LEVÍTICOS

CAPÍTULO 1


1 Los holocaustos. 3 Ofrendas de vacunos: procedimientos. 10 Ofrendas de ovejas y cabras. 14 Ofrendas de aves.

1 LLAMO Jehová a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión, diciendo:
2 Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a Jehová, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda.
3 Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecerá a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová.
4 Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya.
5 Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar, el cual está a la puerta del tabernáculo de reunión.
6 Y desollará el holocausto, y lo dividirá en sus piezas.
7 Y los hijos del sacerdote Aarón pondrán fuego sobre el altar, y compondrán la leña sobre el fuego.
8 Luego los sacerdotes hijos de Aarón acomodarán las piezas, la cabeza y la grosura de los intestinos, sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar;
9 y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová.
10 Si su ofrenda para holocausto fuere del rebaño, de las ovejas o de las cabras, macho sin defecto lo ofrecerá.
11 Y lo degollará al lado norte del altar delante de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón rociarán su sangre sobre el altar alrededor.
12 Lo dividirá en sus piezas, con su cabeza y la grosura de los intestinos; y el sacerdote las acomodará sobre la leña que está sobre el fuego que habrá encima del altar;
13 y lavará las entrañas y las piernas con agua; y el sacerdote lo ofrecerá todo, y lo hará arder sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová.
14 Si la ofrenda para Jehová fuere holocausto de aves, presentará su ofrenda de tórtolas, o de palominos. 724
15 Y el sacerdote la ofrecerá sobre el altar, y le quitará la cabeza, y hará que arda en el altar; y su sangre será exprimida sobre la pared del altar.
16 Y le quitará el buche y las plumas, lo cual echará junto al altar, hacia el oriente, en el lugar de las cenizas.
17 Y la henderá por sus alas, pero no la dividirá en dos; y el sacerdote la hará arder sobre el altar, sobre la leña que estará en el fuego; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato para Jehová.

1.
Llamó Jehová a Moisés.
Dios había prometido que cuando se terminase de levantar el tabernáculo, se comunicaría con Moisés desde el santuario. Hasta entonces le había hablado desde el monte, pero ahora hablaría desde el propiciatorio (Exo. 25: 22). En esta ocasión, Dios cumplió su promesa y le pidió a Moisés que se acercara, para que por su intermedio pudiera instruir al pueblo acerca de la forma correcta de aproximarse a Dios y al santuario.
El pueblo necesitaba urgentemente recibir esta instrucción. Israel no tenía más que un concepto vago de la santidad de Dios y de la pecaminosidad del pecado. Se le debía enseñar los principios elementales de reverencia y culto. Debía aprender que tanto Dios, como su casa, y aun los alrededores de la casa, eran santos. Debía aprender que sólo el que es santo puede acercarse a Dios y entrar en su presencia. Por lo tanto no podían atreverse a entrar en la morada de Dios, sino que sólo debían llegar hasta la puerta del atrio, y allí entregar su sacrificio con humildad y contrición. Este sacrificio sería recibido de su mano por los sacerdotes como si Dios lo recibiese; los sacerdotes entonces llevarían la sangre al lugar santo y quemarían allí incienso. Ni aun los sacerdotes podían entrar en el santuario interior para oficiar en él. Esto estaba reservado para el sumo sacerdote quien, luego de un profundo autoexamen, tenía acceso al lugar santísimo durante unos pocos minutos, una vez al año, en el gran día de la expiación. Concluida esta ceremonia, el lugar santísimo permanecía cerrado durante otro año. En verdad, Dios es santísimo.
Israel debía aprender a acercarse a Dios mediante el cordero sacrificado; mediante el becerro, el carnero, el macho cabrío, los palominos, las tórtolas; la aspersión de la sangre sobre el altar del holocausto, sobre el altar del incienso, hacia el velo, o sobre el arca; mediante la enseñanza y la mediación del sacerdocio. No debía quedar en la desesperanza frente a la condenación de la santa ley de Dios. Había una vía de escape. El Cordero de Dios moriría por ellos. Por fe en su sangre podrían entrar en comunión con Dios. Gracias a la mediación del sacerdote podrían entrar vicariamente en el santuario, y, en la persona del sumo sacerdote, podrían aun entrar en la misma cámara de audiencias del Altísimo. Para los fieles israelitas esto prefiguraba el momento cuando el pueblo de Dios entrará sin temor "en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo" (Heb. 10: 19).
Dios deseaba enseñar todo esto a Israel mediante el sistema de sacrificios. Para ellos representaba el camino de salvación. Les daba esperanza y ánimo. Aunque la ley de Dios, los Diez Mandamientos, los condenaba por sus pecados, el hecho de que el Cordero de Dios moriría por ellos les daba esperanza. El sistema de sacrificios era el Evangelio para Israel. Señalaba la forma de lograr la comunión con Dios.
Hay cristianos profesos que no consideran de gran importancia ni valor para ellos los servicios del templo divinamente instituidos. Sin embargo, el plan evangélico de salvación, revelado más plenamente en el NT, resulta más claro cuando se entiende el AT. En verdad, quien entiende el sistema levítico presentado en el AT, puede entender mejor y apreciar más el Evangelio expuesto en el NT. El primero prefigura al segundo y es símbolo de él.
Desde el tabernáculo.
Como resultado del pecado, el hombre había sido expulsado de su hogar en el paraíso, donde gozaba de la comunión directa con su Hacedor. Por causa de que el hombre ya no era apto para vivir con Dios, el Eterno se dignó descender y habitar con el hombre. De acuerdo con esto, le había mandado a Moisés: "Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos" (Exo. 25: 8). Moisés había hecho esto, y "la gloria de Jehová" había llenado "el tabernáculo" (Exo. 40: 34). ¡Maravilloso amor! Dios no podía estar separado de los suyos, y en su amor había formulado un plan para que pudiese 725 vivir entre ellos. Dios los acompañaría en su peregrinaje por el desierto, y finalmente los guiaría a la tierra prometida.
2.
Ofrenda.
Heb. qorban, del verbo qarab, "acercarse", "acercarse a". Había dos tipos de holocaustos: los obligatorios y los voluntarios. Algunos de los holocaustos obligatorios debían ofrecerse en determinadas ocasiones y eran presentados por los sacerdotes para beneficio de toda la nación. Entre éstos están el holocausto diario (Exo. 29: 38-42; Núm. 28: 3-8); el holocausto sabático (Núm. 28: 9, 10), y los holocaustos de las fiestas de luna nueva, de pascua, de Pentecostés, de la fiesta de las trompetas, del día de expiación, y de la fiesta de los tabernáculos (Núm. 28: 11 a 29: 39). Otros holocaustos obligatorios eran de naturaleza ocasional, y eran presentados por las personas afectadas. Tales eran los holocaustos en ocasión de la consagración de un sacerdote (Exo. 29: 15-18; Lev. 8: 18-21; 9: 12-14), del nacimiento de un niño (Lev. 12: 6-8), de la purificación de un leproso (cap. 14: 19, 20), de la purificación ceremonial (cap. 15: 14, 15, 30), y cuando se tomaba el voto del nazareato (Núm. 6: 13-16). Los holocaustos voluntarios podían ser presentados por una persona en cualquier momento, pero debían ceñirse siempre a los mismos reglamentos que regían los holocaustos obligatorios (Núm. 7; 1 Rey. 8: 64). Los reglamentos de Lev. 1 atañen específicamente a los holocaustos voluntarios, aunque el ritual también era similar para los otros.
3.
Si su ofrenda fuere holocausto.
"Si su qorban [vers. 2] fuese 'olah". 'Olah es la palabra hebrea común para designar el "holocausto", y significa "lo que asciende". Otro vocablo, usado solamente dos veces, es kalil, que significa "entero". Estas palabras se derivan del hecho de que los holocaustos eran enteramente consumidos sobre el altar y que, al ascender el humo, en forma figurada ascendía la ofrenda hacia Dios. La palabra "holocausto" viene del griego y significa "lo que se quema todo". Esta palabra describe bien al sacrificio quemado por fuego. No se comía ninguna parte del holocausto, como ocurría con algunos otros sacrificios; todo se quemaba y ascendía a Dios en llamas como "olor grato" (vers. 9). No se retenía nada. Todo era entregado a Dios. Indicaba una consagración completa.
Se mencionan por primera vez los holocaustos luego el diluvio, cuando Noé "ofreció holocausto en el altar" (Gén. 8: 20). Luego se menciona en la orden dada por Dios a Abrahán de que ofreciese a su hijo "en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré" (Gén. 22: 2). El libro de Job, quizá el más antiguo de la Biblia, registra que Job "se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos ... porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones" (Job 1: 5). Evidentemente Job creía que sus holocaustos servirían para apartar la ira de Dios, aunque sus hijos no ofreciesen sacrificios ellos mismos y quizá no se habían dado cuenta de su pecado. Los rabinos tenían un dicho: "Los holocaustos hacen expiación por las transgresiones de Israel".
Los holocaustos fueron los más antiguos de todos los sacrificios, como también los más característicos y completos; reunían entre sí los elementos esenciales de todos los sacrificios. Su importancia resulta evidente al considerar que, durante siglos, fueron los únicos sacrificios realizados. Más tarde, cuando se ordenó la presentación de otros sacrificios, se declaró expresamente que no debían reemplazar al "holocausto continuo", sino que debían ofrecerse además de éste (Núm. 28: 10; 29: 16; etc.).
Aunque el sacrificio diario, de mañana y de tarde, obligatorio aun en el gran día de la expiación, era ofrecido por la nación, también tenía un propósito bien definido en beneficio de cada israelita. Cuando finalmente se hubo instalado el servicio del santuario en Jerusalén, Dios mandó que en adelante todos los sacrificios debían ser llevados allá, y que los sacerdotes sólo debían oficiar en el altar. Aunque de este modo se centralizaba el culto y se lograba la uniformidad, y esto era útil, se creaban ciertos problemas para los que vivían en lugares distantes del santuario. Un viaje desde Galilea hasta Jerusalén podía llevar varios días, especialmente si se llevaba el animal para el sacrificio. En su viaje de regreso a casa, el hombre podía pecar de nuevo, y podía necesitar hacer otro viaje al templo. Por supuesto, esto era impracticable. Para una persona, el sacrificio diario, de mañana y de tarde, ofrecía una feliz solución.
Los animales que debían ser usados como sacrificio diario eran comprados con dinero aportado por todo el pueblo. Todas las mañanas se ofrecía en el altar del holocausto un 726 cordero en favor de toda la nación, y a la tarde se repetía el mismo servicio. Este holocausto proporcionaba expiación temporaria y provisoria para la nación, hasta tanto el pecador pudiese comparecer, llevando su propio sacrificio. Estos sacrificios nacionales tenían el mismo propósito en beneficio de la nación que los sacrificios ofrecidos por Job, quien decía: "Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones" (Job 1: 5). Job no sabía si sus hijos habían pecado. Pero existía la posibilidad de que así lo hubieran hecho. Por lo tanto, a fin de "cubrirlos" hasta que pudieseis ofrecer sus propios sacrificios, Job actuaba en lugar de ellos. De la misma manera, el holocausto diario, ofrecido por la nación, protegía a Israel hasta que cada uno pudiese traer su ofrenda individual. El Talmud enseña que el sacrificio matutino expiaba los pecados cometidos durante la noche, y el sacrificio vespertino, los pecados del día.
Los holocaustos diarios eran quemados en el altar, pero con fuego lento, para que un sacrificio durara hasta que fuese colocado el próximo (Lev. 6: 9). El sacrificio vespertino duraba hasta la mañana, y el sacrificio matutino duraba hasta la tarde. De este modo, siempre había una víctima sobre el altar para proporcionar expiación provisoria y temporaria para Israel. Cuando un hombre pecaba, aunque no pudiese comparecer inmediatamente en el santuario, o aun por semanas y meses, sabía que había un sacrificio sobre el altar que se consumía en su favor, y que él estaba "protegido" hasta que pudiese presentar su propia ofrenda y confirmar su arrepentimiento.
Esta misericordioso medida hecha en favor de los pecadores de antaño constituye una gran esperanza para el pecador de hoy. Hay veces cuando pecamos pero no nos damos cuenta de ello hasta más tarde, y por lo tanto no hacemos una confesión inmediata. Qué consuelo es saber que Cristo está siempre listo a "cubrirnos" con el manto de su justicia hasta que nos percatemos de nuestra condición; saber que Jesús nunca nos deja ni nos abandona; que aun antes de que nos acerquemos a él, ya ha hecho la provisión necesaria para que seamos salvos. ¡Gracias a Dios por esta maravillosa provisión! Sin embargo, nadie debiera aprovecharse indebidamente de este beneficio y demorar la confesión.
Aunque los holocaustos mencionados en Lev. 1 son todos voluntarios y personales, el ritual a seguirse debía ser preciso y estricto. De esta manera se enseñaba a los israelitas la obediencia implícita. Dios puede perdonar, y Dios perdonará, pero debe haber una adhesión absoluta a las instrucciones divinas. El que desea acercarse a Dios, debe hacerlo como Dios manda. El único culto aceptable ante Dios es aquel que está de acuerdo con su voluntad; no el que nos parezca mejor y más efectivo, no el que nosotros pensemos que sea más adecuado a la ocasión, no el que pareciera traer los resultados más rápidos o mayor cantidad de dinero, sino sólo el culto que Dios aprueba y sobre el cual puede derramar su bendición.
Se usaban cuatro clases de animales como holocaustos: becerros, ovejas, cabras y aves. El que presentaba la ofrenda podía escoger. El rico naturalmente prefería presentar un becerro. El pobre podía presentar solamente un palomino o una tórtola, si no tenía más recursos. Es significativo que María, la madre de Jesús, presentara dos tórtolas como ofrenda luego del nacimiento de su Hijo (ver Lev. 12: 8; Luc. 2: 22-24). José y María eran pobres. El león y el águila, reyes de las fieras y de las aves, no podían ser usados para los sacrificios puesto que eran animales inmundos; en cambio se usaban el cordero y la paloma. Dios no puede tolerar un espíritu altivo, pero acepta a los mansos y humildes.
El holocausto voluntario era una dádiva de amor, de dedicación y de consagración. Se ofrecía con un espíritu de alegre sacrificio a Dios. Era más que un presente; significaba darse uno mismo, en sacrificio vivo. Hoy no ofrecemos holocaustos, pero haríamos bien en aplicar a nuestra vida diaria ese espíritu que impelía a ofrecer holocaustos. Dios todavía se agrada del servicio gozoso y voluntario (2 Cor. 9: 7).
Macho sin defecto.
"Para que sea aceptado será sin defecto" (Lev. 22: 21). Esto hace resaltar el hecho de que Dios exige lo mejor que tenemos. Posiblemente no seamos ricos, ni podamos presentar grandes ofrendas a Dios, pero lo que demos debe ser perfecto. No debemos presentar nada que sea inferior a lo mejor que tengamos. No debemos dar a Dios lo que sea de valor inferior: una moneda defectuosa, una propiedad imposible de vender, restos de tiempo libre. En cambio debemos 727 servir a Dios con lo mejor que esté a nuestra disposición.
De su voluntad.
Mejor, "para que sea grato ante el Señor" (BJ). Debía ofrecerlos "a la puerta del tabernáculo", y de ese modo sería aceptado ante el Señor. La misma palabra hebrea que aquí se traduce "de su voluntad", se traduce "aceptado" en el vers. 4.
4.
Será aceptado para expiación suya.
El animal presentado como sacrificio era considerado como sustituto por el pecador. Debía aceptarse "para expiación suya", es decir en su lugar. Por cuanto el sustituto era símbolo de Cristo, también debía ser perfecto (cap. 22: 25).
La colocación de la mano del que ofrecía el sacrificio sobre la cabeza de la víctima era parte solemne y esencial del ritual. La palabra samak, "poner", significa "apoyarse" con el peso del cuerpo. Este acto pues representaba la total dependencia del pecador en su sustituto. Respecto al significado de este rito, los comentadores, antiguos y modernos, entienden que representa la transferencia simbólica a la víctima de los pecados del que ofrece el sacrificio, o la sustitución del pecador por la víctima que así muere en su lugar. "La imposición de las manos sobre la cabeza de la víctima es un rito común por el cual se efectúan la sustitución y la transferencia de los pecados". "En todo sacrificio existe la idea de sustitución; la víctima ocupa el lugar del pecador humano" (Jewish Encyclopedia, art. "Atonement, Day of" [Expiación, Día de la], tomo 2, pág. 286).
Puesto que los cristianos ahora por fe ponen sus pecados sobre Jesús, el Cordero de Dios, parece apropiado encontrar en el conjunto de sacrificios una ceremonia que represente esto. Lo encontramos reflejado en el ritual del holocausto; en verdad se exigía la imposición de la mano en todos los casos donde hubiese pecado. El cristiano considera que la ceremonia de poner la mano sobre la víctima y apoyarse en ella es símbolo de su propia dependencia de Cristo para recibir la salvación. Al apoyarnos de esa forma, ponemos nuestros pecados sobre Cristo, y él ocupa nuestro lugar sobre el altar, un sacrificio "santo, agradable a Dios" (Rom. 12: 1).
Después de haber seguido las indicaciones dadas por Dios, el pecador arrepentido podía estar seguro de que la víctima era aceptada en su lugar. Así también nosotros podemos tener la seguridad de que, al seguir las indicaciones de Dios, podemos ser aceptos en Cristo, nuestro Sustituto, sabiendo que él ocupa nuestro lugar en el altar: lo que, en verdad, ya ha hecho en la cruz. Cristo murió por nosotros, en nuestro lugar, y porque él murió, nosotros viviremos.
5.
Degollará el becerro.
Es imposible suponer que una persona normal pudiese sentir placer al clavar el cuchillo en una víctima inocente, aunque esa víctima fuese solamente un animal. Y, sin embargo, Dios exigía esto del que ofrecía el sacrificio. En épocas posteriores, los sacerdotes degollaban las víctimas, aunque el plan original de Dios había sido que el pecador mismo lo hiciese. Esta experiencia debe haberle resultado penosa y un tanto angustiosa al pecador, porque sabía que era su pecado el que hacía necesaria esa muerte. Debe haberle inculcado la determinación de no pecar más. En forma vívida veía ante sí los resultados del pecado. No sólo significaba la muerte, sino la muerte de un ser inocente. ¿Qué otro efecto podía tener esta ceremonia sino el de crear en el transgresor el odio por el pecado y la solemne resolución de no tener nada más que ver con él?
La primera lección que Dios deseaba enseñarle a Israel mediante el sistema de sacrificios era que el pecado engendraba muerte. Vez tras vez esta lección fue inculcada en sus corazones. Cada mañana y cada tarde a través de todo el año, se ofrecía un cordero en favor de la nación. Día tras día el pueblo traía sus ofrendas por el pecado y sus holocaustos al santuario. En cada caso un animal era degollado y la sangre aplicada en el lugar designado. En cada ceremonia y en cada servicio estaba claramente impresa la lección: El pecado engendra muerte.
Esta lección es tan necesaria en nuestros tiempos como lo fuera antaño. Algunos cristianos consideran demasiado livianamente el pecado. Piensan que es un aspecto pasajero de la vida que será superado con la madurez. Otros consideran que el pecado es lamentable, pero inevitable. Todos necesitan que en forma indeleble se les grabe en la mente la lección de que el pecado significa muerte. El NT declara específicamente que "la paga del pecado es muerte" (Rom. 6: 23), pero muchos no captan la importancia de esta declaración. El tener un concepto más realista de la inseparable relación entre el pecado y la muerte 728 ayudaría mucho a apreciar y comprender el Evangelio. Para el cristiano esto encierra una lección importante. Nosotros éramos los culpables; Cristo no lo era. La contemplación de la cruz en primer lugar nos debiera provocar un sentimiento de culpa, luego una repulsión por el pecado, y finalmente una profunda gratitud a Dios por la salvación que se hace posible por medio de la muerte. Cristo murió por mí. Yo debiera haber muerto, porque yo pequé, y "la paga del pecado es muerte". Pero Cristo murió por mí; fue al Calvario en mi lugar. ¡Cuán adecuada es esta provisión! ¡Cuán maravilloso el amor!
La rociarán.
El que ofrecía el sacrificio había concluido su tarea. Había traído su sacrificio, había confesado su pecado y había degollado la víctima. Después de eso comenzaba la ministración de la sangre. Un sacerdote había recibido en una vasija la sangre que manaba del animal degollado. Luego él ministraba con la sangre, rociándola "alrededor sobre el altar" del holocausto. La palabra traducida "rociar" significa literalmente "esparcir". Se la usa para referirse a la acción de esparcir polvo (Job 2: 12), carbones encendidos (Eze. 10: 2), o agua (Núm. 19: 13), etc. Según el Talmud, el sacerdote oficiante esparcía la sangre contra el altar en dos lugares: la esquina noreste y la esquina suroeste, de tal modo que pudiese tocar los cuatro lados del altar. Por razones higiénicas es probable que esto se hubiera hecho del lado interior del altar. La porción de la sangre que no se usaba era vertida en la base del altar. Posteriormente, en el templo de Jerusalén, la sangre sobrante pasaba por un conducto al valle del Cedrón.
Dios procuró impresionar en los israelitas el hecho de que el perdón de los pecados sólo puede obtenerse mediante la confesión y la ministración de la sangre. Debían comprender el precio infinito del perdón. Es mucho más que meramente pasar por alto las faltas. A Dios le costó algo el poder perdonar; costó una vida, la vida misma de su propio Hijo.
A algunos les parece innecesaria la muerte de Cristo. Piensan que Dios podría o debería haber perdonado sin el Calvario. No les parece que la cruz sea parte integral o vital de la expiación. Sería provechoso que los cristianos consideraran más el precio de su salvación. El perdón no es cosa sencilla. Mediante el sistema ceremonial, Dios enseñó a Israel que el perdón sólo puede obtenerse por el derramamiento de sangre. Necesitamos aprender esa lección ahora. En el sistema de sacrificios de los israelitas se encuentran los principios fundamentales de la vida santa. El AT es fundamental. La persona que está bien afirmada en sus enseñanzas podrá construir un edificio que no caerá cuando vengan las lluvias y soplen los vientos. Ella estará edificada "sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efe. 2: 20).
6.
Desollará el holocausto.
Originalmente lo hacía la misma persona que ofrecía el sacrificio, pero más tarde los levitas realizaron esta tarea. En el desierto eran pocos los que participaban en las ceremonias del tabernáculo en comparación con épocas posteriores, en la tierra prometida, cuando centenares y aun miles llegaban a ofrecer sacrificios en un solo día. Los levitas y sacerdotes, ya acostumbrados al ritual, podían desollar el animal más prontamente que la gente común.
7.
Pondrán fuego sobre el altar.
Siempre ardía fuego en un lugar designado sobre el altar de los holocaustos. Era el deber de los sacerdotes asegurarse de que ese fuego nunca se apagara. Puesto que Dios mismo lo había encendido, era considerado fuego sagrado. Este fuego no debía utilizarse para ningún fin común, ni debía usarse fuego común en los servicios del santuario. Desde este fuego principal, ubicado en el altar de los holocaustos, los sacerdotes encendían los otros fuegos para consumir los sacrificios presentados. De este modo, varios fuegos ardían sobre el altar al mismo tiempo, todos ellos encendidos con el fuego principal. Cuando entraban en el lugar santo para ofrecer incienso, los sacerdotes debían tomar las brasas de este altar para sus incensarios. El fuego que ardía sobre el altar del incienso provenía del altar del holocausto. Es interesante notar que en el ciclo hay un ángel que tiene a su cargo el fuego (Apoc. 14: 18).
Compondrán la leña sobre el fuego.
La leña que se usaba en los servicios del santuario era cuidadosamente inspeccionada antes de ponerla sobre el altar. La leña dañada por insectos o comida por gusanos era rechazada. Era tarea de ciertos sacerdotes vigilar para que siempre hubiera leña disponible. Una vez al año se le pedía al pueblo que ayudase a juntar leña para el santuario. Esta tarea debe 729 haberles servido de instrucción; pues al juntar la leña debían examinarla para asegurarse que los sacerdotes la aceptarían. Al hacerlo, deben haber sentido que Dios es santo y que aun en las cosas más pequeñas exige perfección.
No se tiraba la leña sobre el fuego ni se la colocaba de cualquier manera. Se la ponía en forma ordenada. La lección es evidente. Nada de lo que tiene que ver con el servicio de Dios puede hacerse descuidadamente. Todo debe realizarse con cuidado y reverencia.
8.
Acomodarán las piezas.
La lección de orden es la misma del vers. 7. Todas las piezas de la víctima debían acomodarse sobre el altar siguiendo la misma disposición que tenían en el animal vivo, encima de la leña que también estaba en orden, Dice el apóstol: "Hágase todo decentemente y con orden" (1 Cor. 14: 40). Esto constituye buen cristianismo neotestamentario.
9.
Lavará con agua.
En armonía con la orden de que ninguna cosa sucia debía ponerse sobre el altar ni usarse en el servicio de Dios, las entrañas y las piernas eran lavadas con agua antes de colocar la víctima sobre el altar. Podría argumentarse que esto era innecesario, puesto que el fuego pronto consumiría el sacrificio y todo lo sucio sería destruido. ¿Para qué, entonces, perder tiempo en lavar las partes del animal?
También este procedimiento debe haber servido para exaltar la santidad de Dios y su aborrecimiento por el desorden y por todo lo que pueda ensuciar. En verdad todas las acciones, todas las ceremonias, servían para repetir la lección de la santidad de la obra de Dios, de la santidad del carácter divino.
El sacerdote hará arder todo.
El "todo" tenía una excepción. No se quemaba la piel del animal, sino que se daba al sacerdote (cap. 7: 8). No se nos explica el motivo de esta excepción.
Olor grato.
Es decir, agradable a Dios. Los holocaustos del cap. 1 no eran sacrificios obligatorios, sino voluntarios, presentados porque el que los ofrecía sentía su necesidad de Dios y quería mostrar su aprecio por la bondad del Señor. Al presentar el sacrificio expresaba su amor a Dios y se consagraba a su servicio,
Los holocaustos eran ofrecidos en muchas ocasiones y representaban consagración a Dios y gratitud a él. No tenían por objeto pedir un favor especial, sino que expresaban la gratitud por mercedes ya obtenidas. Se ofrecían en ocasión de la purificación de un leproso (cap. 14: 19, 20), de la purificación de las mujeres luego de dar a luz (cap. 12: 6-8), como también por una purificación general (cap. 15: 15, 30). En muchos casos, una ofrenda por el pecado acompañaba al holocausto, pero no siempre. Cuando una misma persona presentaba una ofrenda por el pecado y holocaustos, la ofrenda por el pecado venía primero y era por un pecado o pecados específicos. El holocausto se ofrecía por la pecaminosidad general, sin referencia a ningún pecado en particular.
Los holocaustos tuvieron un lugar destacado en la consagración de Aarón y de sus hijos (Exo. 29: 15-25; Lev. 8: 18), como también en su comienzo en el sacerdocio (Lev. 9: 12-14). También se los usaba como parte de los votos de nazareato (Núm. 6: 13-16). En estos casos representaban la consagración completa de la persona a Dios. Por medio del holocausto, quien lo ofrecía se ponía simbólicamente sobre el altar, para consagrar toda su vida al servicio de Dios.
Los sacrificios eran oraciones hechas carne. Interpretados de este modo, asumen un significado más profundo. Si un cristiano es tentado y peca, humildemente confiesa su pecado y pide perdón. El verdadero israelita hacía lo mismo, pero, además presentaba una ofrenda por el pecado cometido. Si también ofrecía un holocausto, al hacerlo estaba diciendo: "Señor, posiblemente haya hecho otras cosas que no te agradan. No me doy cuenta de haberlas hecho, pero por tu misericordia, perdona aquello en lo cual pude haber faltado". Cuando oramos en esta forma, estamos haciendo lo que hacía el israelita al presentar su holocausto.
La exhortación de Pablo en Rom. 12: 1, a presentar el cuerpo "en sacrificio vivo", es una referencia a los antiguos holocaustos. Hemos de estar enteramente dedicados a Dios. Hemos de ser enteramente limpiados. Sólo después de quitar toda la suciedad del holocausto, podía ponérselo sobre el altar, "ofrenda encendida de olor grato para Jehová". Lo mismo ocurre con nosotros. Todo pecado, toda suciedad de la carne y del espíritu, debe ser quitada antes de ser aptos para el altar (2 Cor. 7: 1).
El holocausto es símbolo de Cristo, quien se 730 entregó total y completamente a Dios, dejándonos un ejemplo que debemos imitar. Enseña una completa santificación, una entera dedicación. Ocupa con propiedad el primer lugar en la lista de sacrificios del libro del Levítico. Nos dice claramente que el sacrificio para que sea de olor grato a Dios, debe ser una entrega total. Todo debe colocarse sobre el altar; todo debe dedicarse a Dios.
Así como el sacrificio debía ser perfecto, así también Cristo es el "cordero sin mancha y sin contaminación", el que siendo hermoso y santo "nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante" (1 Ped. 1: 19; Efe. 5: 2).
El holocausto era grato a Dios porque revelaba el deseo de consagrarse a él, de parte del que presentaba la ofrenda. Al ofrecer su sacrificio, decía en esencia: "Señor, deseo servirte. Me coloco sobre el altar, sin reservarme nada para mí. Acéptame en el Sustituto y por amor de él". Tal actitud agrada a Dios.
Los holocaustos del cap. 1 eran de "olor grato" a Dios porque eran enteramente voluntarios. Los cristianos corren peligro de hacer lo que en sí es bueno y correcto, no por un deseo interior ni por el impulso del amor, sino porque es costumbre o porque se espera que lo hagan. El deber es una gran palabra y debe recibir énfasis; pero no debemos olvidar que el amor es mayor aún y que, bien aplicado, cumple con el deber porque lo incluye. El amor es voluntario, espontáneo, libre; el deber es exigente, obligatorio. Los dos son necesarios en la vida cristiana, y no se debe dar énfasis a uno en detrimento del otro. El deber cumple la ley en todo. El amor también cumple la ley en todo; pero va más lejos. Realiza la segunda milla. Entrega también la capa.
"Dios ama al dador alegre" (2 Cor. 9: 7). Algunas personas quisieran leer "liberal" en vez de "alegre", lo que tal vez sea también cierto. Pero el texto dice "alegre". Se refiere a uno que da voluntariamente, a quien no se necesita instar sino que hace alegremente su parte. Esto es agradable a Dios. Este espíritu está simbolizado en el holocausto. Le agradaría a Dios que el espíritu de servicio alegre fuese más común de lo que es. Muchas veces hacemos con resignación, o aun con desgano, lo que debiéramos realizar con anhelo y espíritu alegre. Dios ama al dador alegre: al que gozosamente da su servicio, no sólo su dinero.
Hay tareas que deben realizarse que no son agradables ni placenteras. Dios aprecia que las hagamos para cumplir con nuestro deber, pero se complacería más si las hiciésemos voluntariamente y sin quejas ni murmuraciones. Hay personas que necesitan que se las anime, que se las amoneste, que se las inste y hasta que se les prometa una recompensa para que hagan lo que deberían hacer alegre y voluntariamente (ver Isa. 64: 7; Mal. 1:10). La actitud indiferente y el deseo de obtener una recompensa cansan tanto a los hombres como a Dios. Para los dirigentes, resulta descorazonador amonestar fervientemente y en repetidas ocasiones, para obtener sólo una lánguida respuesta.
10.
Del rebaño.
Si el que presentaba el sacrificio no podía o no deseaba ofrecer un becerro, podía escoger un carnero o un macho de cabrío del rebaño. Esto era aceptado por Dios; pero, cualquiera fuera el animal que escogiese, debía ser macho, y no tener ningún defecto.
11.
Rociarán su sangre.
El ritual a seguirse era igual al que correspondía cuando se ofrecía un becerro. En este caso no se dice nada de poner la mano sobre la cabeza del animal, pero indudablemente también se realizaba esta parte de la ceremonia. Como ocurría con el becerro, el sacerdote recibía la sangre y la rociaba alrededor del altar y sobre él (ver com. vers. 5).
13.
Lavará las entrañas.
Se seguía el mismo ritual empleado con el becerro. El animal era desollado y dividido en partes; se lavaban las piernas y las entrañas. Luego, se llevaban las piezas al altar y se las acomodaba en orden.
14.
De aves.
Las tórtolas y los palominos no eran caros, de modo que aun los pobres podían ofrecer este sacrificio. Debe recordarse que los sacrificios del cap. 1 eran voluntarios. Un corazón rebosante de amor encontraría alguna manera de presentar a Dios una ofrenda, por pequeña que fuese. Tales ofrendas eran tan preciosas a la vista de Dios como las más ostentosas.
Jesús enseñó esto con claridad cuando dijo que la viuda que había echado dos blancas "echó más que todos" (Luc. 21: 3, 4). Puesto que la blanca casi no tenía valor adquisitivo, ya que valía sólo una fracción de centavo de dólar, su ofrenda fue realmente pequeña. Pero dio todo lo que tenía. La cantidad que dio no era la verdadera medida de su 731 ofrenda. Lo que le daba valor no era lo que había dado, sino lo que le quedaba.
15.
El sacerdote la ofrecerá.
Comúnmente el que ofrecía el sacrificio debía matar el animal. Pero en el caso de sacrificarse un ave, había tan poca sangre que era necesario que el sacerdote mismo la matara para que pudiese tocar rápidamente el altar con la sangre de la víctima.
16.
El buche y las plumas.
Eran echados sobre el montón de las cenizas, pues si se quemaban, hubiera producido un olor desagradable.
17.
De olor grato.
Las aves eran demasiado pequeñas como para partirlas, demasiado pequeñas como para rociar la sangre, como se hacía en el caso de las otras ofrendas, demasiado pequeñas como para ponerles la mano encima (ver com. vers. 4); pero de todos modos constituían un olor grato a Jehová. El que presentaba el sacrificio no tenía casi parte en el ritual; sólo traía el ave. El sacerdote hacía todo lo demás. Y aun así, el que presentaba el sacrificio había hecho lo que podía, y esto era agradable y aceptable ante Dios.