Primera Epístola Universal de SAN JUAN APÓSTOL

 

CAPÍTULO 5

1 El que ama a Dios ama a sus hijos y guarda sus mandamientos, 3 los cuales son fáciles y para los fieles, y no pesados. 9 Jesús es el Hijo de Dios, capaz de salvarnos; si el escucha nuestras oraciones, las cuales elevamos por nosotros y por los demás.
1 TODO aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él.
2 En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos.
3 Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.
4 Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe.
5 ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
6 Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad.
7 Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno.
8 Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan.
9 Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo.
10 El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.
11 Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.
12 El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.
13 Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.
14 Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.
15 Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.
16 Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida.
17 Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte.
18 Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca.
19 Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno.
20 Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna.
21 Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén.
 
COMENTARIO BIBLICO ADVENTISTA
1.
Todo aquel.
Ver com. cap. 3:4, 6.
Cree.
Los vers. 1-12 tratan de la fe que produce victoria y vida eterna. El verbo "creer" hasta ahora sólo ha aparecido tres veces en esta epístola (cap. 3:23; 4:1, 16), pero aquí ocupa un lugar clave en el pensamiento del autor. Aparece siete veces en este capítulo (vers. 1, 5, 10, 13); pero, en cambio, "amor" o "amar", que han aparecido más de 40 veces, se usa por última vez como sustantivo en el vers. 3.
El Cristo.
Es decir, el Ungido, o Mesías (ver com. Mat. 1:1). Creer que Jesús de Nazaret, el hombre, es también el Mesías, es aceptar el plan de salvación (ver com. 1 Juan 3:23; 4:2, 15). Negar la divinidad de Jesús es una de las señales de herejía (ver com. cap. 2:22).
Es nacido de Dios.
Mejor "ha nacido de Dios" (BJ). Ver com. cap. 2:29; 3:9.
Todo aquel.
Juan da por sentado que los que han nacido de Dios aman a Dios, y declara que también aman a los otros miembros691 de la familia en la cual han nacido.
Al que ha sido engendrado.
Es decir, el hermano en la fe que ha nacido del Padre celestial y que, por lo tanto, es miembro de la misma familia del creyente.
2.
En esto.
Una referencia a lo que sigue.
Conocemos.
Ver com. cap. 2:3, 29. Se ha dicho ya cómo podemos saber que amamos a Dios (cap. 4:20-21), y ahora Juan nos dice cómo podemos descubrir si amamos a los hijos de Dios, que son nuestros hermanos.
Hijos.
Gr. téknon (ver com. Juan 1: 12; Rom. 14, 16).
Cuando amamos a Dios.
Juan enseña en forma clara que el amor a Dios es básico en la vida cristiana. El que ama a Dios puede estar seguro de que también ama a sus hermanos; por lo tanto, es de capital importancia que el creyente cultive un amor genuino por su Hacedor, pues esto le proporcionará una fuente inextinguible de la cual fluyen incesantemente todas las otras cualidades deseables; además, también controlará todos sus otros afectos, los mantendrá puros y bien equilibrados, lo que contribuirá al desarrollo simétrico del carácter cristiano.
Guardamos sus mandamientos.
La evidencia textual se inclina (cf. p. 10) por la variante "practicamos sus mandamientos". Esta diferencia influye muy poco en el significado básico del texto. Ver com. vers. 3.
3.
Pues este.
Con esta frase se introduce la razón de la declaración previa (vers. 2). Quizá Juan creyó que no había presentado con claridad la estrecha relación entre amar a Dios y obedecerle, y por eso refuerza el vínculo entre el amor a Dios y la obediencia a sus mandamientos mostrando que lo uno implica lo otro y ambos se necesitan. En cuanto a la relación entre el amor y la observancia de los mandamientos, ver com. Mat. 22:37-39; Rom. 13:8-9. El apóstol presenta muy claramente dicha relación en su Evangelio citando textualmente las enseñanzas de Cristo sobre el tema (ver com. Juan 14:15, 21, 23; 15: 10).
Amor a Dios.
En el griego dice "amor de Dios", que puede interpretarse como "amor hacia Dios" o "amor procedente de Dios" (ver com. cap. 2:5, 15; 3:16-17; 4:9). Esta vez no hay duda de que el apóstol está hablando de nuestro amor a Dios (cap. 5:2).
Sus mandamientos.
Ver com. cap. 2:3; 3:4. Los mandamientos de Dios se pueden expresar de diversas maneras: en la consigna de amar a Dios de todo corazón y a nuestros prójimos como a nosotros mismos (Luc. 10:27); en la admonición a creer en el nombre de su Hijo Jesucristo y a amar a nuestros hermanos (1 Juan 3:23); o en la orden de guardar los Diez Mandamientos, pues, después de todo, los Diez Mandamientos no son sino la ampliación de los dos grandes preceptos: amar a Dios y amar al prójimo (Mat. 19:17-19; 22:36-40; Rom. 13:8-10).
Gravosos.
Gr. barús, "pesado", "molesto", "difícil de cumplir". Compárese con el uso de esta palabra en Mat. 23:4, 23; Hech. 20:29; 25:7. Los mandamientos de Dios no son molestos para el cristiano, pues la obediencia es el resultado del amor. Los que aman a Dios encuentran gozo en cumplir sus órdenes y en seguir su consejo, y él proporciona el poder para que su ley sea obedecida (1 Cor. 10: 13; Fil. 2:13).
4.
Porque.
Juan da en seguida una razón adicional para mostrar por qué los mandatos de Dios no son una carga pesada y abrumadora. Para el alma humana desprovista de ayuda es imposible cumplirlos (Rom. 8:7); pero para el cristiano que ha nacido de nuevo (Juan 3:3) todas las cosas son posibles (Mar. 11:22-24; Fil. 4:13). El que participa de la naturaleza divina (2 Ped. 1:4), dispone de los mismos recursos que sostuvieron a Cristo en su vida terrenal (TM 386; DTG 98-99).
Todo lo que.
Juan quizá usó esta expresión y no "todo aquel" para destacar la naturaleza abarcante de la verdad que está presentando (cf. Juan 3:6). Todo principio correcto proviene de Dios y puede vencer los principios del mundo que tienen origen en Satanás.
Nacido de Dios.
Ver com. cap. 3:9.
Vence.
Gr. nikáo (ver com. cap. 2:13). El verbo en tiempo presente muestra que la victoria en la vida nueva puede ser continua. Siempre que el cristiano nacido de nuevo resiste al tentador con la fortaleza del cielo, derrota al adversario (Sant. 4:7).
Mundo.
Gr. kósmos (ver com. cap. 2:15).
Victoria.
Gr. níké, "triunfo", "conquista", "victoria", afín del verbo nikáÇ, "vencer" (ver com. "vence"). Níké sólo aparece aquí en el NT, pero era común en el griego clásico y era el nombre que se le daba a la diosa griega de la victoria.
Ha vencido.
Gr. nikáÇ (ver com. cap. 2:13). En el texto griego hay un juego de palabras -ník' y nikáÇ-: "la conquista que ha conquistado al mundo". El tiempo pasado del 692 verbo parece referirse al tiempo cuando los creyentes rompieron con el mundo, pues el apóstol está hablando de la fe de ellos. También podría haber una referencia más lejana a la gran victoria que capacita al cristiano para vencer al mundo: la victoria de Cristo sobre el diablo, pero éste no es el pensamiento central de Juan en este versículo.
Fe.
Gr. pístis (ver com. Heb. 11:1). Es la única vez que aparece esta palabra en el Evangelio de Juan o en sus epístolas. ¿Cómo puede capacitarnos "nuestra fe" para vencer al mundo? El autor da la respuesta en el vers. 5, donde tácitamente afirma que la fe a la que se está refiriendo es la que acepta a Jesús como el Hijo de Dios. Esta fe se apropia de la victoria del Salvador sobre el mundo y la reproduce en la vida del creyente. No es una fe que se limita a un asentimiento mental sino que impulsa a una acción positiva. Como ocurrió con el paralítico a quien se le ordenó que se levantara, nosotros también intentaremos lo que parece imposible (Juan 5:5-9). Cuando nuestra voluntad decide que nos levantemos de la esclavitud del pecado, el poder vivificador de Dios penetra en cada fibra moral y nos capacita para hacer por fe lo que hemos deseado. Si nos quedamos tendidos de espaldas esperando que el Señor nos levante del pecado, nada ocurrirá. Nuestra fe debe aferrarse de las promesas divinas, debe desear, escoger, y actuar, depender de esas promesas, antes de que esa fuerza pueda ayudarnos.
5.
El que vence.
O "continúa venciendo". El texto griego denota una victoria continua y repetida sobre el mal. La fe aumenta con el uso que se le da. Cuanto más confiamos en las promesas de Dios, tanto más firme será nuestra confianza y más fe obtendremos para seguir progresando.
Cree que Jesús.
Juan presenta otra vez la verdad central de la iglesia cristiana como la prueba de una genuina vida cristiana victoriosa (ver com. cap. 2:22-23; 3:23; 4:1-3).
Jesucristo.
En cuanto al significado de este nombre, ver com. Mat. 1:1; Fil. 2:5.
6.
Que vino.
Referencia al hecho histórico de la encarnación. Es muy significativo que en los Evangelios el verbo "venir" se usa en relación con la encarnación de Cristo (Mat. 5:17; 9:13; 10:34; 11:3; Luc. 7:19; Juan 1:11; 3:2, 31; 7:27-28; etc.).
Mediante agua y sangre.
La aplicación básica de estas palabras se percibe fácilmente cuando se tiene en cuenta que Juan está hablando de la encarnación. Jesús vino "mediante agua", es decir, por su bautismo; y por "sangre", es decir, por su crucifixión. Estos dos acontecimientos fueron hechos de suma importancia en su ministerio de sacrificio, y lo identificaron como el Redentor Hijo de Dios. Los que creen en su divinidad no pueden ignorar ninguno de estos acontecimientos.
Algunos han interpretado estas palabras de Juan como una referencia a los sacramentos cristianos del bautismo y de la Cena del Señor; pero el uso del verbo en pasado -"vino"- y el hecho obvio de que el apóstol se está refiriendo a la encarnación, excluyen tal interpretación.
Es posible que cuando Juan escribía estas palabras -"mediante agua y sangre"- estuviera pensando en un episodio de la cruz que sólo él registra, cuando "sangre y agua" salieron del costado perforado del Salvador (Juan 19:34). Sería sin duda muy extraño que un testigo ocular de ese conmovedor momento no recordara la escena; pero aún así no se puede decir que Jesús "vino mediante agua y sangre". El significado principal de estas sencillas palabras debe ser que la venida mesiánica del Maestro fue confirmada públicamente: al comienzo, mediante su bautismo; y al final, mediante el derramamiento de su sangre en la cruz.
No mediante agua solamente.
Algunos de los que estaban perturbando a la iglesia aceptaban el bautismo de Jesús, creyendo que señalaba el momento cuando la divinidad había entrado en la humanidad, pero negaban la muerte del Hijo de Dios porque creían que la divinidad y la humanidad se habían separado antes de la muerte en la cruz (ver pp. 643-644). Por esa razón Juan destaca la importancia de ambas -agua y sangre- para una comprensión correcta de la divinidad de Jesucristo (cf. t. V, pp. 894-895).
Y el Espíritu es.
A través de la historia del mundo, una de las principales misiones del Espíritu Santo ha sido la de dar testimonio del plan de salvación y del Salvador. Inmediatamente después de que el pecado cortó la comunicación directa de los hombres con Dios, el Espíritu Santo se convirtió en el director de los mensajeros humanos inspirados y aseguró que esos mensajes divinos fueran dados y registrados en una forma que asegurara la realización de sus propósitos (2Ped. 1:21). 693 El propósito principal de toda profecía es conducir a los hombres a Cristo como el Redentor. Al inspirar y guiar la redacción de la profecía, el Espíritu Santo da un testimonio sumamente eficaz en cuanto al Salvador y merece el calificativo de "Espíritu de Cristo" (ver com. Juan 14:17, 26; 1 Ped. 1: 11).
El Espíritu es la verdad.
El testimonio del Espíritu puede ser recibido con completa confianza, pues todo su testimonio es verdadero y la suma total de su revelación es la verdad. Por lo tanto, cuando el Espíritu testifica que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, su testimonio es final: no puede haber uno mayor.
7.
Porque tres son.
La práctica hebrea, basada en Deut. 17:6; 19: 15; etc., exigía el firme testimonio de dos o tres testigos para poder tomar una decisión en ciertas disputas legales. Juan cita aquí a tres testigos en apoyo de la divinidad de su Maestro (1 Juan 5:5-6,8), asegurando así a sus lectores de que su declaración era digna de fe.
Dan testimonio.
Gr. marturéÇ, "dar testimonio", "testificar". MarturéÇ se ha traducido como "dar testimonio" en el vers. 6, y "testificar" en el vers. 9. El texto griego implica que el testimonio seda continuamente.
En el cielo.
La evidencia textual establece (cf. p. 10) la omisión del fin del vers. 7 y del comienzo del vers. 8. No aparecen las palabras: "En el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra". El texto que queda de los vers. 7 y 8 es el siguiente: "Porque tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan". El texto de los vers. 7-8, como aparece en la RVR, no se encuentra en ningún manuscrito griego anterior a los siglos XV y XVI. Las palabras mencionadas penetraron en las Biblias del siglo XVI, entre ellas la versión Reina-Valera, a través del texto griego del NT de Erasmo (ver t. V, p. 143). Erasmo, según se dice, prometió incluir las palabras en cuestión en su Nuevo Testamento griego si se le mostraba un solo manuscrito griego donde estuvieran. Se le presentó entonces un manuscrito procedente de una biblioteca de Dublín [conocido como 34] con las palabras mencionadas, y las incluyó en su texto. Ahora se cree que dicho pasaje se introdujo en las últimas ediciones de la Vulgata por error de un copista que incluyó un comentario exegético marginal en el texto de la Biblia que estaba copiando. Las palabras o texto impugnado se han usado mucho para apoyar la doctrina de la Trinidad, pero como las pruebas en contra de su autenticidad son abrumadoras, ese apoyo no tiene valor, y por lo tanto no debe usarse. A pesar de que tales palabras están en la Vulgata, se admite con franqueza en una obra católica: "Ahora se afirma generalmente que este pasaje, llamado Comma Johanneum [inciso o parte menor del período de Juan], es una glosa que se introdujo desde hace mucho en el texto de la antigua Vulgata Latina, pero que llegó hasta el texto griego sólo en los siglos XV y XVI" (A Catholic Commentary on Holy Scripture, Thomas Nelson e Hijos, 1951, p. 1186).
8.
El Espíritu.
El apóstol recapitula su testimonio, pero encabeza la lista con el Espíritu. Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu Santo en forma de paloma dio testimonio a Juan de que el que había bautizado era el Mesías divinamente instituido, y Dios mismo pronunció la alabanza a su Hijo (Mat. 3:16-17). Cuando Cristo derramó su sangre en la cruz, su noble paciencia y tranquila dignidad, más las sombrías tinieblas y el terremoto, impresionaron en los espectadores la divinidad de Jesús (Mat. 27:45-54). De ese modo el Espíritu actuó en los sucesos representados por el agua y la sangre (ver com. 1 Juan 5:6) para afirmar que Jesús era el Hijo de Dios.
Estos tres concuerdan.
O "coinciden en lo mismo". Los tres testigos tienen un mismo propósito: testificar de la divinidad de Cristo para que los hombres crean en él y sean salvos. Y Juan escribió su Evangelio con este mismo propósito (Juan 20:31).
9.
Si recibimos.
Juan está destacando que los hombres aceptan el testimonio de sus semejantes cuando ese testimonio cumple con las condiciones exactas que se requieren. ¿Por qué, pues, no habrían de aceptar un testimonio aun más fidedigno, o sea el que proviene de Dios? Sin embargo, había quienes preferían creer a los hombres antes que a Dios. Prestaban atención a las teorías y sofismas de los gnósticos (ver p. 643). Muchas de las personas que se negaban a seguir a Jesús, pronto comenzaban a ir tras los diversos falsos mesías que les ofrecían la victoria sobre el odiado poder de los romanos.
Mayor es el testimonio de Dios.
El testimonio de Dios es superior, no sólo porque proviene de Aquel que nunca miente, sino 694porque procede del Unico que está plenamente autorizado para testificar acerca de la filiación de Jesús: es decir, el Padre. Nadie puede ser consecuente en su creencia en Dios sin creer también en su Hijo.
Con que Dios ha testificado.
Que Dios haya testificado acerca de la filiación de Jesús debe ser suficiente testimonio para convencer a los hombres, quienes con frecuencia aceptan el testimonio menos veraz de sus semejantes. Juan se refiere a que Dios reconoció a su Hijo durante la vida terrenal de Cristo, y que su testimonio de la íntima relación que eternamente existe entre el Padre y el Hijo, fue continuo.
10.
El que cree.
Es decir, el que continuamente cree que Cristo es el Hijo de Dios. El que tiene una convicción transitoria y vacilante no puede exigir el cumplimiento de esta promesa o decir que se ha invalidado.
En.
Gr. eis, "en", "para", "hacia adentro". Juan usa esta preposición particular con el verbo "creer" más frecuentemente que todos los otros escritores del NT juntos. Esa creencia es una forma de aproximarse a Cristo confiando plenamente en la verdad del testimonio de Dios, y por lo tanto teniendo fe en la obra redentora del Salvador (cf. com. Juan 1:12).
En sí mismo.
El que tiene una fe viva en Jesús, tendrá un testimonio íntimo en cuanto a la validez de esa creencia. Sabrá por experiencia personal que Jesús es todo lo que las Escrituras dicen que es. Esta fe no puede ser destruida fácilmente; puede resistir los peores ataques del enemigo.
Es necesario recordar al mismo tiempo que es peligroso confiar únicamente en sentimientos íntimos en lo que tiene que ver con nuestra relación con Dios. Con frecuencia habrá momentos cuando sentiremos confianza en nuestra comunión con el Señor, pero también habrá días cuando nos asaltará la duda. En tales ocasiones el Señor ha prometido estar especialmente cerca de sus hijos (Isa. 43:2). Por lo tanto, debemos aferrarnos con todas nuestras fuerzas a Dios aun cuando los sentimientos nos digan lo contrario. La vida cristiana debe basarse en principios y no en sentimientos (1T 167). A medida que la fe se fortalece, también se vigorizará el testimonio en nuestro corazón (1 Juan 3:24).
El que no cree a Dios.
"Quien no cree a Dios" (BJ, BC). Uno podría haber esperado que Juan dijera: "El que no cree en el Hijo de Dios", como una afirmación en sentido negativo de su declaración anterior; pero el apóstol va más a fondo pues sabe que no aceptar el testimonio del Padre acerca de su Hijo equivale a negarse a creer en Dios (cf. cap. 2:22-23). Juan ha analizado con su característica penetración la naturaleza íntima de toda incredulidad; en esencia, rechaza incluso al Padre.
Le ha hecho mentiroso.
No es que el hombre hace que Dios mienta, sino que hace que aparezca como si fuera mentiroso cuando afirma que Dios ha testificado lo que no es verdad.
Porque no ha creído.
Una clara repetición de la forma específica de incredulidad de la que son culpables los que rechazan la divinidad de Cristo. De esa manera Juan pone de manifiesto la verdadera naturaleza de toda incredulidad.
Testimonio.
Gr. marturía, "testimonio", "evidencia". Compárese con el verbo marturéÇ, "testificar" (ver com. "ha dado").
Ha dado.
O "ha testificado". Gr. marturéÇ, "testificar", "dar testimonio". MarturéÇy marturía aparecen 10 veces en el texto establecido (ver com. vers. 7) de los vers. 6-11. El pretérito perfecto, tanto en griego como en castellano, indica que la referencia es al testimonio pasado de Dios, cuyo efecto aún continúa.
11.
Y este es el testimonio.
El testimonio consiste en la dádiva divina de la vida eterna mediante la persona del Hijo de Dios, Jesucristo. Esa dádiva es el más eficaz de todos los testigos de la verdad de Dios.
Ha dado.
Literalmente "dio", lo que podría referirse al hecho histórico de la encarnación con los sucesos que la acompañaron, o a la conversión cuando el creyente recibe el don de la vida eterna (ver com. Juan 3:16).
Vida eterna.
Ver com. Juan 3:16; cf. com. 1 Juan 1:2.
Esta vida.
Una nueva parte del testimonio dado por Dios: nos ha dado vida eterna en la persona de su Hijo, que es "la vida" (Juan 14:6). Ver com. Juan 1:4.
12.
Tiene al Hijo.
Tener al Hijo significa creer de tal manera en él que llega a ser para nosotros todo lo que su nombre implica: Salvador, Señor, Ungido, nuestro Rey (ver com. Juan 1:12; 5:24). Significa tener a Cristo morando en el corazón como Huésped que recibe la honra suprema (ver com. Gál. 2:20; Efe. 3:17; Apoc. 3:20).
Tiene la vida.
Es decir, la vida eterna a la695 que se hace referencia en el vers. 11. Esta vida comienza con el nuevo nacimiento del cristiano y continuará en el mundo venidero (ver com. Juan 8:51; 10:10). Los que cultivan la amistad de Jesús llegan a compartir su carácter. En esta forma tener al Hijo garantiza tener la vida perdurable.
No tiene.
Como el Padre decidió que la vida eterna sólo se puede alcanzar por medio de su Hijo (Juan 1:4; 3:16; 17:2), se deduce que los que rechazan al Hijo rechazan el único origen de la verdadera vida. Nótese que en la declaración en tono negativo Juan hace más amplio el título de Cristo, pues lo describe no sólo como "Hijo" sino como "Hijo de Dios". De ese modo pone énfasis en el verdadero origen de la vida que confiere el Hijo: esa vida proviene de Dios (ver com. Juan 5:26).
13.
Estas cosas.
Esto puede referirse a todo el contenido de la epístola hasta este punto, o al contenido del cap. 5:1-12. El resto del versículo es muy parecido a la declaración similar de propósito que hace Juan en su Evangelio (Juan 20:31).
Os he escrito.
Literalmente "os escribí". Estas palabras se refieren al propósito que tuvo el apóstol al escribir esta epístola a los creyentes. La repetición de ese propósito es con el fin de impresionarlo más en la mente de sus lectores.
Que creéis.
La sintaxis griega coloca esta frase al final del versículo. De todos modos el sentido de la RVR es correcto.
Para que sepáis.
Este es el propósito específico por el cual Juan escribió la sección precedente de su carta (vers.1- 12); pero podría aplicarse a toda la epístola. El texto griego sugiere que el conocimiento al cual aquí se hace referencia es intuitivo y absoluto e implica una convicción plena. Parece que la fe de los lectores de Juan estaba en peligro de debilitarse, y él se esforzaba por fortalecería. Esto complementa el designio inicial de la epístola bosquejado al comienzo (cap. 1:3-4).
Y para que creáis.
La evidencia textual establece (cf. p. 10) la omisión de esta última parte del versículo. (No está en la BJ.) Un pensamiento similar aparece antes en el versículo.
14.
Confianza.
Gr. parr'sía (ver com. cap. 2:28), que aquí quizá se usa en su principal acepción: "libertad de expresión" (ver com. cap. 3:21). Los pensamientos de Juan acerca de la posesión de la vida eterna y la creencia en el Hijo de Dios, le sugieren la confianza que el creyente puede tener al acercarse al Hijo, y así se introduce el tema de la oración.
En él.
Más bien, "para con él" (ver com. cap. 3:2 1).
Si pedimos alguna cosa.
Mejor "cuando pedimos". Se describe aquí la "confianza" de la que Juan acaba de hablar. Aunque Dios conoce todas nuestras necesidades antes de que las expresemos, desea que sus hijos le hagan conocer esas necesidades en su propio lenguaje. Esta seguridad es muy amplia, su única limitación es la que presenta la frase siguiente.
Conforme a su voluntad.
Es decir, la voluntad del Hijo. La única condición que aquí se menciona es que nuestras peticiones estén en armonía con la voluntad divina. En otros pasajes se presentan otras condiciones: pedir en el nombre de Cristo (Juan 14:13; 16:23), tener armonía entre los hermanos (Mat. 18:19), creer (Mar. 11:24), guardar los mandamientos de Dios (1 Juan 3:22).
Nuestro omnisapiente y bondadoso Señor conoce lo que es para nuestro bien, y utiliza su gracia y su poder para que logremos felicidad y alcancemos la salvación (ver com. 1 Tes. 4:3). Nuestro deseo de ser salvos no es más ardiente que el deseo que tiene Cristo de salvarnos. Su voluntad se inclina a nuestra redención mucho más firmemente que la nuestra (Gál. 1:4; Efe. 1:5). Por lo tanto, podemos estar seguros de que si presentamos cualquier ruego en cuanto a nuestra salvación, el Salvador estará más que dispuesto a escucharnos. Sólo aguarda poder satisfacer ese pedido. Esta seguridad es real en todos los aspectos -menores y mayores- de la vida cotidiana. El que tiene contados los cabellos de nuestra cabeza no es indiferente ante los pequeños detalles de la vida de aquellos por los cuales él murió (Mat. 10: 29-31).
El nos oye.
Cf. Juan 9:31; 11:41-42. Podemos estar seguros de que cada oración sincera es escuchada en el cielo, y será contestada ya sea con una respuesta positiva o negativa (ver com. 1 Juan 3:22).
15.
Si sabemos.
O "cuando comprendemos". Juan basa su seguridad en el conocimiento que los creyentes tienen del Señor. La comprensión del carácter divino hace que confiemos en el juicio del Señor y en la bondad de sus intenciones (cf. Jer. 29:11). El que conoce a Dios no tendrá dudas molestas en cuanto a la rectitud de los caminos del Señor; 696 confiará tranquilamente sabiendo que la obra de Dios es perfecta (ver com. Rom. 8:28). El hecho de saber que nuestro Señor es un Dios que escucha las oraciones, nos asegura que él nos concederá según su sabiduría lo que es para nuestro bien.
Cualquier cosa que pidamos.
Esta abarcante declaración ya ha sido condicionada por las palabras "conforme a su voluntad" (vers. 14).
Las peticiones.
Es decir, la respuesta a las peticiones. Una cuidadosa lectura de las palabras de Juan sugiere que no está presentando una seguridad incondicional en cuanto a las respuestas a las oraciones de un cristiano, sino que está animando al cristiano a indagar la voluntad del Señor y a amoldar sus peticiones en armonía con el designio divino, sabiendo con certeza que las oraciones que Dios aprueba recibirán la mejor respuesta posible.
16.
Si alguno.
Cf. cap. 1:6; 2:1; 4:20. Juan usa un caso hipotético para presentar una lección importante. Es obvio que aquí se hace referencia al cristiano que comprende bien lo que es el pecado.
Su hermano.
Se limita la lección de Juan a la comunidad cristiana: está hablando del interés que se demuestra por un hermano en la fe.
Cometer pecado.
Literalmente "pecando pecado"; es decir, en el mismo acto de pecar.
Que no sea de muerte.
Parece innegable que Juan está distinguiendo entre clases de pecado, pues en este mismo versículo habla de "pecado de muerte"; pero debe tenerse en cuenta el contexto. En los vers. 14 y 15 nos ha dado la seguridad de que las oraciones del creyente serán contestadas. Aquí está aplicando esta promesa a un tipo específico de oración -la que se eleva en favor de otro- y explica en qué circunstancias puede ser eficaz; y al hacerlo trata de dos clases de pecados: aquellos para los cuales hay perdón y esperanza para el pecador, y aquellos para los cuales no hay perdón. En el primer caso, la oración puede ser una ayuda eficaz para la redención; en el segundo, como Juan después lo explica, no hay ninguna garantía de que la oración sea eficaz. Generalmente se entiende que el pecado de muerte es el pecado imperdonable (ver com. Mat. 12:31-32). Por lo tanto, un pecado que no es de muerte es cualquier otra clase de pecado en que puede caer un hermano.
Pedirá.
Pedirá a Cristo; es decir, orará por el hermano que ha pecado. Este verbo puede entenderse como imperativo o como una afirmación de la reacción natural del creyente fervoroso cuando se encuentra frente a la falta de otro. Cuánto más feliz fuera la iglesia si en vez de ocupamos de las debilidades de un hermano oráramos por él y, si es posible, con él. Esta obra intercesora nos capacitará para la delicada tarea de hablar al pecador y conducirlo al Salvador. Estas conversaciones edifican la iglesia, pero los chismes y las críticas la destruyen.
Dios le dará vida.
"Le dará vida" (BJ). El nombre "Dios" no está en el texto griego. Tampoco es claro el antecedente del pronombre "le". La secuencia del pensamiento indica que el apóstol aún está hablando del cristiano que ora por un hermano que ha caído y por lo tanto es un instrumento para que el pecador reciba vida. Pero también es posible que Juan súbitamente hubiera cambiado su tema y dijera: Cristo dará vida al cristiano que ora para que la transmita a esos pecadores que no han endurecido definitivamente su corazón. La diferencia es sólo de interpretación, pues en uno u otro caso el resultado es el mismo. El cristiano no tiene poder si está fuera del Salvador. Por eso, después de todo es Cristo el que da la vida, aunque la oración de intercesión puede haber sido el instrumento mediante el cual se concedió esa vida; pero esa "vida" sólo se concede si hay un sincero arrepentimiento en el pecador.
Para los que.
O "a los que". El autor pasa del caso particular al general, y habla de todos "los que cometen pecado que no sea de muerte".
Hay pecado de muerte.
Literalmente "Hay pecado para muerte". Puesto que Juan no define un pecado específico cuyo inevitable resultado es la muerte, es probable que se refiere a una clase de pecado que sin duda produce muerte. Si hubiera conocido un pecado específico que pudiera dejar a una persona sin esperanza de salvación, es de esperarse que lo hubiera identificado para que todos estuvieran advertidos para no caer en una condenación irrevocable. Aunque es cierto que todo pecado -si se persiste en él- lleva a la muerte (Eze. 18:4, 24; Sant. 1: 15), hay diferencia en el grado en que cualquier peca o particular puede acercar a una persona a la muerte. Los pecados cometidos por los que realmente anhelan servir a Dios, 697 pero cuya voluntad es débil y sus hábitos son poderosos, son muy diferentes a los pecados que se cometen a sabiendas desafiando atrevida y voluntariamente a Dios. La actitud y el motivo determinan más la diferencia que el pecado mismo; en éste sentido hay diferencias de pecado a pecado. Un error leve, del que rápidamente uno se arrepiente y es perdonado, no es un pecado para muerte. El pecado grave, en el que se cae súbitamente por no haber mantenido el poder espiritual, aún no es un pecado para muerte si hay un verdadero arrepentimiento. Pero no querer arrepentirse hace inevitable la muerte final. La distinción se ve claramente en los casos de Saúl y David. El primero pecó, y no se arrepintió; el segundo pecó gravemente, pero se arrepintió de todo corazón. Saúl murió sin la esperanza de disfrutar de la vida eterna; pero David fue perdonado y se le aseguró un lugar en el reino de Dios (PP 687, 733, 782-786).
En cuanto al pecado imperdonable, ver com. Mat. 12:31-32.
Yo no digo.
Juan no nos ordena que oremos, tampoco dice que no debemos hacerlo; pero no se atreve a garantizar que habrá respuestas a la oración por aquellos que deliberadamente se han apartado de Dios. Hay diferencia entre la oración por nosotros mismos y la oración por otros. Cuando nuestra voluntad está de parte de Dios, podemos pedir de acuerdo con la voluntad divina y saber que recibiremos una respuesta a nuestras oraciones; cuando se trata de una tercera persona, debemos recordar que ella también tiene una voluntad. Si se niega a arrepentirse, todas nuestras oraciones y toda la obra que Dios pueda hacer y que nos induzca a hacer no forzará esa voluntad. Cuando Dios prefirió no forzar al hombre a permanecer sin pecado, también renunció al poder de obligar a un pecador a arrepentirse.
Esto no significa que no debemos seguir orando por los que se han apartado de la senda de justicia, o que nunca se han entregado al Salvador. No significa que no habrá muchas conversiones notables como resultado de las oraciones frecuentes y fervientes por los fieles. Lo que Juan está señalando es que es inútil orar pidiendo perdón por un pecador que se niega a arrepentirse de su pecado. Pero mientras la persona tenga vida debemos continuar orando, pues no podemos saber con certeza cuándo una persona se ha alejado definitivamente de Dios.
17.
Injusticia.
Gr. adikía (ver com. Rom.1:18, 29). Compárese con la definición "pecado es infracción de la ley" (ver com. 1 Juan 3:4). Cualquier acto de impiedad es pecado como si se tratara del crimen más abierto y horrible. Juan presenta este hecho para revelar la amplia variedad de pecados que hay ante el intercesor que ruega por otro.
Hay pecado.
Juan repite su afirmación anterior (cf. vers. 16) sin duda para animar a sus lectores a fin de que perseveren en sus oraciones por otros (ver com. vers. 16).
18.
Sabemos.
El discípulo amado da ahora su mensaje final con palabras en las que procura impartir la serena certeza que llena su propia alma. Tres veces usa el plural "sabemos" (vers. 18-20) indudablemente para referirse a sí mismo y a sus lectores, que también poseían el conocimiento del cual él habla.
Todo aquel que ha nacido de Dios.
Ver com. cap. 3:9.
No practica el pecado.
Ver com. cap. 3:9.
Aquel que fue engendrado por Dios.
Mejor "el Engendrado de Dios" (BJ). Ver el comentario siguiente.
Le guarda.
Aunque la RVA decía "se guarda a sí mismo", la evidencia textual se inclina por el texto de la RVR: "le guarda", es decir, Cristo al creyente. Esto es más que una simple afirmación, es una promesa reconfortante: Cristo guardará de todo mal al creyente que ha nacido de nuevo.
El maligno.
Ver com. cap. 2:13.
Toca.
Gr. háptÇ, "aferrarse a", "asirse". El verbo implica el uso de más fuerza que la que comúnmente se relaciona con "tocar". Se da la seguridad de que el que es nacido de Dios no será capturado por el diablo, sino que será protegido por Cristo, el Engendrado de Dios (cf. Juan 6:39; 10:28; 17:12).
19.
Sabemos.
Juan se refiere a la convicción íntima que poseen todos los verdaderos creyentes.
De Dios.
Cf. com. cap. 3:10; 4:1. No sólo hemos nacido de Dios sino que continuamos como miembros de su familia. Ese conocimiento nos guarda en el camino al cielo; nos inspirará a mantener sin tacha el nombre de la familia, que ahora es nuestro.
Mundo.
Gr. kósmos (ver com. cap. 2:15).
El maligno.
Cf. com. cap. 2:13. Juan está destacando el contraste entre los hijos de Dios y los hijos del mundo. Los primeros 698 pertenecen enteramente al Señor; los segundos están, por así decirlo, en el regazo del maligno, del diablo (cf. com. cap. 2:15-17).
20.
Sabemos.
El que ha nacido de nuevo sabe que Cristo vino y cumplió con la obra de la redención, pues ha experimentado personalmente el perdón de sus pecados y el poder de la presencia interior del Salvador que lo protege contra el pecado.
El Hijo de Dios.
El calificativo "Hijo", aplicado a Jesús, aparece once veces en los vers. 5-20.
Ha venido.
Gr. h'kÇ, "haber venido", "estar presente". Los hechos históricos de la encarnación, la vida, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, son las verdades centrales alrededor de las cuales gira la fe cristiana.
Entendimiento.
Gr. diánoia (ver com. 1 Ped. 11: 13). Se refiere a la facultad de entender, a la mente. Cristo ha abierto ante el creyente inagotables tesoros de conocimiento divino. Siempre debemos anhelar la exploración de esos tesoros y el aumento de nuestro conocimiento de ellos.
Para.
El apóstol deja en claro el propósito básico de la venida de Cristo y su obra con la humanidad: revelar "al que es verdadero" para que los seres humanos puedan conocerlo cómo es en realidad (cf. Juan 1: 18; 17:3).
Conocer al que es verdadero.
Literalmente "para que conozcamos al Verdadero" (BJ, BC); es decir, a Dios, al Padre (cf. Juan 7:28; 17:3; 1 Tes. 1:9), a quien el Hijo vino para revelarlo a los hombres y quien puede ser conocido verdaderamente sólo mediante el Hijo (ver com. Juan 1:18; 14:9). Con esta descripción del Padre, Juan desvía la mente de sus lectores de la falsedad del gnosticismo (ver pp. 643-644) a la verdad de la fe cristiana verdadera.
En el verdadero.
Es obvio que se trata de Dios el Padre, como lo indican las palabras siguientes, "su Hijo Jesucristo".
Este es el verdadero Dios.
Es posible aplicar estas palabras a Jesucristo, pero su aplicación más probable corresponde con el Padre pues de él es de quien Juan ha estado hablando en las declaraciones precedentes. Pero como en otros pasajes, tampoco hay aquí necesidad de distinguir categóricamente entre el Padre y el Hijo, pues ambos son uno en naturaleza, carácter y propósito.
Vida eterna.
Ver com. Juan 5:26.
21.
Hijitos.
Ver com. cap. 2:1.
Guardaos.
Gr. fulássÇ, "guardar", "proteger". El Salvador cuida a sus hijos (cf. com. vers. 18), pero el apóstol destaca aquí la responsabilidad que tiene el creyente de guardar su alma. Si no lo hace, el cuidado de Cristo será en vano (ver com. 1 Cor. 16:13).
Idolos.
Es decir, todas las imágenes falsas ya sean materiales o mentales, que impidieran que el creyente adorara sólo al Dios verdadero.
Amén.
La evidencia textual tiende a confirmar (cf. p. 10) la omisión de esta palabra. La omiten la BJ, BA, BC y NC.
COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
1 ECFP 107
3 CC 55; CS 489, 521; ECFP 107; PP 149
4 CH 592; CM 174; CS 531; DMJ 16,122; 3JT 169; MeM 9, 335; MM 218; NB 248; OE 273; PP 549; 4T 279, 346
10 CC 114; HAp 408; HR 334
11-12 DTG 352; PVGM 203
12 DTG 489
14 1JT 213; MC 175; TM 484
14-15 DTG 232; HAp 441; MC 47; PR 116; PVGM 113-114
20 TM 199 701Primera Epístola Universal de SAN JUAN APÓSTOL