DANIEL
DANIEL, PROFETA DEL FIN
A medida que el siglo XIX desaparecía al entrar el siglo
XX, un sentido de optimismo invadió Occidente. De la
mano de la ciencia y la tecnología, la humanidad avanzaba
hacia una edad de oro, un futuro de posibilidades
maravillosas en que finalmente acabarían la guerra, la
pestilencia, la pobreza y el hambre. Esa era la expectativa, al menos.
Por supuesto, el siglo XX demostró que esta esperanza no solo
es falsa, sino también necia e ingenua. Esto ayuda a explicar por
qué cuando entramos en el siglo XXI no hubo gran optimismo por
un futuro mejor.
Desde una perspectiva mundana, al parecer el mundo todavía
está en una condición bastante lamentable y, lo que es peor, tiene
pocas probabilidades de mejorar. La humanidad actual parece ser
tan propensa a la codicia, la opresión, la violencia, la conquista, la
explotación y la autodestrucción como lo fueron sus antepasados de
otras épocas. Mientras tanto, muchos de nuestros grandes avances
tecnológicos, aunque a veces hacen contribuciones positivas a la
humanidad, han acelerado los males antes mencionados.
Por supuesto, nada de esto debería sorprendernos con textos
como: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9), o: “Porque se levantará nación contra
nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos
en diferentes lugares” (Mat. 24:7).
En síntesis, el libro de Daniel, nuestro estudio para este trimestre, continúa siendo lo que era cuando se escribió hace miles de años: una revelación poderosa del amor y el carácter de nuestro Señor Jesucristo.
Elias Brasil de Souza se desempeña como director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día. Obtuvo su doctorado en Exégesis y Teología del Antiguo Testamento en la Universidad Andrews.
INVITACIÓN A LEER LA BIBLIA CADA DÍA |
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La Biblia es la voz de Dios hablándonos tan ciertamente como si pudiéramos oírlo con nuestros oídos. La palabra del Dios viviente no está sólo escrita, sino que es hablada. ¿Recibimos la Biblia como el oráculo de Dios? Si nos diésemos cuenta de la importancia de esta Palabra, ¡con qué respeto la abriríamos, y con qué fervor escudriñaríamos sus preceptos! La lectura y la contemplación de las Escrituras serían consideradas Como una audiencia con el Altísimo.
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