo vendrá con poder y gloria.
13.
Toda la congregación.
Las personas podrían pecar a menudo y presentar las ofrendas necesarias. Rara vez la nación entera podría pecar "por yerro" (ver com. vers. 2,6).
Cosas que no se han de hacer.
Aquí se incluyen todos los pecados, grandes y pequeños, pero se refiere sobre todo a los así llamados pecados pequeños. No se refiere esto a la violación abierta, sino al pecado relativamente leve, "contra alguno de los mandamientos ... en cosas que no se han de hacer". Cuando se hacía esto, se incurría en culpa, y debía presentarse una ofrenda por el pecado a la puerta del santuario.
14.
Luego que llegue a ser conocido el pecado.
Eso implica que se ignoraba que lo hecho era pecado (ver com. vers. 2). En tales circunstancias, "toda la congregación" debía presentar la misma ofrenda exigida del sumo sacerdote cuando pecaba. El becerro lo proporcionaba la congregación, por cuanto todos eran considerados culpables. Los ancianos, elegidos de entre las diferentes tribus, llevaban el becerro al lugar del sacrificio, ponían sus manos sobre él y lo degollaban. Nada se dice aquí de la confesión, pero ésta está implícita en la imposición de manos. Sin confesión, la presentación de una ofrenda no valdría de nada, porque no habría transferencia de pecado, del pecador al sacrificio. Además, no es la forma en que se hace la confesión, sino el hecho de confesar, lo que es aceptable ante Dios,
17.
La misma sangre.
La ministración de la sangre era la misma que en el caso del sacerdote que pecaba (vers. 7). Puesto que el sacerdote usaba sólo un dedo para realizar el ministerio de la sangre, se usaba solamente una pequeña porción de la sangre del becerro.
19.
La grosura.
Acabado el ritual de la sangre, el sacerdote quitaba toda la grasa del becerro, siguiendo el mismo procedimiento 745 como en el caso de que hubiese pecado el sumo sacerdote (vers. 6-8).
20.
Así hará el sacerdote expiación por ellos.
En el caso del sumo sacerdote ungido no se dice nada de expiación ni de perdón. Indudablemente, recibía el perdón, como los otros, cuando confesaba sus pecados. Parecería que por ministrar el sumo sacerdote su propio sacrificio, un hombre podía hacer expiación por sí mismo; de ahí que se omita esta declaración. Pero, en el caso del pueblo, el sacerdote debía hacer expiación por ellos, y obtenían "perdón". El ritual de llevar al becerro fuera del campamento para quemarlo en un lugar limpio era el mismo que se efectuaba en el caso cuando el sumo sacerdote pecaba.
22.
Cuando pecare un jefe.
El 'jefe" se refiere al principal de la tribu, o el principal de una división de una tribu. Se incluyen tanto dirigentes civiles como religiosos: príncipes (Gén. 17: 20; 2 Crón. 1: 2),jefes (Núm. 2: 3; 3: 24, 32). Posiblemente el jefe no se había dado cuenta de su transgresión. No se esperaba que un jefe conociera tanto de la ley como el sumo sacerdote ungido; por lo tanto la ofrenda que de él se exigía era de menos valor que la que se pedía del sumo sacerdote.
24.
Pondrá su mano.
Se sigue el mismo modelo de las otras ofrendas y el significado es el mismo. Al poner sus manos sobre la víctima, el pecador se identifica con ella, le transfiere sus pecados por confesión y la presenta como su sustituto.
25.
La sangre.
La ministración de la sangre del macho cabrío es diferente de la del becerro. En este caso el sacerdote no lleva la sangre al santuario, sino que la recoge en una vasija y la lleva al altar del holocausto. Allí aplica con el dedo la sangre a los cuernos del altar.
26.
Quemará toda su grosura.
En todos los casos, ya fuera holocausto (cap. l: 8), ofrenda de paz (cap. 3: 3), u ofrenda por el pecado (cap. 4: 8), toda la grasa que se podía sacar era quemada sobre el altar. Con esto, el sacerdote terminaba su tarea en favor del jefe que había pecado, el cual se iba perdonado. No aparece ninguna instrucción en cuanto a lo que debía hacerse con el cuerpo de la víctima. Según el cap. 6: 26, el sacerdote recibía la carne, y debía comerla en el lugar santo, en el atrio del tabernáculo de reunión.
27.
Alguna persona del pueblo.
El procedimiento era igual que en el caso del jefe, con la excepción de que la persona debía presentar una hembra y no un macho. Se consideraba de menor valor a la hembra que al macho, por lo tanto era más fácil conseguirla. El ritual de la sangre y de la eliminación de la grasa era igual al prescrito para los jefes que habían pecado (vers. 23-26).
31.
En olor grato.
Puesto que siempre se quemaba la grosura sobre el altar, debe haber sido aceptable a Dios porque nunca se permitía cosa inmunda sobre el altar.
32.
Si ... trajere cordero.
Un cordero costaba menos aún que una cabra, y por esta razón se esperaba que un hombre pobre presentase un cordero. El cordero era la ofrenda del pobre. Es significativo que repetidas veces se llama a Cristo el Cordero de Dios. Es el sacrificio del pobre. En todos los otros aspectos, el ritual era el mismo que se seguía con la cabra.
Todos los requisitos para la presentación de ofrendas de diferentes valores reflejan tanto la justicia como la misericordia de Dios. En primer lugar, el valor del sacrificio que debía presentarse estaba determinado por el grado de culpa del pecador y, en segundo lugar, por sus recursos para comprar una ofrenda.
COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
27-30 PP 368 746