Primera Epístola Universal de SAN JUAN APÓSTOL

 

CAPÍTULO 4
1 Amonestación a no creer en los falsos maestros que se jactan de tener el Espíritu. Debemos probarlos con los principios de la fe de Jesús. 7 Varias razones por las cuales debemos practicar el amor fraternal.


1 AMADOS, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.
2 En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios;
3 y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.
4 Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.
5 Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye.
6 Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.
7 Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.
8 El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
9 En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.
10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.
11 Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.
12 Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros.
13 En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.
14 Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.
15 Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
16 Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.
17 En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo.
18 En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.
19 Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.
20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?
21 Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.

1.
Amados.
Cf. com. cap. 3: 2.
No creáis.
O "dejad de creer", como también podría traducirse. Una advertencia implícita de que muchos prestaban atención a diversos espíritus.
Espíritu.
El apóstol ordenó a sus lectores que comprobaran lo que se les decía, que no fueran crédulos, que no aceptaran toda manifestación espiritual como si procediera de Dios. Parece que estaban bajo la influencia de hombres que afirmaban tener autoridad divina para enseñar, lo que en realidad era falso. Como buen pastor, el apóstol advierte a su grey contra engaños sutiles. La naturaleza del engaño se revela en el vers 3.
Probad.
Gr. dokimázÇ (ver com. Rom. 2: 18; Fil. 1: 10; y en cuanto al sustantivo afín dokim', ver com. Rom. 5: 4; 2 Cor. 9: 13). Dios no quiere que los cristianos sean crédulos. El ha conferido a la iglesia el don de distinguir entre los espíritus verdaderos y los falsos 678 (ver com. 1 Cor. 12: 10). Los mensajes de los maestros que aseguran que tienen la aprobación de Dios, deben ser probados por medio de la Palabra de Dios. Los bereanos escucharon gozosamente a Pablo, pero estudiaban las Escrituras para ver si se les había enseñado la verdad (ver com. Hech. 17: 11). Pablo aconsejaba a sus otros conversos a que hicieran lo mismo (ver com. 1 Tes. 5: 21). El deber de cada creyente es aplicar a todo lo que lee y oye la prueba de los escritos inspirados de los profetas y los apóstoles. Sólo así puede la iglesia resistir los asaltos de la falsa doctrina. Sólo así cada creyente puede saber que su fe está basada en Dios y no en, los hombres (1 Ped. 3: 15),
Son de Dios.
Cf. cap. 3: 10; es decir, si proceden de Dios.
Porque.
Juan presenta claramente la razón de su consejo, y cita ejemplos con los cuales sus lectores estaban familiarizados.
Falsos profetas.
Ver com. Mat. 24: 11, 24-26; cf. com. cap. 7: 15. Es evidente que Juan se está refiriendo a falsos maestros que podían ser identificados, o por lo menos relacionados con, los anticristos ya mencionados (cap. 2: 18-22) y los falsos apóstoles, de Apoc. 2: 2.
Han salido.
La influencia de su salida aún se dejaba sentir. Además, parece que el autor está usando el verbo "salir" con un sentido diferente al que le dio antes (cap. 2: 19; ver el comentario respectivo), cuando se trataba de una apostasía. Aquí sólo presenta el hecho de la aparición de falsos profetas. En cuanto al hecho de que había falsos profetas en los días de Juan, ver Hech. 13: 6; Apoc. 2: 2.
Mundo.
Gr. kósmos (ver com. cap. 2: 15). "Mundo" significa aquí una distribución ordenada de cosas y personas; se refiere a la tierra al lugar donde viven los seres humanos. No parece que se presentara el mismo contraste que se establece entre la iglesia y el mundo como en el cap. 2: 15- 17, pues los falsos maestros estaban activos dentro y fuera de la iglesia.
En esto.
Referencia que anticipa la prueba que se presenta luego en el versículo (cf. com. cap. 2: 3).
Conoced.
El modo del verbo puede ser imperativo o indicativo; puede traducirse "conoced" o "conocéis" (BC, BA). El estilo de Juan favorece la segunda traducción, como en pasajes anteriores (cap. 2: 3, 5; 3: 16; etc.). El apóstol apela al conocimiento que tienen los creyentes antes que instarles a obtenerlo.
Espíritu de Dios.
Es la única vez que aparece este calificativo en los escritos de Juan. La forma griega idéntica (cf. 1 Cor. 2: 14, 3: 16) es rara en el NT. Juan espera que los cristianos identifiquen por experiencia al Espíritu que viene de Dios. Ninguna pretensión de autoridad u origen divinos debe aceptarse para ser enseñada sin que antes se pruebe. Las Escrituras proporcionan una norma fidedigna para probar toda enseñanza, pues todo mensaje divinamente inspirado tiene que estar en armonía con lo que el Señor ya ha revelado (ver com. 2 Ped. 1: 20-21).
Todo espíritu.
Las palabras de Juan son abarcantes: está listo para reconocer a "todo espíritu" que cumple las debidas condiciones.
Confiesa.
Gr. homologéÇ (ver com. cap. 1: 9 cf. com. Mat. 10: 32). Este verbo parece implicar un doble significado: (1) reconocer la verdad de la doctrina de la encarnación del Hijo de Dios; (2) revelar en la vida el efecto de creer en esa doctrina. La plena interpretación exige más que aceptar verbalmente una enseñanza: reclama una vida llena de Cristo.
Jesucristo.
Ver com. Mat. 1: 1; Fil. 2: 5; 1 Juan 2: 22; 3: 23.
Ha venido.
El pretérito perfecto del verbo griego indica que el Salvador no había venido transitoriamente en carne humana y después la dejó, sino que todavía retenía tanto la naturaleza humana como la divina. Era un representante humano en el cielo aunque también era divino, pues es miembro de la Deidad (ver com. Juan 1: 14; t. V, pp. 894-895).
En carne.
Algunos de los que negaban la humanidad de Cristo aseguraban que el Verbo se había unido con Jesús hombre en el bautismo, y lo había dejado antes de la crucifixión. Esto Juan lo refuta como herejía.
En cada etapa de la historia del mundo ha habido una verdad presente que debe destacarse; pero esa verdad no ha sido la misma en todo momento. Los judíos que se convertían después de Pentecostés, para hacerse cristianos necesitaban aceptar a Jesús como el Mesías esperado, pues lo esencial era que reconocieran la divinidad de Cristo. Pocos años después los gnósticos comenzaron a negar, no la divinidad sino la humanidad del Salvador. Creían que los dioses se manifestaban a los hombres de diversas maneras, pero negaban que el "Verbo fue hecho carne" (ver pp. 643-644). Por eso el énfasis de Juan en la 679 encarnación tenía un significado peculiar para los días en que él vivió.
Pero la verdad que él enuncia necesita siempre recibir énfasis, y en nuestros días más que nunca. El hecho de que el Hijo de Dios se hizo hombre para salvar a los seres humanos debe ser enseñado claramente en estos tiempos porque los hombres tratan, más que nunca, de eliminar lo milagroso con explicaciones racionales (ver com. Mat. 1: 23; Luc. 1: 35). Necesitamos tener en cuenta personalmente la encarnación, recordarnos a nosotros mismos que el Dios que hizo posible ese milagro bien puede hacer cualquier milagro que sea necesario para nuestra salvación. Nuestra aceptación de sus planes y nuestro sometimiento a su conducción pueden ser el reconocimiento de nuestra creencia de que "Jesucristo ha venido en carne". Un testimonio tal no se puede dar sin la ayuda divina porque "nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12: 3).
Es de Dios.
Literalmente "proviene de Dios" (ver com. vers. 1). El que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, demuestra el origen divino del espíritu que lo mueve.
3.
No confiesa.
Juan ahora presenta otra prueba, esta vez en forma negativa, para discernir entre los maestros verdaderos y los falsos. Sólo reconoce dos clases: los que confiesan a Cristo y los que no lo confiesan.
Jesucristo.
La evidencia textual favorece (cf. p. 10) la omisión de la frase "Cristo ha venido en carne". La oración entonces diría: 'Todo espíritu que no confiesa a Jesús". Así se le da énfasis a la confesión o aceptación, de una persona y no a un credo. Las variantes textuales no representan un cambio importante en el significado del pasaje, pues de todos modos se refiere a los maestros que no glorificaban al Jesús divino-humano.
No es de Dios.
Ver com. vers. 1-2. No hay terreno neutral en el gran conflicto. Los que oyen la proclamación del mensaje de la divinidad y humanidad de Cristo, y deliberadamente rechazan la enseñanza de la encarnación y se oponen a ella, pertenecen al maligno, y están bajo su dominio no importa cuán libres se sientan (ver com. Mat. 12: 30; 1 Juan 3: 10).
Este.
El que no confiesa a Jesús.
El espíritu.
La palabra "espíritu" no está en el texto griego. "Ese es el del Anticristo" (BJ); "es del anticristo" (NC). Sin embargo se justifica la añadidura del vocablo "espíritu", pues en el griego de este pasaje el artículo neutro to, traducido "el", se refiere al sustantivo del género neutro pnéuma, "espíritu". La palabra "espíritu" puede interpretarse aquí como (1) el espíritu que mora en un anticristo no confiesa a Jesús, o (2) el acto de no confesar a Jesús es una característica típica de un anticristo. Ambos significados quizá estén implícitos.
Anticristo.
Ver com. cap. 2: 18-23.
lHabéis oído.
El apóstol recuerda a sus lectores que ya habían sido instruidos en mucho de lo que él decía (cf. com. cap. 2: 18).
Viene.
La misma flexión del verbo se usa antes (cap. 2: 18). La oración que sigue muestra que Juan usa el tiempo presente para recordar a los creyentes que ya se estaba cumpliendo la profecía acerca del anticristo.
4.
Hijitos.
Ver com. cap. 2: 1.
Vosotros.
El uso de este pronombre es enfático en griego. Destaca el contraste entre los creyentes a quienes escribe Juan y los falsos maestros que acaba de mencionar (vers. 3).Las líneas de batalla están trazadas. Los lectores de Juan están del lado de Cristo, mientras que los que no apoyan decidida mente lo correcto están del lado del enemigo, aunque no se hubieran alistado abiertamente bajo su negra bandera.
De Dios.
Ver com. cap. 3: 9-10; 4: 1-2.
Vencido.
Gr. nikáÇ (ver com. cap. 2: 13). Cuando Juan escribió a los jóvenes (cap. 2: 13-14) reconoció que habían "vencido al maligno". Aquí se refiere a que los falsos profetas han sido derrotados por los creyentes. No declara específicamente cómo han ganado la victoria, pero relaciona esa experiencia victoriosa con el hecho de que son "de Dios". La íntima relación de ellos con el Padre les permitía rechazar las doctrinas de los falsos maestros. Ya habían recibido la unción divina que les daba el verdadero conocimiento (cap. 2: 20, 27), y ahora era obvio que habían usado esa unción en su lucha contra la falsedad. Todos los hijos de Dios pueden lograr victorias similares.
Mayor es.
El apóstol revela la razón básica de la victoria del cristiano. Dios permanece en el creyente (cap. 2: 14; 3: 24) y hace que sea potencialmente más fuerte que cualquier adversario. Debemos recordarnos constantemente este hecho y actuar con la confianza espiritual que produce esta experiencia en el que la posee.
El que está en el mundo.
Es decir, el diablo 680 (cf. com. Juan 12: 31; 16: 33; PR 129, 376-p 585). Se podría esperar que Juan dijera "en ellos"; es decir, en los falsos maestros, y no "en el mundo"; sin embargo; usa el término más amplio porque el espíritu de esos falsos profetas es el mismo espíritu egoísta de Satanás que prevalece en el mundo. Al presentar la verdad más general hace que sea aún más claro el contraste entre el inconmensurable poder de Dios y los recursos limitados del autor de la mentira,
5.
Ellos.
El uso del pronombre añade énfasis en el texto griego. Compárese con el énfasis del pronombre "Vosotros" en el vers. (ver el comentario respectivo). Es una referencia a los falsos profetas por cuyas enseñanzas engañosas Satanás se esfuerza por ganar el dominio de la iglesia cristiana.
Son del mundo.
Los falsos maestros siempre pretenden hablar en nombre de Dios tener un mensaje para la iglesia; pero el origen de su inspiración es Satanás y su manera de obrar es típica del gobernante del mundo caído.
Hablan del mundo.
No se trata de que hablen acerca del mundo, sino que el origen de su inspiración es el mundo. Como son una parte del mundo y se han convertido en verdaderos enemigos de Dios, no pueden hablar sino como procedentes del "mundo". Sólo cuando nazcan completamente de nuevo y pertenezcan a la familia de Dios antes que a la familia del mundo, podrá esperarse que hablen de otra manera.
Los oye.
Es muy natural que el mundo escuche con agrado a llos se han identificado con él y que se complazcan mucho con las palabras de los falsos maestros. Por lo general es muy agradable escuchar filosofías que están de acuerdo con nuestra manera de pensar.
6.
Nosotros.
Es decir, el apóstol o los que están con él, en contraste con "vosotros" (vers. 4) y "ellos" (vers. 5). El uso del pronombre es enfático como lo son "vosotros" y "ellos" en los vers. 4 y 5. Como los creyentes son "de Dios" (vers. 4), el apóstol no exagera cuando aplica la misma descripción a sí mismo y a sus colaboradores.
El que conoce a Dios.
Esto corresponde con "el que es de Dios", pero pone el énfasis en el aspecto de un conocimiento personal de Dios.
Nos oye.
Hay armonía natural entre los maestros que "son de Dios " y los que conocen a Dios. Los oyentes escuchan con suma atención la enseñanza que imparten los que ya tienen una relación íntima con el Padre. Al recordar esta verdad a sus lectores, Juan también registra una prueba de que la profesión cristiana es genuina: los que conocen a Dios, escuchan atentamente a sus verdaderos mensajeros,
No es de Dios.
Ver com. vers. 3.
No nos oye.
Si una persona ha resistido al poder convincente del Espíritu, difícilmente escuchará a un siervo de Dios. Si dicha resistencia es consciente y persistente, tal persona con frecuencia ni siquiera permite que le hablen los siervos de Dios, sino que los rechaza así como ha desechado al Espíritu. Es, pues, poco lo que se puede hacer directamente por esta clase de personas (ver com. 1 Cor. 2: 14). Pero hay muchos que han sido engañados y por eso se oponen a la verdad sin darse cuenta de cuán grave es lo que están haciendo. Los sofismas de Satanás han nublado de tal manera el juicio, que la verdad divina les parece una fábula. Pero se puede hacer mucho a favor de ellos. La demostración de los resultados de las creencias cristianas en las vidas de los que son "de Dios", con frecuencia despierta interés. La tranquila confianza de los que han sido convertidos de veras resulta especialmente atractiva a quienes reconocen que el futuro, según lo presentan los sabios del mundo, carece totalmente de esperanza.
En esto.
Parece preferible referir la frase "en esto" al contenido del vers. 6 y no a los vers. 4-6, aunque esta prueba podría aplicarse al contexto más amplio sin alterar el significado que le da Juan. La naturaleza del espíritu que domina a una persona se puede discernir por la forma en que reacciona al oír las enseñanzas de los verdaderos siervos de Dios.
Conocemos.
Podría referirse a los maestros apostólicos (ver com. "nosotros"), o a los lectores, o a ambos.
Espíritu de verdad.
Muchos creen que es una referencia al Espíritu Santo, el Espíritu de Dios (cf. vers. 2; com. Juan 14: 17), ya que Juan se ocupa en este capítulo de los falsos espíritus (vers. 1-3). El Espíritu Santo es el origen del impulso que mueve a los creyentes a buscar la verdad. Los creyentes comparan las verdades que ya les han sido enseñadas por el Espíritu, y pueden reconocer lo que es correcto. La oveja reconoce la voz del Buen Pastor y las palabras de aquellos a quienes el 681 Pastor de verdad ha enviado (Juan 10: 27).
Otros creen que "espíritu de verdad" se refiere en forma más general a la actitud interna que motiva a los que predican la verdad (cf. com. Rom. 8: 15)
Espíritu.
Si "espíritu de error" se considera como una antítesis de "espíritu de verdad" , entonces puede considerarse que el "espíritu de error" es el espíritu de Satanás, o el espíritu del anticristo, o la actitud de los que propagan el error (cf. com. Rom. 8: 15).
Error.
Gr. Plán', "extravío" (ver com. Mat. 18: 12). Se puede errar por ignorancia, pero el espíritu de error procura deliberadamente que los hombres se extravíen de la senda de la verdad.
7.
Amados.
Juan introduce otra fase de su tema (cf. vers. 1). La transición del tema de los espíritus o el discernimiento de ellos a la necesidad del amor quizá parezca abrupta; sin embargo no es así, pues el apóstol continúa ocupándose de las características de los que son "de Dios" (vers. 2). La capacidad de detectar a los falsos maestros es necesaria para los que son nacidos de Dios; pero Juan ahora muestra que el amor también es esencial. Así como aceptar o negar la realidad de la encarnación es la prueba clave en lo referente a las creencias (vers. 2-3), así también la presencia o ausencia del verdadero amor es la prueba de la calidad moral del que dice que es de Dios, pues el Espíritu de Dios y el espíritu del odio no pueden coexistir en el mismo corazón.
Amémonos.
Juan se está dirigiendo a todos los creyentes, y no está limitando su exhortación a los maestros, los "nosotros" del vers. 6.
Unos a otros.
Ver com. cap. 3: 11. Es impresionante la relación entre "amados" y "amémonos unos a otros". Su fuerza se destaca más con la traducción: "Amados, amémonos mutuamente". Aquellos a quienes Juan se dirigía, eran amados por sus ministros, y a su vez les pedía que el amor que recibían lo compartieran con otros.
¿Cómo podemos amar a aquellos que no nos atraen en forma natural? Los que debemos amar no siempre nos resultan simpáticos, y es fácil que nos apartemos de ellos y le demos nuestro afecto a los que tienen afinidad con nosotros; pero Dios y Cristo nos han dejado ejemplos de amor universal (ver com. Mat. 5: 43-45; Juan 3: 16; Rom. 5: 8), y anhelan dar a sus seguidores la gracia de amar a todos los hombres, aun a los aparentemente antipáticos. Si oramos por el que no nos agrada, el amor de Dios vendrá a nuestro corazón y se despertará un interés en el bienestar de nuestro hermano. Cuanto más sepamos de él, tanto más se convertirá el conocimiento en comprensión y la comprensión en simpatía, y la simpatía en amor. Así podremos aprender a amar a otro, aun cuando parezca ser muy difícil hacerlo. En cuanto a la clase de amor que aquí se nos pide, ver com. Mat. 5: 43-44.
El amor es de Dios.
Literalmente "el amor, procede de Dios" (BC). Esta es la razón que da Juan para apoyar su exhortación en favor del amor fraternal. Todo verdadero amor tiene su origen en Dios, el único origen del verdadero amor. Todos los que "proceden de Dios" (ver com. vers. 2), debido a su origen divino manifestarán el amor que viene de su Padre.
Todo aquel.
O "quienquiera" (cf. com. cap. 3: 6).
Ama.
O "continúa amando". Juan no sugiere el hecho de amar produce el nuevo nacimiento, porque eso sería como esperar que el fruto produzca el árbol que lo da, y además sería contrario a las enseñanzas acerca del nuevo nacimiento como las registra el apóstol (ver com. Juan 3: 3-5). Lo que dice es que todo el que continúa amando, demuestra que ha nacido de nuevo.
Es nacido de Dios.
O "ha nacido de Dios" (BJ). Ver com. cap. 2: 29; 3: 9. Los que han nacido de Dios son los que realmente pueden amar en el pleno sentido cristiano.
Conoce a Dios.
Cf. com. cap. 2: 3-4.
8.
No ama.
Otra de las afirmaciones negativas de Juan precedida por una afirmación positiva (cf. com. cap. 1: 5-6; etc.). El cristiano dice que conoce a Dios, y sin embargo no ama a sus hermanos, está viviendo una mentira (cf. cap. 2: 4, 9; 3: 6).
No ha conocido.
O no ha llegado nunca a conocer a Dios. Es imposible llegar a conocer Dios sin comenzar por amar a nuestros semejantes (ver com. cap. 3: 10-11). Juan podría haber dicho que el que no ama no ha nacido de Dios, pero prefiere destacar el hecho que tal persona ni siquiera ha conocido a Dios, y así queda implícito que aún no ha nacido de lo alto.
Dios es amor.
La sintaxis griega no permite invertir la frase para decir "amor es Dios". El amor se presenta más bien como una cualidad 682 esencial o atributo de Dios. La prueba decisiva de que a una persona que "no ama" le falta el conocimiento de Dios, se encuentra en la frase "Dios es amor". El que no ama demuestra que no está familiarizado personalmente con la cualidad básica de la naturaleza de Dios. Juan llega al cenit de la creencia cristiana con su sencilla y sublime afirmación. Entre los paganos el dios supremo suele ser una deidad distante, que se interesa poco en sus adoradores. Las deidades menores son las que tienen que ver con el quehacer diario de los humanos. Con frecuencia quienes creen en estos dioses viven atemorizados, tratando de aplacarlos porque entienden que son espíritus malévolos, siempre listos a hacerles daño. Su preocupación con los espíritus les impide vislumbrar la verdadera naturaleza de Dios. Por otra parte, el cristiano nominal ve muy a menudo a Dios como a un tirano iracundo que tiene que ser aplacado con oraciones y penitencias o mediante las súplicas de su Hijo.
Los antiguos judíos a veces pensaban equivocadamente en Dios como si fuera una deidad tribal propicia únicamente con su pueblo, y creían que el Señor poseía formas magnificadas de las ambiciones egoístas y crueldades de ellos. Muchos veían a Dios revelado en las Sagradas Escrituras, pero con frecuencia no obtenían una verdadera comprensión de la naturaleza divina. Cuando el Hijo de Dios vino a la tierra no podían comprender que Dios es amor.
Que "Dios es amor" es una revelación, pues los seres humanos nunca podrían haberlo descubierto por sí mismos. Esta revelación es de importancia suprema para el bienestar del hombre. Que "Dios es espíritu" (Juan 4: 24) es importante, pero no dice nada de la posibilidad de que disfrutemos de relaciones felices con ese ser. Que "Dios es luz" (1 Juan 1: 5) satisface a nuestro intelecto, pero el pensamiento de un Dios purísimo que todo lo ve podría producir temor antes que consuelo, pues si tiene en cuenta lo que somos, ¿qué de bueno podría encontrar en nosotros un Dios tal? Pero cuando conocemos que Dios es amor, el temor es reemplazado por la seguridad y confiadamente nos colocamos en las manos de nuestro Padre celestial pues sabemos que él cuida de nosotros (1 Ped. 5: 7).
Que "Dios es amor" también implica que no ha existido ni existirá un tiempo cuando no ha sido o no será amor. Su naturaleza nunca cambia (ver com. Sant. 1: 17). El amor ha sido su cualidad dominante y continuará siéndolo en lo futuro. Podemos experimentar por nosotros mismos lo que dijo Charles Wesley cuando habló de su relación con Dios: "¡Experimentar por toda la eternidad que tu naturaleza y tu nombre es amor!" (The Oxford Book of Christian Verse, p. 332).
La declaración "Dios es amor" es de valor infinito para comprender el plan de salvación. Sólo el Amor podría haber dotado de libre albedrío a sus criaturas, corriendo así el riesgo de participar de los sufrimientos que el pecado ha acarreado a la Deidad, a los ángeles y a los seres humanos. Sólo el Amor podía haber tenido interés en ganar el alegre servicio voluntario de los que estaban en libertad de seguir sus propios caminos. Y cuando entró el pecado, sólo el Amor pudo tener la paciencia y la voluntad para idear un plan que permitiera que el universo comprendiera plenamente los hechos básicos del gran conflicto entre el bien y el mal, con lo cual quedaba el universo a salvo de cualquier nuevo surgimiento de egoísmo y odio. Dios, que es verdaderamente amor, en la guerra contra el pecado sólo puede usar la verdad y el amor, mientras que Satanás utiliza astutas mentiras y la fuerza cruel. Sólo el Amor pudo inspirar el plan que permitiría que el Hijo redimiera a la raza humana de la culpabilidad y del poder del pecado, primero mediante su vida terrenal, su muerte y resurrección, y que después se convirtiera en Cabeza de una raza nueva sin pecado (cf. com. vers 9). Dios fue impulsado por su misma naturaleza a idear y llevar a cabo este asombroso plan (Juan 3: 16).
9.
En esto.
Estas palabras se refieren a lo que sigue y no a lo anterior.
Se mostró.
Cf. com. cap. 1: 2, donde se nos dice que la vida eterna fue manifestada en Cristo, y com. cap. 3:5, "apareció", que se traduce del mismo verbo para referirse a la encarnación.
Para con nosotros.
Mejor "en nosotros" (BA, BC), o "entre nosotros".
Envió.
Literalmente "ha enviado" (BA). El verbo indica en griego y en español que el acto de enviar está en el pasado, pero que sus efectos permanecen. Es significativo que los resultados de enviar sean permanentes para Cristo: permanece unido con nosotros (ver com. Juan 1: 14; t. V, pp. 894-895, 1100-1105). 683 Cristo fue enviado no como un hijo que obedece una orden de su padre para emprender una misión difícil, pues el sacrificio de Cristo fue voluntario (ver com. Juan 10: 17-18; DTG 13-14). Gozosamente aceptó hacerse hombre y morir por los pecadores (Sal. 40: 8; Fil. 2: 5-8, Apoc. 13: 8; PP 48; DTG 14).
Unigénito.
Gr. monogenés (ver com. Juan 1: 14). Monogenés, aplicado al Hijo, sólo aparece en los escritos de Juan, lo que apoya el punto de vista de que el Evangelio y la epístola tienen un mismo autor (ver p. 641).
Al mundo.
El Hijo de Dios no trató de salvar al hombre desde lejos. Vino a donde vivía el hombre, pero mantuvo su unión con el cielo (ver com. Juan 1: 9-10). Estuvo en el mundo, pero nunca fue "del mundo", así como nosotros tampoco debemos ser "del mundo" (Juan 17: 14; 1 Juan 4: 4-5).
Vivamos.
Este es el gran propósito por el cual Dios envió a su Hijo al mundo (cf. com. Juan 3: 16; 10: 10). Por lo general Juan usa en su Evangelio la frase "tener vida" y no el verbo "vivir", como aquí; pero esta diferencia de palabras no implica un significado diferente.
Por él.
Toda vida deriva de Cristo (ver com. Juan 1: 3; Col. 1: 16-17; Heb. 1: 3). Nada tiene vida fuera de Cristo. Pero, en una forma especial, el cristiano vive "por él", pues la única vida que tiene valor permanente -la eterna- sólo se obtiene por medio de Jesús (cf. com. Juan 10: 10; 1 Juan 5: 11-12).
10.
En esto.
Ver com. vers. 9. Estas palabras se refieren a lo que sigue.
Amor.
Es difícil que se pueda exagerar cuán elevado es el concepto que tiene Juan del amor. Ve en el amor el principio máximo; cree que Dios es amor (vers. 8). Por eso cuando tiene que dar un ejemplo de amor recurre a la ilustración suprema que puede utilizar: el inconmensurable amor de Dios por el hombre.
Nosotros hayamos amado.
El pronombre añade énfasis en el texto griego, y contrasta claramente con el pronombre "él", que también es enfático. Juan no niega que sus lectores hubieran amado antes a Dios; lo que destaca es lo inadecuado del amor humano para ilustrar el elevado concepto que el apóstol tiene del amor. El amor del hombre hacia Dios no debe extrañar, pues es una respuesta natural frente al amor admirable que el Señor ha prodigado a la raza humana (cf. vers. 19).
El nos amó.
"El" añade énfasis (ver com. "nosotros hayamos amado"). La maravilla del amor divino consiste en que Dios tomó la iniciativa de amarnos. No hubo una influencia superior que lo persuadiera a amar a la humanidad: la motivación emanó enteramente de lo íntimo de Dios. Cuando se considera quiénes son aquellos sobre los cuales se prodigó ese amor, el hecho resulta más sorprendente todavía, pues la raza humana no tiene nada que la haga digna de la bondad divina, excepto su extrema necesidad. Sin embargo, desde otro punto de vista no debiera sorprendernos ese magnánimo proceder de Dios, pues Juan ya ha explicado que Dios es amor (vers. 8), y el que conoce la naturaleza de Dios, espera, naturalmente, que él manifieste ese atributo supremo suyo al tratar con la rebeldía humana (cf. com. Rom. 5: 8).
Envió a su Hijo.
Ver com. vers. 9. El verbo que aquí se usa está en aoristo, flexión griega que corresponde al pretérito indefinido, y significa el acto terminado de enviar, en contraste con la forma empleada en el vers. 9 [pretérito perfecto], que se refiere al acto y a sus resultados que continúan.
En propiciación.
Gr. hilasmós (ver com. cap. 2: 2).
Por nuestros pecados.
Ver com. cap. 2: 2.
11.
Amados.
Es la última vez que se usa este término cariñoso en esta epístola. Se emplea aquí para comenzar una declaración importante. Compárese con el uso de este vocablo en pasajes previos (cap. 3: 2, 21; 4: 1, 7).
Si Dios nos ha amado así.
Cf. Juan 3: 16. La sintaxis griega indica que no hay duda alguna de que Dios nos amó; una traducción más precisa sería, "puesto que Dios nos amó". Aquí se llama la atención al alcance infinito de su amor y la forma en que fue manifestado. Juan así estimula a sus lectores a imitar el ejemplo divino.
Debemos.
Gr. oféilo (ver com. cap. 2: 6).
Nosotros.
Este pronombre es enfático en griego (cf. com. vers. 10).
Amarnos unos a otros.
Ver com. cap. 3: 11. Nosotros, los que comprendemos la magnitud del incomparable amor de Dios por nosotros, estamos obligados a imitar ese amor en relación con nuestros prójimos. Puesto que Dios nos amó aunque somos indignos, ¿no debemos amar a nuestro hermano, aunque quizá nos parezca indigno? Si nos negamos a amar a nuestro hermano -que no es menos a los ojos de Dios que nosotros- nos 684 colocamos en la condición del deudor ingrato a quien se le había perdonado una gran deuda que nunca podría haber pagado, pero que salió y atacó a un consiervo que sólo le debía una pequeña suma (ver com. Mat. 18: 23-35). Se nos insta al amor mutuo, y el amor compartido aumenta constantemente cuando cada hermano trata de ayudar al otro. Mientras más estemos dispuestos a poner a otros en primer lugar (Rom. 12: 10), mientras más estemos dispuestos a dar la vida por los hermanos (1 Juan 3: 16), llegaremos a ser más semejantes a Dios y nuestro amor será más semejante al suyo. A medida que el pueblo de Dios se aproxima a la terminación del tiempo de gracia, se sucederán cambios notables. Los corazones de los hermanos en la fe se unirán entre sí en un amor que es como el que Dios tiene por nosotros, y firme e intrépidamente resistirán a sus enemigos (TM 185-186).
12.
Nadie ha visto jamás a Dios.
Cf. com. Juan 1: 18. En el texto griego la palabra "Dios" no está precedida por el artículo como en Juan 1: 18, lo que indica que Juan estaba pensando en la naturaleza y el carácter de la Deidad y no en su personalidad. "Vio" y "visto" son traducciones de dos verbos diferentes. Juan usa en el Evangelio el verbo horáÇ, término genérico para "ver"; y en la epístola utiliza el verbo theáomai, "ver atentamente", "contemplar" (ver com. 1 Juan 1: 1).
Si nos amamos.
Juan explica en el Evangelio que sólo el Hijo podía revelar al Padre porque él era el único entre los hombres que había visto a la Deidad. El apóstol nos dice aquí que aunque no podemos contemplar a Dios, al practicar el amor fraternal podemos tener al Dios invisible en nuestro corazón.
Permanece.
Gr. ménÇ (ver com. cap. 2: 6). Dios tiene su domicilio permanente en el corazón que ama de verdad, ¿y qué forma mejor puede haber de lograr un conocimiento personal del Señor sino teniéndolo como un huésped permanente en nuestro corazón? El deseo de ver literalmente a la Deidad toma un lugar secundario cuando el Señor en realidad mora con el creyente.
Su amor.
Es decir, el amor de Dios. Esto podría referirse al amor del hombre hacia Dios o el amor de Dios hacia el hombre (ver com. cap. 2: 5). Los comentadores están divididos en cuanto al significado exacto (ver com. "perfeccionado").
Perfeccionado.
Ver com. cap. 2: 5. La oración completa, "su amor se ha perfeccionado en nosotros", se presta para más de una interpretación. Podría considerarse que significa: (1) que la acción del amor redentor de Dios se demuestra perfectamente en la vida transformada del creyente, o (2) que el mismo amor que Dios muestra al hombre se ejemplifica en las vidas de los que aman a sus hermanos, o (3) que nuestro amor a Dios se perfecciona cuando amamos a nuestros hermanos.
Este es el segundo de los dos perfeccionamientos tratados por Juan. El primero (cap. 2: 5) se refiere a los que guardan la palabra de Cristo.
13.
Conocemos.
Juan nos ha dado una señal por la cual podemos reconocer que Dio está actuando en nosotros, a saber: "si nos amamos unos a otros". Ahora recurre a una señal adicional que nos dará la seguridad de que permanecemos en él y que él nos ha hecho templos adecuados para su morada. Cuando veamos que esta señal se manifiesta en nuestra vida, continuamente nos daremos cuenta, por experiencia, que el Dios invisible mora en nosotros mediante su Espíritu.
Permanecemos en él.
Ver com. cap. 2: 28.
En que nos ha dado.
O "porque nos ha dado". Cf. com. cap. 3: 24, donde se trata la misma señal. Nuestra entrega a la conducción divina es lo que decide si recibiremos el Espíritu, y si el Espíritu podrá usarnos. Nuestro Salvador permitía que el Espíritu lo guiara en todo lo que hacía (ver com. Mat. 3: 16; 4: 1; Luc. 4: 18), por lo que pudo decir que no hablaba ni actuaba por sí mismo sino por el Padre mediante el Espíritu Santo (Juan 5: 19, 30; 14: 10). Por eso pudo decirse de él que recibió el Espíritu Santo sin medida (ver com. Juan 3: 34). Y así como el Padre dio el Espíritu al Hijo para que tuviera poder durante su vida terrenal, así también Dios nos dará de su Espíritu. Pero hay una parte que es nuestra: debemos estar dispuestos a recibir el Espíritu Santo, debemos ser sensibles a su dirección. Pero el don de Dios será en vano a menos que nuestra voluntad esté entregada a él. Los cristianos a quienes Juan estaba escribiendo ya habían abierto su corazón para recibir el don de Dios, y continuamente experimentaban las bendiciones que acompañan a la presencia del Espíritu. Si seguimos su ejemplo podremos estar seguros de disfrutar de su misma deleitable experiencia. 685
14.
Nosotros.
Es decir, el grupo apostólico (cf. com. vers. 6), los que personalmente habían visto a Aquel a quien envió el Padre. El pronombre añade énfasis en el texto griego.
Hemos visto.
Gr. theáomai, "ver atentamente", "mirar con fijeza", "contemplar" (ver com. vers. 12). Cf. com. cap. 1: 1 donde el verbo se ha traducido "ver". La flexión del verbo griego indica los resultados permanentes de una acción pasada. Los apóstoles nunca olvidaron la revelación de Dios que habían presenciado en Jesucristo. Aunque ellos, como los otros hombres, nunca habían visto a Dios (vers. 12), sí habían visto a su Hijo, y esto era suficiente.
Testificamos.
O "estamos dando testimonio" (cf. com. cap. 1: 2). Juan y sus compañeros de ministerio estaban obedeciendo la orden de su Maestro al dar este testimonio (Hech. 1: 8). La iglesia cristiana se edificó principalmente sobre el testimonio de los discípulos que habían estudiado la naturaleza de Dios tal como se revelaba en la vida del Salvador, y habían comparado la vida de Cristo con las profecías del AT en cuanto al Mesías. En la iglesia primitiva había muchos que se habían convertido por la obra directa del Salvador; otros habían aceptado la fe debido al testimonio de Pentecostés, y muchos más creyeron debido al testimonio posterior de los apóstoles; pero un número aún mayor, incluso nosotros, hemos dependido espiritualmente del testimonio escrito como se halla en el NT.
El Padre ha enviado.
La flexión del verbo griego es igual que en el vers. 9 (ver el comentario respectivo).
El Salvador.
Jesús no se convirtió en el Salvador por haber sido enviado, sino que ya era el Salvador tanto antes como después de su encarnación. A pesar de todo lo que Juan tiene que decir en cuanto a la obra redentora de Cristo, la palabra "Salvador" aparece sólo una vez más en sus escritos (Juan 4: 42), y allí también está acompañada de la frase "del mundo". En cuanto al significado de "Salvador", ver com. Mat. 1: 21.
Del mundo.
O de la gente del mundo, aunque la obra de Cristo finalmente incluirá la renovación de la tierra (Apoc. 21: 1, 5). La muerte del Salvador hizo posible que pudiera salvarse cada persona de cada nación (Juan 3: 16-17; 12: 32). El resultado de su sacrificio no está limitado a la era cristiana. Cristo es el "Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo" (Apoc. 13: 8; cf. Gén. 3: 15; 4: 3-4; 22: 13; Núm. 21: 9). Cristo es el Salvador de todos los que serán redimidos, no importa el siglo en que pudieran haber vivido.
15.
Todo aquel.
Ver com. Juan 3: 16; 1 Juan 3: 4, 6; Apoc. 22: 17.
Que confiese.
Ver com. vers. 2.
Jesús.
Juan usa el nombre humano del Salvador sin duda porque desea que sus lectores reconozcan a Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios (ver com. cap. 1: 3; 3: 23).
Hijo de Dios.
Ver com. Luc. 1: 35; Juan 1: 14.
Dios permanece.
No sólo somos "de Dios" (vers. 2) cuando confesamos al Salvador, sino que Dios "permanece" en nuestro corazón y nosotros permanecemos en él. Por eso, cuando el creyente confiesa a Jesús, ese acto se convierte en una prueba más por la cual puede saber que "Dios permanece en él (cf. vers. 12-13; cap. 2: 5), y él en Dios".
El vers. 14 se relaciona con el vers. 15 por cuanto la confesión que hace el creyente de la filiación divina de Jesús, depende del testimonio de los apóstoles en cuanto a lo que habían contemplado de la vida terrenal de Cristo. Nosotros nunca hemos visto a Cristo, excepto por medio de la fe en las páginas de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, nuestro testimonio personal acerca de su divinidad, basado en la realidad de nuestra propia comunión con Dios, por lo general influirá más para ganar a otros a fin de que compartan el mismo gozo, que la más hábil presentación de razones doctrinales. Por supuesto, nuestra vida debe estar de acuerdo con nuestra elevada profesión de fe si esperamos que tenga valor para otros, pues la misma constancia de nuestra comunión con el Padre garantizará que siempre se verá a Cristo en nosotros (Gál. 2: 20).
La clase de comunión posible fue demostrada por nuestro Señor. El siempre estaba en íntima comunión con Dios. Constantemente rendía su voluntad ante la del Padre y conscientemente procuraba hacer esa voluntad (ver com. Sal. 40: 8). En nuestro caso esta experiencia es intermitente, pues pocos han aprendido a hacer que su entrega perdure. Estamos propensos a retirar nuestra vida de las manos del Salvador y a romper el vínculo que nos une con el Padre.
Satanás comprende bien el inmenso valor que tiene para el hombre esta comunión 686 directa con los seres celestiales, y se esfuerza sin cesar para despojarnos del privilegio que él perdió hace mucho tiempo (Apoc. 12: 7-10). Pero debemos estar bien al tanto de sus sofismas y resistir sus esfuerzos para separarnos de Dios. Como el acto de confesar al Señor Jesucristo es una señal de que Dios permanece en el hombre y éste en Dios, la ruptura de esa comunión significa negar al Salvador. Y cuando lo negamos, dejamos de disfrutar de su misión como nuestro Abogado (Mat. 10: 32-33).
16.
Y nosotros.
Podría referirse a los que se mencionan en el vers. 14, es decir, al grupo apostólico que -en contraste con el universal "todo aquel" (vers. 15)- ya había sido confirmado como cristiano por muchos años. Debido a esa firme experiencia, el testimonio del grupo merece consideración y respeto.
Hemos conocido y creído.
La seguridad que se expresa con estas palabras indica que Juan y sus colaboradores no sólo habían "conocido y creído", sino que continuaban en esa condición. Hay necesidad de creer y de conocer, pues ambos son esenciales en la vida cristiana.
Debemos conocer a Dios antes de que podamos creer en él. Debemos saber del plan de salvación antes de que podamos confiarle nuestro destino eterno. Más aún: tanto el conocimiento como la creencia pueden profundizarse progresivamente. Cuando creemos en lo que hemos aprendido, estamos listos para aprender más y también para creer en lo que aprendemos; de modo que ninguno de los dos factores jamás será completo. Continuaremos aprendiendo más y creyendo más, y nunca sondearemos plenamente las profundidades del amor de Dios para el hombre.
Tiene para con nosotros.
Mejor "que Dios tiene en nosotros". La flexión del verbo griego destaca la continuidad del amor de Dios hacia sus hijos. El pronombre "nosotros" indica que somos la esfera en la cual se revela el amor de Dios. Un cristiano consagrado es la demostración más evidente del resultado del amor de Dios. Después de que el amor de Dios actúa en el hombre, transforma a un pecador en un santo. Ese amor milagroso no puede menos que ser reconocido por aquel en el cual ha operado y por los que observan su poder transformador. De ese modo, el amor divino es conocido y creído gracias a la vida de los fieles hijos de Dios.
Dios es amor.
Ver com. vers. 8. La identificación está vinculada aquí con una declaración positiva, mientras que en el vers. 8 sigue a una declaración negativa. "Dios es amor" ha sido la base constante del razonamiento de Juan condicionando sus frecuentes declaraciones categóricas.
Permanece en amor.
Siempre que nos mantenemos dentro de la atmósfera del amor, actuamos, naturalmente, en la presencia de Dios; y porque permanecemos en amor, permanecemos en Dios, quien es amor (vers. 8).
Permanecer continuamente en el ámbito del amor a Dios y a los hombres, haciendo frente a influencias contrarias, exige una fuerza espiritual que sólo se puede mantener mediante una constante comunión con el Señor. En cuanto a lo difícil de mantener siempre la comunión necesaria entre nosotros y Dios, ver com. vers. 15.
Dios en él.
La evidencia textual establece (cf. p. 10) el texto "Dios permanece en él". Todos los que han probado el gozo de esta mutua relación de permanencia con el Dios de amor, saben que la recompensa es ampliamente digna del esfuerzo. Satanás lo sabe también y es suficientemente astuto como para no negar directamente su valor. Por eso pinta con brillantes colores muchas cosas buenas, pero menos importantes, y nos induce a enfocar nuestros pensamientos en ellas, aunque sólo sea fugazmente. Una vez que logra desviar nuestra atención de Dios, con frecuencia tiene éxito en conducir la mente a pensamientos dañinos en cuanto a nosotros mismos y otros; y antes de que nos demos cuenta del peligro que corremos, ya estamos albergando resentimientos. El resultado es que tanto el amor como Dios han sido eliminados de nuestro corazón. Es una técnica muy antigua, ¡pero aún tiene mucho éxito!
Nuestra mejor defensa consiste en concentrar de continuo la mente en las bendiciones que hemos recibido de las manos de Dios (Sal. 63: 6; 139: 17-18). El recuerdo de lo que Dios ha hecho por nosotros, de lo que ha significado la comunión con él, es también saludable cuando hablamos a otros de nuestro gozo. Este testimonio reanima a nuestros hermanos y fortalece nuestra determinación de mantener la relación que existe entre nosotros y el cielo (Mal. 3: 16; MC 68).
17.
En esto.
Esta frase puede referirse retrospectivamente al vers. 16, o puede anticipar 687 la oración "para que tengamos confianza". Ambas interpretaciones son posibles, pero el estilo de Juan en esta epístola favorece la segunda.
Perfeccionado.
Gr. teleióÇ (ver com. cap. 2: 5).
El amor en nosotros.
Puede entenderse que se refiere al amor de Dios hacia nosotros y nuestro amor hacia Dios. Podría decirse que ambos aspectos se perfeccionan en nosotros, es decir en nuestras vidas transformadas. Si "en esto" se refiere retrospectivamente al vers. 16, esta interpretación de "en nosotros" concuerda muy bien con el pensamiento de permanecer en amor; pero si "en esto" es una anticipación de algo posterior, entonces lo que Juan podría estar diciendo es que, en nuestro caso, el amor se perfecciona cuando con confianza hacemos frente al día del juicio.
Para que tengamos.
Una referencia a uno de los grandes propósitos del amor. El amor de Dios por el hombre y el amor del hombre hacia Dios tienen un propósito común: la preparación del hombre para que haga frente con confianza al día del juicio. La norma del juicio es la ley (Sant. 2: 12) y el amor es el cumplimiento de la ley (Rom. 13: 10), por lo tanto el perfeccionamiento de nuestro amor es un proceso esencial, indispensable.
Confianza.
Gr. parresía (ver com. cap. 2: 28).
El día del juicio.
En el griego éste es el único pasaje del NT donde aparece esta frase, cada sustantivo con su artículo definido (en la RVR aparece así en Mat. 10: 15; 11: 22, 24; 12: 36; Mar. 6: 11; 2 Ped. 2: 9; 3: 7; 1 Juan 4: 17). El propósito de los dos artículos es destacar que se trata de un día definido y también que habrá un solemne juicio en donde se considerarán y decidirán todos los casos. Aquí no se consideran las dos fases de la obra del juicio (ver com. Apoc. 14: 7; 20: 11-15). Juan esperaba presentarse ante el tribunal del juicio de Cristo (cf. com. 2 Cor. 5: 10), y su propósito era que sus lectores también se prepararan para esa hora pavorosa. Ver com. Hech. 17: 31; 2 Ped. 2: 9.
Pues.
Se señala la razón definitiva para la confianza del cristiano cuando hace frente al pensamiento del día del juicio. Puede tener confianza pues es semejante a Cristo.
El.
Gr. ekéinos, "aquél", "ése", "él". Cuando este pronombre se refiere en esta epístola a personas, se aplica uniformemente a Cristo (cap. 2: 6; 3: 3, 5, 7, 16). Este es el evidente propósito que tiene aquí, aunque el contexto inmediato sugeriría una referencia a Dios el Padre. El pensamiento de Cristo sin duda acudió a la mente de Juan debido a la obra del Salvador en relación con el juicio (ver com. Juan 5: 22, 27; Rom. 2: 16).
Así somos nosotros.
Juan ya había destacado la semejanza del cristiano con el Salvador (ver com. cap. 3: 1-3), y ahora nuevamente destaca el parecido para proporcionar seguridad a sus lectores, teniendo en cuenta que éstos no podrán evitar el juicio. Los que realmente son como el juez no necesitan tener temor del juicio. El motivo de confianza del creyente no estriba en sus obras imperfectas, sino en el carácter impecable y el sacrificio propiciatorio de Cristo su Salvador (ver com. Fil. 3: 9; Tito 3: 5; etc.).
Mundo.
Gr. kósmos (ver com. cap. 2: 15). Aunque el pensamiento de Juan ha llegado hasta el día del juico, se interesa ante todo en la conducta del cristiano en este mundo. Se niega firmemente, como cualquiera de los escritores del NT, a posponer la semejanza a Cristo para un futuro indefinido, e insiste en la posibilidad de que sea una realidad presente (ver com. cap. 3: 2, 9). Juan declara aquí que así como Jesús es eternamente justo en su esfera, así también nosotros debemos ser justos en nuestras condiciones actuales. La expresión "en este mundo" implica la naturaleza transitoria de nuestra peregrinación presente, pero sugiere que debemos ser los representantes de Cristo mientras vivimos en la tierra. Sin embargo, adviértase que esta descripción de que somos como Cristo en el mundo depende de que permanezcamos en amor y en Dios (vers. 16). El amor es el que nos vincula con el Maestro y nos hace semejantes a él (cap. 2: 7-10; 3: 10-18). Algunos han creído que esta descripción no se puede aplicar a los miembros individuales de la iglesia, pues ninguno permanece continuamente en el ámbito del amor desinteresado. Argumentan que esta descripción sólo puede aplicarse a la iglesia en conjunto; sin embargo, sólo cuando todos los miembros permanezcan en amor, la iglesia en su conjunto podrá ser semejante a Cristo en el mundo. La persona, en forma individual, es la que es habitada o poseída por Dios y es guiada por él, y es a través de tales individuos que el Salvador edifica su iglesia en la tierra (Efe. 2: 19-22).
18.
No hay temor.
Una referencia al temor que es fruto de la cobardía (ver com. Rom. 688 8:15) y no al deseable "temor del Señor" que poseen todos los creyentes (ver com. Hech. 9: 31; 2 Cor. 5: 11; 7:1). Temor es lo opuesto a "confianza" (1 Juan 4:17), y no debe tener lugar en la mente del cristiano. Como dice A. E. Brooke al comentar este versículo: "El temor que esencialmente es egocéntrico, no tiene lugar en el amor, que en su perfección implica una entrega completa del yo. Los dos no pueden existir juntos" (The International Critical Commentary, The Johannine Epistles, pp. 124-125).
Sino que el perfecto amor.
La palabra "amor" aparece tres veces en este versículo. El apóstol está hablando del amor cristiano que ya ha sido perfeccionado (vers. 17).
Echa fuera.
El perfecto amor, que se centra en Dios, no puede tolerar un temor servil, y no tiene por qué temer, pues "si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?" (ver com. Rom. 8:31-39). El que ama verdaderamente no tiene miedo de Dios ni tiene por qué temer las artimañas de los hombres (Mat. 10:28; Heb. 13:6).
Castigo.
Gr. kólasis, "corrección", "castigo". El temor que emana de una vida mal conducida, origina su propio castigo inmediato, además de cualquier otra pena que el futuro le pueda reservar (cf. com. Heb. 10:26-27).
De donde el que teme.
O "pero el que teme". La referencia es al temor que es fruto de la impiedad, y no al temor reverente que sienten los verdaderos adoradores por su Creador.
No ha sido perfeccionado.
"En el amor no hay temor", y por eso el que teme demuestra que aún no ha sido perfeccionado en el supremo amor del cual está hablando el apóstol. Afortunadamente puede haber progreso, pues a medida que aprendemos a conocer al Señor, comenzamos a amarlo, y nuestro temor obsesivo de un Dios poderoso y vengativo, se transforma en un temor "limpio" (Sal. 19:9), que no desea chasquear a un amigo. Mientras más crezcamos en el amor, menos temeremos. Cuando nuestro amor se haya desarrollado perfectamente y esté libre de todo rastro de egoísmo, quedaremos liberados del temor servil ante Dios o el hombre. No temeremos a Dios porque sabemos que él es amor. No temeremos al hombre porque sabemos que nuestro amante Amigo no permitirá que nos sobrevenga algo que no sea para nuestro bien último, y que él estará con nosotros cuando nuestra senda pase por pruebas o peligros (Isa. 43:1-7; Rom. 8:28; Ed 249).
19.
Le amamos a él.
La evidencia textual favorece (cf. p. 10) la omisión de "le" y "a él". "Nosotros amemos" (BJ, BC); "nosotros amamos" (BA). Esta omisión le da un significado más amplio y quizá más significativo a esta oración. No es nada raro que amemos a alguien que ya nos ama; pero Juan afirma que el amor de Dios por nosotros ha generado no sólo nuestro amor recíproco con él -algo natural-, sino también una actitud general de amor de nuestra parte. Amaremos continuamente a Dios y a todas las criaturas debido al inmenso amor divino que hemos experimentado en nuestras propias vidas.
Primero.
Dios es el originador de todo bien (Sant. 1:17), y nadie manifiesta ninguna excelente cualidad que no proceda del Señor. Si Dios no nos hubiese amado primero, no seríamos capaces de amar. Habríamos sido abandonados en el pecado y producido odio en lugar de amor. Juan nunca cesa de maravillarse ante la primacía del amor de su Padre celestial, y desea que sus lectores también se admiren de esa maravilla (cf. Rom. 5:8; 2 Cor. 5:18-19).
20.
Si alguno dice.
Juan emplea de nuevo esta frase hipotética con la cual suaviza reproches tácitos (ver com. cap. 1:6). Podría también estar refiriéndose a los falsos maestros (cf. com. cap. 2:4).
Yo amo a Dios.
Es fácil hacer esta afirmación, pero el apóstol muestra que es igualmente fácil poner a prueba la verdad de ella. Hacer profesión de fe con palabras es natural y necesario (cf. Rom. 10:9), pero no suficiente. Esta profesión debe ser comprobada por la actitud del que la hace hacia sus prójimos. Un examen de la calidad del amor de una persona por sus hermanos, revelará mucho en cuanto a si su amor a Dios puede ser creído.
Aborrece a su hermano.
Juan muestra claramente lo que quiere decir cuando utiliza el verbo "aborrecer" como equivalente de "no ama", en la segunda parte del versículo. En otros pasajes de la Biblia odiar significa preferirse a uno mismo por encima de otro, o amar a otro menos de lo que debemos amarlo (ver com. Luc. 14:26).
Mentiroso.
Juan da una prueba clara por la cual podemos saber si amamos a Dios. Si 689 no cumplimos con la prueba y sin embargo afirmamos que la hemos cumplido, somos deliberadamente mentirosos (ver com. cap. 2:4).
No ama.
Este es el equivalente de odiar, o la forma activa de no amar (ver com. cap. 3:14-15).
Ha visto.
Para la estrecha mente humana es mucho más fácil amar lo que ve que lo que no ve.
¿Cómo puede?
La evidencia textual favorece (cf. p. 10) aquí una afirmación: "No puede amar" (BJ, BA). El que no experimenta el amor menor a su hermano, no puede esperar alcanzar el sentimiento más sublime de amar al Dios invisible. Y en sentido inverso, el que ama a su hermano se ayuda a sí mismo para amar a Dios, pues practica el atributo que es la característica suprema de Dios (cap. 4:8). Esto no significa que el amor hacia el hombre ocupa el primer lugar en importancia, o siquiera el primero en el tiempo. Si Dios, que es amor, no permanece en nosotros, no podemos amar a nuestro hermano. Por esta razón es más importante amar a Dios que amar a un hermano. Pero Juan razona que no podemos tener lo mayor sin lo menor, ni podemos tener lo menor sin lo mayor. Amamos a Dios y al hombre, pero nuestro amor se prueba más fácilmente por nuestro proceder hacia los seres humanos que por nuestra conducta con Dios.
No ha visto.
Ver com. vers. 12.
21.
Este mandamiento.
El autor acaba de demostrar que el que no ama a su hermano, no puede amar a Dios (vers. 20). Ahora expresa ese pensamiento en tono positivo (cf. cap. 1:5-6; etc.) refiriéndose a un mandamiento específico. Aunque en las Escrituras no hay una orden explícita en la forma en que aquí se cita, es probable que Juan se esté refiriendo a la definición que dio Cristo del primero y el segundo mandamientos (Mat. 12:29-31) que es una cita de Deut. 6:4-5 y Lev. 19:18, pero el apóstol podría también haber tomado esta declaración de sus propios recuerdos de las enseñanzas del Salvador (Juan 13:35; 15:12,17).
De él.
En su contexto inmediato estas palabras parecen referirse a Dios, pero en esta epístola Juan con frecuencia alude al Hijo de esta manera (ver com. cap. 2:27).
El hecho de que Juan recurra a la autoridad de un mandamiento específico de Cristo, podría compararse con el caso de Pablo en su consejo a los corintios acerca de ciertos problemas que afectan al estado matrimonial. En un caso dice: "digo esto por vía de concesión"; y en otro: "mando, no yo, sino el Señor" (ver com. 1 Cor. 7:6, 10).
Ame también a su hermano.
El apóstol ha mostrado que odiar a un hermano y amar a Dios es algo imposible (vers. 20). El autor destaca aquí que el amor del hombre por el hombre es, sin duda alguna, el cumplimiento del mandamiento divino por parte de los que ya aman a Dios.
COMENTARIOS DE ELENA G. DE WHITE
1 CS 10
3 1JT 469
4-5 IT 285; TM 271
5 5T 189
7 CC 58; DMJ 28; DTG 113, 593, 755; Ev 341; MeM 184; 2T 551; 5T 85
7-8 1JT 208; 8T 137
7-11 HAp 438; 3JT 245
8 CC 8; DMJ 67; FE 429; 2JT 108, 521; PP 11; PVGM 166, 299; TM 265
8-13 TM 94
10 CM 255; DTG 33; FE 283; HAp 269; TM 245, 456; 5TS 11
11 ECFP 70; MC 365; PVGM 191; 8T 320
12 DTG 466; MeM 178; 5T 85; 8T 137
16 DMJ 20, 38, 90, 98; DTG 755; FE 281, 283; HAp 447; MeM 265; MJ 361; 3T 528
17 HH 374; IT 531
17-18 HAp 440
19 CC 59; DMJ 23; HAp 440; PVGM 317
20 DTG 466; ECFP 70
20-21 3T 60
21 3T 466 690