Comentario Sobre El Primer Libro de Moisés Llamado GÉNESIS

CAPÍTULO 1
1 La creación de los cielos y la tierra, 3 de la luz, 6 del firmamento, 9 de la tierra separada del agua, 11 y hecha fructífera. 14 La creación del sol, la luna y las estrellas, 20 de los peces y las aves, 24 de las bestias y el ganado, 26 del hombre a la imagen de Dios. 29 Dios señala el alimento para el hombre y las bestias.

1 EN EL principio creó Dios los cielos y la tierra.
2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.
5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.
6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.
7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.
8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.
9 Dijo también Dios: júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.
10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.
11 Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así.
12 Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.
13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.
14 Y Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,
15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.
16 E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.
17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, 219
18 y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.
19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.
20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.
21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.
22 Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.
23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.
24 Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.
25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.
26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
28 Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
29 Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.
30 Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.
31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.
1.
En el principio.
Estas palabras nos recuerdan que todo lo humano tiene un principio. Sólo Aquel que está entronizado como el soberano Señor del tiempo no tiene principio ni fin. De modo que las palabras con que comienzan las Escrituras trazan un decidido contraste entre todo lo que es humano, temporal y finito, y lo que es divino, eterno e infinito. Al hacernos recordar nuestras limitaciones humanas, esas palabras nos señalan a Aquel que es siempre el mismo, y cuyos años no tienen fin (Heb. 1: 10-12; Sal. 90: 2, 10). Nuestra mente finita no puede pensar en "el principio" sin pensar en Dios, pues él "es el principio" (Col. 1: 18; cf. Juan 1: 1-3). La sabiduría y todos los otros bienes tienen su principio con él (Sal. 111: 10; Sant. 1: 17). Y si alguna vez hemos de asemejarnos de nuevo a nuestro Hacedor, nuestra vida y todos nuestros planes deben tener un nuevo principio en él (Gén. 1: 26, 27; cf. Juan 3: 5; 1 Juan 3: 1-3). Tenemos el privilegio de disfrutar de la confiada certeza de que "el que comenzó" en nosotros "la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Fil. 1: 6). El es "el autor y consumador de la fe" (Heb. 12: 2). Nunca olvidemos el hecho sublime implícito en estas palabras: "En el principio... Dios".
Este primer versículo de las Sagradas Escrituras hace resaltar decididamente una de las seculares controversias entre los cristianos que creen en la Biblia, por un lado, y los escépticos ateos y materialistas de diversos matices por el otro. Estos últimos, que procuran en diferentes formas y en diversos grados explicar el universo sin Dios, sostienen que la energía es eterna. Si esto fuera verdad y si la materia tuviera el poder de evolucionar, primero de las formas más simples de la vida, yendo después a las más complejas hasta llegar al hombre, ciertamente Dios sería innecesario.
Génesis 1: 1 afirma que Dios es antes de todo lo que existe y que es, en forma excluyente, la única causa de todo lo demás. Este versículo es el fundamento de todo pensar correcto en cuanto al mundo material. Aquí resalta la impresionante verdad de que, "al formar el mundo, Dios no se valió de materia preexistente" (3JT 258).
El panteísmo, la antigua herejía que despoja a Dios de personalidad al diluirlo por todo el universo, haciéndolo así sinónimo de la totalidad de la creación, también queda expuesto y refutado en Gén. 1: 1. No hay base para la doctrina del panteísmo cuando uno 220 cree que Dios vivió sereno y supremo antes de que hubiera una creación y, por lo tanto, está por encima y aparte de lo que ha creado.
Ninguna declaración podría ser más apropiada como introducción de las Sagradas Escrituras. Al principio el lector conoce a un Ser omnipotente, que posee personalidad, voluntad y propósito, existiendo antes que todo lo demás y que, por lo tanto sin depender de nadie más, ejerció su voluntad divina y "creó los cielos y la tierra".
No debiera permitirse que ningún análisis de cuestiones secundarias concernientes al misterio de una creación divina, ya sea en cuanto al tiempo o al método, oscureciera el hecho de que la verdadera línea divisoria entre una creencia verdadera y una falsa acerca del tema de Dios y el origen de nuestra tierra consiste en la aceptación o el rechazo de la verdad que hace resaltar este versículo.
Aquí mismo debiera expresarse una palabra de precaución. Durante largos siglos los teólogos han especulado con la palabra "principio", esperando descubrir más de los caminos misteriosos de Dios de lo que la sabiduría infinita ha visto conveniente revelar. Por ejemplo, véase en la nota adicional al final de este capítulo lo expuesto en cuanto a la teoría de la creación basada en un falso cataclismo y restauración. Pero es ociosa toda especulación. No sabemos nada del método de la creación más allá de la sucinta declaración mosaica: "Dijo Dios", "y fue así", que es la misteriosa y majestuosa nota dominante en el himno de la creación. Establecer como la base de nuestro razonamiento que Dios tiene que haber hecho así y asá al crear el mundo, pues de lo contrario las leyes de la naturaleza hubieran sido violadas, es oscurecer el consejo con palabras y dar ayuda y sostén a los escépticos que siempre han insistido en que todo el registro mosaico es increíble porque, según se pretende, viola las leyes de la naturaleza. ¿Por qué deberíamos ser más sabios que lo que está escrito?
Muy en especial, nada se gana con especular acerca de cuándo fue creada la materia que constituye nuestro planeta. Respecto al factor temporal de la creación de nuestra tierra y todo lo que depende de esto, el Génesis hace dos declaraciones: (1) "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (vers. 1). (2) "Acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo" (cap. 2: 2). Los pasajes afines no añaden nada a lo que se presenta en estos dos textos en cuanto al tiempo implicado en la creación. A la pregunta: ¿Cuándo creó Dios "los cielos y la tierra"? y a la pregunta: ¿Cuándo completó Dios su obra?, tan sólo podemos contestar: "Acabó Dios en el día séptimo la obra" (cap. 2: 2), "porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día" (Exo. 20: 11).
Estas observaciones acerca del relato de la creación no se hacen con el propósito de cerrar el debate, sino como una confesión de que no estamos preparados para hablar con certeza si vamos más allá de lo que está claramente revelado. El mismo hecho de que tanto dependa del relato de la creación, aun el edificio completo de las Escrituras, impulsa al piadoso y prudente estudiante de la Biblia a restringir sus declaraciones a las palabras explícitas de las Sagradas Escrituras. Ciertamente, cuando el amplio campo de la especulación lo tienta a perderse en divagaciones en áreas no diagramadas de tiempo y espacio, no puede hacer nada mejor que enfrentar la tentación con la sencilla réplica: "Escrito está". Siempre hay seguridad dentro de los límites protectores de las comillas bíblicas.
Creó Dios.
El verbo "crear" viene del hebreo bara', que en la forma en que se usa aquí describe una actividad de Dios, nunca de los hombres, Dios crea "el viento" (Amós 4: 13), "un corazón limpio" (Sal. 51: 10) y "nuevos cielos y nueva tierra" (Isa. 65: 17). Las palabras hebreas que traducimos "hacer", 'asah, "formar", yatsar y otras, frecuentemente (pero no en forma exclusiva) se usan en relación con la actividad humana, porque presuponen materia preexistente. Estas tres palabras se usan para describir la creación del hombre. Las mismísimas primeras palabras de la Biblia establecen que la creación lleva la marca de la actividad propia de Dios. El pasaje inicial de las Sagradas Escrituras familiariza al lector con un Dios a quien deben su misma existencia todas las cosas animadas e inanimadas (Heb. 11: 3). La "tierra" aquí mencionada evidentemente no es el terreno seco que no fue separado de las aguas hasta el tercer día, sino todo nuestro planeta.
2.
Desordenada y vacía.
Más exactamente "desolada y vacía", tóhu wabóhu. Esto implica un estado de desolación y vacuidad, pero sin implicar que la tierra una vez fue perfecta y después quedó arruinada o desolada. 221
Cuando aparecen juntas las palabras tóhu wabóhu en otros pasajes, tales como Isa. 34: 11; Jer. 4: 23, parecen ser prestadas de este texto, pero la palabra tóhu se emplea con frecuencia sola como sinónimo de inexistencia o la nada (Isa. 40: 17, 23; 49: 4). Job 26: 7 muestra el significado correcto de esta palabra. La segunda parte de este versículo declara que Dios "cuelga la tierra sobre nada" y la primera mitad presenta el paralelo "él extiende el norte sobre tóhu [vacío]". Este texto de Job muestra claramente el significado de tóhu en Gén. 1: 2, en el cual este vocablo y su sinónimo bóhu indican que la tierra estaba informe y sin vida. Sus elementos estaban todos mezclados, sin ninguna organización e inanimados.
Tinieblas estaban sobre la faz del abismo.
El "abismo", de una raíz que significa "rugir", "bramar", se aplica con frecuencia a las aguas bramadoras, a las olas rugientes, o a una inundación y de ahí las profundidades del mar (Sal. 42: 7; Exo. 15: 5; Deut. 8: 7; Job 28: 14; 38: 16). "Abismo" es una palabra antigua y se usa aquí como sustantivo propio. Los babilonios, quienes retuvieron algunas vagas reminiscencias del relato de la verdadera creación durante muchos siglos, en realidad personificaron esta palabra tehom y la aplicaron a su deidad mitológico, Tiamat, de cuyo cadáver creían que se creó la tierra. El registro bíblico muestra que originalmente no había luz sobre la tierra y que la materia de la superficie estaba en un estado fluido porque "la faz del abismo" es paralela con "la faz de las aguas" en este versículo.
El Espíritu de Dios se movía.
"Espíritu", rúaj. En armonía con la forma en que se usa en las Escrituras, el Espíritu de Dios es el Espíritu Santo, la tercera persona de la Deidad. Partiendo de aquí y a través de todas las Escrituras, el Espíritu de Dios ejerce el papel del agente divino de Dios en todos los actos creadores; ya sea de la tierra, de la naturaleza, de la iglesia, de la nueva vida o del hombre nuevo. Véase el comentario del vers. 26 para una explicación de la relación de Cristo con la creación.
La palabra aquí traducida "movía" es merajéfeth, que no puede traducirse correctamente "empollaba", aunque tiene este significado en siriaco, un dialecto arameo postbíblico. La palabra aparece sólo dos veces en otras partes del AT. En Jer. 23: 9, donde tiene el significado de "temblar" o "sacudir", al paso que en Deut. 32: 11 se usa para describir el revolotear del águila sobre sus crías. El águila no está empollando sobre sus hijuelos vivientes, sino que se cierne vigilante para protegerlos.
La obra del Espíritu de Dios debía tener alguna relación con la actividad que estaba por iniciarse luego, y una actividad que hiciera salir orden del caos. El Espíritu de Dios ya estaba presente, listo para actuar tan pronto como se diera la orden. El Espíritu Santo siempre ha estado haciendo precisamente esa obra. Este Agente divino siempre ha estado presente para ayudar en la obra de la creación y de la redención, para reprochar y fortalecer a las almas descarriadas, para consolar a los dolientes y para presentar a Dios las oraciones de los creyentes en una forma aceptable.
3.
Y dijo Dios.
El registro de cada uno de los seis días de la creación comienza con este anuncio. "El dijo, y fue hecho; él mandó, y existió" (Sal. 33: 9), declara el salmista, y el apóstol dice que entendemos mediante la fe "haber sido constituido el universo por la palabra de Dios" (Heb. 11: 3). La frase "dijo Dios" ha molestado a algunos como que hiciera a Dios demasiado semejante a un ser humano. Pero ¿cómo podría haber transmitido el autor inspirado a mentes finitas el acto de la creación llevado a cabo por el Dios infinito a menos que usara términos que puede entender el hombre mortal? El hecho de que las declaraciones de Dios están relacionadas repetidas veces con actividades realizadas por Dios (vers. 7, 16, 21, 27) indica convincentemente que se está expresando con lenguaje humano una revelación del poder creador de Dios.
Sea la luz.
Sin luz no podía haber vida. Era esencial que hubiera luz cuando el Creador comenzó la obra de sacar orden del caos y dar comienzo a diversas formas de vida vegetal y animal en la tierra. La luz es una forma visible de energía que, mediante su acción sobre las plantas, transforma los elementos y compuestos inorgánicos en alimento tanto para el hombre como para los animales y rige muchos otros procesos naturales necesarios para la vida.
Siempre ha sido la luz un símbolo de la presencia divina. Así como la luz fisica es esencial para la vida física, así la luz divina es necesaria si los seres racionales han de tener 222 vida moral y espiritual. "Dios es luz" (1 Juan 1: 5), y para aquellos en cuyo corazón se está llevando a cabo aprisa la obra de volver a crear la semejanza divina, él viene otra vez hoy día ordenando que huyan las sombras de pecado, incertidumbre y desánimo al decir: "Sea la luz".
4.
Vio Dios.
Esta expresión repetida seis veces (vers. 10, 12, 18, 21, 25, 31) presenta en lenguaje humano una actividad de Dios: la valoración de cada acto particular de la creación como completamente adecuado al plan y a la voluntad de su Hacedor. Así como nosotros, al contemplar y examinar los productos de nuestros esfuerzos, estamos preparados para declarar que concuerdan con nuestros planes y propósitos, así también Dios declara -después de cada acto creador- que los productos divinos concuerdan completamente con su plan.
Separó Dios la luz de las tinieblas.
Al principio sólo había tinieblas en esta tierra amorfa. Con la entrada de la luz se realizó un cambio. Ahora existen tinieblas y luz, lado a lado, pero separadas entre sí.
5.
Llamó Dios a la luz Día.
Se dan nombres a la luz y a las tinieblas. Dar un nombre siempre fue un acto importante en la antigüedad. Los nombres tenían su significado y eran escogidos cuidadosamente. Posteriormente Dios ordenó a Adán que diera nombres a los animales. El Eterno a veces cambió los nombres de sus siervos para hacerlos concordar con la experiencia o el carácter de su vida. Instruyó a los padres terrenales de su Hijo acerca del nombre que debían dar al Salvador. Durante la semana de la creación, encontramos que Dios dio nombres aun a los productos sin vida de su poder creador.
Fue la tarde y la mañana un día.
Literalmente "tarde fue, mañana fue, día uno". Así termina la descripción somera del primer día trascendental de la semana de la creación de Dios. Se han dado muchas y diversas explicaciones de esta declaración que indica manifiestamente la duración de cada una de las siete partes de la semana de la creación y se repite cinco veces más en este capítulo (vers. 8, 13, 19, 23, 31). Algunos han pensado que cada acto creador duró una noche, desde que se hizo noche hasta la mañana; y otros que cada día comenzó con la mañana, aunque el Registro inspirado declara evidentemente que la tarde antecedió a la mañana.
Muchos eruditos han entendido que esta expresión significa un largo período indefinido de tiempo, creyendo que algunas de las actividades divinas de los días siguientes, como por ejemplo la creación de las plantas y de los animales, no podría haberse realizado dentro de un día literal. Piensan hallar justificación para su interpretación en las palabras de Pedro: "Para con el Señor un día es como mil años" (2 Ped. 3: 8). Es obvio que este versículo no se puede usar para declarar la duración de los días de la creación, cuando uno lee el resto del pasaje: "Y mil años como un día". El contexto de las palabras de Pedro aclara que lo que él quiere hacer resaltar es la eternidad de Dios. El Creador puede hacer en un día la obra de mil años, y un período de mil años -un largo tiempo para los que esperan que se cumplan los juicios de Dios puede ser considerado por él como sólo un día. Sal. 90: 4 expresa el mismo pensamiento.
La declaración literal "tarde fue [con las horas siguientes de la noche], y mañana fue [con las horas sucesivas del día], día uno" es claramente la descripción de un día astronómico, esto es, un día de 24 horas de duración. Es el equivalente de la palabra hebrea compuesta posterior "tardes y mañanas" de Dan. 8: 14, que en la versión Valera de 1909 aparecen como días, significando aquí días proféticos y como la palabra griega de Pablo nujthémeron, traducida como "una noche y un día" (2 Cor. 11: 25). Así los hebreos, que nunca dudaron del significado de esta expresión, comenzaban el día con la puesta del sol y lo terminaban con la siguiente puesta del sol (Lev. 23: 32; Deut. 16: 6). Además el lenguaje del cuarto mandamiento no deja una sombra de duda de que la tarde y la mañana del registro de la creación son las secciones componentes de un día terreno. Este mandamiento, refiriéndose con palabras inconfundibles a la obra de la creación, declara: "Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día" (Exo. 20: 11).
La tenacidad con que tantos comentadores se aferran a la idea de que los días de la creación fueron largos períodos de tiempo -aun miles de años- encuentra principalmente su explicación en el hecho de que ellos tratan de hacer concordar el registro inspirado de la creación con la teoría de la evolución. Geólogos y biólogos han enseñado a los 223 hombres a creer que la historia remota de esta tierra abarca millones de años en los cuales fueron tomando forma lentamente las formaciones geológicas y fueron evolucionando las especies vivientes. La Biblia contradice esta teoría de la evolución en sus páginas sagradas. La creencia en una creación divina e instantánea, como resultado de las palabras pronunciadas por Dios, está en completa oposición con la teoría sostenida por la mayoría de los científicos y muchos teólogos de hoy día, de que el mundo y todo lo que está en él llegó a existir mediante un lento proceso de evolución que duró incontables siglos.
Otra razón por la cual muchos comentadores declaran que los días de la creación fueron largos períodos de tiempo es que rechazan el día de reposo del séptimo día. Un famoso comentario expresa así este pensamiento: "La duración del séptimo día necesariamente determina la duración de los otros seis... El descanso sabático de Dios es entendido por los mejores intérpretes de las Escrituras como que continuó desde la terminación de la creación hasta la hora presente, de modo que esta lógica demanda que los seis días previos sean considerados no de corta duración, sino indefinida" (Pulpit). Este razonamiento se mueve en un círculo vicioso. Debido a que el descanso del séptimo día, tan claramente definido en las Sagradas Escrituras como un día de descanso que se repite semanalmente, es rechazado como tal, se declara que el séptimo día de la semana de la creación ha durado hasta el presente. Partiendo de esta explicación que no es bíblica, también se expande la duración de los otros días de la creación. Una sana interpretación escriturística no concuerda con esta clase de razonamiento, sino que insiste en dar un significado literal al texto, siguiendo el ejemplo del divino Expositor de la Palabra que rechazó cada ataque del adversario declarando: "Escrito está" (Mat. 4: 4, 7, 10).
Las Escrituras hablan clara y palmariamente de siete días de creación (Exo. 20: 11) y no de períodos de duración indefinida. Por lo tanto, estamos compelidos a declarar enfáticamente que el primer día de la creación, indicado por la expresión hebrea: "tarde fue, mañana fue, día uno", fue un día de 24 horas.
6.
Expansión.
O "firmamento". La obra del segundo día de la creación consistió en la creación del firmamento. La gran masa de "aguas" primitivas fue dividida en dos cuerpos separados. "Las aguas que estaban sobre la expansión" (vers. 7) son consideradas generalmente por los comentadores como el vapor de agua. Las condiciones climáticas de la tierra, originalmente perfecta, eran diferentes de las que existen hoy.
Exploraciones llevadas a cabo en las zonas hiperbóreas prueban que exuberantes selvas tropicales cubrieron una vez esas tierras que ahora están sepultadas bajo nieve y hielo eternos. Generalmente se admite que prevalecían condiciones climáticas agradables durante esa remota historia de la tierra. Se desconocían los extremos de frío y calor que hacen ahora desagradable la vida en la mayoría de las regiones del mundo y virtualmente imposible en algunas.
8.
Llamó Dios a la expansión Cielos.
El producto del poder creador de Dios en el segundo día de la semana de la creación recibió un nombre, así como lo había recibido la luz del primer día. En el hebreo, tanto como en las traducciones modernas, la palabra "Cielos" es el nombre que se da a la morada de Dios y también al firmamento. En este versículo "Cielos" se refiere a los cielos atmosféricos que aparecen ante el ojo humano como un palio, o cúpula, que cubre como una bóveda nuestra tierra.
Ninguna vida es posible sin aire. Plantas y animales lo necesitan. Sin atmósfera, nuestra tierra estaría muerta como la luna, tremendamente tórrida en aquella parte expuesta al sol y extremadamente fría en las otras secciones. En ninguna parte se hallaría ningún brote de vida vegetal y no podría existir ningún ser vivo durante ningún tiempo. ¿Estamos agradecidos por esta atmósfera que proviene de Dios?
9.
Júntense las aguas.
El tercer acto creador llevado a cabo durante la primera parte del tercer día fue la separación de las aguas de la tierra seca. La pluma inspirada del salmista describe este hecho en los siguientes términos pintorescos y poéticos: "Sobre los montes estaban las aguas. A tu reprensión huyeron; al sonido de tu trueno se apresuraron; subieron los montes, descendieron los valles, al lugar que tú les fundaste. Les pusiste término, el cual no traspasarán" (Sal. 104: 6-9). La reunión de las aguas en un lugar sólo implica que de allí en adelante habrían de estar reunidas en un "lugar" y retenidas por sí mismas dentro 224 de los límites de ese lugar como para permitir que quedara en relieve la superficie terrestre. Debe haber sido un espectáculo grandioso para cualquier observador celestial ver subir las colinas del agua que tan completamente había cubierto la faz de la tierra. Donde sólo había estado el agua hasta donde pudiera ver el ojo, de pronto surgieron grandes continentes y dieron a este planeta una apariencia completamente nueva.
10.
Vio Dios que era bueno.
Ahora la mirada de Dios descansó, con placer y satisfacción, en el producto terminado del tercer día de creación. "Era bueno". Esa tierra seca primitiva difícilmente nos hubiera parecido buena a nosotros. Era un mundo de valles, colinas y llanuras sin verdor que surgieron de debajo de las aguas. En ninguna parte había ni una brizna de hierba ni un liquen colgante. Sin embargo, le pareció bueno a su Hacedor, que podía verlo en relación con los usos para los cuales lo destinaba, y como un paso preparatorio adecuado para las nuevas maravillas que iba a iniciar.
11.
Produzca la tierra.
Después de la separación de la tierra seca del agua, otra orden divina fue en ese tercer día: la vegetación fue llamada a la existencia. Algunos han considerado al primero de los tres términos empleados en la orden divina como un término general para las plantas, que incluye al segundo y al tercero. Sin embargo, es preferible tomarlos como clases distintas.
Hierba.
Heb. déshe', "ser verde", "crecer verde", "brotar". Esta palabra designa los brotes verdes y las tiernas hierbas: las diversas clases de plantas que proporcionan alimento para los animales. Probablemente aquí se usa "hierba" como un sinónimo de la palabra "pasto", 'eseb, cuando esta última aparece sin la expresión cualitativa "que da semilla" (ver vers. 30; Sal. 23: 2).
Hierba que dé semilla.
"Hierba", 'eseb, es el herbaje más maduro en el cual la semilla es la característica más resaltante, que proporciona una de las dos clases de alimentos designados por Dios para el consumo de los seres humanos (vers. 29).
Árbol de fruto.
Se advierten aquí tres características de los árboles que dan fruto: (1) el dar fruto, (2) el contener la semilla dentro del fruto y (3) dar ese fruto "sobre" o encima de la tierra. Estos árboles habían de ser otra fuente de alimento para el hombre (vers. 29).
12.
Produjo, pues, la tierra.
La vegetación del tercer día surgió del suelo. Eso no significa que estuviera en el suelo el poder de producir plantas con vida. La idea de la generación espontánea es tan ajena a las Escrituras como lo es a la ciencia.
Según su género.
Esta expresión aparece diez veces en el primer capítulo del Génesis y, en conjunto, 30 veces en los libros de Moisés, especialmente en Gén. 1, 6 y 7; en Lev. 11 y en Deut. 14. La referencia es a los géneros de animales y plantas, y no a su forma de reproducirse. Sin embargo, es un hecho natural que los seres vivientes produzcan descendientes que se parezcan a sus padres. Dentro de ciertos límites, son posibles ciertas variaciones, pero esos límites son demasiado estrechos como para permitir la creación de géneros claramente nuevos de plantas y animales. Ver Gén. 6: 20; 7: 14; Lev. 11: 14-16, 29; Deut. 14: 13-15.
13.
Ver com. de vers. 5.
14.
Haya lumbreras.
"Lumbreras", me'oroth, no es lo mismo que "luz", 'or de los vers. 3 y 4. Significa fuentes de luz, recipientes de luz, luminarias. La expresión de que están colocadas en el firmamento, o la expansión de los cielos, se presenta porque es allí donde las ven los habitantes de la tierra.
Para separar el día de la noche.
Para regular y continuar de allí en adelante con la diferencia entre luz y tinieblas, diferencia que había existido desde que Dios decretó que hubiera luz en el primer día.
De señales.
Estos cuerpos celestes señalaron actos especiales del favor de Dios o de su desagrado, como en los días de Josué (Jos. 10: 12, 13) y de Ezequías (2 Rey. 20: 11) y en el día de la crucifixión (Mat. 27: 45). La caída de "las estrellas" sirvió como una de las señales de la segunda venida de Cristo (Mat. 24: 29).
Algunos han pensado erróneamente que todos los cuerpos celestes fueron también designados para determinar los destinos individuales de los hombres. Los astrólogos han recurrido al vers. 14 para justificar su práctica. Sin embargo, la Biblia se opone tan decididamente a cualquier forma de adivinación o predicción de la suerte, que debe rechazarse enfáticamente el pensamiento de que Dios puso el sol, la luna y las estrellas para servir como guías a los astrólogos para que predijeran los asuntos y el destino humanos. Jeremías advierte a los hebreos que no teman las 225 señales de los cielos ante las cuales temblaban los paganos con terror inútil (Jer. 10: 2), e Isaías habla con mofa e ironía contra los astrólogos, los contempladores de estrellas y adivinos, en cuyo consejo es necio e impío confiar (Isa. 47: 13, 14). Aunque la superstición de leer el destino del hombre en las estrellas nunca se arraigó entre los antiguos israelitas, ellos no tenían suficiente fortaleza moral, en términos generales, para resistir el ejemplo de adoración de los astros de sus vecinos paganos (Jer. 19: 13; Eze. 8: 16; Sof. 1: 5).
Para las estaciones.
Los períodos de fiesta anuales y otras ocasiones definidas habían de regularse por el movimiento de los cuerpos celestes (Sal. 104: 19; Zac. 8: 19). Esos cuerpos tienen además una determinada influencia periódica sobre la agricultura, la navegación y otras ocupaciones humanas, tanto como sobre el curso de la vida animal y vegetal, como por ejemplo el tiempo de la procreación de los animales y la migración de las aves (Jer. 8: 7).
Para días y años.
Los días y los años están fijados por el movimiento de la tierra en relación con el sol, que junto con el de la luna ha proporcionado a los hombres de todos los siglos la base de los calendarios: lunar, solar, o una combinación de ambos.
15.
Por lumbreras.
No para producir luz por primera vez en este mundo, pues Dios decretó que hubiera luz en el primer día, sino para servir como instrumentos permanentes para la distribución de la luz en este planeta.
16.
Hizo también las estrellas.
La palabra "hizo" ha sido añadida. En cuanto al origen de las estrellas, se han presentado dos puntos de vista principales: (1) Las estrellas fueron llamadas a la existencia durante la semana de la creación, junto con el sol y la luna. (2) Las "estrellas" aunque fueron creadas antes, son mencionadas aquí de paso por Moisés pues está tratando de las lumbreras de los cielos. El primer punto de vista lleva a la conclusión de que antes de la semana de la creación el vasto universo era un vacío completo. Esta conclusión no parece justificable.
Sin embargo, acerca de ésta, como de otras declaraciones crípticas de las Escrituras de la forma misteriosa en que actúa Dios, debiéramos ser lentos para dogmatizar. No debiéramos olvidar que la verdad esencial que Moisés procuró presentar en cuanto al origen del sol, la luna y las estrellas es que, sin excepción, son el resultado del poder creador de Dios. Aquí hay una refutación adicional a la antigua pero siempre presente herejía de la eternidad de la materia.
18.
Era bueno.
A diferencia de nuestra tierra actual, que ha cambiado mucho como resultado de la entrada del pecado, los cuerpos celestes no han sufrido los resultados de la transgresión del hombre y reflejan el poder de su Creador. Es un hecho universalmente reconocido que las leyes del universo son fielmente obedecidas por todos los astros. Los astrónomos y los marinos están seguros de que no ocurren desviaciones de las reglas establecidas en el mundo astronómico. Saben que los cuerpos celestes no los van a chasquear, que son dignos de confianza debido a su continua obediencia a las leyes establecidas para ellos.
20.
Produzcan las aguas.
Aquí tenemos la forma en que se poblaron el agua y el aire con la creación de seres marítimos y alados. El original podría traducirse: "Produzcan las aguas abundantemente seres vivientes que se mueven", lo que sería más claro que la frase hebrea que significa literalmente: "Enjambren las aguas con enjambres". El verbo aquí usado como "enjambrar" también se usa con el significado de "multiplicar abundantemente". El término no sólo se aplica a los peces sino a todos los animales acuáticos, desde los más grandes hasta los más pequeños y también a los reptiles.
Seres vivientes.
El original de esta frase, néfesh jayyah, hace una clara distinción entre los animales y la vegetación creada dos días antes. Es cierto que las plantas tienen vida como los animales y cumplen ciertas funciones que se asemejan a las de los animales, pero permanece el hecho de que existe una diferencia marcada entre el mundo vegetal y el animal. Los animales poseen órganos que les permiten tomar decisiones, moverse en procura de alimento y sentir dolor, gozo o pesar, en mayor o menor grado.
Por lo tanto, pueden ser llamados "seres vivientes" ["bichos vivientes", BJ; "inquietos seres vivientes", Bover-Cantera], expresión que no tiene una aplicación tan específica para las plantas. Este debe ser el significado de la muy discutida palabra hebrea néfesh, traducida correctamente como "seres" ["bichos vivientes"; "inquietos seres vivientes"] en este versículo, un término que atribuye a los 226 animales una forma de vida más elevada que a las plantas, que no son néfesh. En las ediciones de la versión Reina-Valera, antes de la revisión de 1960, se empleó la expresión "ánima viviente" que confundía a los lectores y no daba correctamente el pensamiento del autor inspirado.
Aves que vuelen.
Las aguas habían de producir animales acuáticos, pero no las aves como parece indicar aquí la VVR. En el cap. 2: 19 se declara que "toda ave de los cielos" fue formada por Dios "de la tierra". La traducción correcta del texto hebreo del cap. 1: 20 "y vuelen aves sobre la tierra" elimina esta aparente dificultad. La palabra "aves" -literalmente "seres alados"- debiera más bien ser "pájaros". Están incluidos tanto pájaros domésticos como silvestres.
21.
Creó Dios los grandes monstruos marinos.
La palabra "creó", bará', se usa por segunda vez en este capítulo para indicar la introducción de algo completamente nuevo: la creación de seres vivientes. Al ejecutar lo que había ordenado, Dios creó los grandes animales marinos, tanninim. La traducción "grandes ballenas" de la versión de Valera de 1909 es demasiado limitada en sus alcances. La palabra tiene diversos significados, tales como "culebra" (Exo. 7: 9, 10, 12) y "dragón" (Isa. 51: 9; Eze. 29: 3), pero debe significar "monstruo marino" en este pasaje y en Sal. 148: 7.
Se mueve.
El verbo "mover", ramas´, es especialmente aplicable a los animales que se arrastran (Gén. 9: 2), ya sea sobre la tierra (Gén. 7: 14) o en el agua (Sal. 69: 34), aunque aquí signifique claramente seres acuáticos.
Según su género.
Como en el caso de las plantas creadas en el tercer día, se declara que tanto los peces como las aves fueron creados "según su género". Esto explícitamente indica que las distintas clases de animales que vemos comenzaron en la creación y no a través de un proceso de evolución como lo sostienen los evolucionistas (ver com. de vers. 12).
Por qué las aves y los peces fueron creados en el mismo día, no se explica por ninguna supuesta similitud entre el aire y el agua como pensaron Lutero, Calvino y otros. Además no se declara que sólo fue creada una pareja de cada género. Por el contrario, las palabras: "Produzcan las aguas seres vivientes" parecen indicar que los animales fueron creados no sólo con una rica variedad de géneros, sino con un gran número de individuos. El hecho de que sólo fuera creado un ser humano al principio, de ninguna manera da pie a la conclusión de que los animales también fueron creados uno a uno.
Vio Dios que era bueno.
La tierra debe haberle parecido deleitable en sumo grado al Creador cuando la contempló al final del quinto día. No sólo había verdeantes colinas, resplandecientes corrientes de agua y lagos azules, sino también seres vivientes que se movían, nadaban y volaban dando a este mundo, por primera vez, la calidad de vida que no había poseído antes. He aquí criaturas que hasta podían cantar alabanzas a su Creador, que revelaban cierta medida de entendimiento al buscar el debido alimento (Mat. 6: 26) y al construir nidos para protegerse (Mat. 8: 20).
Las grandiosas obras de Dios realizadas en los días previos fueron ciertamente admirables, pero la naturaleza recibió su ornamento en el día quinto. Sin la vegetación creada en el tercer día, el mundo habría ofrecido una apariencia muy poco atrayente. Mucho mayor habría sido la falta de atracción y alegría si hubiesen estado ausentes las miríadas de seres vivientes que pueblan la tierra. Cada uno de esos seres, pequeños o grandes, debiera enseñarnos una lección acerca de la maravillosa maestría del gran Dios, a quien debemos adoración como al autor y preservador de toda forma de vida. Esos seres debieran darnos un saludable respeto por la vida, que no podemos impartir sino que debiéramos proteger cuidadosamente y no destruir.
22.
Dios los bendijo.
La obra del quinto día no sólo fue declarada buena por el Creador sino que recibió una bendición que no fue dada ni a los productos inanimados de la creación de Dios ni a las plantas. Esta bendición, que se enfoca en su propagación y aumento -"fructificad y multiplicaos"- llegó a ser una fórmula usual de bendición (caps. 35: 11; 48: 4).
24.
Seres vivientes.
A semejanza del tercer día, se distingue el sexto por un acto doble de creación: la producción de animales terrestres y la creación del hombre. Después de que el mar y el aire estuvieron llenos de seres vivientes, néfesh jayyah (vers. 20), la palabra de Dios se dirigió a la tierra para que produjera 227 seres vivientes según su género. Estos son divididos en tres clases:
Bestias.
De behemah, que se deriva de la raíz baham -"ser mudo"- con el significado de "animales mudos". Generalmente la palabra denota los cuadrúpedos domésticos más grandes (Gén. 47: 18; Exo. 13: 12, etc.), pero ocasionalmente los animales terrestres más grandes en conjunto (Prov. 30: 30; Ecl. 3: 19, etc.).
Serpientes.
De rémes´, que indica los animales más pequeños que se mueven, ya sea sin pies, o con pies que son apenas perceptibles, tales como gusanos, insectos y reptiles. Aquí se refiere a los rémes´ terrestres; los rémes' del mar fueron creados el día anterior.
Animales de la tierra.
De jayetho 'érets. Este antiguo y raro término hebreo indica los animales silvestres errantes.
25.
Animales de la tierra.
El orden de creación de seres vivientes que se da aquí difiere de aquel del vers. 24. El último grupo del versículo anterior es el primero que aquí se enumera. Esta es una bien conocida disposición del idioma hebreo, llamada "paralelismo invertido" (Gén. 10: 1, 2, 6, 21; Prov. 14: 16, 17).
Según su especie.
La declaración se refiere a todas las tres clases de seres vivientes, cada una de las cuales tiene sus géneros distintos. Estas palabras inspiradas refutan la teoría de la evolución que declara que las formas superiores de vida evolucionaron de las inferiores y sugiere que todavía resultaría posible producir materia viviente de la tierra inanimada. Aunque los estudios científicos confirman la declaración bíblica de que todos los organismos animados son hechos de la tierra -que no contienen otros elementos sino los que tiene la tierra-, los científicos nunca han podido producir de la materia inerte una sola célula que pudiera vivir y reproducirse según su especie.
Vio Dios que era bueno.
El breve relato de la creación de todos los animales terrestres termina con la acostumbrada palabra de aprobación, y el autor pasa prestamente al relato de la creación del hombre, con la que culmina la obra de la creación.
26.
Hagamos al hombre.
Desde el mismo principio, el Registro Sagrado proclama la preeminencia del hombre por encima de todas las otras criaturas de la tierra. El plural "hagamos" fue considerado casi unánimemente por los teólogos de la iglesia primitiva como que indica a las tres personas de la Deidad. La palabra "hagamos" requiere, por lo menos, la presencia de dos personas que celebran un consejo. Las declaraciones de que el hombre había de ser hecho a "nuestra" imagen y fue hecho "a imagen de Dios", llevan a la conclusión de que los que celebraron consejo deben ser personas de la misma Deidad. Esta verdad, implícita en varios pasajes del AT, tales como el que hemos tratado aquí y Gén. 3: 22; 11: 7; Dan. 7: 9, 10, 13, 14; etc., está plena y claramente revelada en el NT, donde se nos dice en términos inconfundibles que Cristo, la segunda persona de la Deidad -llamada Dios por el Padre mismo (Heb. 1: 8)- estuvo asociada con su Padre en la obra de la creación. Textos como Juan 1: 1-3, 14; 1 Cor. 8: 6; Col. 1: 16, 17; Heb. 1: 2 no sólo nos enseñan que Dios el Padre creó todas las cosas por medio de su Hijo sino que toda vida es preservada por Cristo.
Aunque es cierto que esta luz plena de la verdad no brilló sobre estos textos del AT, previos a la revelación contenida en el NT, y que la comprensión precisa de las diferentes personas de la Deidad no fue tan fácilmente discernible sólo por los pasajes del AT, la evidencia inicial de la existencia de Cristo, en el tiempo de la creación, como colaborador con su Padre, se halla en la primera página de la Biblia. Estos textos no ofrecen dificultad para los que creen tanto en la inspiración del AT como del NT, en vista de que una parte explica la otra y que ambas se ensamblan armoniosamente como las piedras de un bello mosaico. No sólo los vers. 26 y 27 indudablemente contienen indicios de la actividad de Cristo como la segunda persona de la Deidad en la obra de la creación, sino que el vers. 2 menciona al Espíritu Santo como colaborando en la misma obra. Por lo tanto, tenemos fundamento para declarar que la primera evidencia del sublime misterio de la Deidad se encuentra en la primera página de la Biblia, misterio que se presenta con luz más clara cuando la pluma de la inspiración de los diferentes autores de los libros de la Biblia fue movida a revelar más plenamente esta verdad.
La palabra "hombre" es 'adam en hebreo, la misma palabra empleada para nombrar al padre de la raza humana (cap. 5: 2). Su significado se ha explicado de diversas formas. 228 Describe ya sea su color, de 'adam "ser rojo"; o su apariencia, de una raíz arábiga que significa "brillar", haciendo de Adán "el brillante"; o su naturaleza como la imagen de Dios de dam, "semejanza"; o -y lo que es más probable- su origen: "el suelo", de 'adamah, "el del suelo".
A nuestra imagen.
"El hombre había de llevar la imagen de Dios, tanto en la semejanza exterior, como en el carácter" (PP 25). Esa imagen se hacía más evidente en términos de su naturaleza espiritual. Vino a ser un "ser viviente"*, dotado de libre albedrío, una personalidad autoconsciente.
Esta naturaleza reflejaba la santidad divina de su Hacedor hasta que el pecado destruyó la semejanza divina. Sólo mediante Cristo, el resplandor de la gloria de Dios, y la "imagen misma de su sustancia" (Heb. 1: 3), se transforma nuestra naturaleza otra vez a la imagen de Dios (Col. 3: 10; Efe. 4: 24).
Y señoree.
La relación del hombre con el resto de la creación es la de un gobernante*. Al transferir a Adán el poder de gobernar sobre "toda la tierra", Dios tenía el plan de hacer del hombre su representante, o virrey, sobre este planeta. El hecho de que no se mencione las bestias del campo, ha sido tomado por algunos comentadores como una indicación de que los animales que ahora son salvajes no estuvieron sometidos a Adán. Esta opinión es insostenible. También faltan las plantas en la enumeración de las obras creadas sujetas a Adán, aunque nadie negará que el hombre ha tenido el derecho de regir la vegetación hasta el día de hoy y que las plantas deben haber estado incluidas en la frase "toda la tierra". En realidad, esta frase abarca todas las cosas de esta tierra no mencionadas por nombre, incluso "las bestias del campo" (Sal. 8: 6-8). Con todo, Dios limitó la supremacía del hombre a esta tierra; no le confió a Adán el dominio sobre los cuerpos celestes.
27.
Creó Dios al hombre.
El relato de la realización del propósito divino se expresa en una forma de poesía hebrea, común a todos los libros poéticos del AT, en los cuales el pensamiento expresado en la primera parte de una estrofa se repite con ligeras variaciones de palabras, pero no en el significado, en la segunda o aun en la tercera parte de la estrofa, como es el caso en nuestro versículo:
"Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". Moisés, que nos ha dado otros ejemplos de su habilidad poética (Exo. 15; Deut. 32, 33; Sal. 90), fue el primero de todos los escritores inspirados que se refirió a las admirables obras de Dios con palabras poéticas. Cuando había llegado en su registro al punto de narrar la creación del hombre, la corona de la obra de Dios en esta tierra, dejó el estilo narrativo ordinario y empleó poesía.
A su imagen.
Es digno de notarse el uso del singular "su". El plural del vers. 26 revela que la Deidad posee pluralidad en la unidad, al paso que el vers. 27 hace resaltar que la pluralidad de Dios no niega su unidad.
Varón y hembra.
Se introduce un nuevo elemento en la información dada en cuanto a la creación del hombre al mencionar la diferencia de sexo. Las dos palabras "varón" y "hembra" son traducciones de adjetivos hebreos que indican el sexo de dos individuos. La bendición de la fertilidad pronunciada sobre los animales (vers. 22) implica que también deben haber sido creados con diferencias sexuales, pero no se menciona este hecho. Probablemente existía una razón especial para mencionarlo en relación con la creación del hombre. Esa razón puede deberse a que únicamente en el hombre la dualidad de sexos culmina en la institución de un santo matrimonio. Este versículo nos prepara para la revelación concerniente al plan de Dios para la creación de la familia que se presenta en el cap. 2.
28.
Y los bendijo Dios.
Las bendiciones de Dios conferidas a los seres vivientes el día anterior fueron repetidas al fin del sexto día con adiciones especiales apropiadas para el hombre. Dios "los" bendijo, no "lo" bendijo. Esto indica que la creación de Eva debe haber ocurrido antes de que terminara el sexto día y que las bendiciones y responsabilidades que les fueron conferidas fueron compartidas por ambos de igual manera.
Les dijo.
Existe una diferencia entre los premios a las bendiciones de los vers. 22 y 28 que es digna de notarse. La bendición para los animales fue pronunciada en forma indirecta 229 -"Dios los bendijo, diciendo"-, al paso que la bendición para la raza humana se presenta directamente con las palabras "les dijo". Como seres inteligentes, podían escuchar a Dios y recibir comunicaciones. Este versículo contiene la primera revelación de Dios al hombre.
Fructificad.
En primer lugar, la bendición del Creador se refería a la propagación y perpetuación de la especie, bendición que nunca ha sido rescindida por Dios y que es el origen de los miles de millones de seres humanos que ahora llenan todos los continentes del mundo. La comisión divina ha sido entendida por diversos comentadores como que indicara que la reproducción de los seres humanos no debiera continuar interminablemente, sino que había de cesar cuando la tierra estuviera llena de seres humanos y de sus súbditos irracionales.
Sojuzgadla.
Esta revelación también contiene instrucciones en cuanto al deber y destino del hombre de regir las obras de la creación terráquea, comisión expresada casi con las mismas palabras como las del consejo divino registrado en el vers. 26. La única diferencia es la palabra adicional "sojuzgadla", que concede al hombre el derecho de utilizar para sus necesidades los vastos recursos de la tierra, mediante labores de agricultura y minería, investigaciones geográficas, descubrimientos científicos e invenciones mecánicas.
29.
Toda planta.
Luego se hizo provisión para el sustento del recién nombrado monarca y de sus súbditos. Sabemos por el registro divino que el hombre había de comer tanto de los productos del campo como de los árboles. En otras palabras, cereales, frutas oleaginosas y las otras frutas. Los animales habían de comer "toda planta verde": verduras y pasto.
La redacción de esta orden revela que no era la voluntad de Dios que el hombre matara animales para alimentarse, o que los animales debieran devorarse entre sí. Por lo tanto, la violenta y a veces penosa destrucción de vida hecha por hombres y animales es un resultado de la entrada del pecado en el mundo. Sólo después del diluvio Dios dio permiso al hombre de comer carne de animales (cap. 9: 3). Aun las leyendas paganas hablan de una edad áurea, de inocencia, cuando el hombre se abstenía de matar animales (Ovidio, Metamorfosis, I. 103-106). Que ningún animal de especie alguna comía carne al principio se puede inferir del anuncio profético en Isa. 11: 6-9; 65: 25, del estado de la tierra nueva, donde la ausencia del pecado y la transformación completa del mundo al convertirse en el reino de Dios estarán acompañadas por el cese de toda matanza de las criaturas de Dios.
La clara enseñanza de las Escrituras de que la muerte entró en el mundo por el pecado muestra palmariamente que el propósito original de Dios era que ni el hombre ni los animales quitaran la vida para proveerse de alimentos.
Todos los argumentos basados en la premisa de que es necesario matar animales para frenar su aumento excesivo, son de valor dudoso. Es fútil especular con lo que habría sucedido en este mundo si los animales y los seres humanos se hubieran multiplicado sin control, perpetuamente. Ciertamente, Dios había trazado sus planes para hacer frente a eventualidades cuando se presentaran. Esos planes no nos han sido revelados porque el pecado entró en el mundo antes de que surgiera la necesidad de frenar una reproducción excesiva (vers. 28).
31.
He aquí que era bueno en gran manera.
La creación del hombre y su instalación como gobernante de la tierra pusieron fin a la creación de todas las cosas terráqueas. De acuerdo con el registro, Dios frecuentemente había repasado su obra y la había declarado buena (vers. 4, 10, 12, 18, 21, 25). El examen realizado al fin del sexto día abarcó todas las obras completadas durante los días anteriores, y "he aquí que era bueno en gran manera". Cada cosa era perfecta en su clase; cada ser respondía a la meta fijada por el Creador y estaba aparejado para cumplir el propósito de su creación. La aplicación del término "bueno" a cada cosa que Dios había hecho y la repetición de la palabra con el énfasis "en gran manera" al fin de la creación, con el hombre como su corona y gloria, indican que nada imperfecto había salido de las manos de Dios. Esta expresión de admiración excluye enteramente la posibilidad de que cualquier imperfección de lo creado fuera responsable de la debilidad demostrada por Adán y Eva durante la hora de la tentación. 230
NOTA ADICIONAL AL CAPÍTULO 1
El versículo inicial de Gén. 1 ha sido objeto de muchos debates en los círculos teológicos a través de la era cristiana. Algunos han sostenido que el versículo se refiere a una creación de este mundo físico y de toda la vida que hay en él en un momento de tiempo muy anterior a los siete días de la semana de la creación.
Este concepto es conocido como la teoría de la catástrofe y la restauración. Esta teoría ha sido sostenida durante siglos por teólogos especuladores que han leído en la expresión hebrea tóhu wabóhu, "desordenada y vacía" (vers. 2), la idea de que un intervalo de tiempo -ciertamente, de gran duración- separa el vers. 1 del vers. 2. Se ha hecho significar a tóhu wabóhu como que "la tierra fue obligada a estar desordenada y vacía". En este enfoque del texto se basa el concepto de que el mundo fue creado perfecto en algún momento de un remoto pasado (vers. 1), pero un tremendo cataclismo destruyó todo rastro de vida en él y redujo su superficie a una condición que podría describirse como "desordenada y vacía". Muchos que sostienen esta opinión creen que hubo varias creaciones. Finalmente, después de incontables eones, una vez más Dios procedió a poner orden en el caos y a llenar la tierra con vida, como se registra en los vers. 2-31.
Hace más de un siglo, varios teólogos protestantes se aferraron firmemente a este enfoque pensando que encontraban en él un medio de armonizar el relato mosaico de la creación con la idea que entonces divulgaban ciertos científicos: que la tierra había pasado por largas eras de cambios geológicos. Este concepto es popular entre ciertos fundamentalistas. Según él, las capas estratificadas de rocas que forman gran parte de la superficie de la tierra fueron depositadas durante el curso de los supuestos cataclismos, y se supone que los fósiles sepultados en ellas son las reliquias de la vida que existió en esta tierra antes de ese tiempo.
Otros hallan en esta teoría un argumento para sostener la idea de que cuando Dios realizó su obra creadora registrada en los vers. 2-31, dependió de materia preexistente. Así limitarían su poder disminuyendo, o aun negando, el hecho de que trajo la materia a la existencia y que "lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (Heb. 11: 3). Varios aspectos de esta teoría se han reflejado en diversas traducciones modernas de la Biblia.
El concepto de una "restauración" debe rechazarse de plano porque: (1) Las palabras hebreas tóhu wabóhu no dan la idea de algo dejado desolado, sino más bien describe un estado de la materia, desorganizada y sin vida. Por lo tanto, la interpretación dada a estas palabras es completamente injustificable. (2) Las Escrituras enseñan claramente que la obra de la creación de Dios "estaban acabadas desde la fundación del mundo" (Heb. 4: 3). (3) Este punto de vista implica la blasfema doctrina de que diversas tentativas de creación de Dios, muy particularmente la del hombre, fueron imperfectas y sin éxito debido a la operación de fuerzas sobre las cuales él tenía sólo un dominio limitado. (4) Seguido hasta su conclusión lógica, este punto de vista en realidad niega la inspiración y autoridad de las Escrituras en su conjunto, limitando al Creador al empleo de materia preexistente en la obra de la semana de la creación y sometiéndolo a las leyes de la naturaleza. (5) La idea de sucesivas creaciones y catástrofes anteriores a los acontecimientos de la semana de la creación no tiene para apoyarse ni una pizca de evidencia válida, ya sea de parte de la ciencia o de la Palabra inspirada. Es pura especulación. (6) Podría añadirse de paso que el origen y la evolución de este punto de vista están contaminados con las paganas especulaciones filosóficas de varias sectas heréticas y teñido con los conceptos racionalistas del naturalismo y la evolución.
COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
1-31 PP 24-339 102-109; SR 20-23
1 Ed 130; 3JT 258; MeM 110
2 CM 409; CS 717; Ed 130
2, 3 PR 529; PVGM 394
3 CS 224; MeM 142
5 Ed 124
11, 12 Ed 104; PP 24; PVGM 66; TM 247
26 CH 19; CMC 19; HAd 21; MM 221; PE 145; SR 20; Te 37
26, 27 CH 108; PP 24; Te 11
27 CM 13, 29,509 55, 332, 336; CN 58, 532; 231 CRA 52;CS 520; EC 17; Ed 13,15,17,126; 1JT 254, 496; 2JT 410; 3JT 262; MC 120, 323; MeM 130; PP 25, 645; PR 138; 3T 50; 4T 91, 327, 416, 438; 5T 311; 8T 327; Te 81, 159, 245; 3TS 373
28 HAd 22; PP 32; PR 502
29 CH 115, 450; CRA 95, 109, 366, 383, 445, 454, 472, 473, 480; MC 228; MeM 136; MM 8, 267, 277; Te 12, 141, 215
31 DMJ 57; DTG 248; Ed 211; FE 326, 513; 3JT 16; PP 28; 4T 562; 7T 87